
"Sin embargo, antes de llegar al verso final ya había comprendido que no saldría jamás de ese cuarto, pues estaba previsto que la ciudad de los espejos (o los espejismos) sería arrasada por el viento y desterrada de la memoria de los hombres en el instante en que Aureliano Babilonia acabara de descifrar los pergaminos, y que todo lo escrito en ellos era irrepetible desde siempre y para siempre, porque las estirpes condenadas a cien años de soledad no tenían una segunda oportunidad sobre la tierra."
Gabriel García Márquez, "Cien años de soledad".
Mi madre tiene una libreta que es el tesoro de la familia. Se trata de un archivador pequeño- cuadros escoceses de plástico, cuatro anillas, tamaño cuartilla- en el que fue copiando, con su caligrafía las recetas que mi abuela, y sobretodo mi bisabuela- la que inició la saga y fijó las costumbres- habían recogido, creado y mejorado a lo largo de su vida.
La libreta está medio encriptada, no se entiende el sistema de medidas (cucharadas, cucharaditas, cucharitas, pizcas, pellizcos...)y es tan literal- mi madre escribió todo lo que le decían- que a veces se escuchan las voces de mi abuela- el pelo negro, la mirada japonesa, los labios rojos kioto- y mi bisabuela- el aroma a melocotón de sus ropas, la sonrisa tímida, los abrazo como cunas- dando consejos entre las líneas de cuadros. Mi tía también tiene un ejemplar de esa libreta, copia a su vez del original de mi madre o de las recetas sueltas que mi abuela escribía en los papeles que encontraba por casa.
Estos días, cuando la Navidad se nos cae encima, las dos se reúnen cada dos horas para celebrar la setenta y tantas cumbre gastronómica en casa: hacen listas de la compra, comparan tiendas y productos, tratan de establecer el ránking de los guisos del año pasado y organizan el menú navideño de estas fechas. Algo, por otra parte, que tiene más de rito que de acción porque desde que mi bisabuela- allá por los años treinta- lo estableció no ha admitido variación ni cambio alguno:
Nochebuena: Trufado de Navidad con huevo hilado. Espárragos (debieron ser la novedad en Castellón al principio del siglo pasado, porque en mi casa se valoran como manjar) Perdices en escabeche.Turrones y pastelitos de boniato.
Navidad: Entremeses (de los antiguos, arrasan los tipos de mortadela) Ensaladas. Arroz (admitimos, con el paso del tiempo, eso sí, cualquier variedad: desde la paella al de bogavante). Turrones y pastelitos de boniato.
Segundo día de Navidad (26 de diciembre): Langostinos con salsa romescu. Pavo relleno con guarnición de manzanas asadas (muy de acción de gracias). Los restos del turrón y de los pastelitos, a los que se incorporan polvorones, mazapanes etc.
Año Nuevo: Sopa de pelotas. El plato estrella de las fiestas, el resto no importa.
Así desde hace sesenta años, como mínimo. Fijo, inamovible. Al margen de las modas del cóctel de marisco, la langosta, el foie. Por nuestras Navidades no pasa ni el Bulli ni Arzak. Entre otras cosas porque ahora no podemos y supongo que, porque cuando podían, por puro sentimiento abertzale de Castellón- qué cerriles somos- no quisieron. No lo sé. Solo recuerdo que de pequeños introducir una pastilla de turrón de chocolate de suchard en casa supuso cuatro Navidades consecutivas de discusiones y peleas. Como el turrón artesano de la mejor pastelería de la ciudad- de yema- no había nada, sentenciaban mi abuela y sus hijos.De esta forma se acababa la discusión.
Así que esta semana pre-fiestas mi casa se convierte en un campo de batalla: mi madre y mi tía, armadas con su libreta (su bloc de anillas) su cazuela de barro y su cuchara de madera se encierran en la cocina y como en el libro de Laura Esquivel, "como agua para chocolate" la cocina se convierte en un lugar mágico al que no todo el mundo tiene acceso. Yo tengo muy restringida la entrada, porque no sé cocinar. Soy, en ese sentido (y en muchos otros), una mujer absolutamente trasto. Muy pocas veces me he puesto el delantal y me he enfrentado a un pescado, a un cocido, a una tortilla de patata. A mí me plantan cara hasta los espaghetti. No exagero. En la época de la universidad, ya en un piso con amigas, solía llamar a mi madre por teléfono para preguntarle alguna de sus recetas para tontos y así, como ella no me veía - estábamos a seiscientos kilómetros de distancia- y en mi piso teníamos hambre de guiso casero, utilizaba a mis compañeras o a nuestros invitados como cobayas. Tengo que decir q siempre fueron muy agradecidos y que celebraban el pollo al horno con una alegría propia de Ghana. Pero allí se acabó mi carrera entre los fogones. Después me hice vaga y nunca encontré la ocasión de cocinar ni para mí ni para nadie.
Lo que en principio fue pereza con los años se ha convertido en una invalidez.Algo que me reconcome cuando llega la Navidad, porque me muero de envidia al ver a mi tía y a mi madre riéndose entre los piñones, pesado el pavo antes de meterlo en el horno, espolvoreando la hierbabuena...Así que a veces hago playback y con mi mejor voluntad me escapo del despacho- suelen cocinar a primera hora de la tarde- para colarme en su territorio y aguantar que durante dos horas y con toda la razón del mundo, se burlen de mi torpeza.
Aguanto todo tipo de comentarios solo porque me admitan en su burbuja.
Entre esos días hay uno que destaca sobre el resto,el de, como antes ya he anunciado, las pelotas de navidad. Las pelotas de navidad son, para los que no viven en la aldea gala, algo parecido a las albóndigas que se ponen en algunos lugares en la sopa de cocido. Están hechas con magro y manteca pura de cerdo, hierbabuena, piñones y huevo, se guisan en cazuela de barro, a fuego lento. La gente de Castellón se divide, en cuestión de cocina, en dos tipos: aquellos a los que les gusta que la pelota esté ligada con sangre, y aquellos que la evitan en ese plato. Las dos formas de hacerlas son exquisitas, la verdad. Aunque dicho así lo de la sangre no suene nada bien, añadida a las pelotas está riquísima, pero claro, todo depende de lo escrupuloso que uno sea. En mi familia, como alguien debía de serlo mucho, se apartó lo de la sangre hace tiempo. Y las pelotas salen así, como se ven en la foto.
En general las pelotas se suelen añadir a la paella y le confieren un pelín de grasa al arroz, pero también un aroma y un sabor muy especial. Mi madre asegura que esta receta debemos haberla heredado de nuestros antepasados árabes y que de ahí que "los de fuera no la entiendan". No sé a quién se refiere con "los de fuera" porque todos los invitados que las han probado en casa se han hecho adictos a ellas de inmediato. Para mí que esa es su excusa para no exportarlas, para reservarse el secreto de su cocacola. En mi familia, además de hacerlas sin sangre, tenemos otra variación- común en la zona, que nadie piense que me las doy de creativa ni de talentosa- y es que con ellas hacemos la sopa de Navidad, que es un caldo (un buen caldo) con flan y las ya descritas, pelotas.
Aquí sí que debo parafrasear a Belén Esteban: Yo por la sopa de pelotas mato.
Ma-to.
Sin excusas absolutorias.
De hecho esa es la razón por la que mi madre (y antes mi abuela con ella, y antes mi biasbuela con los jóvenes de la casa), como reclamo, la deja como menú para el día de Año Nuevo. Así, con la excusa de que no existe nada mejor para la resaca, siempre me hace dudar- sí o sí- sobre el sitio al que me marcho para pasar la Nochevieja. Hay que volver a casa de mañana, le pese a quien le pese, a mí al menos, que tengo que llegar a la sopa de pelotas.
Las pelotas- christmas balls-para mí significan navidades en Castellón.
Uno de mis clientes favoritos, un médico que lleva las trenkas más bonitas del mundo, cuando llega esta semana también se encierra con su hermana en la cocina para hacer sus pelotas de Navidad. Su hijo, que es amigo mío, me contaba el otro día que existe un trapicheo de pelotas esos días que parece que todos en su casa estén delinquiendo:
- Yo quiero cuatro pelotas, que he prometido invitar a fulanito.
- A mí me faltan dieciséis que he quedado con...
- Hay que guardar cuatro para la tía....que vive sola...
- Pues si me das dos, yo le llevo las cuatro de la tía y ...
Esa conversación la viví el jueves al salir del trabajo. En cuanto abrí la la puerta de casa de mis padres ya escuchaba las voces del trueque. Con la ansiedad acumulada tras los doce meses de espera, me lavé las manos, entré en la cocina, encontré un tupper y metí las manos en la masa:
- Yo quiero ocho. Las tengo todas comprometidas. No vendo.
Mi madre me miró a punto de reñirme como hacía cuando era pequeña. Pero yo ya estaba rebozada de huevo, apretando un trozo de magro en el hueco de las manos:
- ¿Así bien?
- Hay que apretarlas más eva, para que no se rompan. La abuela siempre nos lo decía.
A mí se me escapaban los piñones entre los dedos.
- ¿A que están quedando bonitas?
Mi tía las miraba de reojo.
- Acuérdate de servirlas con dos pucheros, uno para el caldo con el flan hirviendo y otro para las pelotas, así se conservarán mejor.
- Si no se sirven muy calientes- apuntaba mi madre- las pelotas no valen nada.
Yo iba haciendo bolitas como si estuviera en la playa.
- Este año encuentro distinto el sabor del magro.
- ¿Les faltará hierbabuena?
- Eva, pruébalas.
Y yo con lágrimas en los ojos me acerqué a la cuchara de madera. La magdalena de Proust. Los labios tokio de mi abuela. Las fotografías antiguas de la masía. Los azulejos de la Plaza de España que dibujó mi bisabuelo. El castaño en el patio. Las rodillas descascarilladas de caerme en el pasillo. Los colchones de pluma. La botella de champán que mi abuela abría siempre tal día como el de hoy, cuando celebrábamos mi santo. La carta de los Reyes. Los juguetes esperándome en el balcón una madrugada de enero. La chimenea encendida. Luís, mi hermano, con las mejillas sonrosadas. El calor de los besos de mis sobrinos, Juan y Mar. Lo desafinados que somos todos los Segarra cantando villancicos. Los que se fueron sin querer.
Me atraganté.
Mi madre se dió cuenta y me dijo:
- He empezado a hacerte una libreta de cocina como la mía. La primera receta que te he copiado es la de las pelotas de Navidad.
Ahora espero una segunda ocasión en la faz de la tierra.