La única vez que ví a Antonio Vega fue hace ya más de dos años, una noche que empezaba la Navidad en la sala Clamores. Quedamos en el metro de sol y nos confundimos de línea en el metro. Hacía muchísimo frío , Fer(nando) llevaba su bufanda y yo las manoplas q me había regalado su hermana.Madrid ardía en millones de bombillas, era una verbena gigantesca en pleno invierno. No era la primera vez que yo iba a Clamores, sin embargo no podía dejar de sentirme fascinada por aquel lugar.Tal vez fuera porque el neón tiene un efecto hipnótico en mí y me quedo desmadejada en la puerta de la sala.Una noche soñé que yo estaba sentada en una de sus mesas con Luis Miguel Dominguín y creí que vivía como Ava Gardner en los años sesenta. Pero Clamores aquella noche- la de Antonio Vega- no era un cafetín del Madrid Mr.Marshall, sino que estaba invadido de gente. Ni siquiera cabíamos nosotros dos. Antonio Vega solía hacer una semana de conciertos un par de veces al año allí y aquella noche de viernes era el último. Un amigo había estado escuchándolo dos días antes y me dijo que estaba muy mal, más enganchado que nunca y que desde la muerte de Marga- la de tres mil noches y manos de papel- dormía en el suelo porque no quería volver a compartir una cama. Sobre Antonio Vega siempre han corrido miles de leyendas y anécdotas morbosas.Le hemos estado matando todos desde que se disolvió Nacha Pop- qué bien que se librara del brasas de Nacho y que dejaran de sonar los relojes en la oscuridad- y le hemos resucitado cada uno de nosotros en el concierto de los 4o principales, en las giras por provincias y auditorios de pueblo, en las versiones de "Los Chunguitos" (Me quedo contigo) o de Serrat ("Romance de curro el palmo") que como nadie bordaba. Antonio Vega se nos ha muerto por internet y entre las manos, gotita a gotita, con su pelo teñido y su sonrisa cada vez más escasa, por eso aquella noche cuando llegamos a Clamores a nosotros nos costaba distinguir si el resto del público esperaba al cantante o al muerto.
Salió solo y deshilvanado, la banda- según decían- había comprobado que no iba a cobrar la semana porque él se había gastado la pasta por adelantado y solo uno de ellos permaneció sobre el escenario esa noche, el del piano. Nosotros nos pedimos una copa antes de encontrar un hueco y nos subimos en un escalón desde el que observábamos cómo el dueño de Clamores (idéntico al Sr.Cuesta de "Aquí no hay quien viva") jaleaba al público y organizaba sus silencios y sus aplausos.
"El músico ambulante se agarró del vaso y sintió que flotaba en la luz artificial " recuerdo que pensé en esa frase de Radio Futura mientras le observaba. Cantaba un par de estrofas, se caía sobre la guitarra desafiando a su perdido equilibrio y cuando a todos se nos ponía un nudo en la garganta y comenzaban los rumores entre susurros, "se muere, se muere", el amante de la chica de ayer sacaba su fuerza y nos elevaba dos metros por encima del suelo como si su voz fuera una alfombra voladora. Se hizo un silencio absoluto cuando cantó "El sitio de mi recreo" una de las canciones más bellas del pop español y a mí no se me saltaron las lágrimas porque me daba vergüenza que Fernando se diera cuenta de mi fragilidad aquella noche. Fue el concierto más corto al que he ido en mi vida, apenas duró media hora, pero tampoco he visto nunca a un artista y músico tan enorme en directo. Se retiró con un saludo caído y el Sr.Cuesta desalojó la sala para que no hubieran bises. A nosotros nos costó, teníamos la voz de Antonio Vega clavada como una esquirla en la garganta.
Era un viernes y se nos caían encima las Navidades, y con el concierto disfrutábamos del primer regalo. Apenas habíamos andado cien metros cuando se puso a nevar y Madrid era donde nos llevaba la imaginación.
Anteayer me desperté con la noticia de la muerte de Antonio Vega.No podía permitirme estar triste ese día, pero cuando he sabido que Fer estuvo la noche del doce con sus amigos en el Penta, me he emocionado. Gracias por estar allí Fernando. Por las que hubiéramos querido sentirnos la noche del doce la chica de ayer que nunca fuimos.
Mi padre me traía folios y lápices bicolores del despacho.Yo aún no sabía escribir pero pintaba filas de hormigas y las salpicaba de puntos. Así empezó todo. Desde entonces no he dejado de rayar cualquier cosa: desde los folios del juzgado hasta el cartón de las medias. Esto no se cura, así que lo mejor es vivir rodeada de letras.
jueves, 14 de mayo de 2009
Donde nos llevó la imaginación
lunes, 11 de mayo de 2009
La irrenunciable melancolía de las berenjenas
"Quiero una guitarra finita como un corazón"
Cita en el comienzo de un libro de Mafalda
Pero nunca llega y hoy, como tantos otros días se me han hecho nudos en los dedos, la maleta no avanzaba entre los barrotes y se me ha caído al suelo un sombrero de papel malva que compré para Formentera antes de que llegara el diluvio. Ya recuperada he guardado la cola con los ojos perdidos en las vías del tren. Hace unos años dejaban que los acompañantes bajaran contigo hasta el andén y allí, entre el olor a polvo y las estatuas de sal de las azafatas, tenían lugar las despedidas más románticas del mundo. Yo siempre recuerdo una, la más dulce, la mía. Sucedió un mes de agosto y cada vez que vuelvo a Atocha siento el mismo calor.
Se acababa el verano y el Escorial cerraba las puertas de sus cursos. La carretera hasta Madrid olía a pino y Van Morrison era la felicidad. Él me llevó a comer a uno de esos restaurante de la periferia que solo conocen los que viven aquí. Pedimos boquerones fritos, llevábamos dos noches sin dormir y aún así él no dejaba de hablar y se reía. Yo mientras le escuchaba - sonriente, feeling groovy-me metí el boquerón en la boca, dispuesta a vengar a Jonás con su ballena, lo que hizo que él me mirara de hito en hito. Pensé que estaba haciendo algo muy feo, pero me tranquilicé cuando, sin dejar de sonreir, me dijo que tuviera cuidado, que podía hacerme daño con alguna espina. Me tomó la mano, me besó cuando terminé de tragar y entonces comenzó a desmenuzarme los boquerones con una ternura infinita. Me ardieron las mejillas como a las protagonistas de Jane Austen y mientras trataba de no pensar en las lágrimas me dije, el amor tiene que ser esto. Él me iba dejando los boquerones en el plato y yo me reafirmaba, no hay acto de cariño más sublime que este que estoy recibiendo. Mi mirada se enturbiaba y él seguía sonriendo. Me hubiera gustado corresponderle, jugar a la ruleta rusa con la belleza y tratar de hacer algo que le emocionara profundamente, pero por miedo a estropear la felicidad de ese instante inesperado me callé lo que pensaba, que no era otra cosa que “Te voy a querer toda mi vida”. Algo que también incluía la definición del amor, pero que daba miedo pronunciarlo por si algún día tropezábamos él o yo con cualquier espina.
Después de comer nos acercamos al centro. Madrid, esa ciudad que tiene el catálogo de cielos más espectaculares del mundo, y que en aquella ocasión nos reservaba nubes metálicas. Estratos o cirros apiñados en láminas como si fueran balizas, advertencias de que tomábamos una senda peligrosa: “Os estáis haciendo muchas ilusiones, pero este limbo se va a acabar” parecían indicarnos las placas de acero. Nosotros pasábamos de las nubes como Sid Vicious y Nancy de la familia real británica y pese a lo plomizo de la tarde paseamos por los alrededores del Prado. De repente él se detuvo en la estatua de Velázquez y quiso que nos sentáramos debajo. Me colocó sobre sus rodillas, como hacía mi padre cuando era niña, y me contó historias de cuando trabajaba en una floristería. Estaba peinándome con sus manos de guitarrista cuando comenzaron a caer las primeras gotas de lluvia y entonces lo dijo:
- Si cariño- continuó él volviendo a mi cuello, a los mechones de mi pelo que comenzaban a llenarse de gotas- pero es que yo me voy dentro de dos meses a … (y era verdad que se iba, y era verdad que me lo había dicho, y era verdad que nos estábamos despidiendo, y también era verdad que llovía aunque los dos fingíamos no mojarnos) y no puedo aferrarme a nada. Ni siquiera a ti.
Cuántas historias caben en una foto. Todas las cartas que no le envié.
Este fin de semana, por casualidades y fontanerías de la calle Huertas, me he despertado en la plaza de Santa Ana, y he desayunado frente a la esquina donde comenzó todo. La geografía ayudada por la memoria, a veces, juega malas pasadas. He visto a mis amigos, he comido en restaurantes exquisitos, he paseado debajo de los balcones, me he comprado postales coloreadas, un par de pendientes de japonesa y he regresado a Atocha con la sensación de que me dejaba algo. Aún no sé el qué.
Ya en el vagón no tenía sueño, pero me he dormido congelada por el aire acondicionado con el que Renfe recuerda que es monopolio y juega a la tortura con nosotros. Mi compañero de asiento parecía no tener frío, llevaba una camiseta y estaba toquiteando su ordenador. No sé exactamente lo que hacía, él llevaba los cascos puestos y yo no me he fijado en su pantalla. Me he dormido con el cuello torcido en ángulo de noventa grados hasta que me ha despertado la voz de alguien que cantaba.Que cantaba fuerte y mal. Casi le pego un codazo a mi compañero como castigo porque al principio he pensado que era él. Gracias a dios, no me he fiado de mi visión entre pestañas y he investigado un poco más porque justo en la fila de delante, en el asiento que había si trazaba una diagonal hacia mi derecha, había un tipo de unos cuarenta años con gafas de sol, con el ipod en vena que bailaba como si la noche no hubiera acabado y el alaris fuera un after. Tenía un gintonic en la mano que a veces, tras un sorbo, apoyaba en la mesita y entonces utilizaba los dos puños para hacer un boogy-boogy a derecha e izquierda. Después gritaba yeahhh, se mordía el labio , fingía golpear la batería con sus imaginarias baquetas y caía sobre la ventanilla hasta que empezaba otra canción.
Como ya no podía dormir he sacado el ordenador y he empezado a escribir este post, que se llamaba "Freakis somos todos" solidarizándome con el tipo del concierto en el alaris. Había contado ya lo de los boquerones cuando mi compañero de asiento me ha interrumpido:
miércoles, 6 de mayo de 2009
martes, 5 de mayo de 2009
Along came Polly

viernes, 1 de mayo de 2009
Teresa y la justicia poética
"Pese a que en ningún momento de "El halcón maltés" se ve a Sam Spade de compras en la papelería, Kate sabía lo importante que era para el buen detective contar con material de oficina de primera calidad.Precisamente el tema de la papelería se había convertido en un problema creciente para Kate.En el colegio, a principios del trimestre anterior, la señora Finnegan le dijo un día que la acompañara al armario del material escolar.Una vez allí, le comunicó a Kate que ahora era Delegada de Materiales, y repasó con ella la lista de cosas a las que en adelante debía atender. A la Sra.Finnegan le extrañó que Kate, siempre atenta, pareciera abstraída, como en otro mundo...[] Nadie había preparado a Kate para la cantidad y variedad de riquezas contenidas en el armario."
"Lo que perdimos", Catherine O'Flynn.
Lo he acabado esta mañana, mientras llovía. Llevaba una semana arrastrándolo. Leí la referencia en un suplemento cultural y me interesó la tenacidad de su autora. Más de veinte editoriales rechazaron esta primera novela, algo bastante habitual, por desgracia. Ya le pasó a John Kennedy Toole con "La conjura de los necios", publicada tras su muerte y hasta el guionista de "Mujeres desesperadas" contaba que todas las cadenas norteamericanas rechazaron su proyecto de serie, salvo la ABC, a la que no lo mandó en una primera vuelta (la rehizo, reescribió y entonces la primera de la lista fue la ABC, que por entonces se hundía económicamente, es chocante ver cómo esa serie que ha batido récords de audiencia- yo no he terminado un capítulo jamás- era una especie de barco de perdedores destinados al naufragio- o a la desesperación de su título- desde su artífice hasta la cadena, pasando por todas y cada una de las actrices, todos eran misfits auténticos, nadie daba ni un duro por ellos, ni siquiera ellos mismos. Qué paradoja,¿no?). La historia de siempre: echémosle tierra encima al que es o hace algo distinto. Qué lástima que luego la tierra sirva como abono y el "rarito" acabe convertido en palmera. Justicia poética.
En el blog de Jordi Corominas - pst del miércoles 22 de abril- encontraréis la entrevista que le hizo a la autora para la Revista de Letras: un pequeño relato de fantasmas en el que Jordi está acompañado por el fantasma de Kate Meany, protagonista (¿visible?¿invisible?) de "Lo que perdimos". Catherine O 'Flynn cierra el diálogo con una respuesta en la que está la clave de muchos de los traumas de nuestra infancia. Corto-copio-pego del blog de Jordi:
"-Otro personaje fundamental es Teresa, la compañera de pupitre de Kate, la única que la entiende en la escuela.
-Teresa es la justicia poética del relato. No diré más."
Aún recuerdo lo mucho que me gustaba la tiza y los artículos de papelería cuando era pequeña. Me flipaban. Como Kate, la protagonista de "Lo que perdimos" el día que en el colegio me dieron un paquete de tizas (cuadradas, blancas, de las de antes) y me dejaron ir al armario a por más por ser la delegada de clase las monjas no sabían lo que habían hecho: crearon al monstruo. Yo no vivía cerca de un centro comercial como Kate Meany, pero en mi camino diario hacia el colegio pasaba por dos papelerías. Una más seria, más rancia- yo creo que los blocs de cuadros de Enri los vendían hasta caducados, porque el azul de la tinta era más lánguido, devahído a medida que gastabas hojas- que estaba en la planta baja de la casa donde ahora vivo y otra, pequeña y acogedora que regentaban dos mellizas pelirrojas- señoras de peluquería que no pasaban por la juventud sino que nacían ya en una edad sin cifras, indefinida- en la que además de libretas, lápices, bolígrafos bic, rotuladores carioca, gomas milán, gomas de nata, pegamento imedio y supergén de contacto, pelos de sierra,papel para forrar los libros y airon-fix (oh! qué revolución forrar los libros con aquella pegatina transparente....qué tráfico de hojas de papel de Snoopy traídas en verano de Inglaterra:::) tenían un mostrador lleno de un surtido indefinido de gominolas.
Mi paga de los domingos desde 1979 hasta 1984 acabó ingresada en la cuenta de beneficios de la empresa "Herp"- así se llamaba la papelería- de la que eran socias las dos hermanas. Cuando regresé de la universidad, tras varias mudanzas, volví en busca de mi paraíso perdido y ya no estaban las dos mujeres pelirrojas: En su lugar había una chica rubia de aspecto bovino que se puso a régimen y se ponía nerviosa con las chucherías del mostrador. Los traspasos crean leyendas urbanas. No pude volver a comprar allí ni siquiera un mapa de España (¿físico o político? me encantaba la pregunta...) para dedicarme a uno de mis pasatiempos favoritos: colorear provincias como si fueran quesitos del Trivial, repasando los límites con rotulador staedler- la madurez te lleva a ellos- y rellenándolas con plastidecor. Sin las mellizas nada era lo mismo.
Una de mis mayores inversiones en aquel periodo fueron- por culpa de las monjas, ya lo digo- los paquetes de tiza. Como mi madre se asustó un día que encontró el cajón de mi mesilla convertido en bunker papelero, yo como adicta a las malas hierbas, decidí no subir las tizas a casa y escondía mi patrimonio detrás de un jarrón que había en el portal del edificio en el que vivíamos toda la familia. Entonces ya eran evidentes los grupos en mi clase, y cada niña intentaba ir al colegio con sus amigas. Yo quedaba con Ana - pero ella iba a otro grupo, a C- que vivía en la calle de detrás y con alguna de mis amigas de ahora. Pero la niña más admirada del curso la que decidía quién podía o no ser su amiga y de quién iba a reirse el grupo solía quedar con alguna de mis amigas también, pasaban por delante de mi casa y a veces me esperaban. Yo estaba muy preocupada porque temía que aquella niña (tan mona, tan graciosa, tan brillante y tan altiva) no me rechazara y no sabía cómo agradarle. Ella era consciente de su influencia en mí y aprovechaba esta circunstancia para burlarse de todo lo que yo hacía, con lo que en mí se generaba un síndrome de estocolmo aún mayor. Cuánto más se reía o me humillaba más dócil y más sumisa me volvía yo. Hasta que un día descubrí que me robaban la tiza de mi escondite en el portal y comenzaron a aparecer pintadas en las paredes de las casas por las que pasábamos de camino al colegio contra mí, con nombre, caricaturas y no recuerdo si el apellido.
No le dije nada. No le dije nada a nadie, ni siquiera a mis padres. Simplemente fingí una gripe, puse el termómetro en el flexo y me quedé en la cama durante muchos días. Cuando el cuento se me acabó regresé a clase y siguieron las bromas. Según se desarrollaban las semanas ella se metía más o menos conmigo. En realidad no es que yo fuera nada especial es que a ella le gustaba tratar mal a todo el mundo, incluso a las que consideraba sus amigas. Yo no fuí capaz de contestarle nunca, de enfrentarme a ella. La aguanté hasta el instituto en el que ya se marchó de nuestra pandilla porque éramos demasiado crías para ella. La vida le sonríe: sigue siendo preciosa (bueno a mí no me gusta su estilo mujer de futbolista, pero a casi todo el mundo le parece una mujer guapa) teien un marido estupendo, viven en una casa de revista y tienen hijos maravillosos. Mi mayor venganza ha sido no saludarle nunca más, cruzarme con ella por la calle y fingir que es invisible, hasta llegar a no verla.
"Lo que perdimos" es una novela que habla precisamente de eso, de lo que nos arrebatan cuando nos enfrentan por primera vez con la soledad. Es un libro al que merece la pena agarrarse para seguir creyendo, aunque sea como consuelo, en la justicia poética.