Todo está en el mismo sitio.
La nevera, los libros y los pagos pendientes.
Nada se ha movido.
Siguen las luces encendidas, como si esperaran.
Llegamos ayer, antes del mediodía. Dejamos la Tierra Sin Cobertura a eso de las doce y en cuanto nos unimos a la red de autovías comenzó a saltar la blackperry como si hubiéramos enloquecido.
Habíamos sobrevivido a dos días sin móvil, wassup y facebook. Sonreíamos.
(Pesábamos dos kilos más pero sonreíamos)
Habíamos bailado las sevillanas de Mártires del Compás al borde de la cena. Cantado a Pata Negra mientras dábamos un hervor al caldo. Y después, antes de la medianoche, Pixies, Smiths, la Costa Brava- cómo no- Antònia Font y nos acabamos el vino.
Entonces salimos a la plaza. Los del pueblo ya habían abierto las bolsas del cotillón, se besaban. Nosotros íbamos abrigados como si fuéramos a subir al Fuji. Llevábamos en una mano la bolsa con uvas y en la otra una maraca, para coger el ritmo. En telecinco Isabel Pantoja, hecha un holograma de mar, una foto dentro de un marco de Durán que habla, pedía salud, paz y prosperidad. El campanero de la torre de la iglesia había observado a media tarde cómo disponían pantallas en el comedor del hostal y eso le había incomodado. Quince o dieciséis años quedándose en el pueblo para dar las campanadas y este año, como a la mujer del posadero le gusta la Pantoja, le quitaban del menú. Les faltó anunciarlo en el bando municipal.
La plaza desde lo alto de la iglesia parecía tan pequeña como siempre. A lo lejos, quería pensar él, se distinguían las luces de Morella. Se encendió un cigarro a eso de las nueve y recordó el sabor del primer calimocho en la puerta de San Miguel. Encendió una luz pequeña y pensó que los primeros besos no sabían a fruta confitada, sino a vino agrio. Se apoyó en el muro de piedra y siguió fumando. Se había subido un hornillo pequeño y un bote de lentejas. Pensaba entrar en el año a la italiana.
Las chimeneas de sus vecinos exhalaban vapores de caldos y sopas. A nadie se le había ocurrido decirle que fuera a tomar una copa después de las uvas. Pandilla de desubicados, tanto mundo para olvidarse de lo cercano. Él se había comprado una botella de vodka para la ocasión. Bien frío era lo que más le gustaba.
Se puso los cascos, fijó una lista de reproducción en el ipod- fuga a samoa- y siguió fumando hasta que apareció ella, jadeante y turbia, tal y como la recordaba. Al campanero se le encogió el estómago, pero aún así consiguió decirle algo acerca del brillo de sus plumas, se acercó y al alargar la mano comprobó que seguía siendo suave. Tenía los ojos negrísimos y el pico brillante, como si amenazara un beso. Él se quitó el forro polar, le puso la mano en el cuello y notó que el ave temblaba, como él. Los dos bajaron la mirada, cohibidos. Era la primera vez que estaban solos. Ella hizo un ruido extraño, entre suspiro y lamento y él mandó al mundo a tomar por culo y no bajó la cuerda cuando se esperaba.
En el reloj de la plaza eran las doce y la varilla pequeña se precipitaba ha´cia la derecha. Había un rumor de serpentinas, algunos petardos y voces desincronizadas. Mientras en el hostal, a unos metros de la fuente, Paquirrín
bendecía las luces de su madre, arrullado por Jorge Javier Vázquez y se bebía el champán a morro. Nosotros no llevábamos reloj y mirábamos a lo alto pero todo seguía en silencio. A nadie se le había ocurrido traer una radio.
Escuchamos copas que se caían al suelo -¿serán los cuartos?- dos cornetas y una pareja de quinceañeros que se cabreaba. Pero todo era igual que diez minutos antes. Habíamos comprado uvas sin hueso en el makro para no tentar la suerte y seguían allí, en su bolsita, colocadas en fila como ejércitos de canicas.
Alguien dijo que el reloj estaba estropeada.
Al fondo, más allá del puerto de montaña, tiraron cohetes. Lo supimos porque nos salpicó la espuma de su pólvora.
No nos movíamos.
Fue entonces, cuando el campanero no pudo olvidar sus remordimientos. Estaba enredado entre las alas de la cigüeña, besándola cuando a las doce y cinco notó que algo por dentro se le estrangulaba. La miró con la desesperación de quien acaba de descubrir que no ha nacido para sandokan ni para héroe y ella ladeó la cabeza. Pasaban de las doce y cinco. Se levantó del plumón blanco y saltó sobre la soga q se ata al badajo y movió con las piernas el engranaje del reloj. El tañido de la primera le salió de la garganta. El de la segunda se le agarró al corazón y con la tercera ya sonreía. En la quinta suspiró. En la séptima se acordó del nombre de la chica con besos de calimocho: Socorro. Cuando dio la undécima pensó que le hubiera gustado ser bailarín. Y en los cuartos sintió que volaba. Al terminar, jadeante y febril, como la primera vez q ella le vió, volvió a sus brazos y le dió un sorbo a la botella de vodka. Bebieron juntos y ella le advirtió de lo complicado de sus amores.
Sonrió y le enseñó su patria: el universo.
Abajo, en la plaza, la gente deambulaba de un lado a otro sin concierto. Se iban descorchando las botellas de champán y los niños consumían sus bengalas. Detrás de cada puerta se escondía un momento distinto y el agua de la fuente borraba la memoria.
Nos volvimos a casa, llevábamos pelucas de celofán en la cabeza. No sabíamos si éramos los caraconos o la pandilla cutre de Rutger Hauer en Bladerunner.
Frente a la chimenea Lola veía un especial de "Phileas y Pherb".
Todo seguía igual, en el mismo sitio.
El año que viene- hemos pensado- lo empezamos en Samoa.
ps: A Samoa tampoco llega el pago de los turnos, tal vez la Generalitat quiera hacer como los habitantes de este lugar y saltarse el año que hemos trabajado, el 2011, para aminorar su deuda.

4 comentarios:
He logrado imaginar a las protagonistas de la historia gracias a las fotos que colgaste en FB. De lo de la cobertura doy fe, no te llegó mi sms hasta llegado el mediodía del nuevo año. He empezado el año leyendo tus post con la misma ilusión con que lo hacía el año pasado.
Soony
uy, pues que mal lo he contado soon yi ;) del campanero y la cigüeña no tengo fotos, lo siento. Y me hubiera encantado atraparlos dormidos, al amanecer.
Gracias por ser mi lectora más fiel.
Yo también espero tus comentarios con ilusión.
Un besoooo
eva
Noo, la que me he expresado mal soy yo. Me refería a que imaginaba la cara de las que fuisteis espectadoras de la historia del campanero porque había visto las fotos de quienes habiais compartido la nochevieja.
Jajaja...
Era brooooma, jajjajjajaa...ni te discuples ni te justifiques sonia!!!!
mil besos!!!
Publicar un comentario