viernes, 19 de febrero de 2010

Lágrimas negras (o la dignidad de Bagoas)


Nunca se detiene pensando en la isla y esta tarde no consigue apartarla de su cabeza. Lleva media hora convenciéndose de que hoy mismo debe hacer la llamada a un cliente –que era imprescindible cerrar el pedido, concretar la carga, insistir en el tema del seguro- cuando ha escuchado con claridad la voz de su madre por la casa, el eco de su cantinela dulzona subiéndose por los desconchados de las paredes, cualquier mañana de muchos años atrás. Instintivamente se ha dado media vuelta esperando encontrar su silueta en el quicio de la puerta y ha tropezado con la pared de fibra que le separa de sus compañeras de departamento, que a esas horas parecen estar durmiendo una siesta, pues ni siquiera se escucha el murmullo del teclado ni el ir y venir de sus sillas, ni ninguno de sus gestos.

No le gusta recrearse en el pasado y sin embargo, hace un rato, al coger un cortado de la máquina se ha sorprendido pensando que recordaba perfectamente cómo su amigo R. se volcó un café encima la primera vez que charlaron, una mañana de febrero a la salida de la universidad. Ve perfectamente, distingue la torpeza de sus ademanes y se sonríe pensando en su ingenuidad. Se siente ahora, al cabo de tanto tiempo un poco náufrago, y le repele tanto esa idea, le asusta tanto su autocompasión que ha empezado a preguntar cosas inútiles por la oficina y las dos chicas, recién sacadas de la cama, le miran como se observa a un trastornado, con algo de incredulidad y mucho de desprecio. Pero él insiste en su lucha porque va notando que hoy le está ganando espacio la nostalgia y le produce pánico dejarse llevar por el dolor de sus huecos, por la fuerza de los agujeros negros que arrastra su tarjeta de identidad.

Al llegar al coche ha revuelto toda la guantera con la ansiedad de un drogadicto y se ha cabreado al no encontrar la cinta que al parecer buscaba. Al final ha decidido escoger otra que andaba por allí suelta y que, pese a ser de entonces y hablar de sus calles, de sus recuerdos, de su mar, no le produce tanto miedo. Después de tantos años en este país ha exorcizado el significado de la música del cantor, sus letras y ha aprendido a convivir con ese legado en paz. Sin embargo el desasosiego va en aumento y en un semáforo, mientras está parado, le ha asaltado por la espalda otra escena y ha visto el color que tenía su piel en la penumbra de las tardes de verano, cuando leía a escondidas en cualquier rincón del barrio en el que no hiciera calor. Ha tenido la impresión de que podría reconstruir el tacto de aquellos libros, su olor a desván de escuela y no sabe cuánto tiempo ha perdido en revivir esa sensación, pero el conductor del Audi de detrás –un pijo con prisas- ya se ha bajado del coche y se dirige hacia él cuando ha visto la luz verde frente a sus ojos. Ha arrancado quemando la primera y le ha dejado atrás.

En casa no había vino y la cerveza estaba caliente, así que se ha tirado sobre el sofá casi con la cartera en la mano.Tan absorto está en su vuelta que ni siquiera ha echado en falta a los perros, pues no está en ese piso, ni su cuerpo reposa en este momento en un sofá de nuestro país. Reprime sus lágrimas con música y siempre le enfadan tanto que las echa con rabia hacia dentro, se las traga y así su vida tiene a ratos el sabor del salitre seco con algas, pero esta tarde de julio se encuentra sin fuerza para amenazarlas o repelerlas y busca en una botella de las que le regalaron por Navidad una copa que le devuelva un poco de paz.

Vuelve al sofá y enciende la televisión para llenar su cabeza de voces, lugares y cuerpos que no sean los de su memoria y la primera cadena- vengativa e insidiosa- le responde con la indiferencia que él siempre le ha demostrado convertida en puñalada trapera. Y escucha –aunque no quiere- y mira -pese a que se le está derrumbando la válvula del corazón- con cada imagen se le acelera el pulso. Le invade una marea de momentos; viene y va, vuelve y se deja llevar por el olor de la sal en el Malecón, por las canciones escondidas de la trova, por las peleas en la cocina de su madre, por la saliva de los primeros besos, por todo lo que dejó guardado. Atrás.
Lejos.
Adiós.

Pero la música le vapulea y descubre que sus lágrimas son lágrimas negras, como las de Perucho sostenido en una iglesia . Quisiera bailar para despedirla, para acompañarla, pero sus pies no pueden moverse y sólo su garganta canta. Es el eco de su dignidad el que le saca la voz del estómago o de un poco más abajo y le grita : “ No, no hay que llorar...que la vida es un carnaval....”

J. llega tarde. Ha comenzado a moverse un poco de brisa en la ciudad. Entra en casa con los periódicos en la mano y encuentra a Bagoas dormido en el sofá junto a una botella de ron. Le acaricia las pestañas, que parecen mojadas y le susurra al oído:

“Bagoas, despierta ....¿sabes que se ha muerto Celia Cruz? “






Este es un texto antiguo. Era -y es- un regalo para uno de mis mejores amigos. No lo he corregido para no cambiar la idea original. Lo he rescatado del cajón porque hoy con un comentario lo he recordado.

2 comentarios:

Isaac dijo...

Me alegro de que no lo hayas corregido.

evamaring dijo...

Gracias sir. Me ruborizo.
Mil besos
eva