Lo que queda de la Navidad son Frida y Justine jugando su particular mundialito con las bolas del árbol que compramos en los chinos. También la recopilación de los libros de cocina apilados contra el microhondas y un propósito para el 2012: redactar mi propio recetario (copiar al comidista y selecccionar si puedo, canción para cada guiso). Lo que queda de la Navidad es un estado de cuentas en rotulador rojo, resultado de la falta de previsibilidad y de la aritmética de los regalos. También un montón de christmas que no he llegado a enviar y que siguen ahí, mirándome de soslayo desde la esquina del escritorio: un "Yanoeresloqueeras" con rotulador plateado y fondos de intermón.
Lo que queda de la Navidad son los nuevos ritos que año tras año vamos incorporando para hacernos unas fiestas a medida: la cena en casa con Paula, Miguel y Antonio, las copas intempestivas en Spoonful cualquier tarde, la representación de "El Betlém de la Pigá" en el que este año debutaban mis sobrinos (donde Juan, cómo no, se ha salido: se ha aprendido todos los papeles, incluido el del narrador, y conquistó al patio de butacas con su versito a grito pelado en mitad del escenario), el desayuno la mañana de Nochebuena con Antonio, entre prisas y un sol de invierno que estallaba entre los croissanes y el aperitivo horas más tarde, con mis amigas del colegio, peleándonos por un patinete.
Lo que queda de la navidad son los reencuentros y las ausencias. Los abrazos con los ojos brillantes, las despedidas de más y mejor para el 2012, las ganas de que perdure y no, no, no nos separemos nunca. Quedan los discos en los que he caído hasta el fondo- como el de Fran y Richi este año, "El problema de los tres cuerpos"- y que me han acompañado a todas partes. Las lágrimas en la autovía de vuelta de Valencia, pensando cuántas veces has querido decir eso de "Aviso que voy a quererte demasiado" sin que sonara obsesivo y cómo resulta tan hermoso en "El milagro de Milán".
Lo que queda de la Navidad es el saludo de la báscula cada mañana, cabrona como un teniente de las FAR, la intención de no repetir de sopa de pelotas y de no flotar con el turrón de yema de casa Gargallo.
Queda una saudade tibia en el cajón de la mesilla, donde se guardan las cosas que salvarías de un temporal en Nueva Orleans: las tardes de Navidad en las que cogíamos los patines y nos íbamos a recorrer Benicàssim; los regalos sorpresa que me esperaban en tu coche; las visitas inesperadas después de la misa del Gallo.
También quedan como un montón de confetti dispuesto a salir volando por la terraza, las llamadas para las que me han sobrado teclas. Las de aquellos a quien he querido y cada vez que se alejan me arañan el tuétano. Aquellos que fueron mi navidad, mi día de reyes o mi año nuevo en pleno mes de agosto o en otra ciudad. Resiste en el saldo de estas Navidades la sensación de que me han pasado volando, sin darme tiempo para volver a llorar con la soledad de Jack Lemmon en "El apartamento" o de zambullirnos en un novelón como "Libertad" entre mantas y tés de frambuesa.
Lo que queda de la Navidad es la imagen de la avenida desierta y mal iluminada pasado el último minuto del día veinticuatro. El pijama calentito sobre el radiador, las burbujas de la copa de champán frances que me suben la escalera y el penúltimo deseo del año. Queda cerrar los ojos y soñar que amaneces conmigo cualquier mañana entre papel de celofán y promesas de que algo nos está cambiando, sin necesidad de espumillón ni villancicos.
Que disfrutéis mucho.
Lo que queda de la Navidad son los nuevos ritos que año tras año vamos incorporando para hacernos unas fiestas a medida: la cena en casa con Paula, Miguel y Antonio, las copas intempestivas en Spoonful cualquier tarde, la representación de "El Betlém de la Pigá" en el que este año debutaban mis sobrinos (donde Juan, cómo no, se ha salido: se ha aprendido todos los papeles, incluido el del narrador, y conquistó al patio de butacas con su versito a grito pelado en mitad del escenario), el desayuno la mañana de Nochebuena con Antonio, entre prisas y un sol de invierno que estallaba entre los croissanes y el aperitivo horas más tarde, con mis amigas del colegio, peleándonos por un patinete.
Lo que queda de la navidad son los reencuentros y las ausencias. Los abrazos con los ojos brillantes, las despedidas de más y mejor para el 2012, las ganas de que perdure y no, no, no nos separemos nunca. Quedan los discos en los que he caído hasta el fondo- como el de Fran y Richi este año, "El problema de los tres cuerpos"- y que me han acompañado a todas partes. Las lágrimas en la autovía de vuelta de Valencia, pensando cuántas veces has querido decir eso de "Aviso que voy a quererte demasiado" sin que sonara obsesivo y cómo resulta tan hermoso en "El milagro de Milán".
Lo que queda de la Navidad es el saludo de la báscula cada mañana, cabrona como un teniente de las FAR, la intención de no repetir de sopa de pelotas y de no flotar con el turrón de yema de casa Gargallo.
Queda una saudade tibia en el cajón de la mesilla, donde se guardan las cosas que salvarías de un temporal en Nueva Orleans: las tardes de Navidad en las que cogíamos los patines y nos íbamos a recorrer Benicàssim; los regalos sorpresa que me esperaban en tu coche; las visitas inesperadas después de la misa del Gallo.
También quedan como un montón de confetti dispuesto a salir volando por la terraza, las llamadas para las que me han sobrado teclas. Las de aquellos a quien he querido y cada vez que se alejan me arañan el tuétano. Aquellos que fueron mi navidad, mi día de reyes o mi año nuevo en pleno mes de agosto o en otra ciudad. Resiste en el saldo de estas Navidades la sensación de que me han pasado volando, sin darme tiempo para volver a llorar con la soledad de Jack Lemmon en "El apartamento" o de zambullirnos en un novelón como "Libertad" entre mantas y tés de frambuesa.
Lo que queda de la Navidad es la imagen de la avenida desierta y mal iluminada pasado el último minuto del día veinticuatro. El pijama calentito sobre el radiador, las burbujas de la copa de champán frances que me suben la escalera y el penúltimo deseo del año. Queda cerrar los ojos y soñar que amaneces conmigo cualquier mañana entre papel de celofán y promesas de que algo nos está cambiando, sin necesidad de espumillón ni villancicos.
Que disfrutéis mucho.

3 comentarios:
Disfruta tu también.
Me ha encantado!!!!
Ufff.......sublime!
Si fuera Justine bajaría la cabeza, haría una caída de párpados y me acurrucaría entre vosotras. Gracias.
Me ha costado volver a escribir así que se agradece el cariño con el que habéis celebrado la vuelta.
Un beso, dos abrazos
eva
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