viernes, 20 de julio de 2012

La balsa

Siempre pienso que mi cama es una balsa, pero no me dí cuenta del por qué hasta anoche. En verano, y en meses tunecinos como este abro las persianas y duermo al revés, con los pies en la almohada y la cabeza en el ángulo inferior. Ignoro por qué motivo pero cuando empieza el calor necesito dejar un brazo colgando, que toque el suelo y los pies en equilibrio en el otro extremo. Cerrar los ojos entre el azul de las paredes y con un poco de brisa imaginar que floto. Que estoy meciéndome en el agua, sobre una colchoneta y que mi cuarto no es mi cuarto, sino una piscina. Cuando los días se giran y terminan con una de esas tormentas que explotan en rayos sigo en mi balsa, me cojo a sus bordes y llamo a mis gatas para que se suban al arca. Si hay que sobrevivir al diluvio que sea con ellas, lo demás son objetos.  No sé qué motivo escondido tendré para necesitar estas travesías mientras sueño, pero la verdad es que a veces me despierto en mitad de la noche y tengo la sensación de estar surcando mares desconocidos, llenos de nubes y olas. En esos momentos pienso que lo tengo todo en la balsa, que si debo naufragar me agarraré a la memoria para salvarme y que sea lo que sea la costa que me espera, seré capaz de seguir viviendo contándome historias. Justine y Frida me miran con escepticismo y lo entiendo, pero lo creo de verdad, no es metáfora.

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