Me desborda este hombre: en el pasado, en el presente (vacaciones en Castellón) y seguramente me desbordará en el futuro.
Aún así: qué despedida más digna.
Mi padre me traía folios y lápices bicolores del despacho.Yo aún no sabía escribir pero pintaba filas de hormigas y las salpicaba de puntos. Así empezó todo. Desde entonces no he dejado de rayar cualquier cosa: desde los folios del juzgado hasta el cartón de las medias. Esto no se cura, así que lo mejor es vivir rodeada de letras.
jueves, 20 de noviembre de 2008
Los trenes de los deseos
martes, 18 de noviembre de 2008
lunes, 17 de noviembre de 2008
Asilo en Pekín

domingo, 16 de noviembre de 2008
Tinitaneando (anchoas con pimientos)
"...Yo miraba al castillo
y me creía Franz Kafka,
y escribí una canción
que acabé en una tasca.
Pudo ser un amor del montón,
pero todo el montón era mío..."
"Del montón", Sr.Chinarro.
"Es una lata lo de ser bohemio"
Sr. Mostaza
Cuánta razón escondida tras unas gafas de pasta: es agotador lo de ser bohemio. A mí, como dice Belu, no me da la vida. No me da la vida para tanta bohemia. Y menos en Castellón, que es tan pequeño. El jueves por la tarde, mientras cerraba un expediente en el despacho llamé a uno de mis amigos del Teatro, Nacho:
Él: Y tú, ¿no tanetineas?
Moi: Yo sí, pero hoy...¡uf! Me da un cansancio...
Él: Pues va a estar chulo. En las pruebas sonaba muy bien.
Moi: Ya. (sonrisa al revés)
Me vuelvo a casa, tengo que crear- que no me creo nada- algo que me da aún más cansancio. "¿Y tú qué haces? Soy comisaria de exposiciones de macramé. No sabéis lo que me cuesta. También hago unos documentales preciosísimos con la oveja negra de chapa que tengo en el llavero del coche y el gato manga de ojos morados que me abre las puertas del piso." Qué tranquilidad saberse creativo. Ahora ya respiro mejor...
La ausencia de ansiedad y ese refuerzo positivo que la bohemia regala (a cambio de cupones en las revistas culturetas) me convencen para que el viernes estrene la capa negra- mi regalo de cumpleaños-y me disfrace de ...¿Darth vather?¿Emily the strange? Así ya me atrevo a entrar en el Casino a la hora del aperitivo, para cusiorear y familiarizarme con el ambiente Tanned Tin Festival. Llego tarde-¿acaso alguien esperaba otra cosa de mí?- y del concierto matutino solo quedan los restos.A saber: bafles sueltos , cables que componen figuras extrañas y el chico negro de "No disparen al pianista" acodado en la barra del bar. Hay pocos festivaleros y la mayoría de fuera o ingleses (que son un poco más de aquí porque desde que los Morán vendieron el FIb veranean por estas costas). No reconozco a ningún lugareño y si hay algún vecino debe estar camuflado como yo, que con este corte de pelo, los labios rojos Bettyboop y las rayban Jackie que me he calado parezco,en lugar de poppy o gótica, Melanie Griffith en "Algo salvaje", pero en invierno y sin Jeff Bridges. Porque evito el alcohol (una manía nueva) y me aprietan las botas rojas me vuelvo a mi habitat: calle Mayor, plaza MªAgustina, comida con papás...
Pero él sábado lo intento de nuevo: convoco a mis amigas del colegio en el bar del Casino a las 12.30. Comienza la cita con llamadas telefónicas llenas de incredulidad y dudas: "¿Nos tenemos que arreglar? Es que como hemos quedado en el Casino...""¿En el casino?¿Estás segura? Si mis padres van ahora para allá...""¿Me llevo el DNI? ¿Tú no crees que es un poco pronto para apostar?". Zanjamos el tema con aceitunas partidas, cervezas y papas. Vienen con los niños. Bueno, con uno de los niños, Óscar- otra debilidad- que me pregunta por un juego de la play. Mientras esperamos que Mary Hamptons se haga las coletas Óscar y yo mantenemos una enriquecedora charla sobre superpoderes. Él dice que el héroe que más le gusta tiene el superpoder de pillar desprevenido a la gente. Me gusta ese poder, le pregunto que cómo lo hace: "Pasando desapercibido" me contesta con toda naturalidad. Evidente, vamos. Después su padre me confesará que mi contertulio tiene un superpoder- tápense los oidos los que no aguanten ni una mota de escatología, que esta es infantil, pero me gustó una barbaridad- dice que se tira unos superpedos que ahuyentan a cualquiera. Óscar se rie. Yo aplaudo a rabiar.
Subimos al primer piso, confundidos entre hordas de tannerstinners. Este año se desvanece la pandilla de Scooby Doo y el pelo de Screech en "Salvados por la campana" ya no se lleva; este año ellos han dejado crecer sus barbas y les han pasado a sus chicas las camisas de leñador, que estas, tan creativas, ajustan a su cintura con tiras de cuero. Se me ha pasado la edad para estar al día. Volvemos a la máxima de Belu, no me da la vida para seguir las tendencias (con criterio, of course!). Mary Hamptons nos pide después de una canción más larga que "La sombra del pájaro lira" de Andrés Vicente ibáñez- no sé porqué relacioné música y voz con este libro- que le hagamos los acompañamientos con las llaves de casa y todos los tannerstinners, pese a estar de vacaciones, las llevan puestas. Se crea un efecto de cortina con cuentas de cristal. A Óscar le gusta muchísimo: este niño augura un futuro brillante y ecléctico. Lo que pasa es que tiene tanto entusiasmo que bate mis llaves de casa con la rabia del guitarrista de ACDC y nos lo tenemos que llevar en volandas de allí, porque a los tannertinners que les estropeen la fantasia de caminar por Oklahoma les molesta. Y tienen razón. Bajamos otra vez al bar y allí seguimos con el aperitivo. El chico de " No disparen al pianista", Johann Wald, sigue acodado en la misma esquina. ¿Será de cera? No, descarto mis dudas tras verle zamparse un montadito y cahrlar con una chica guapa vestida- cómo no- con camisa de leñador y flequillo. La modernidad se nos agota entre los hielos del vermú así que descendemos a lo provinciano y nos vamos a las tascas- callejón sobresaliente en vasos de plástico y tapas- para probar las setas con virutas de jamón y huevos rotos o el solomillo con patatas a lo pobre y foie que hacen en la guindilla. Lejos de la onda expansiva de EP3 nos zampamos los platos y hasta mojamos con pan; así nunca llegaremos a nada, me digo, los modernos- sea del ramo que sea- en un noventa y nueve por ciento están delgados. Delgadísimos. Ignoro su dieta, pero a mí tampoco me da la vida para seguirla.
Regreso al festival ya de noche, cargada con varias bolsas de la FNAC. Siento hacerles publicidad gratuita, pero les agradezco que no piensen en ampliar franquicia en Castellón. Su expansión sería mi bancarrota.La FNAC (perdón que consulte una duda : ¿es la o el FNAC?) es a esta etapa de mi vida lo que El Corte Inglés significaba en mi infancia: excursión a Valencia, descubrimiento del consumismo compulsivo, inyección de felicidad con bolsa de plástico. Otro día hablo del paralelismo entre ir a Andorra (infancia) y escaparse a Ikea (afteradolescencia). Entre mis tesoros el libro de Eloy Fernández Porta, "Homo Sampler" que me está llenando los ojos de ventanitas. Lo dejo en el coche y busco asiento libre en el patio de butacas. Antonio Luque se presenta con guitarra y camiseta negra, como en el vídeo, mientras a mí me cede un chico simpatíquisimo su silla en la fila siete. Se apagan las luces y la chica que está sentada a mi lado saca una libreta y comienza a escribir como una posesa. Me cohibo y mi moleskine da latidos en el bolso: un soplo de aire fresco por el colchón/ y al poco una quietud sorprendente. De repente padezco, más allá del síndrome de Stendhal, el síndrome Teletubbie: me dan ganas de entrar en el mundo del que salen las canciones de este Sr.Chinarro. Cuando casi al final termina con una de mis favoritas- el rayo verde- se me pone la carne de gallina y el pulso se desboca. El escenario sigue oscuro y sin embargo yo veo, tras la figura rotunda de este Aute popero (a mí la voz me recuerda a la de Aute, que nadie se indigne), la ilustración de mi libro de Julio Verne de la infancia. Salgo de allí hechizada y abrazada al disco de vinilo: "Ronroneando". Me despido de mis amigos que siguen trabajando entre bambalinas: están cenando después del concierto de Antonio Luque y me cuentan los entresijos del festival.
- ¿ Ves a aquel tipo del sombrero? Sí claro, el que está al lado del inglés que parece sacado de "Little Britain"...lleva tres días sentado en esa silla- entre la puerta del restaurante y la barra- bebiendo vino tinto. Aún no ha tocado.Veremos qué hara...
Al día siguiente tras una jornada intensiva de vida familiar regreso al teatro y a los pobres vigilantes de la puerta ya no les caben más artistan emergentes en las bolsas de los ojos. La de seguridad me dice:
- Yo cuando llego a casa solo pido silencio.
Me invitan a una cerveza en el barstage y digo que sí a cabezazos. No me vendrá mal: en unos minutos escucharé a Nacho Vegas. Tengo más curiosidad que ilusión. A veces me agotan sus canciones eternas. No me da la cabeza para tanta profundidad, lo siento. Aunque asimilada por los colaboradores del tanned tin, no consigo ni estrenando vaqueros confudirme con una festivalera más. Me faltan mis medias de colores (Cañizares style, yo las utilizo para ir al juzgado, por provocar y dar color entre tanto negro de toga) y me sobran diez kilos.Lo primero tiene solución, lo segundo no lo consigo ni aunque empiece hoy un régimen para la edición del año que viene. Me gusta demasiado la buena vida, lo sé, aunque no me asuma. El músico de "Little Britain" se acerca al grifo de la cerveza y saluda a mi amigo. Yo abro mucho los ojos, me hace ilusión ver a alguien conocido. Le saluda con un "¿Cómo estás?" lleno de "th". Mi amigo le contesta sonriendo, mientras el inglés fulmina el contenido del vaso en un flus me sopla:
- Este lleva cinco días en el bar de aquí al lado comiendo solo anchoas y pimientos.
Le miro hacia arriba- es alto y rubio, claro, como la cerveza- sigue sonriendo. Tal vez esa sea la fórmula de su delgadez extrema. O tal vez sea un conjuro para que su actuación sea un éxito. O puede que sea un vikingo, en lugar de inglés como pensábamos, y esté acostumbrado, tras generaciones y generaciones de salitre con descubrimientos al salazón. Su amigo con el tinto, este con las anchoas y pimientos: la modernidad me está desbordando. Apuro la cerveza y mientras bajamos me cruzo con Nacho Vegas: no le reconozco, así que Nacho me apunta con un codazo.El hombre que no conoció a Michi Panero ha sonreído. Por esa sonrisa aguanto todo el concierto sin torcerme.
Me recompone la energía sin pantanos de "Munch Munch" un grupillo de adolescentes de Bristol que nos ponen a bailar a todo el teatro (MUNCH MUNCH WILL PLAY ANYWHERE: PARTYS WEDDINGS BAR MITZVAHS BAPTISMS INTERVENTIONS EXORCISMS SLEEPOVERS ) En cuanto termina su concierto salen al hall y revientan el merchadising con sus singles, cedés y camisetas. Sonríen encantados de la vida, eufóricos mientras la gente corea en pequeños grupos su nombre. Comienzan las despedidas, las camisas de cuadros se van apagando. Yo misma me noto cansada y eso que solo he presenciado cinco o seis conciertos. No me dan los años para ser bohemia, lo noto en la forma en que me escapo mientras actúa el penúltimo grupo: no dejo de pensar en las cosas que tengo que hacer esta semana, repaso la agenda del despacho, hago cálculos sobre lo que necesito de Ikea, confecciono la lista de los correos por enviar...
De vuelta a casa el amarillo de las farolas me pega en el cuello- cómo no - bocados de realidad. La Calle Mayor huele a hervido. No hay ni una sombra en la Plaza MªAgustina. Una señora baja la basura con batín en mi calle. Mi casa está tan fría que necesito la calefacción. No me da la vida para ser bohemia. Ni siquiera me da, Belu, para escribir posts más cortos en el blog.
Lo siento.Buscaré en el armario de mi hermano una camisa de leñador, como penitencia.