Esta es Lola, después del arroz, corriendo hacia la orilla. Apenas tenía unos meses cuando Sergio vino a explicarme que era posible mantener una relación a más de doscientos kilómetros de distancia. Nos la encontramos con su mamá y algunas de mis amigas en una terraza. Yo les presenté al chico que me acompañaba y le miré con miedo: "Se va a volver corriendo en el autobús. Esto parece una encerrona." Nos sentamos con ellas, tomamos un café y yo cogí a Lola en brazos. Sergio apenas habló. Después me dijo que estaba muy guapa mientras mimaba a la niña y algo cercano a mi estómago crujió. Repitió que si la Costa Brava había funcionado pese a vivir Fran en Gijón y Sergio Algora en Zaragoza cómo no íbamos a conseguirlo nosotros. Luego mientras cenábamos insistió en su idea de que la autovía mudejar desaparecería como la Atlántida y después de recoger la cocina vimos una película de David Trueba.
A fuerza de repetir el viaje a Zaragoza durante algún tiempo fuí creándome ritos, costumbres que acercaran la ciudad a mi rutina y me ayudaran a olvidar lo lejos que estaba. Por ejemplo: compraba paquetes de rosquilletas como si se fueran a cerrar todos los supermercados de España, llenaba el depósito de gasolina siempre en Alventosa porque allí los noventa y cinco ectanos tenían otro sabor, o al ver la señal de Alfamen a mi derecha, imaginaba que aquel pueblo estaba plagado marcianos descendientes de las películas de Ed Wood. Y al final, cuando se enchaban los carriles de la autopista y la vida iba cuesta abajo, tomaba el desvío que ponía "Delicias" (cuánta verdad cabía en una señal de tráfico), bajaba las ventanillas del coche, dejaba que el Cierzo me atravesara y ponía una canción de La Costa Brava. No entré ni una sola vez en su ciudad sin que me acompañara la voz de Sergio Algora.
El martes recordé que la Atlántida era un mito romántico. Una isla de leyenda que nunca existió. Tuve que atravesar media España para ir a un juicio en Vitoria y pasé por Zaragoza sin detenerme. La autovía mudejar nunca me pareció tan lenta ni tan terrestre. Sería porque agonizaba la prohibición de circular a más de ciento diez o tal vez porque aquel día todos conducíamos hacia atrás. Me grabé doce cedés con canciones ordenadas alfabéticamente y las bailé casi todas. Había en la lista canciones sin criterio, cutres, exquisitas, himnos o indie-pachanga, algunas eran incasificables pero me mantuvieron despierta durante el viaje. "Vuelve la casette-protesta", me repetía, pensando títulos para este post. Escribí tres cuentos que, como todo lo que escribo nunca tendrán final. Me conté muchas anécdotas que se me habían olvidado. Me reñí un poco y me discutí si era más conveniente pagar el peaje de la autovía del norte con tarjeta o en efectivo.
Y a mitad del camino llegué a la ciudad del Ebro y la dejé atrás con tristeza. En la calle Alfonso se estaría acabando el telediario cuando yo le daba el último sorbo a una lata de Red Bull. Mi blackberry estaba calladita, como una niña que espera un premio a su esfuerzo. Ví el cartel que indicaba el desvío hacia la estación de trenes y dudé. Puse el intermitente cuando algo cercano a mi estómago crujió. Rectifiqué antes de dar el salto y volví a la circunvalación. Me dirigí hacia Logroño y Pamplona sin pensar en el descanso ni en los kilómetros que llevaba, solo esperaba que el azar no me pusiera en esos momentos una de mis canciones de La Costa Brava. Tuve suerte, sonó esta de Julio de la Rosa que me ayudó a seguir. Esa tarde en el Bacharach no me esperaba nadie.
http://youtu.be/ztcSFNvtWis
El tratamiento de choque funcionó. LLegué a Vitoria tarde, pero encontré el hotel sin dificultad. Las imágenes de la última vez q estuve, acompañando a mi padre por otro juicio del mismo cliente, me sirvieron de tonton. Mi habitación era amplia pero trasnochada, maderas oscuras, moquetas y minibar de raelite como las de los comerciales de finales de los ochenta. No hubo tiempo para nostalgias ni melancolías porque mis amigas de la universidad estaban esperándome para llevarme de pinchos. Me habían preparado con todo el cariño del mundo un "Callejeros: en busca de la mejor tortilla de patatas de España". La encontramos: estaba en Sagartoki, una sidrería, derritiéndose de placer mientras tonteaba con un tenedor.
Un par de vinos de la Rioja alavesa y ya me había remendado las heridas, como Sally mi heroína de Tim Burton. Nos acercamos a lo viejo reviviendo los días de junio y exámenes en el colegio Mayor. Entonces Charo era mi vecina de cuarto y Laura ocupaba la trescientos trece unos metros más allá. Echamos de menos a las que no estaban y nos pusimos al día sobre nuestros presentes contínuos: Charo está feliz con Iñigo y sus niñas, pero le cansa sufrir tanto con la plaga de EREs que azota su despacho; Laura lleva a su bebé pelirrojo en la cesta de la bici y simultanea juzgados, guarderías y escapadas a Gijón sin dar muestras de cansancio, parece que esté en el mejor momento de un columpio, cuando ya estás volando por encima de las dificultades y no necesitas tomar impulso porque tu cuerpo se ha acoplado al viento y te lleva de un lado a otro disfrutando de la vista. Hacía un frío pelón cuando nos acercamos a saludar a la estatua de Ken Follet que vigila la antigua Catedral. Me dió pena el pobre escritor porque estaba más solo que la una, aterido y sin que le dieran conversación las piedras. Le dimos las buenas noches desde lejos y nos perdimos por las calles que se descuelgan. Vitoria es un balcón blanco de novela de Pérez Galdós. Al otro lado del cristal hay una señorita de tez muy pálida que espera que den las diez en la iglesia. Las campanadas hacen que contenga su aliento y deje un rastro de vaho en la ventana. Mientras ella se agita un hombre sale a buscarla de noche y sus zapatos tienen eco y dejan un rastro de barro. En La Malquerida hicimos otra parada. Como no quedaban pimientos de Guetaria nos contamos historias de amor, eso fue porque las copas de vino tenía pintado un corazón. Nos podíamos haber quedado hablando toda la noche pero se nos hacía tarde y nos hemos hecho mayores. Nos despedimos después de bajar la persiana del único pub que quedaba abierto.
A la mañana siguiente cumplí mi misión y el juicio salió bien. Mi cliente, después de veintinueve años de embargos y denuncias, dejará de pasarle la pensión compensatoria a la mujer con la que estuvo viviendo un lustro. Cuando ella entró en la sala tuvo que mirarla varias veces para adivinar quién era. Aún así, al salir me dijo que no la reconocía. En la inscripción del Registro Civil consta que contrajeron matrimonio en 1968, pero el miércoles de aquellos nombres y apellidos manuscritos con caligrafía inglesa no quedaba ni la tinta dándole color a sus huesos. Me impresionó verlos a los dos tan cerca, un pasillo les separaba y sin embargo había todo un continente entre sus vidas. Él se había teñido el pelo de un negro oscuro esa mañana . A ella le fallaban las piernas y se notaba que tenía problemas de circulación. Su historia se había ido desvaneciendo como la maldición de Franco a los que pretendían instaurar en España la ley del divorcio.
Comimos en otra sidrería, besugo y rodaballo, croquetas de hongos, pimientos y revuelto de guindillas. Las paredes estaban pintadas de un verde oscuro y casi estuvimos a solas. Mis amigas siguieron mimándome y me hicieron sentir tan arropada que al pedirme un café tuve miedo del viaje de vuelta. Pero me perdí por carreteras secundarias y después de atravesar Haro le pedí a Inu que me diera asilo en Zaragoza. Tenía calambres en las piernas, imagino que de la tensión del día o de las horas de coche y no me veía capaz de atravesar la autovía mudejar con ojeras y cansada.
Llegué a la plaza del Pilar siguiendo a un mercedes color café con leche que conducía un Michael Landon maño. Los Michaelandons son esas personas que, cuando te pierdes en un viaje o cuando llevas seis horas sin gasolina dando vueltas a la misma rotonda se te aparecen con una sonrisa amable y te enseñan el camino. Yo me he encontrado a tres en mi vida: uno en la Mancha, (a la vuelta de un festival de Almagro con amor amargo); otro en la ruta del Tambor y del Bombo (cuando confundía las calles del Tubo con las de Berlín de pura ilusión) y la tercera vez el miércoles por la tarde, en Zaragoza (cuando las calles en obras se habían convertido en un laberinto). El Michaelandon se paró junto a mi coche en un semáforo. Me sonrió cuando le pregunté cómo llegar hasta la basílica, se quedó callado y cuando el semáforo se pudo verde me ordenó que le siguiera. Atravesamos parques y avenidas, auditorios de festivales, dejamos atrás restaurantes y floristerías y cuando casi había perdido la fé me señaló con el intermitente izquierdo la entrada al parking. Sacó el brazo por la ventanilla y me dijó adiós. El viento me despeinaba.
Inu me estaba esperando con la perra más adorable del mundo, Oona. Arrastramos la maleta por el barrio latino y nos fuimos a buscar al Corto Maltés. Tomamos cervezas en Espoz y Mina, hablamos de series, amigos y libros. Nos fuimos pronto a dormir. A la mañana siguiente desayunamos haciendo planes para el verano, entre zumo de naranja y rayos de sol. Cuando me despedí de ella se reía con fuerza y era más guapa que Anna Magnani enamorada de Roberto Rossellini.
Terminaba junio y comenzaba el verano, hacía sol y todo parecía estar impregnado del amarillo de mi vestido. Crucé la calle Alfonso, vacía a primera hora de la mañana. Me acordé de un domingo en que Inu y yo desayunamos como "Ricas y famosas" en el café Central. La canción de Love of lesbian, "Domingo astromántico" me pareció entonces una fiesta agotada: los banderines en el suelo, el confetti pisoteado y los madelmans que hacían eslalom pendientes de revisión médica.Subí al coche y traté de encontrar la salida. En Valdespartera sonaba ya la segunda canción. Volví a perderme y tuve que regresar por Alcañiz y Morella. Llegué a casa a eso del mediodía y las gatas se pusieron celosas porque olieron el abrazo de Oona en mis tobillos. Encontré el barrio más perezoso y somnoliento que cuando me fuí. Deshice la maleta y no me quité el colgante de colibrí que me había regalado Inu.Me dejé caer en el sofá y cerre los ojos.
Adoro a las pijas de mi ciudad...
Te lo cambio por amor.
Te lo cambio...
El vestido amarillo, el colibrí revoloteando por el retrovisor y yo cantando a pleno pulmón, esa era la imagen.
Las chicas de barrio levantaron los brazos.
Pero volvamos al principio, al sábado, a la vuelta de Vitoria: Lola corría hacia la orilla. Detrás íbamos Ana, Isabel y yo. Nos tumbamos en la toalla y la niña transportaba agua con su pozal hasta el foso del castillo que habíamos construído por la mañana. Después yo la cogí en brazos y jugamos dentro del agua.Lola perdió el miedo al mar.
Yo no sé qué pedirle al amor, todo lo que me dió caducó en quince días, yo no sé si pedirle un milagro o decirle más no por favor, yo no sé...
He vuelto a casa y el verano ya estaba dentro. Como no sabía qué pedirle- ni al verano ni al amor- he cogido esas canciones, las que nos han acompañado tanto tiempo, las he puesto bocabajo y me he puesto a ver cómo nieva entre sus estribillos.
Por las mañanas madrugo y escribo; por las tardes me doy clases de cocina y por las noches sueño con salidas de autovía. Pese al color y a sus nombres las dejo atrás y sigo cantando.Es entonces cuando una voz en off me despierta, la Atlántida desaparece y se le oye decir: Rosebud.
Yo solo se contestarle cantando:
Te lo cambio por amor.