jueves, 28 de julio de 2011

Una de las fotos que pongo en la nevera.

A un paso. Ocho, siete, nueve. Ahí mismo. Banderas rojas y la playa. Ya queda menos. Me duele la cabeza de desearlo tanto: una ración de verano, por favor. Deshuesada. Limpiemela . Esa mismo. Qué ganas.
Sigo en el despacho, de ahí que me salgan post demasiado serios para estas fechas. Debería escribir con un vaso de sangría al lado y proponer entrevistas de esas que solían ocupar los suplementos de los periódicos. "Tardes en el Eurosol". Mi invitado junto a las macetas de geranios, bebiéndose una horchata o una caña:


-Chunguitos o Chichos?
- Colacao o Nesquick?
- Tinta azul o negra?
- Mar o montaña?
- Verbena o rave?
- Radio o televisión?
- Facebook o twitter?
- Love of lesbian o Vetusta Morla?
- Muchachada Nui o Faemino y Cansado?
- Bambino o Nacho Vegas?
- Pasta o arroz?
- Vino o champán?
- Pádel o ...
Debería hacer eso. No complicarme demasiado. Concentrarme en mis pies dentro de las chanclas. En el color de las banderas que indican cómo está el agua. Retomar los paseos nostálgicos: del Azor al Ranchito, de Botavara a la Escuela de Vela, por la playa. Montar una plataforma para que vuelva el cine de verano al Bohío. Comprar un cargamento de Rockys azules y blancos, dilapidar la paga extra en colajets y chicles cosmos. Hacer lo prohibido: conseguir la colchoneta más grande del mundo y meterla en la piscina del apartamento de mis padres, para que se horroricen los más siesos y digan al sacarme del agua "A sus años..." Buscar paralelismos entre "Incendios de nieve" y las escenas del jardín de Julieta de Shakespeare. Escribir cartas. Coleccionar toquillas hechas por mi madre. Viajar en autobús. Prepararme una maleta con libros, folios de ochenta gramos y mi vaio que se hace viejo. Una maleta de rayas. Buscar la kodak22 que me regalaron cuando hice la comunión y llevarla siempre cargada en el bolso. No tenerle miedo a las salamanquesas. No tener ansiedad al ver una báscula. Cantar bajito.
Eso. Ocho pasos.
Cinco.
Casi.

Ps. La foto la colgó el otro día Miss B en mi muro del fbook. Y se la pedí para este verano.

martes, 26 de julio de 2011

Aclaración al post anterior

Yo no maté a Amy Winehouse, ni guardo cadáveres en el congelador.No he ido a la puerta de un juzgado a insultar a nadie ni he negado tres veces a cualquiera de mis amigos. Tampoco invierto en fertilizantes ni celebro que a Belén Esteban su marido le haya puesto o dejado de poner los cuernos. No me gustan las catástrofes naturales ni voy a una plaza de toros esperando que los animales se venguen de tantos años de capotes y espadas. No.
En el cine no soporto las escenas de violencia. En la vida real me dan pánico las discusiones. No me gusta el lado oscuro de mi trabajo: se me revuelve el estómago al subir a la cárcel, me como las lágrimas cuando tengo una guardia y ahy algo serio y sufro demasiado pensando en las víctimas y en los clientes.
Yo no soy Antonio Anglés ni tuve nada que ver en lo de las niñas de Alcàsser. Dicho esto, que creía una obviedad, puedo explicar q el post anterior estaba subido de volumen adrede para resaltar que debemos- la sociedad- estar haciendo algo mal para que tengan lugar ejercicios de crueldad tan escabrosos y terribles como el de Noruega. No creo que ninguno de los que me leeis tengáis nada en común con el rubio-templario-fundamentalista etc...pero opino q por mucho q nos pese existe un caldo de cultivo en nuestro modo de vida que hace que, sacado de contexto, se formen este tipo de "liberadores- porque él se denominaba así- asesinos".
Creo que seguimos dando pan y circo y ultimamente más circo que pan. Y nada es gratuito.
Por eso comparaba las dos noticias, la de Noruega y la de Amy Winehouse. Nadie de los que conozca le dió el crack o le envió tres cajas de vodka a la cantante. Estaba enferma, tenía adicciones gravísimas y no sabemos qué o quién hizo que llegara a este punto. Pero la sociedad la vió morir en directo y jaleó el espectáculo. No podíamos evitar su adicción, pero sí las pequeñas manifestaciones de crueldad que tenían lugar cada vez que ella aparecía deshecha por la calle y seguían contratándola, subiéndola a escenarios de los que se sabía iba a caer en picado.
Yo nunca pagaría por ver a nadie desangrarse en directo, aunque el propio personaje lo quisiera. No me creo q la gente q asistía a sus últimos conciertos estuviera libre de morbo. Seré una malpensada pero no me lo creo. Yo ví en un concierto de Antonio Vega al público comentar con una distancia que helaba la sangre "Se muere, en esta canción se muere" y nadie hacía nada por evitarlo. Yo misma me quedé de pie, viendo como Antonio Vega se retorcía sobre sí mismo . Solo prometí no volver a participar en ese circo nunca más. No sirvió para mucho.
A esa cuota de responsabilidad me refería. Sigo creyendo en ella. El post era desmesurado para llamar la atención sobre eso. En sentido literal no acuso a nadie de nada. 
La única culpa q tengo es la de que no se entienda.

lunes, 25 de julio de 2011

Ejercicios de crueldad

Las noticias este fin de semana han sido un banquete de crueldad. Bueno, no le echo la culpa a los medios: la realidad era una orgía de maldad, los informativos, a grandes rasgos, solo daban cuenta de ello, con mejor o peor estilo. Pero el mundo les brindaba carnaza- y cómo no- ellos y todos los demás la hemos devorado. Cruda y maloliente. Hasta  los que no queríamos enterarnos de lo que pasaba hemos asistido a la celebración de este entierro fastuoso.
Primero fue Noruega, la isla de Utoya y la silenciosa matanza de Anders Behring Breivik. Digo "silenciosa" porque las imágenes que ofrecían los telediarios el sábado mostraban cuerpos tapados con sábanas por todo el perímetro de la isla, y ese cordón blanco  aparecía en mi cabeza como un  diálogo de cómic vacío. La ausencia de vida tiene ese ruido sordo que también se despliega en los incendios, y que en el oído resulta terrorífico.
  Fue de uno en uno, comenzó por la chica más guapa, buscó la munición que causara mayor sufrimiento y realizó un anuncio velado de su hazaña en twitter. El orden es el inverso, pero en síntesis así sucedió. Hay  que leer el blog de Khamshajiny Gunaratnam (el texto se encuentra traducido al inglés ) para hacerse una idea aproximada del dolor. Ella consiguió salvarse nadando y describio en su blog ese mismo día el infierno. 
Hay un momento de su relato en el que cuenta cómo los disparos de  Anders Behring Breivik no le alcanzaron. Y cómo su amigo Matti casi la sacó de allí.No me imagino la dosis de rabia y frustración que debió provocar en el asesino su fallo. Ni la dosis de ¿adrenalina?¿endorfina?(¿qué sustancia química placentera se expande por algunos cerebros cuando deciden inflingir dolor a sus congéneres?) que le reportaron sus prácticas de tiro.
Pero debió ser un chute incalculable. Aún supurará placer por sus poros.
Y es que, sinceramente, yo creo que hay algo (reacción química) que nos hace disfrutar del sufrimiento ajeno. Y no, no se trata de  un desequilibrio de sustancias parecido al de la locura. Me da rabia que el comentario habitual cuando alguien comete un crimen sea "estaba loco" o "era un enfermo mental". Lamentablemente conozco a mucha gente que padece enfermedades mentales y nunca les he visto levantar la mano. También conozco, por mi trabajo, a algunas personas que mataron a otras (o que les causaron algún daño) y estaban perfectamente cuerdos. O no, que estaban tan desequilibrados como mucha de la gente que consideramos "normal", con la que convivimos. Y también he tratado de un tercer tipo, enfermos mentales que destrozan su vida y la de los otros,  asesinos que habían perdido la razón y no sabían distinguir los límetes entre la realidad y el juego. Pero me indigna que siempre que sucede un hecho de esta naturaleza se eche la culpa a los enfermos mentales. Sí y no, a veces coincide, no siempre. Hay personas a las que la maldad les reporta un beneficio (químico, físico, monetario o social, del tipo que sea) y eligen libre, consciente y voluntariamente esa opción. No son enfermos mentales. Son terroristas, maltratadores, asesinos...cada uno escoge su etiqueta. Pero insisto, no todos los magnicidas cuyos nombres aparecen en los periódicos son enfermos mentales. Al menos esa es mi creencia.
Aunque es más cómodo pensar así, con esa reducción presente y no asumir nuestra cuota de responsabilidad, la que a cada uno nos corresponda. También es más sencillo decir que Amy Winehouse era una yonqui y pasar página. "Amy Winehouse abraza su destino" ese era el titular del ABC del domingo. Miré debajo y no encontré el nombre del ganador del ipod. Qué agudeza visual la del periodista. Hace un par de años, no sé si lo recordaréis, había una página en internet en la que la gente concursaba apostando la fecha de la muerte de Amy Winehouse. Lo cuenta estupendamente en su blog Eduardo Rodríguez. "Mea culpa". Y nuestra, como añadía Isaac, tan nuestra.  Aunque nos cueste reconocerlo.
Porque todos apostábamos por la muerte de Amy. Y por la de Antonio Vega. Y por la de Ortega Cano (por la tarde, por favor y a ser posible mientras lo condenan en "Sálvame"). Y por la de Lady Di. Y por la de Omayra, aquella niña agarrada a un palito que el barro se tragó.
Y es que la muerte de Amy no escuece. Quien diga que sí, está mintiendo. Le dolerá a sus amigos- si aún los tenía- a sus padres, que deben estar luchando contra algún remordimiento y tal vez a la telefonista de la Universal que cogía el teléfono cuando ella llamaba y pedía pasta para crack, puede que ella le cogiera cariño. ¿Pero a nosotros? A nosotros nos fascinan este tipo de acontecimientos: el vómito de Jimmy Hendrix, la piscina de Brian Jones, la leyenda de ese mechero blanco que siempre aparece cuando un músico se une al Club de los 27 ... y las hipótesis sobre la soledad de Marilyn Monroe a la que también encontraron muerta en su apartamento al romperse el verano.
Nos fascina el sufrimiento.
A mí sí. Lo admito. Con unas cotas muchísimo más bajas que las de otros, pero yo también practico la crueldad para mis adentros. Es verdad, lo confieso. No me gusta admitirlo en público: veo telecinco, soy cotilla según qué ratos y paladeo la desgracia ajena y lejana- cuanto más lejana más gustosa- entre otros vicios que no quiero comentar.
No me enorgullezco de lo que acabo de escribir.
Sin embargo el sábado tenía un sapo enorme en la garganta.
Una sensación de vergüenza y horror que no sabía explicar. Los mensajes en el facebook- hay días en los que la página azul se viste de obituario- se sucedían y no, no tenía nada ninguna gracia.
Llegué a casa pronto y puse el canal 24 horas. Flores y botellas de vodka en Camden.
Imágenes del concierto de Belgrado.
Los tatuajes rotos.
El eyeliner corrido.
Solo podía repetirme lo viva que estaba hace tan solo cuatro años.
Lo recordaba el otro día al hablar del FIB: Amy Winehouse nos había enamorado. Era una muñeca de cristal, pero transmitía tanta belleza...Tal vez ese derroche de fragilidad y talento sea una mezcla insoportable.
Como ella, la mayoría somos adictos al dolor.
Nos gusta jugar sabiendo que  perdemos todas las partidas.
Pero seguimos apostando.
Si alguien se acerca para darnos el alto, sugerirnos que no nos hagamos esto o abandonemos esta porqueriza, entonamos el estribillo de "Rehab":
No, no, no...
No sé por qué, pero hay que ver qué derroche de verano.

sábado, 23 de julio de 2011

Con su permiso, damas y caballeros.

Cuando estaba en la universidad prometí que jamás aprendería a jugar al mus. Aunque me lo pidiera Sean Penn después de aflojarse la pajarita de un esmokin setentero . En el piso en el que yo vivía se organizaban grandes timbas a todas horas y mis compañeras envidaban hasta dormidas. Después de un año intensivo- día y noche, noche y día- se sabían los gestos de las otras incluso cuando miraban la televisión o freían un huevo y se contestaban en la cocina o desde el baño, hablando en un lenguaje que yo desconocía: "chica" ,"grande", "pares"...Una mañana me desperté pronto para irme a la biblioteca. Como estábamos en exámenes se formaban grandes filas en la puerta y había que madrugar para coger sitio. En aquella época yo era adicta a los cornflakes- golden grahams, los recuerdo- me costó quitarme más de seis meses y aún así no puedo asomarme a su estante en Mercadona porque mi voluntad se reblandece y tiemblo. Pero volvamos a aquella mañana : mi pijama vaga por el pasillo de Pio XII, llega a la cocina y en mitad del desastre de vasos y platos sucios encuentra su taza. Me preparo un nescafé mientras una luz lechosa se cuela por el patio. Cojo la caja de golden grahams y creo oir voces. Serán los niños de la vecina. Lleno la taza con los cereales, pongo la leche y me dirijo al comedor. Suelo desayunar con el telediario de telecinco, pero entonces, al abrir la puerta del salón distingo una nube de humo. Cinco cigarrillos. Copas. La mesa de cristal, el tapete verde y pienso "joder ya me he equivocado, deben ser las tres de la madrugada". No están ni Paul Newman ni Robert Redford, pero mi casa reproduce cualquier escena de "El golpe". Doy media vuelta y me voy de camino a mi cuarto otra vez, dispuesta a seguir soñando. Pero alguien me coge por el brazo y me avisa: "Eva, es de día, ¿Dónde vas?". Increíble:  mis compañeras de piso le han dado la vuelta a la noche jugando. Cuando regreso a la hora de comer todas duermen. Una olla con arroz hervido y salsa de tomate me espera en la cocina. Ya no hay restos de vasos ni ceniceros volcán. Como con telecinco.
  No me gustan los juegos. Ni los de mesa ni los de equipo: soy una sosa individualista de mierda, qué le vamos a hacer. Me aburren las videoconsolas, el trivial y el pictionary con copas. No soporto el guiñote- y eso que es mi preferido, porque me enseñó a hacer trampas mi abuela, la del pueblo y he pasado muchos ratos de mesa camilla cantando veinte y las cuarenta- ni el continental ni el mentiroso, ni el cinquillo. No he jugado al baloncesto: basta mirarme, mido uno sesenta y sigo encogiendo. Los sábados de mi infancia me los pasé viendo "La bola de cristal" con batín de felpa: no me apuntaron al club de tenis, así que veo una red y una pelota amarilla y me entra el pánico. En los recreos en la Consolación nos inventamos una adaptación del baseball que a mí me llegó a obsesionar: como era la torpe del grupo y ni corría ni tenía fuerza en los brazos, siempre bateaba como Amy la de la casa de la pradera y me eliminaban. Por eso nadie me quería en su equipo, era un zote. Yo no sabía cómo solucionarlo- hubiera bastado con intentar correr y con tratar de coger fuerza peloteando con una raqueta, pero todo me parecía una tarea imposible- así que soñaba con dar un día, entre la clase de religión y la de matemáticas, el golpe perfecto que elevara la pelota más allá de nuestro patio y sobrevolara el de segunda etapa hasta colarse y detenerse entre las tejas del edificio del salón de actos. Me imaginaba corriendo despacito, feliz como Rocky mientras entrenaba, sonriendo, con esa satisfacción q da el trabajo bien hecho, paso a paso-rocky training - mientras las del otro equipo buscaban desorientadas la pelota. Aún recuerdo con claridad sus caras de desconcierto. Wow...Nunca llegó el momento del sueño. Asumí q debía batear con un bote para eliminarme- así eran nuestras reglas- y no perjudicar a mi equipo. Me hacía el harakiri, como Camps, nada más llegar mi turno en la fila. Hasta que me hice amiga de Balma, o ella se hizo amiga mía- no lo sé- y como era la campeona de tenis infantil de la Región Valenciana y la número uno del baseball del colegio- nadie tiraba la pelota tan lejos ni corría tanto- me apadrinaba. Balma fue genial en aquel momento de mi vida: me convenció para que dejara de autoeliminarme y me animó a que perdiera el miedo a las muecas del pitcher, que en cuanto yo aparecía, haciéndome nudos con las puntas del babero, estallaba en carcajadas. A partir de ese instante comencé a disfrutar del juego e incluso alguna vez llegué a la segunda base de un golpe. Empomé alguna y recuperé vida. Balma y yo continuamos siendo íntimas amigas hasta que nos separamos en la universidad y cada una se fue a un sitio diferente de España, pero aún nos emocionamos cuando nos encontramos por casualidad.
   Así que no ha habido sitio en mi vida para el juego. Yo no se lo he dejado. En su lugar me he buscado aficiones de culogordo, más quietas: leer, escribir, tomar cañas, charlar...Es cierto q no me gusta la competitividad, pero en realidad eso es una muestra de mi escasa autoestima. No juego porque sé que voy a perder. ¿Y quién quiere apostar por un caballo muerto? Yo no, claro.
  Desde hace un par de años un juego que parecía fruto de la moda ha vuelto a  colarse en nuestras vidas: el pádel. (Como yo soy disléxica creativa hasta hace un momento no sabía ni me preocupaba por cómo se escribía, así que disculpadme por los graznidos que he debido dar en otros posts.) 
De los primeros veraneos de Aznar en playetas llegaban los recuerdos, pero muchos creíamos que era un deporte para medrar en el pepé, sin mucha técnica ni gracia, que no requería- eso se escuchaba- demasiada afición ni esfuerzo. Tal vez por eso, en los años que siguieron a aquellas rachas de polo azul marino con la banderita española en los márgenes, se convirtió en un deporte de unos cuantos muy enganchados y el resto lo olvidó. Las parejas se seguían regalando las raquetas pequeñas, como de cómic, los  sábados por la mañana alguien tenía una partida, quedábamos para una cocacola en el club social...pero era anecdótico- algo casi como las sevillanas con esfuerzo aprendidas para no ser menos- y no pensábamos que la fiebre estaba echando raíces en nuestras vidas. Hasta hace un par de años. Al menos en esa época cifro yo el impacto de la pelota en mi universo particular. Mis amigos comenzaron a ausentarse en la cerveza de después del trabajo- "He quedado para jugar" "Tengo una partidita en playetas"- después vinieron las clases, los campeonatos y por último la vida social: las cenas con mis amigos del pádel, los desayunos interrumpidos, las noches aplazadas ("es que mañana juego a las nueve"), la vida en una cancha...
  Así que volví a hacer mi juramento Scarlett O'Hara: prometí no jugar al mus en mi vida, por lo que me había robado en la facultad. Juro que no cogeré una raqueta de pádel en mi vida, dije el mes de junio del año pasado,  aunque por ello tenga que pasar hambre.
  Y en mi soledad aullaba  mi torpeza.
Tardes de pista, faldas que se bambolean, zapatillas blanquitas, bebidas isotónicas.
Snif.
En esas estábamos cuando, en mi viaje- bolo en Vitoria, una de mis amigas de la universidad me ofrece pasevip para Pro Tour, el campeonato internacional de pádel de los mejores del mundo. Hay que joderse. A mí pases de clase vip para algo q me provoca sudores fríos. ¿Será una señal de un ente superior? Charo insistió. "Tus amigos sí que juegan ¿no? Venga, pues apúntate, te lo pasarás bien". Y como Camps, de nuevo, lo hice por ellos y acepté la invitación. "Escribe después" me dijo Charo haciéndome un guiño " Yo leeré tu crónica" y en ello estoy.
  Ayer me sumergí en el pádel.
Y me quedé sin respiración: descubrí que hay hombres que vuelan, golpes que se ganan fuera de la cancha, vueltas de claqué que ganan partidos, dialectos del argentino que estrechan lazos con Tokio. Que hay emoción, silencio y respeto. Que la gente devuelve las pelotas que caen en las gradas porque si no ya no botan igual, así q de algún modo todos participan en esa demostración de rapidez e inteligencia. Que no siempre gana Goliat. Que en los apartamentos la Siesta (los amarillos que se ven al fondo en la imagen que le he robado a Anna Luna) también se llenan las terrazas de vecinos para ver cómo saltan y corren y gimen por romper un servicio. Que es muy importante hablar con tu compañero, cuidarle, animarle, apoyarle para que haga posible esa pelota que parece inalcanzable. Que los grandes tropiezan con una red chiquitita y nadie se burla de ellos. Que entre los focos, leds y la noche se crea una atmósfera marciana en la que es posible cruzarse con Oliver y Benji. Que la gente se besa cuando pierde y se abraza en la victoria. Que la elegancia de Federer también se contagia. Que la pasión de Nadal se extiende como una mancha que regenera el ambiente.
Suspiré.
Salí casi temblando.
Epifanía del pádel= colocón.
"Mira las piernas, eva, fíjate en los músculos"- me decía miguel y yo me fijaba pero me quedaba boquiabierta con las parábolas que trazaban esos hombres en el aire. "Son spidermans sin tela de araña" "Esto es como una ópera o un gran concierto: hay que verlo para descubrir la grandeza del deporte" insistía Bisbal, miguel Bisbal. Y yo asentía sin apeárme de la sonrisa que aún me dura. 
Paula recogió una pelota y la devolvió a la pista con la delicadeza de Natalie Portman en "Cisne negro". Yo, que estaba sentada a su vera, creí que me atacaban las naves del Imperio y me agaché e hice la croqueta. Muerta del ridículo me incorporé y descubrí q  nadie parecía haber reparado en mi gesto. El de Paula- del que solo ví el final- fue muy bonito por lo armónico.
Me dio rabia que se acabara todo tan pronto.
Cuando la pista se vació nosotros seguíamos sentados en el palco.
Cuando me he despertado el pádel seguía aquí.
Así que, con su permiso damas y caballeros, confieso que he vivido y me he equivocado.
A la mierda mi juramento.
Charo, Iñígo, gracias por la oportunidad.
(Y Ana gracias por la foto)

miércoles, 20 de julio de 2011

Incendios entre las manos

Estos días no estoy escribiendo mucho, lo sé. Tengo poco tiempo y me paso el día pensando en piscinas. Por las noches cuando la ciudad se desmaya y solo quedan despiertos los del casino clandestino que hay debajo de mi casa yo pienso en piscinas. Las busco a través de las sombras, detrás de los edificios- hay una en Parque Lidón que me hace aullar de envidia- entre las azoteas, ocultas por calzoncillos, sábanas color reina madre y bosques de antenas. A veces se me aparecen convertidas en espejismos.  con forma de poza, como en los pueblos,  verdes y con líquenes, entre andenes de acequias. Uf... se me eriza el vello de la nuca con tanta fantasia acuática pero todo el cuerpo se relaja pensando en ese momento del chapuzón. Así que me olvido de los problemas y sigo, imagino que nos citamos en Marte- donde debe existir por la fuerza un país de las piscinas turquesas, y una provincia de las piscinas abandonadas sobre las que caen pinocha o las ramas de eucalipto- tú bebes campari o gin fizz, yo un sorbito de vodka con hielo, a pleno sol. O con dos lunas, depende del día.  Así, con la sensación de los pies en el agua, me voy quedando dormida y sueño con que te conviertes en Burt Lancaster en "El nadador" y vienes a buscarme. Te veo con el meyba saludando desde la piscina de Parque Lidón y te contesto que yo no me tiro de cabeza desde esta altura ni de coña.
"Venga Dú, venga... "dices tú en un susurro que me llega con forma de bocadillo.(De bocadillo de cómic, quiero decir)
Oh yeah, shalalala,dúba-dú, Dú, va, Dú...
Soñar con piscinas es la mejor manera de despertarse húmeda. Que expresión más de porno sin gracia: "húmeda". Después de leer la última frase Burt Lancaster me riñe desde la pantalla del pecé. Qué manera de estropear el párrafo de marte con una vulgaridad. Pero es q a veces me apetece que chirríen las frases y en el fondo no quería decir eso, sustituye esa palabra por fresquita. Me despierto hecha una Ofelia, vamos, con algas por el ombligo, pero algas prerrafaelitas, eso sí. Ahora mejor.
  Y es que, en realidad, lo que sucede es que con este final de curso me paso mucho tiempo sola, divagando y haciendo balance de lo que ha sido el año. Como estoy preocupada durante todo el día cuando llego a casa y solo me rodean el silencio, las gatas y los resúmenes de "Supervivientes" me pongo a dar vueltas sobre mi mísma. Entre pirueta y pirueta tropiezo con los conceptos  de "soledad, tiempo y espacio". También con el de "piedras". Soy una filósofa de piscinas, elucubro entre diapositiva de Burt lancaster en bañador y soplo de brisa. Hoy creo que he llegado a una conclusión, bueno, a varias: no me siento sola si sé que quieres pasar tiempo conmigo, sí mueves las piezas del espacio y apareces a cualquier hora disfrazado de comida, una caña, un mensaje en el facebook o una llamada para que salgamos el viernes. (Sirve esta máxima de mi pensamiento filosófico piscinero para la amistad y el amor, q es casi lo mismo, pero sublimado y con más remojo este último, pero aplíquese en este post para el primer valor, que es de donde surgió mi dilema) pero a veces al rozarnos somos como las piedras, tanta fricción hace que nos autocombustionemos. Por eso hay tantas canciones que hablan de  amor, de cruces de caminos y sobretodo, de incendios.
 Una cosa más, si entre tanto mes de julio se te ocurre imitar a Burt,déjate en casa los manguitos.