jueves, 14 de agosto de 2008

El señor Miquel



Cuando reformaron el teatro despidieron al Señor Miquel y al resto de los empleados que estaban al borde de la jubilación. Yo, por aquel tiempo, trabajaba para la Sociedad Filarmónica haciendo de chica para todo y ocupándome de los contratos. Era un trabajo complementario, del que apenas cobraba, pero en el que aprendí mucho y a través del cual me escapaba de la abogacía. Lástima que eligiera el pasillo de la música clásica para fugarme, porque por traumas infantiles era la más oscura de todas las salidas, pero esa ignorancia absoluta que yo tenía para relacionarme con músicos, orquestas y agentes musicales me fue muy útil para tomarme aquel trabajo con sentido del humor y de la manera más pintoresca, en plan titiritera. Fue entonces cuando conocí al Señor Miquel y me enamoré perdidamente de su voz ronca, de su forma de llamarme "chicuela".
El Señor Miquel había venido de Alicante con su mujer y un hijo mucho tiempo atrás, tanto que yo pensaba que era de los primeros habitantes de la ciudad. Tenía como única pertenencia una bicicleta con la que iba a trabajar a Radiadores Ordóñez- la fábrica más importante de Castellón en aquella época- y con la que se trasladaba de casa en casa para ejercer de practicante ya que había aprendido a poner inyecciones en la mili y así podía sacarse un sobresueldo con el que sacar adelante a su famillia. Más adelante, como llegaban más hijos y el sueldo era insuficiente, comenzó a trabajar de acomodador en un cine, después en otro hasta que le contrataron en el teatro. Fue allí cuando descubrió su pasión por todo lo que se cocía entre bambalinas, donde encontró un hueco para su fantasía. Abandonó la fábrica de radiadores y se incorporó a una de azulejos en la que le pagaban mejor, pero ya no quiso marcharse del teatro: le gustaba aquel mundo donde confluían ficción y realidad, le atraían aquellos grupos de personas que vivían alejados del reloj y las buenas costumbres (¡ay las vedettes!, decía con media sonrisa), se sorprendía con ellos, con su paso fugaz por esta ciudad tan pausada y con la profundidad de sus interpretaciones que dejaban, de vez en cuando, surcos en las recién estrenadas aceras de la Plaza de la Paz.
Cuando yo le conocí el Señor Miquel ya tenía setenta años y las llaves en la mano de todas las dependencias del Teatro Principal. Él no sabía quién era yo, ni que mi familia y la suya se conocían mucho, él solo sabía que yo era una "xiqüela", así me llamaba, que llegaba con agobios y prisas el día antes de un concierto y le pedía que encendiera la calefacción (tardábamos casi tres días en calentar aquel teatro y aún así hacía un frio siberiano; una vez, en mitad de un movimiento un violinista de un cuarteto de cuerda checo se detuvo y alarmados corrimos a ver qué pasaba: el Señor Miquel no hablaba inglés, el viejecito checo tampoco y yo sí pero no servía de nada, así que por gestos entendimos que el pobre hombre nos pedía que "apagáramos el ventilador" porque tenían los dedos congelados y no podían tocar. "¡La mare de Dèu!¡¡i ells que son rusos!!!" - "¡Madre de Dios!¡¡¡Y ellos que son rusos!!!"- exclamaba el Señor Miquel llevándose las manos a la cabeza mientras sopesábamos si comprarles unos guantes o hacer un receso para emborracharlos con coñac) o que buscáramos siete sillas más porque no me cabían los de la orquesta. Se reía conmigo y su voz rotunda llenaba el patio de butacas. Le encantaba dar el ramo de flores de cortesía a las sopranos, aunque si le parecían muy feas o gordas siempre me guiñaba un ojo y me sugería que me lo quedara yo o que se lo llevaba él a su mujer, de la que estaba profundamente enamorado. A mí la ternura con la que la trataba me derretía, por eso las pocas veces que ella venía a algún concierto me gustaba espiar cómo él la acomodaba en una sillita de algún palco e iba a visitarla a menudo, cómo la llenaba de mimos o la miraba como se mira a las muñecas, con admiración y cuidado por miedo a romper su belleza.
Tenía una butaca reservada en la penúltima fila del pasillo y desde allí me reñía con la cabeza cuando me pillaba aburrida escribiendo en los conciertos. "Ay xiqüela, qué escriuràs..." ( "ay, chicuela qué escribirás..."). Después abría las puertas y si nos cruzábamos me llevaba al camerino para que yo saludara al pianista, hasta que un día un francés me tiró los trastos y me invitó a cenar delante de él y aunque no supiera inglés - el idioma en el que el francés me agasajaba- el Señor Miquel, que tenía mundo, se dió cuenta y en seguida me lo dijo en valenciano , "li has agradat xiqüela, al borinot eixe li has agradat" ("Le has gustado chicuela, al tonto este le has gustado") y así, con ese descalificativo tan simple lo único que pretendía era protegerme de aquel músico vanidoso y multipremiado que me veía tan ingénua y pardilla e intentaba deslumbrarme.
Durante aquellos años jamás pagué una entrada en el teatro. En cuanto él descubría que yo pasaba por taquilla me llamaba y me colaba por la puerta de atrás. Ví a "Els Joglars" en el palco de la propiedad gracias a él antes de que cerraran definitivamente su teatro, que era el mío. Recuerdo que esa tarde de junio él y yo paseábamos entre las butacas color vino al terminar la representación y que los dos nos despedíamos con tristeza de aquel sitio. Sabíamos que no iban a mantener su espíritu, que no iba a ser ya igual (de hecho lo reformaron como si fuera un hotel NH, llenándolo de azulón y amarillo), que la madera de los camerinos ya no rechinaría, que zurcirían el agujero del telón por el que los miembros de las compañías vigilaban la entrada del público, que eliminarían el pasillo central por el que tantas veces él había bajado con un ramo de flores para la soprano y que todos sus secretos se guardaban en baúles para la mudanza. "Aquí actuó Caruso" me contó esa tarde mientras los dos andábamos lentos y tristes por el pasillo agujereado por las colillas.
Tardé mucho en volverle a encontrar pero cuando nos vimos, en una comida que organizó mi madre en la masía, me abrazó y me deshizo llamándome "xiqüela". En seguida me interrogó: "¿Qué fàs?¿T'has casat? No pares mai, xiqüela eres cúa de sargantana...." (" ¿qué haces?¿te has casado chicuela? No paras nunca, chicuela, eres cola de lagartija...") después nos pasamos la comida acordándonos del teatro y de las historias que él vivió allí dentro. De vez en cuando miraba a su mujer embelesado y a mí se me resbalaba la ternura de la copa.
El señor Miquel se murió ayer junto a su mujer, en mitad de una sonrisa. A esta hora, mientras yo escribo este post, lo entierran en su pueblo en el Campo de Mirra. El Teatro está cerrado, no hay programación en vacaciones. Si hubiera estado abierto me hubiera gustado llevar alguna flor y dejarla sobre su butaca, aunque ya no exista el pasillo central y todo sea nuevo, extraño, azul y amarillo.
Por una vez me hubiera gustado ser yo quien tuviera el honor de darle a él un ramo.

2 comentarios:

ninive drake dijo...

Una pena, descanse en paz;

su vida me ha emocionado, dudo que mucha gente pueda decir lo mismo de la suya propia...

gracias por mostrarnos como fue el Señor Miquel...

un beso, ánimo

evamaring dijo...

Muchas gracias Nínive. La verdad es que fue un hombre excepcional.Un beso fuerte
eva