
La maleta de Irma no tenía ruedas. Parecía que la hubiera comprado en un mercadillo: de color hueso, con las correas desgastadas y cuadrada. Era evidente que tenía más de tres décadas. Eso fue lo primero que me llamó la atención. Después me fijé en el cansancio de su rostro. No era el normal de un viaje, daba la impresión de que arrastraba años tras sí.
Irma llegó a la hora de cenar, lo recuerdo porque Javier-el cocinero- me acababa de sacar un plato de ternasco y la recepción olía a guiso de patatas. Dejé la cena en el despacho y salí a atenderla: era una mujer que no se parecía a la fotografía de su carnet, algo que sucede a menudo, por otro lado. Llevaba el pelo recogido en una coleta, un abrigo negro abierto y un jersey rojo que se notaba usado. Pagó dos noches y apenas habló. Le pregunté si quería que le subiera la maleta pero me sonrió debilmente mientras me decía que no con la cabeza. Desapareció en el ascensor y pensé que podría desmayarse en cualquier momento.
Cuatro dos cuatro. Repito las tres cifras. Cuatrocientos veinticuatro, cuatrocientos veinticinco, cuatrocientos veintiséis...a veces me da por contar. O por repetir frases absurdas, como si rezara por las noches. La repetición de palabras o de números me da tranquilidad: me agarro a esa sensación a veces. Debería aprenderme algún mantra, así todo sería más fácil, pero no conozco ninguno. Por eso cuento, o digo en voz alta lo que leo en los carteles. Hasta que me canso. Eso si no estoy nerviosa, porque estando nerviosa no hay repetición que me valga. Incluso en situaciones de agotamiento no consigo borrar aquello que me preocupa. Cuatrocientos veinticuatro. Me pesa la puerta, hoy no puedo más.He salido de casa más tarde de lo previsto. No quería cruzarme a nadie en el portal, ni en el ascensor. Tenía la reserva hecha por internet. Es la primera vez que estoy aquí y no conozco la ciudad, así que me ha costado un poco encontrar la calle del hotel. De todas formas no tenía prisa, nadie me espera y no pienso hacer turismo. En realidad me da lo mismo estar aquí que a doscientos kilómetros. Lo único que deseo es distancia. Busco borrarme durante dos días. Eso no puede ser tan difícil.He apagado el móvil. No tiene sentido mantenerlo encendido si lo que busco es desaparecer. Apenas he metido ropa en la maleta, está casi vacia, pero da igual. En la habitación no hace frío, de hecho se nota mucho la calefacción. ¿De hecho? ¿Con quién estoy hablando? A veces creo que de la única que consigo alejarme es de mí.
A las once terminó mi turno. La mujer del abrigo negro no había vuelto a bajar. No le comenté a Santos que me había extrañado su silencio. Para qué. No parecía peligrosa. No tenía pinta de esconder tres botellas de whisky en la maleta y era demasiado joven para cualquier otro problema. A mí lo que me había perturbado era el nombre: era el de una de mis películas favoritas, "Irma la dulce". Estuve a punto de decírselo pero pensé que estaría harta de escucharlo. Además, había descubierto que tenía una mirada de color caramelo y eso me había dejado sin saber cómo reaccionar. Me fuí a casa pensando en la chica y en su maleta.
La habitación está entelada con un falso damasco color turquesa. Si entorno los ojos un poco parece que esté en el agua. En mitad del mar, sin cielo ni playa . Nada de horizonte. Me mareo. Desde que hablé con Alba ayer tengo esa sensación de vértigo contínuo. Necesito poner el pie en el suelo para no vomitar. Pienso en las últimas veinte horas y me entran náuseas. No creo que sea capaz de asumir lo que se avecina. Ni creo que pueda resistir las lágrimas de Alba sin contárselo. Tampoco me salen las palabras. Pero sé que no puede durar. Que este vacío no tiene presente ni espacio en el futuro. Pedro me buscará en cualquier momento y yo no sabré qué decir. Ni qué hacer. Tanto tiempo para esto, para salir corriendo y esconder la cabeza debajo del edredón. Del edredón de un hotel sin aeropuerto.
Marta me lo comentó en cuanto llegué: "Hay una mujer en la cuatrocientos veinticuatro de la que no sabemos nada". Le pregunté aunque ya sabía a quién se refería: "¿En cuál, has dicho? "Veinticuatro, cuatrocientos veinticuatro". Asentí y siguió dándome las instrucciones que nos ha inculcado Gonzalo. "Mira a ver si está bien. Yo la he llamado varias veces y no me coge el teléfono. Las de la limpeza no han podido entrar y no le han subido nada de comida". Entendí lo que estaba pensando. Suicidio, alguna cosa similar. Y me lo dejaba a mí, para que empezara bien la noche. Tampoco fue eso lo que pensé- eso lo advertí mas tarde, lleno de rabia- en aquel momento solo me acordé de los ojos toffee y del cansancio. Debía haberle dicho algo la noche anterior. De repente me empezó a temblar la mano. No quise que Marta se diera cuenta, así que la despedí con un "Ya me ocupo yo". Cuando estaba en la puerta me repitó lo que siempre nos aconseja Gonzalo: "Si ves algo raro no lo dudes, llama a la policía".
Se me ha olvidado el pijama. Me miro las piernas y aún conservan algo del moreno, aún quedan restos del verano. Me duele esa palabra "verano", está llena de nudos. Pero me abrazo a las piernas porque empiezo a tener frío. No puedo dormirme con frío por muchas pastillas que me tome. Tampoco quiero hincharme con somniferos: solo quiero encontrar un poco de calma y así poder pensar. Debo decidir. Debo saber qué quiero hacer. Pero lo único que se me ocurre es lamentarme por todas las minifaldas que no he llevado. Miro mis piernas, las examino bajo la luz de la mesilla y no entiendo por qué. No son tan feas. Y a mí me hubiera encantado conducir un mini, tener el pelo largo, una minifalda amarilla, por pedir...Lo del coche tampoco era fundamental, pero lo de la minifalda me jode. A Pedro nunca le han gustado mis piernas. Yo las veo normales. Como yo. Dentro de la normalidad.
Me pregunté cuántos años tendría mientras pulsaba el cuatro en el ascensor. En el espejo me noté un poco demacrado. Respiré fuerte y me dí ánimos por dentro. Seguía temblándome la mano, así que me la llevé al bolsillo del pantalón. Hice un gesto de lo más mecánico: me ajusté el nudo de la corbata. Después cerré los ojos y me puse a contar: cuatrocientos veinticuatro, cuatrocientos veinticinco, cuatrocientos veintiséis...Intentaba concentrarme en las cifras para agarrarme a algo porque temía lo peor. Y lo peor estaba rodeado de silencio, tenía los labios morados. La imaginé. Confieso que estaba seguro de que iba a encontrármela tendida en el suelo o sobre la cama, sin el abrigo, con el jersey rojo manchando las sábanas. Cuatrocientos veinticuatro, me repetí mientras me acercaba a la puerta. No se escuchaba ningún ruido en el pasillo. "Irma la dulce". Casi se me saltaban las lágrimas cuando llamé. Nadie respondía desde el otro lado.
A Pedro no le gustan mis piernas. A Alba tampoco. A mí no es que me apasionen, pero siempre me compro pantalones. No sé por qué. De todos los tipos, pero pantalones: estrechos, vaqueros, de lino, de pana. Pantalones. Qué rabia. Qué rabia. Qué rabia. Odio ser tan estúpida.Odio los pantalones. Llaman a la puerta. No sé qué hora es. Me quito las lágrimas, no quiero que me vean llorando. Vuelven a llamar. No me sale la voz. Me incorporo y hay tanta agua dando vueltas. Agua y mis piernas, que se van corriendo a buscar una minifalda. Me caigo. Odio el verano.
Escuché el golpe cuando ya había metido la llave en la cerradura.Dudé. Respiré nuevamente- seguía temblando- y empujé la puerta con suavidad. Irma estaba tendida en el suelo. Llevaba el jersey rojo sobre una camiseta y unas braguitas de algodón. Respiraba. Respiramos los dos. Busqué agua en el minibar. La cogí entre mis brazos tratando de reanimarla, estaba fría, pero al fin abrió los ojos. Me miró y sonrió. Dejé de temblar en sus ojos caramelo.
6 comentarios:
Wow........simple y sencillamente, IMPRESIONANTE.
Me ha gustado mucho. Estás sembrada.
Soony
Precioso. Jo, qué curioso, hoy he estado pensando en "Irma la dulce"... es que también es una de mis pelícuas favoritas.
Besos,
Tres
Gracias Sonia y gracias Trini.
os debo correos pero me pongo al día este fin de semana.
Miles de besos
eva
Casualidades en espiral Trini, tenías razón. No sé qué nos ha pasado esta semana. Hoy he leído el maravilloso post que colgó Richi el miércoles y he encontrado la referencia al camarero de Irma la Dulce. Curiosamente me acordaba de ese post que escribió él en su blog (de eso hace ya un par de años, se llama así "el camarero de Irma la Dulce" y es, como todo el blog de Rizino, una delicia) el fin de semana pasado, mientras escribía un borrador de ese post.
Y ahora el bucle continúa.
Besos
eva
Qué bonito...
gracias,,,
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