Sustancia activa: Codeína
Grupo: Analgésico narcótico.
Subgrupo Terapeutico: Antitusigeno asociado con otras sustancias.)
Sucedió en primavera en una ciudad que solo conocía dos estaciones: el verano y el invierno. Durante nueve meses las calles eran pasadizos hacia el círculo polar ártico y el resto del año inmensos desiertos poblados de césped amarillo. Sin embargo, en aquella ocasión las medianas de las avenidas se llenaron de tulipanes y el aire favorecía el despiste. En primavera es más difícil estudiar, me decía yo y así celebraba una excusa.Tal vez por eso envié mi solicitud para ser jurado de un premio literario que organizaba una revista femenina. Si la vida iba a transcurrir entre tertulias, lo mejor era encontrar un sitio en las que me interesaran. Entonces aún se mandaban los escritos a mano y por correo, así que desde la oficina principal envié mi crítica sobre una novela de Carmen Martín Gaite y para echar el anzuelo bordé dos metáforas con punto de cruz. Dos semanas más tarde me confirmaron que había sido elegida, me regalaron los tres libros sobre los que debía emitir mi juicio y me convocaron en un bonito hotel de la ciudad. Redondo: ya no podía estudiar financiero. Tenía en mis manos una milésima parte de un premio literario.
He de confesar que no conocía a ninguno de los escritores hasta entonces (después me los he encontrado en revistas y suplementos) y que la sinopsis de sus obras me desanimaron bastante. Había una novela realista de un autor local- yo le identificaba con la torre, blanca o negra, del ajedrez- que describía como si emitiera un control de calidad la comida que se ingería en el norte del país y que yo, entre náusea y siesta, no pude acabar: se me atragantaban las palabras como manitas de cerdo. Le seguía una atrevida historia sobre la marginalidad madrileña que firmaba un escritor criado entre linotipos, tintas y correcciones de primeras- el peón negro- rápida, con escenas de sexo descarnado y muy cinematográfica. Y por último una colección de cuentos que era un collar de azabache: precioso, especial y para ir observándolo con detenimiento. Su autor es un escritor de escritores, el alfil blanco.
Con remordimientos por no haberme acabado la primera de las tres obras elegí la última, que aún releo de vez en cuando. Invité a dos amigas mías a que me acompañaran a la fiesta y me maqueé como si fuera una señora de cincuenta y muchos: era un época difícil y un lugar complicado. Se salía de copas con el traje de chaqueta, los labios rojos y unos tacones que no querían serlo. Cuando ví a mis compañeras del jurado eché a volar los tópicos: había una abogada de postín, con un vestido de líneas sobrias y diseño de firma, sin mucho maquillaje y un toque Sybilla en el rostro; una funcionaria de la Diputación ávida de lecturas y entretenimientos, que tendría mi edad ahora, y que se había pasado media tarde arreglándose un flequillo con caída libre y pendiente de pista negra. Esas eran las dos que más recuerdo porque seguimos juntas el resto de la noche. En la mesa, durante el acto, no hablaron mucho: medían sus palabras y no confesaban su voto, parecía q entre el jurado también se participaba en una competición. Yo me desaclifiqué en el segundo número dos al confesar que no había leído uno de los libros.Me miraron con desdén y así me relajé.No soporto las carreras.
Los escritores estaban sentados en un escenario improvisado para la ocasión. La torre blanca resoplaba o hiperventilaba, aún no lo sé. Parecía que acababan de quitarle la barra del bar del codo derecho. En lugar de agua debían haberle servido un chato de vino. El peón negro, sobre sus botas de tacón cubano y vestido de cocodrilodundee (no estaba tan lejos la película) dibujaba y de vez en cuando miraba al público: el muy cabrón estaba haciendo nuestras caricaturas. Yo le pedí luego la mía y aún la conservo porque me hace mucha gracia: soy la imagen viva de Monica Lewinsky. En un extremo el más escritor de los tres- si es que en la literatura hay grados- se escondía tras el micrófono, como si quisiera desaparecer y cuando escuchó su nombre como triunfador de la feria, casi se pone a llorar del susto. No tenía palabras, pero no las tenía de verdad: debía haberse guardado unas pocas en los bolsillos de la americana vainilla, digo yo, por si acaso ganaba. Que lo suyo era decir algo, no atragantarse con susto.
Desde el momento en que se hizo público el nombre del ganador la noche se desbarató. El escritor local tomó el micro y dijo que aquello era una farsa- como todos los premios- que su novela era un novelón y las de sus compañeros casi una mierda, que estaba hasta las narices de que le hicieran perder el tiempo con gilipolleces como esta y que no, que él no estaba de acuerdo. Dos críticos de apellidos ilustres intentaron calmarle pero en cuanto nos fuimos del cóctel del hotel y nos dirigimos a la zona de copas, se fue corriendo y gritando como una exhalación. Sé que sobrevivió al desaire y que sigue escribiendo.Yo ya no me he atrevido a leerle nunca más, por si me mareo.
Entre gin-tonics y tragos de ron el peón negro nos habló de su vida y era mucho más divertido escucharle que leerle. Se sabía todos los cotilleos del mundillo literario y todos los escritores famosos eran sus más mejores amigos, aunque hiciera algún tiempo que no los viera. Él fue quien nos adelantó el romance de Almudena Grandes con Luis García Montero, que me tuvo a mí esperanzada durante años. Si la Grandes con su sobrepeso había encontrado la felicidad a mí aún me quedaba alguna expectativa. Qué absurda era yo en aquella época.
Los bares cerraban pronto y las botas de tacón cubano no estaban decididas a parar. Un grupo más reducido regresamos al hotel para tomar champán en la cafetería- ahora me doy cuenta de nuestra ingenuidad- y antes de llegar a la entrada una lectora-jurado ya había desaparecido acompañada de un publicista. La literatura devora, nunca lo había créído, pero es verdad. En recepción nos dijeron que no servían nada, pero que los señores alfil y el resto del grupo nos esperaban en la habitación...no sé, quinientos tres. Mis dos amigas y yo subimos como si fuera lo más natural del mundo, parecíamos ovejitas con lazo, bebebebebeeeee por la escalera.
Lo que siguió fue delirante y surrealista, aunque existan adjetivos mejores para describirlo. Nos sentamos donde pudimos, descorcharon un par de benjamines del minibar y el escritor premiado- ohohohoh- que tenía gripe y tos, por primera vez abrió la boca:
- Esta mañana...llovía. Era una lluvia gris, plomiza...de esas que no puedes quitarte de la gabardina...eso era lo que pensaba yo mientras esperaba un taxi, en mitad de una mañana que me condenaba al desahucio...o al viento y a la lluvia...
- O al tráfico- intervenía el peón negro, girándose para guiñarnos un ojo.
- No...al tráfico no...- el alfil seguia mirando un lugar que debía existir al otro lado de la nevera del minibar- ...me he subido al taxi...y le he pedido que me llevara hasta el aeropuerto...
De repente la lectora funcionaria y el crítico de un periódico nacional desaparecieron tras la puerta del baño y no les volvimos a ver: se los tragó el relato del ganador. Sus palabras eran trucos de magia. Tanto es así que a mí me despertaron del hechizo de las copas, los bares y la literatura y entonces me ví desde fuera, como si tuviera un viaje astral y saliera de mi cuerpo para sobrevolar la habitación. Desde el techo comprobé que aquella era una realidad absurda, me ví sentada en la butaca de una habitación de hotel, con dos amigas de tertulias del colegio mayor, escuchando las idas de pelota de un tipo con problemas de timidez, aguantando los chistes malos de un vividor y esperando no sé qué.¿Que se apareciera el fantasma de Don Ramón de Valle Inclán? Probablemente estuviera cerca, pero alguien más tuvo que tener la misma sensación que yo porque desde ese instante se precipitaron las cosas y nos quedamos sin luces y sin bohemia. Se acabó el champán y rechazamos las petacas de whisky, ginebra o ron. El ganador del premio sacó del bolsillo de su americana un bote de jarabe y nos ofreció una ronda de fluidín codeína:
- Es un opiáceo, probadlo...
Mis amigas se pusieron tensas en sus asientos. El vividor estrechó el cerco y propuso que nos dejáramos llevar para probar algunas de sus fantasías, trenzadas entre sábanas y eses. Se nos heló la sangre y el hotel se nos cayó encima. Antes de que se derramara el líquido rojo- opiáceo y antitusivo- de la codeína sobre la moqueta las tres habíamos salido corriendo del cuarto como si Dante nos hubiera bajado a los infiernos. Imagino que el alfil y el peón se fundieron en un abrazo metaforico, hiperbólico y perpetuo.
Yo ya no quise saber más. A la mañana siguiente miraba los lomos de mis libros con temor y bendecía las siglas de los impuestos. A los tres años me dí de alta como abogada. Mis amigas también viven entre leyes. Recuerdo que mi madre me preguntó al volver a casa cómo me había ido mi experiencia literaria:
- Es un mundo muy difícil , mamá.
- Entonces...- se le iluminó el rostro- ¿ya no quieres escribir?
- Preferiría no hacerlo- contesté.
Preferiría no hacerlo, sobretodo en primavera.

5 comentarios:
me encantó que me pusieras en antecedentes aquella noche del concierto... a mí me hubiera dado por reir... ¿con esto me quieres colocar??? aún así se prohibió su venta, por algo será... seguro que llegó al Ministerio de Sanidad una denuncia de que escitores de apellido compuesto pretendían seducir a jóvenes estudiantes con codeína y benjamines de champán... torres más altas han caído o eran alfiles??
yo tampoco he olvidado aquella absurda noche. No podías haberlo explicado mejor. Gracias por seguir escribiendo pese a aquello...un beso muy fuerte
No he querido dar nombre y apellidos porque una nocha mala la tiene cualquiera- yo tampoco me escapo: soy pura contradicción- pero lo cierto es q después, pese a reconocer lo buen escritor que alguno de ellos era (y es, ahora es más q entonces) no he podido quitarme esa imagen de la cabeza, la del viaje astral por la habitación (y sin fluidín codeína).Sus libros están salpicados de jarabe.
Ahora...tendríamos que haber bebido mucho fluidín para q aquello tuviera un efecto "lisérgico", ¿no? Tú lo sabrás mejor que yo...Besos y gracias por la sorpresa del facebook!!!Me tienes impresionada.
Abrazooooo
eva
ay Charo!!! no sabía si contarlo ni cómo hacerlo, pero me parecía tan irreal q he cambiado-omitido-exagerado para q nadie lea las cosas al pie de la letra (o si, q cada uno haga lo q quiera). Realmente la noche fue extraña y el final un poco desagradable, pero es que no podíamos ser más pánfilas!! menos mal q se quedó en anécdota. Y sí, supongo q pese a mis desvaríos y a este tipo de cosas, no puedo evitar lo de seguir escribiendo.Gracias por leerme.Mil besos, wapa!!!
eva
Qué historia más buena... o ¡Jo, qué noche!... la semana pasada estuve con unas toses horribles y estuve tomando justamente ese jarabe, pero sin codeína, claro, eso mejor dejarlo para las veladas literarias... ¡ja, ja!... Creo que casi todos hemos vivido noches absurdas como esas, no con escritores de renombre, pero noches bizarras al fin y al cabo... En ese momento no sabrías dónde meterte, pero con el tiempo y perspectiva, te mueres de risa y es una historia estupenda para contar por los bares...
Yo también he pecado muchas veces de ingenuidad... y, haciendo referencia a la canción de Sr. Chinarro, digo: Cándidos del mundo... uníos.
Besos.
Trinidad
POr ingenuidad, por groupie y por pardilla...me lo merecía Trinidad, como Michel,me lo merecía.
Lo de los escritores fue pura casualidad, pero es verdad todos hemos tenido noches bizarras y yo, por aquella época y dentro de las posibilidades de mi carácter bovino, parecía que las coleccionaba. Ahora ya me estoy quitando...en aquel momento deberáimos habernos reido las tres en lugar de salir corriendo,pero nos pilló en un momento blandengue, no sé...en cualquier caso, yo me pongo en la piel del alfil e insisto:quien cuente mis noches de linamorgan dentro de diez años va tener mucho tema de conversación!!!
Un beso fuerte
eva
Publicar un comentario