domingo, 21 de febrero de 2010

Carne de domingo (postre de sofá)

Nunca bendigo con suficiente énfasis el séptimo día, pero cómo agradezco que uno de esos domingos en los que no hay plan a la vista se despierte nublado y permanezca durante las horas de luz perdido en la bruma. En esos días vago por la casa como si buceara en líquido amniótico: igual leo la prensa que voy recopilando durante la semana, como pruebo la siesta del borrego y también la del obispo; me cuesta despedirme del pijama , me baño en mascarillas, cremas de muestra y aceites corporales; estreno mis camisetas más viejas con la ilusión de cenicienta; malcomo, malmeriendo y malceno, es decir, atraco la despensa a golpe de aburrimiento o de capricho y sucumbo ante la mayor de las tentaciones: el sofá.
Una amiga hiperactiva me decía que evaluaba la inteligencia y la curiosidad de la gente en función de su sofá: cuanto mayores eran las dimensiones de este mueble, más escasos eran los conocimientos culturales y el coeficiente intelectual de sus propietarios. En mi casa hubiera palidecido, pues desde que me mudé el sofá ha pasado a engullir gran parte del espacio de mi casa. Y, en consecuencia, de mi vida.
Es decir, que siguiendo la teoría de mi amiga (que tenía tres sofás encubiertos en su casa, semiescondidos y disfrazados de otras funciones) soy bastante limitada. Algo que no me preocupa en absoluto, menos aún los domingos.
Los domingos con frío celebro lo cálido de mi sofá con mantitas. Frida, Justine y yo nos amalgameamos- nos hacemos un enredo de lanas y siestas- nos chutamos periódicos, libros o pelis en vena y nos dedicamos a vivir. Porque vivir también es esto, aunque a veces nos cueste creerlo. Para mí estos espacios de inactividad son los que me sirven para aguantar la tensión, las prisas y los horarios de la semana; son también oasis en los que, de vez en cuando, surgen las ideas más interesantes y son fuente de bienestar, sin más.
El viernes llegué a casa mareada, después de que la última visita me contara su pasado descorazonador. Intenté olvidarme de lo que había escuchado paseando por las rebajas, pero volví a casa medio enferma. Así que me cambié y me dejé caer sobre el sofá. Puse un programa de televisión para gente poco inteligente, como yo, y me encontré con una señora de mediana edad que decía haber sido abducida por los habitantes de la luna:
-¿Y cómo fue?- le preguntaba la presentadora esconiéndose tras el flequillo.
- Pues muy bien, me trataron fenomenal. Los selenitas buscaban caracoles y yo les miraba.
Los selenitas buscando caracoles. La frase era poesía pura. Levité dos palmos al escucharla y la verdad, me reconcilié con la vida que me tenía muy desencantada.
Por momentos así bendigo los sofás.
Porque son caldo de cultivo para que me organicen una paella en marte cualquier domingo.

8 comentarios:

Raúl dijo...

Que uno de los misterios más arcanos del género humano, es cómo poder hacerle frente a un domingo con un mínimo de dignididad y talante positivo, no se le escapa a nadie. Conscientes de que la cuestión no podía ser resuelta sin fatiga, rendidos a la evidencia del desastre dominical, inventamos sofá.
Sonrío.

Isaac dijo...

Yo también sufrí las burlas de un amigo culto -que no cultureta- por mi enorme ex sofá. Ni caso.

Isaac dijo...

Estás fresca-fresca además, no?

aloloco dijo...

pues a mi los sofas cuanto mas grandes mejor!! de formas mas diversas se puede perrear en ellos,claro si es que no tengo dos dedos de frente!!
Ah!! a la de los selenitas la vi yo....jajajajjj....recien salido que estaba de la ducha....por un momento pense que el abducido era yo

evamaring dijo...

El sofá era un invento necesario, Raúl, es cierto. Si no, ¿cómo ibamos a inventar las siestas estrenos tv? y sin ellas ¿cómo hubiéramos superado tanto cansancio?
Pero a mí los domingos me gustan. Mucho.No hay desastres, solo horas como migas de pan.
Buah, Isaac. Deben estar todos cortados por el mismo patrón. Mi amiga también era culta. Muy culta. Pero no me ganaba en cultura pop-ular. Tantos años de aburrimiento y televisión no hicieron de mí una talentosa y joven promesa, pero eso sí, me dieron mucha conversación.
Y sí, fresca-fresca.
Lechuguina, vamos.
Qué alegría, aloloco, saber que alguien vió también lo de los selenitas buscando caracoles. Por un momento pensé que era la única que estaba pendiente del televisor y que había cámara oculta.
Y los sofás tamañano boeing 747 me encantan.
Besos mil multiplicados por tres
eva

lluna dijo...

nunca habia oido esa teoría sofa grande-poca cultura, me parece una chorrada. para que se lo digas a tu amiga culta.jejeje.
no vi a la de los selenitas, pero me hubiese gustado. Lo buena que está la salsa de los caracoles..
besos

Buenos dias con Poesía dijo...

Al final te salió el marte de Bradbury...

Quien fuera literato...Sufro con la Justicia y ahora encima de hobby la politica. Con Vargas Llosa, Pombo, Savater, Boadella...me han embaucado, cuando yo siempre quise ser un personaje con amigdalitis...

evamaring dijo...

Se lo diré Lluna, si tengo oportunidad, aunque no lo creo. De hecho reamente ella ya lo sabe, aunque mola más parecer distinta, así q tampoco tiene mucho sentido.
Lo de los selenitas fue impagable, ando buscándolo por youtube para colgarlo en fb.Avisaré.
Ay José Luis, a Bradbury vuelvo siempre que puedo...la política me resulta un planeta más extraterrestre que Marte, así q me cuesta comprender tu pasión. Pero disfrútala como tú siempre haces, los libros no se mueven del sitio y d. Alfredo Bryce tampoco.
Abrazos y besos a los dos
eva