viernes, 7 de diciembre de 2012

Un chico que come gusanitos


Me siento orgullosa de mis amigos. He tenido mucha suerte con ellos. Como todos he tenido decepciones, personas a las que he querido mucho y se han apartado de mi vida de una forma más o menos dolorosa. Pero pese a las pérdidas, sé que soy muy afortunada: tengo muy buenos amigos. Y me siento profundamente orgullosa de ellos.
La introducción se debe a que llevo dos días saltando en el sofá cada vez que veo la sexta. Entre programas se cuela la promoción de "Salvados" del próximo domingo y la tercera imagen corresponde al rostro, la voz y los gestos de uno de mis amigos a los que más aprecio: Manuel Bruscas.
Me siento orgullosa de estar cerca de él por mucho, pero desde hace un tiempo la admiración que le profeso ha crecido en proporción geométrica- se ha disparado- no por lo que hace por mí, sino por lo que hace por los demás. Por su inteligencia y su solidaridad, que trabajan a la par por un mundo más habitable.
La historia de Manuel Bruscas- sir Bruscas, para mí- y de su preocupación por cambiar lo que no funciona en el sistema es larga y está llena de imágenes pequeñas: un niño  con síndrome de down comiendo una bolsa de ganchitos en el vagón del metro, las fechas de caducidad en la tapa de los yogures, los viajes sin dietas para sabe por qué se tira comida, los powerpoint de horas de estudio buscando soluciones para el desquilibrio alimentos-hambre, las canciones de Extremoduro que le alientan para seguir pensando, las reuniones con oenegés, supermercados y bancos de alimentos y ese discurrir contínuo, del que solo se cobran sonrisas, al llegar a casa un martes y preparar la cena para sus chicas sin dejar de creer.
Hay un tipo de afecto por el que aplaudimos el éxito de nuestros amigos, por el que lo compartimos con ellos. Hay otra sensación que va un poco más allá y que surge cuando te das cuenta de que lo que un amigo hace es extraordinario, fuera de lo común por algo. Ese segundo sentimiento es el que yo tengo estos días cuando veo a Bruscas charlando con el Follonero. No es que me sienta orgullosa porque sea mi amigo, que lo estoy, sino por lo que está haciendo. No se verá el domingo en Salvados pero yo, al igual que los que estamos cerca, sé cuánto se esconde debajo de la poca importancia con la que Bruscas explica lo que ha estado investigando durante estos años.
Hay mucho desvelo detrás de ese chico que se esconde detrás de la bufanda.
Yo el domingo estaré aplaudiéndole, más grupi que nunca, a las nueve- creo- en "Salvados". 

1 comentario:

Anónimo dijo...

ohhhhh...el chico que, sin palabras, qué bonito regalo