jueves 26 de noviembre de 2009

El blog de Cecilia Lisbon

Supimos qué se siente al ver a un muchacho con el pecho desnudo,una sensación que indujo a Lux a llenar con el nombre de Kevin, escrito con rotulador Magic Market de color púrpura, su libreta de tres anillas e incluso el sostén y las bragas, y por esto comprendimos que se pusiera como una furia el día que llegó a casa y se encontró con que la Sra.Lisbon había puesto sus cosas en remojo con Clorox a fin de hacer desaparecer todos los "Kevins". Supimos de la rabia que da que el viento de invierno te levante la falda y que las rodillas acaben doliéndote a fuerza de mantenerlas en clase y de lo fastidioso y cargante que resulta tner que saltar a la comba cuando los chicos juegan a béisbol. Nunca llegamos a entender por qué a las chicas les preocupaba tanto hacerse mayores ni por qué se sentían obligadas a dedicarse cumplidos, pero a veces, cuando uno de nosotros había leído en voz alta una larga parte del diario, debíamos reprimir la necesidad de echarnos los unos en los brazos de los otros o de decirnos que estábamos guapísimos. Supimos de esa cárcel que es ser chica, de los impulsos y sueños que genera y por qué acaban sabiendo qué colores combinan y cuáles no. Supimos que las chicas eran gemelas nuestras, que todos existíamos en el espacio con idéntica piel y que si ellas lo sabían todo de nosotros , nosotros en cambio no podíamos sacar nada en claro de ellas. Supimos, finalmente, que las hermanas Lisbon eran en realidad mujeres disfrazadas de niñas, que sabían del amor e incluso de la muerte y que nuestra función se reducía simplemente a emitir una especie de ruido que parecía fascinarlas"

"Las vírgenes suicidas", Jeffrey Eugenides 1993.

Ayer mi barrio me regaló una sorpresa. Sesión de cine los martes en uno de los bares más chulos, "Four seasons", galletitas, un par de cervezas y para el estreno del que, me temo, será un vicio: "Las vírgenes suicidas". Mi barrio se está convirtiendo en el centro cultural, musical y más trendy de la ciudad. Yo le llamo el "downtown", aunque ese nombre confunde porque ni está en el sur de la ciudad, ni hay bahía que lo delimite ni centro financiero que lo levante. Tal vez sería mejor bautizarlo como "el village", porque está en el este, pero aún no tenemos suficientes hippies ni siquiera una tienda de arte. Eso sí, en mi barrio antes estaba el Ricoamor, así que la cultura musical de la ciudad se puede decir que nació aquí. También podemos ir ahora al Raspa y al Four seasons, que son junto con Spoonful, dos de los bares más bonitos de Castellón. Pero Downtown o Village, de los bares hablo otro día, hoy quería escribir sobre las Lisbon.

Apenas recordaba nada de la primera vez que ví la película. Debió pillarme agotada, o entre sueños, porque solo me resultaba familiar la fotografía- la luz dorada, de margaritas y bailes hawaianos entre el trigo- y la música de Air. Poco más. Pero hace un par de veranos, gracias a un taller de escritura, cayó entre mis manos el libro y entonces mi verano, que era un verano normal y corriente, de los de apartamento, gazpacho y piscina, se convirtió en un verano lisbon y entre los días del calendario encontraba las pulseras de Cecilia, los discos que los chicos les ponían por teléfono, las escapadas de Lux al tejado y los vestidos del baile de graduación.

Ayer quería volver a aquel verano. Quería subirme en el coche de trip Fontaine convertida en el fantasma de Cecilia- q era el personaje con el que yo me identificaba: se mordía las uñas, tenía un diario muy parecido a las moleskines y se arrinconaba en las fiestas- para regresar al universo Lisbon. La película superó mis expectativas: me caí de bruces en el cesped, frente al olmo, y aunque estaba en el Four seasons y había cerveza con palomitas, yo había viajado hasta aquel verano en que todo el pueblo olía a jazmín podrido, a flores agostadas por el miedo.

No quiero hacer una lectura feminista sobre el tema, pero después de dos días lisbon, me doy cuenta de que pocas películas hacen que se acerquen tanto el universo masculino y el femenino. El descubrimiento de las Lisbon es la conquista de otro mundo, de una forma diferente de ver las cosas. De todos modos, a las películas de Sofia Coppola, en mi opinión no es necesario darles explicación alguna, porque están tan llenas de detalles, de guiños, de gestos ínfimos pero cargados de significado que no hay q desmontarlas, porque si no se arruinan. Las películas de Sofia Coppola son alas de mariposa, si les pasas el dedo por encima les quitas el polvo que les da el vuelo.

Sigo volando. Os dejo.

domingo 22 de noviembre de 2009

Espejo de ranas IV: sin título aún.

Con el máximo respeto y con todo el cariño,

porque me reconoció



Vive en una esquina, en una casa vacía que se desvela sobre un callejón en el que tú y yo nos besamos alguna vez. Tiene cara de haber follado mucho: una piel muy pálida, una sonrisa que se multiplica bajo la lluvia y en el carnet de identidad, un nombre de ópera. No trabaja, no bebe y si no fuera porque ocupaba la mesa junto al ventanal el día de nuestro aniversario, pensarías, pensaríamos, que tampoco come, sino que flota.
Antes, apenas la veíamos. Se metía en las grietas de los edificios, se mimetizaba con los azulejos de los balcones, se escondía entre las cajas de fresas en los ultramarinos y a mediodia, cuando todos regresábamos a casa hechizados, siguiendo el aroma del hervido (dos patatas, una cebolla, media zanahoria y un puñadito de judias verdes; pelar las patatas, limpiar las verduras y poner en abundante agua caliente al fuego hasta que hierva; sírvase acompañado de un buen aceite, vinagre a discreción y un poco de sal) ella llenaba las paralelas del centro vestida de indie, cuando nadie era indie, ni se habían inventado los festivales, ni soñabamos con que cenicienta perdiera una zapatilla, ni nada de nada. Ella sin maquillaje, falda de tablas, calcetines, cazadora burberrys, y adidas.
La trenza hasta la cintura la mantiene atada a la infancia. Fue la segunda y tras la tragedia deseaban que naciera chico, así que, como Rilke, hasta que tomó la comunión el día del Corpus llevaba el pelo muy corto y desde mucho antes se sabía diferente del resto. Aquel día el milagro era su melena negra que cepilló doscientas veces ante el espejo del baño.
Ese día celebraba que era distinta.
Porque nadie vivía en el caserón más grande de la calle principal, justo en la esquina. Porque desde su ventana la madre, ya enferma, ya sín título de universidad, encontraba que el mundo se había torcido y le decía a la niña que no se asomara porque le iban a partir los tobillos, las rodillas o las caderas de cristal. Ella callaba y a veces sonreía mientras la acompañaba en los rezos. O se asustaba hasta que le arañaban la piel las pestañas de la violencia con que la madre le advertía, bajaba las persianas y se escondía en la cocina, donde le protegía el ruido del hervido (sírvase en días de vigilia con atún en aceite y sustituirá a una comida). Hasta que ella murió.
Se quedó sola. Sin carrera, ni trabajo, ni marido ni amigas. Con medias negras de simago, sayas y un abrigo negro que huele a alcanfor. Sin más luz que la que recibía cada mañana cuando la desvelaba todo lo que no había vivido en el callejón. Se miró en el espejo y cepilló doscientas veces su pelo negro en el baño, salió al balcón y descubrió que el vecino de enfrente había plantado margaritas. Ilusionada hizo mariposas y aviones con los manteles que había bordado. Fue sola al cine. No se perdió ni un solo concierto y uan tarde, en el museo de arte contemporáneo se enamoró de uno de los hermanos Oligor.
Ahora sale a menudo, ¿no te has dado cuenta? Sigue caminando entre las grietas de los edificios, si no te fijas la confundes con los azulejos y más de una noche la has tenido al lado, precisamente ahí, en esa mesa dando sorbitos a un vaso de agua. Sonríe, tiene una voz pálida, cristalina y a veces me pregunto, nos preguntamos, con qué sueña su piel.

martes 17 de noviembre de 2009

Cóctel y cerdas

El domingo por la tarde Frida y Justine jugaban a indios y vaqueros. Justine disparó una flecha a Frida y se escapó hacia lo alto del cañón . Pretendía esconderse detrás de la Cima Oscura de las Mariposas Aztecas, es decir, mi lámpara preferida, la "Garbo" de Santa&Cole (un regalo de Anahada). Pero iba tan asustada que no lo consiguió y del salto derribó su trinchera : el pie de la lámpara - que era de cristal- se hizo añicos en el suelo. Adiós mariposas, adiós objeto de diseño, adiós mi conversación de teléfono, adiós calma dominical. Bienvenida factura de reparación. No hay que cogerle cariño a los objetos, me repito mientras recojo los pedazos. No hay que depositar en ellos nuestro afecto. Que luego se rompen. O se inundan.

Desde hace un mes vivo con la sensación de que todo es extremadamente frágil, que nada sobrevive al paso del tiempo. Y lo voy digiriendo con la mejor de las sonrisas. Desde el domingo lo que llevo fatal es pasarle el parte del último siniestro a mi madre.

Vamos a ver, puntualicemos: mi casa es mía y a los treinta y ocho años no tengo que explicar nada. Eso como principio. En realidad bastaría con contarle que ayer por la tarde, presa de un ataque de ansiedad o de aburrimiento, decidí organizar una partida de bolos en casa. Y que hice pleno en mi primer lanzamiento. Mi madre se quedaría tan contenta y mis gatas no tendrían remordimientos. ¡Ja! Pero no, desde hace un mes todo ha cambiado y como mi casa, tras la inundación y las filtraciones- alegrías del constructor- se ha convertido en una pequeña maqueta de Kosovo, mi madre que sufre por mí más de lo que está permitido en los límites de velocidad, no levanta cabeza. Así que me preocupa enormemente el cómo se lo digo, porque no está la mujer para disgustos. Ni yo para hacerle daño.

Todo lo que acabo de escribir es de lo más superficial. Lo sé. Lo hago conscientemente. Ojo: lo de mi madre es verdad y lo de la lámpara también, pero lo que sucede es que busco un disfraz. Un vestido de cóctel para esconder la tristeza y es que los últimos días me los he pasado bajo el síndrome Coixet, preocupada por "Cosas que no te dije" o por "La vida secreta de las palabras". Me planteo mil dilemas. ¿Es tan necesaria la sinceridad?¿Qué valor tiene la delicadeza en las formas?¿ Cuánto estamos dispuestos a pagar por una verdad?¿Por qué las palabras deben tener un precio?

Entre mi caos personal y el sofá me entero del revuelo que se ha formado con una columna de Elvira Lindo. La escritora publicaba el pasado 11 de noviembre en el País "Comunistas", una crítica inteligente y clara a la entrevista realizada en el mismo periódico a dos jóvenes comunistas. Yo la había leído y me había gustado mucho. Elvira Lindo ultimamente gana puntos en mi ranking, hace unos años Elvira Lindo me parecía una redicha pero ahora si me falla a la hora de misa- los domingos, de mañana, con el periódico y desayuno- me dan ganas de escribir una carta al director para que le ponga falta. La columna del otro día me pareció brillante y acertada, y como no quiero jugar al teléfono estropeado, pongo el link y quien quiera que juzgue y después, si le apetece opine. Opinar, algo que debiera ser libre. http://www.elpais.com/articulo/ultima/Comunistas/elpepiult/20091111elpepiult_1/Tes
Pues ahí surge el conflicto. El 14 de noviembre le replicaba en el mismo medio Esther López Barceló, con su "Comunistas II". Yo lo leí con retraso, interesada por la polémica. (Soy morbosa, no lo puedo negar) . Me pareció una respuesta previsible y fácil, un poco demagógica, de panfleto. Ya está. Ahí se acababa para mí el asunto. Pero no, el domingo me enteré de que ese "II" no era el final de la saga, sino que alguien decidía lapidar a Elvira Lindo enrolándose en la guerra de no sé qué galaxia. Cómo no, ese alguien se escondía en un seudónimo- valiente y brillante, como era de esperar- "Stalin" y comenzaba su alegato con un "cerda" que ya resume la ideología de quien lo firmaba.
Cerda. Acabo de hacerme fan de una página en Facebook creada para la ocasión: "Yo también soy una cerda". Claro que sí, una cerda libre de hacer y decir lo que opine desde el respeto, sin caer en el insulto ni en la comodidad de quien no cuenta nada. Seguimos otra vez con el clima de crispación e intolerancia de los últimos meses. Los debates se afilan cada vez más. Las palabras tienen más picos y las recibimos en orejas laceradas. ¿Por qué?¿Por qué nos cuesta tanto escuchar o hablar?¿Por qué hay que callarse si queremos dar nuestra opinión? ¿Por qué no podemos decir las cosas con cuidado?
Mi fin de semana ha sido un cóctel: entre copas de cava, presentaciones y sonrisas. Todo era fácil, todo era brillante. Pero en la intimidad me preocupa lo de las cerdas. No voy a entrar en el análisis de los insultos, para qué. Desde el "hijo/a de puta" hasta las "cerdas" la semántica nos la tiene jugada a las mujeres, o a las hembras. Pero esa no es la cuestión. La cuestión es la tristeza que nos queda después, cuando una voz se calla o cuando alguien deja de darnos su opinión porque no quiere discutir con nosotros. Algo se nos ha ido de las manos en ese momento. Algo que ha convertido lo sencillo en complicado.
Cerdas y cócteles. Figuritas del Belén aparentando dar conversación. Opiniones mulliditas, críticas de diseño, tan philipp stark, blancas, de formas limpias, que no incomoden, que den una alegría a la vista. No se coman las margaritas, por favor. No. Que las cerdas vuelvan a su pocilga y Carrie Bradshow a Nueva York, que era suyo. Pero que una cerda no puede hacer lo mismo.
Justine, Frida y yo estamos indignadas con lo que le ha pasado a Elvira Lindo. Las tres nos declaramos cerdas desde este mismo momento. Y también amantes de los cócteles, porque no puede ni debe estar reñido disfrutar de la vida y analizarla. Qué manía con colocarnos en departamentos.
Y pensamos seguir dando nuestra opinión de todo lo que se nos ocurra con respeto.
Así que, brindemos.

Recuerdo de bolsillo

"Oh, oh, oh, oh, oh.
It must have been cold there in my shadow,
to never have sunlight on your face.
You were content to let me shine, that's your way.
You always walked a step behind.

So I was the one with all the glory,
while you were the one with all the strength.
A beautiful face without a name for so long.
A beautiful smile to hide the pain.

Did you ever know that you're my hero,
and everything I would like to be?
I can fly higher than an eagle,
'cause you are the wind beneath my wings.

It might have appeared to go unnoticed,
but I've got it all here in my heart.
I want you to know I know the truth, of course I know it.
I would be nothing without you.

Did you ever know that you're my hero?
You're everything I wish I could be.
I could fly higher than an eagle,
'cause you are the wind beneath my wings.

Did I ever tell you you're my hero?
You're everything, everything I wish I could be.
Oh, and I, I could fly higher than an eagle,
'cause you are the wind beneath my wings,
'cause you are the wind beneath my wings.

Oh, the wind beneath my wings.
You, you, you, you are the wind beneath my wings.
Fly, fly, fly away. You let me fly so high.
Oh, you, you, you, the wind beneath my wings.
Oh, you, you, you, the wind beneath my wings.

Fly, fly, fly high against the sky,
so high I almost touch the sky.
Thank you, thank you,
thank God for you, the wind beneath my wings."

Bettle Midler, de la película "Beaches".

Gracias, Charo. Por tu "culpa" he recuperado uno de esos momentos que debería contarle a San Pedro nada más llegar al cielo. Sé que soy una cursi y una macarra- Rosa me pide por nuestra reputación que no la cuelgue- pero para mí ella es eso, bueno y mucho más. Mi mejor amiga no me cabe en esa expresión, así que me guardo nuestros recuerdos en el bolsillo.

domingo 15 de noviembre de 2009

Últimos bailes sin Teresa


Los resurrectos (a partir de un poema de Manuel Forega)
Nosotros, vástagos de la autarquía
hijos del cuando tengas trabajo comprarás un piso
crías de la mediocridad y los exilios
freakies, amanerados dandies de todo a cien>
tímidos conquistadores de muchachitas indies,
devoradores de kebabs de madrugada,
asustados por la culpa judeocristiana,
devotos del Candy y el Bacharach,
ladrones de minutos en televisión,
de la cáncana discentes eximios,
masturbadores salvajes,
adoradores de los discos perdidos,
lectores clandestinos del jueves (cuando era el jueves)
estudiantes del BUP y del COU:
todos los raros fuimos al concierto
del gran telépata de Dublín,
tanto nos daba ocho como ochenta
a los fanáticos del niño Juan y los rompedores de coco)
Nosotros: divinos Voladores o Domadores
onanistas de fotos de Jane Birkin
rayones de vinilos de Cohen
aprendices de idiomas,
aspirantes a Guinda, Forega o Vilas
farsantes ilustrados con Alan Moore en bandolera
remedos de Dylan, plantillas de Truffaut
irredentos suicidas
balubas de la guerra
apóstatas, agnósticos, ateos y creyentes
dileantes de una revolución
que nunca llegó a empezar
los que buscaban un enemigo
porque así es más fácil pelear.
moradores de los ergástulos por el morro
apéndices de Federico
estetas de Algora y el Polaco
inocuos seguidores de Jean Paul,
espadas de Garci, de Chiquito, de Luis Sánchez Pollack
mansos fandangos de Ibiza, de Hydra y Euroville
Nosotros: incendiarios mutados en bomberos,
padres de los próximos junkies y malditos
opositores, mentirosos, volubles censores,
domadores de adolescentes bestias,
altísimos farloperos sin medida,
porreros, cocainómanos, alcohólicos,
reciclados por Franz Ferdinard y la Velvet
tardíos revelados en Fresán y Handke
diputados sin partido, alcaldes de habitación,
herméticos maricas...
eternos deudores del deseo insatisfecho
nosotros: los del medio, los eclécticos,
los postmodernos irredentos,
los que seguimos buscando
el lugar donde solíamos gritar.
los que nos dejamos caer
sabiendo que nadie nos ayudará a levantar,
los que esperamos en la parada
un autobús que hace mucho que pasó,
los que cuando quisieron besos
sólo recibieron abrazos,
los del medio, los de los tebeos,
los que nunca servirán para trabajar,
los de Perico Fernández,
los que vieron jugar a Santi Aldama,
los que nunca te sacaron a bailar.
Octavio Gómez Millán

martes 10 de noviembre de 2009

Todas las minifaldas que no he llevado


La maleta de Irma no tenía ruedas. Parecía que la hubiera comprado en un mercadillo: de color hueso, con las correas desgastadas y cuadrada. Era evidente que tenía más de tres décadas. Eso fue lo primero que me llamó la atención. Después me fijé en el cansancio de su rostro. No era el normal de un viaje, daba la impresión de que arrastraba años tras sí.
Irma llegó a la hora de cenar, lo recuerdo porque Javier-el cocinero- me acababa de sacar un plato de ternasco y la recepción olía a guiso de patatas. Dejé la cena en el despacho y salí a atenderla: era una mujer que no se parecía a la fotografía de su carnet, algo que sucede a menudo, por otro lado. Llevaba el pelo recogido en una coleta, un abrigo negro abierto y un jersey rojo que se notaba usado. Pagó dos noches y apenas habló. Le pregunté si quería que le subiera la maleta pero me sonrió debilmente mientras me decía que no con la cabeza. Desapareció en el ascensor y pensé que podría desmayarse en cualquier momento.

Cuatro dos cuatro. Repito las tres cifras. Cuatrocientos veinticuatro, cuatrocientos veinticinco, cuatrocientos veintiséis...a veces me da por contar. O por repetir frases absurdas, como si rezara por las noches. La repetición de palabras o de números me da tranquilidad: me agarro a esa sensación a veces. Debería aprenderme algún mantra, así todo sería más fácil, pero no conozco ninguno. Por eso cuento, o digo en voz alta lo que leo en los carteles. Hasta que me canso. Eso si no estoy nerviosa, porque estando nerviosa no hay repetición que me valga. Incluso en situaciones de agotamiento no consigo borrar aquello que me preocupa. Cuatrocientos veinticuatro. Me pesa la puerta, hoy no puedo más.He salido de casa más tarde de lo previsto. No quería cruzarme a nadie en el portal, ni en el ascensor. Tenía la reserva hecha por internet. Es la primera vez que estoy aquí y no conozco la ciudad, así que me ha costado un poco encontrar la calle del hotel. De todas formas no tenía prisa, nadie me espera y no pienso hacer turismo. En realidad me da lo mismo estar aquí que a doscientos kilómetros. Lo único que deseo es distancia. Busco borrarme durante dos días. Eso no puede ser tan difícil.He apagado el móvil. No tiene sentido mantenerlo encendido si lo que busco es desaparecer. Apenas he metido ropa en la maleta, está casi vacia, pero da igual. En la habitación no hace frío, de hecho se nota mucho la calefacción. ¿De hecho? ¿Con quién estoy hablando? A veces creo que de la única que consigo alejarme es de mí.
A las once terminó mi turno. La mujer del abrigo negro no había vuelto a bajar. No le comenté a Santos que me había extrañado su silencio. Para qué. No parecía peligrosa. No tenía pinta de esconder tres botellas de whisky en la maleta y era demasiado joven para cualquier otro problema. A mí lo que me había perturbado era el nombre: era el de una de mis películas favoritas, "Irma la dulce". Estuve a punto de decírselo pero pensé que estaría harta de escucharlo. Además, había descubierto que tenía una mirada de color caramelo y eso me había dejado sin saber cómo reaccionar. Me fuí a casa pensando en la chica y en su maleta.
La habitación está entelada con un falso damasco color turquesa. Si entorno los ojos un poco parece que esté en el agua. En mitad del mar, sin cielo ni playa . Nada de horizonte. Me mareo. Desde que hablé con Alba ayer tengo esa sensación de vértigo contínuo. Necesito poner el pie en el suelo para no vomitar. Pienso en las últimas veinte horas y me entran náuseas. No creo que sea capaz de asumir lo que se avecina. Ni creo que pueda resistir las lágrimas de Alba sin contárselo. Tampoco me salen las palabras. Pero sé que no puede durar. Que este vacío no tiene presente ni espacio en el futuro. Pedro me buscará en cualquier momento y yo no sabré qué decir. Ni qué hacer. Tanto tiempo para esto, para salir corriendo y esconder la cabeza debajo del edredón. Del edredón de un hotel sin aeropuerto.
Marta me lo comentó en cuanto llegué: "Hay una mujer en la cuatrocientos veinticuatro de la que no sabemos nada". Le pregunté aunque ya sabía a quién se refería: "¿En cuál, has dicho? "Veinticuatro, cuatrocientos veinticuatro". Asentí y siguió dándome las instrucciones que nos ha inculcado Gonzalo. "Mira a ver si está bien. Yo la he llamado varias veces y no me coge el teléfono. Las de la limpeza no han podido entrar y no le han subido nada de comida". Entendí lo que estaba pensando. Suicidio, alguna cosa similar. Y me lo dejaba a mí, para que empezara bien la noche. Tampoco fue eso lo que pensé- eso lo advertí mas tarde, lleno de rabia- en aquel momento solo me acordé de los ojos toffee y del cansancio. Debía haberle dicho algo la noche anterior. De repente me empezó a temblar la mano. No quise que Marta se diera cuenta, así que la despedí con un "Ya me ocupo yo". Cuando estaba en la puerta me repitó lo que siempre nos aconseja Gonzalo: "Si ves algo raro no lo dudes, llama a la policía".
Se me ha olvidado el pijama. Me miro las piernas y aún conservan algo del moreno, aún quedan restos del verano. Me duele esa palabra "verano", está llena de nudos. Pero me abrazo a las piernas porque empiezo a tener frío. No puedo dormirme con frío por muchas pastillas que me tome. Tampoco quiero hincharme con somniferos: solo quiero encontrar un poco de calma y así poder pensar. Debo decidir. Debo saber qué quiero hacer. Pero lo único que se me ocurre es lamentarme por todas las minifaldas que no he llevado. Miro mis piernas, las examino bajo la luz de la mesilla y no entiendo por qué. No son tan feas. Y a mí me hubiera encantado conducir un mini, tener el pelo largo, una minifalda amarilla, por pedir...Lo del coche tampoco era fundamental, pero lo de la minifalda me jode. A Pedro nunca le han gustado mis piernas. Yo las veo normales. Como yo. Dentro de la normalidad.
Me pregunté cuántos años tendría mientras pulsaba el cuatro en el ascensor. En el espejo me noté un poco demacrado. Respiré fuerte y me dí ánimos por dentro. Seguía temblándome la mano, así que me la llevé al bolsillo del pantalón. Hice un gesto de lo más mecánico: me ajusté el nudo de la corbata. Después cerré los ojos y me puse a contar: cuatrocientos veinticuatro, cuatrocientos veinticinco, cuatrocientos veintiséis...Intentaba concentrarme en las cifras para agarrarme a algo porque temía lo peor. Y lo peor estaba rodeado de silencio, tenía los labios morados. La imaginé. Confieso que estaba seguro de que iba a encontrármela tendida en el suelo o sobre la cama, sin el abrigo, con el jersey rojo manchando las sábanas. Cuatrocientos veinticuatro, me repetí mientras me acercaba a la puerta. No se escuchaba ningún ruido en el pasillo. "Irma la dulce". Casi se me saltaban las lágrimas cuando llamé. Nadie respondía desde el otro lado.
A Pedro no le gustan mis piernas. A Alba tampoco. A mí no es que me apasionen, pero siempre me compro pantalones. No sé por qué. De todos los tipos, pero pantalones: estrechos, vaqueros, de lino, de pana. Pantalones. Qué rabia. Qué rabia. Qué rabia. Odio ser tan estúpida.Odio los pantalones. Llaman a la puerta. No sé qué hora es. Me quito las lágrimas, no quiero que me vean llorando. Vuelven a llamar. No me sale la voz. Me incorporo y hay tanta agua dando vueltas. Agua y mis piernas, que se van corriendo a buscar una minifalda. Me caigo. Odio el verano.

Escuché el golpe cuando ya había metido la llave en la cerradura.Dudé. Respiré nuevamente- seguía temblando- y empujé la puerta con suavidad. Irma estaba tendida en el suelo. Llevaba el jersey rojo sobre una camiseta y unas braguitas de algodón. Respiraba. Respiramos los dos. Busqué agua en el minibar. La cogí entre mis brazos tratando de reanimarla, estaba fría, pero al fin abrió los ojos. Me miró y sonrió. Dejé de temblar en sus ojos caramelo.

lunes 9 de noviembre de 2009

Ahora, inmediatamente.






Grupo social: Conjunto de personas ligadas por una cierta unidad de origen, conciencia y destino que manifiestan una determinada uniformidad intencional de comportamientos coherentes”

“Guia de Derecho Político”, José Zafra









Riccardo Ehrman seguía con la mano alzada. Libertad de viajes para los ciudadanos de la RDA. Günter Schabowski, alto funcionario del Politburó, daba por finalizada la rueda de prensa, pero atendió a la pregunta del corresponsal de la agencia italiana ANSA:





-"Ab wann?" (¿a partir de cuándo?).





Schabowski miró el papel que sujetaba entre las manos. Años más tarde reconocería que fue un error, que nadie le había comentado esa cuestión. Pero leyó de nuevo la primera frase del comunicado y contestó:





- "Ab sofort" (inmediatamente).



El Muro de Berlín se había derrumbado.

"Cuando uno empieza a escribir cree firmemente en la perfección, después se da cuenta de que lo importante es el error. No me refiero al error que deriva en juicios morales, sino al error puro, en bruto. En un importante artículo (Las estéticas de error: Tendencias post-digitales en la música contemporánea por computador, Kim Cascone, MIT, 2000), se decía, "el error se ha convertido en una prominente estética en la mayoría de las artes de finales del siglo XX", y se citaba la frase de Colson Whitehead, "son los errores los que guían la evolución, la perfección no ofrece ningún incentivo para el mejoramiento". Como escritor, eso es algo que siento muy cercano. Y los errores, a veces, cuanto más tontos mejor. Estoy escuchando una canción, oigo una estrofa y pienso que daría un brazo por haber escrito esa frase que con el tiempo me inspira un poema y además el personaje de una novela. Un día leo el cuadernillo del LP y veo que estaba confundido; el cantante decía otra cosa."

"Apología del error", Agustín Fernández Mallo, El País 02/02/08

Veinte años plagados de errores desde aquella mañana del diez de noviembre. Se acababa la semana y a las doce y media entraba en clase nuestro profesor de Derecho Político, una de las bestias negras de la universidad.

- Ayer, mientras escuchaba Radio Moscú me enteré de lo sucedido- Nos miró inquisitoriamente.- ¿Alguien sabe a lo que me refiero?

La clase calló y se sumió en un murmullo sordo. Todos habíamos desayunado con la noticia de la caída del Muro de Berlín pero ninguno nos atrevíamos a decirlo. Parecía tan obvio que temíamos equivocarnos, y eso era algo que con Zafra se pagaba. Ninguno quería ser humillado en público. José Zafra era un hombre escueto, aparentemente calmado. Pasaba de los cincuenta años y tenía una voz modulada. Sus gestos tampoco eran violentos. Ni su vocabulario denotaba acritud. De ahí que nos desconcertara. A primera vista parecía un hombrecillo inofensivo, desbordado por la realidad, pero una vez se subía al atril se convertía en un agente del servicio secreto de información, alguien que nos haría conocer el sufrimiento a través del derecho. Porque eso es lo que hacía año tras año: destrozar a través de unos manuales incomprensibles una de las asignaturas que hubiera podido entusiasmar a los recién llegados, la teoría general del Estado.

Nueve de noviembre de 2009.

Sopla un viento huracanado y Berlín es, desde hace unos días, un inmenso plató de televisión. Un bosque de focos perpetuamente encendidos rodea la puerta de Bradenburgo, como si las velas por los que trataron de cruzar al otro lado hubieran resucitado. Veinte años no es nada, qué febril la mirada. El tango, la radio, noviembre, el viento...cuánto le debemos al error, a nuestras acciones equivocadas. En la universidad no se nos permitía un solo fallo. El error era gravemente penado. Aprendimos a golpe de repetición sin posibilidad alguna de imaginar, de crear, de equivocarnos. Veinte años más tarde nos damos cuenta de que esa disciplina caía en aquellos mismos días. Gracias a un error nacía Alemania y se derrumbaba el símbolo mayor de la opresión y el silencio: el Muro de Berlín.

Agustín Fernández Mallo reivindicaba el viernes en su presentación de "Nocilla lab" en Zaragoza la literatura como algo lúdico, entretenimiento intelectual, aventura. "Me pongo a escribir y voy resolviendo mis dudas a medida que escribo. No programo, ni calculo simplemente voy "vomitando" aquello que se me ocurre..." Qué distinta su filosofía de otros escritores que defienden el "todo medido y (so)pesado" desde la primera imagen que te hace poner el bolígrafo a correr. El esquema es útil como mapa de ruta. El abuso del esquema - pienso yo- crea el uniforme y de ahí al bloqueo mental hay solo un paso. El esquema no admite el error, el paso en falso, los atajos ni las carreteras secundarias. La rigidez en los comportamientos a veces termina solidificando nuestros gestos, nos convierte en estatuas de sal. Textos como tablas de la ley, sin emoción, desiertos de pasiones.

Cayó el muro y aparecían las primeras grietas en nuestros esquemas de comportamiento. El gobierno socialista llenaba los institutos de condones con una campaña criticada hasta la extenuación- "Propóntelo, propónselo"- para evitar los embarazos no deseados. Veinte años más tarde sigue sin salir esa temida ley del aborto que provoca las reacciones más agitadas, las divisiones más violentas. Oliverio Toscani desde su atril de la publicidad de Benetton soliviantaba los pensamientos más pétreos. La imagen de la monja besando al cura- kissing nun- fue retirada en Francia y prohibida en Italia. Dieciocho años más tarde nos parece una tontería y sin embargo en aquella época fue tachada de alta traición, de gravísima e imperdonable falta de respeto. Desde el Vaticano le pidieron a Benetton y a su mejor publicista que escondieran su campaña, que reconocieran públicamente su error. Ellos siguieron soliviantando a la gente con mayores ofensas. Anuncios con mensaje o publicidad demagógica quién sabe, pero eficaz, llena de fuerza, capaces de poner en evidencia las grietas del mundo occidental.

Los símbolos pierden su significado. Lo que queda del muro de Berlín se ha convertido en una galería de artistas en el East Side. Viajas hasta Postdamer Platz y te preguntas en qué lado te encuentras y la única respuesta válida es que te hallas en el territorio de las grandes multinacionales, bajo el cielo estrellado de Sony. Cambian nuestros paisajes de arriba a abajo con leves movimientos de tuerca. La fanta de naranja ya no es lo que parece, ahora son las naranjas las que saben al refresco con gas. Original y duplicado, qué importa el punto de referencia.

Grupo social. El "quiénes somos de dónde venimos a dónde vamos" darwinista y con música de Siniestro Total. Cuánto hemos cambiado.

Qué lujo poder seguir equivocándonos. Ahora, inmediatamente, mientras escribo este post, sin unidad de conciencia ni de destino y tú, lo lees.

Solo "Barrio Sésamo" permanece. Hay mucho que celebrar.