La última noche en Chiclana Isaac me devolvió una de mis canciones favoritas de la Costa Brava. La había tenido apartada de mi ipod durante años por todos los momentos brillantes que en un momento anudé a su letra. Cuando se acabaron, puse la canción castigada, cara a la pared y hasta que me la devolvió Isaac no había vuelto a escucharla entera. Había anochecido y ya no soplaba el levante- ese viento húmedo que se escapó de mi maleta el martes por la mañana- brillaban las bombillas de colores en el porche y Alanis, un atigrado zalamero, se enredaba en los tobillos de Maria del Mar. Ella le explicaba a Carlos lo que significaba nuestro costabravismo: Isaac y yo nos hemos visto tres veces , la última hace cuatro años y sin embargo no necesitamos tres segundos para ponernos al día. Hay gente que pertenece a tu mundo sin que lo sepas, que habla, piensa e incluso siente como tú aunque haya nacido en el otro hemisferio. Lo difícil es encontrarlos, pero una vez los has reconocido ya no se pierde el idioma. A Isaac y a mí nos unió la Costa Brava, los blogs una fiesta en casa de André... Otra de las cosas que les agradezco.
Isaac me regaló "Mi última mujer" en un gesto inesperado que los dos entendimos. Los dos sabíamos que se había acabado aquella época de los conciertos, los telediarios y las caracolas y de repente, en el silencio de una noche de agosto cerrábamos un círculo y abríamos otra etapa. La canción prohibida ya no sabía a los recuerdos de entonces, no era un homenaje a la nostalgia, era un comienzo. Pese a la música y a la ternura a los dos nos acribillaron los mosquitos del Pinar. Tenían que ser franceses esos bichos, porque nos picaron con saña, como si estuviéramos en 1811. Cuando llegué a casa parecía una veterana del Vietnam, andaba confusa entre emociones, noqueada y mis hombros estaban llenos de marcas.
Al abrir la maleta en Benicàssim encontré algunas de las conchas que cogimos una mañana en otra playa.
Hay en Roche unas calas pequeñitas, de arena suave, de un dorado traslúcido que parecen estar pintadas con alas de mariposa. Limitan en sus extremos con unas rocas escarpadas, mordidas por la intensidad del océano y en ellas, las pisadas parece que se recortan. No te hundes al caminar, no te ahogas en la arena, sino que dejas la huella estampada, como si tallaras el pie sobre un espejo. Estuvimos caminando durante horas arriba y abajo una mañana. Hablábamos de "Ojos negros" y de "Casablanca" de las grandes frases del cine- que siempre son las más sencillas- y de la grandilocuencia de algunas personas que quieren convertir su vida en una novela o en una película. Pese a las vacaciones, al mes de Agosto y a las hordas de turistas con tupper, la playa nos estaba guardando una senda silenciosa. No se escuchaban las voces, solo el viento. Recordábamos los amaneceres en Rusia que describe Mastroianni en la escena final de la película de Nikita Milkajov y yo me preguntaba si aún conservo uno de esos momentos que antes- hace diez, quince años- le hubiera pedido a San Pedro que me dejara conservar por el resto de la eternidad. Algo así como "La nana que me cantaba mi madre cuando era pequeño" que hace que Matroianni- Romano- se rompa en lágrimas.
No supe contestarme. Ni tampoco supe qué decirle a Carlos. Era como si mi memoria hubiera adquirido la textura de esa playa. Aún no sé cómo explicarlo, pero todo me parecía por estrenar.
" Y así fue como, contemplando el sol y los grandes brotes d hojas q crecían en los árboles con la misma rapidez con q crecen todas las cosas en las películas, experimente la familiar convicción de que, con el verano, la vida empezaba de nuevo."
El Gran Gatsby, Scott Fitzgerald
Necesito dos veranos: uno para vivirlo y otro para reposarlo.
Lo supe hace dos días. Me peleaba con este post en la cafetería de los juzgados y entendí que todo estaba demasiado reciente para ser escrito. Que las emociones aún no se habían destilado en sentimientos y que los contornos del paisaje aún resultaban borrosos. Hace tres meses no hubiera imaginado escribir algo así. Rodeada de tanto trabajo y tanta crisis (de los cuarenta, económicas, de pareja, personal...)no concebía un paréntesis como el que estoy viviendo. Pero algo cambió, no sé cuándo, pero hizo click. Tal vez la que cambié fuí yo que abrí los ojos y comencé a reconocer las oportunidades q estaba dejando pasar y los agujeros en los que metía la cabeza por puro miedo. No lo sé, aún es temprano para decirlo. El hecho es que de repente el verano volvió a parecerse a los de la infancia y a aquellos de la adolescencia en los que todo estaba por hacer y no había un día en que no llegara a casa con el corazón agitado. Dentro de él estoy, aún subida en la espuma de estos días, con un pie en Benicàssim y otro en Londres (me marcho el lunes), reencontrándome con amigos, buscando huecos para leer a escondidas, paseando por la playa o por la montaña, alargando las horas en el chiringuito y maldiciendo a Racanair. Al principio de año pedía un París q me llenara de ilusión, y el 2012 me ha regalado un verano (con Cádiz) que me ha devuelto la energía. No lo cambio, me gusta esta nueva etapa que ha empezado como la pronosticara Federico Trillo, allá por Perejil, "Al alba y con fuerte viento de levante..."
He aprendido que hay playas, personas, canciones capaces de fabricar recuerdos perfectos allá donde vayas, vivas en el año 2012 o en los felices veinte. Que tropezamos con ellos y dejan a su paso la estela de los amaneceres en Rusia que recordaba Mastroianni.Solo es necesario abrir los ojos y reconocerlos. Aunque sean peces. Nadar junto a ellos y no intentar cogerlos con las manos.
Porque pase lo que pase seguiremos nadando en el mismo mar. Y volveremos a esas playas de la canción: la de Gausse, Illetes en Formentera, Voramar y esa cala de Roche
Lo supe hace dos días. Me peleaba con este post en la cafetería de los juzgados y entendí que todo estaba demasiado reciente para ser escrito. Que las emociones aún no se habían destilado en sentimientos y que los contornos del paisaje aún resultaban borrosos. Hace tres meses no hubiera imaginado escribir algo así. Rodeada de tanto trabajo y tanta crisis (de los cuarenta, económicas, de pareja, personal...)no concebía un paréntesis como el que estoy viviendo. Pero algo cambió, no sé cuándo, pero hizo click. Tal vez la que cambié fuí yo que abrí los ojos y comencé a reconocer las oportunidades q estaba dejando pasar y los agujeros en los que metía la cabeza por puro miedo. No lo sé, aún es temprano para decirlo. El hecho es que de repente el verano volvió a parecerse a los de la infancia y a aquellos de la adolescencia en los que todo estaba por hacer y no había un día en que no llegara a casa con el corazón agitado. Dentro de él estoy, aún subida en la espuma de estos días, con un pie en Benicàssim y otro en Londres (me marcho el lunes), reencontrándome con amigos, buscando huecos para leer a escondidas, paseando por la playa o por la montaña, alargando las horas en el chiringuito y maldiciendo a Racanair. Al principio de año pedía un París q me llenara de ilusión, y el 2012 me ha regalado un verano (con Cádiz) que me ha devuelto la energía. No lo cambio, me gusta esta nueva etapa que ha empezado como la pronosticara Federico Trillo, allá por Perejil, "Al alba y con fuerte viento de levante..."
He aprendido que hay playas, personas, canciones capaces de fabricar recuerdos perfectos allá donde vayas, vivas en el año 2012 o en los felices veinte. Que tropezamos con ellos y dejan a su paso la estela de los amaneceres en Rusia que recordaba Mastroianni.Solo es necesario abrir los ojos y reconocerlos. Aunque sean peces. Nadar junto a ellos y no intentar cogerlos con las manos.
Porque pase lo que pase seguiremos nadando en el mismo mar. Y volveremos a esas playas de la canción: la de Gausse, Illetes en Formentera, Voramar y esa cala de Roche

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