La cogió de la mano y subieron corriendo por la escalera, hacia el tejado. Ella sollozoba mirando todos y cada uno de los rincones de la vivienda, como si le estuvieran amputando media vida separándola de aquellos objetos. Las gatas corrían de un lado a otro y ella las llamaba intentando que les siguieran. Desaparecieron quedándose escondidas debajo de una cama, la que ahora era de sus nietos y había sido de sus hijos hace ya tanto tiempo. Abrió la ventana del baño, la estancia más alta y la subió pese a los gritos hasta conseguir que la mitad de su cuerpo estuviera fuera. Su voz se perdía entre los aullidos del viento y el rugir del agua. Sin soltarla se encaramó él sobre el tejado. Fuera todo era áspero y oscuro, como el vientre de un dragón. La abrazó y tapó sus ojos mientras le repetía que todo pasaría pronto. Los dos temblaban. No había nada reconocible a su alrededor, solo agua, viento y vacío. Del oeste se acercaba un ejército de casas, vehículos, torres deshechos ligados por barro. Giró la cabeza y colocó a su mujer entre sus piernas, como solía abrazarla cuando pasaban las noches de verano buscando luciérnagas. Acarició sus hombros, le colocó la chaqueta roja por encima de estos y comenzó a cantarle al oído una vieja nana que inventó para su primer hijo.
"La fuerza del temblor ha movido Japón. Honshu, la isla principal del archipiélago japonés, pudo haberse desplazado 2,4 metros como consecuencia del terremoto del pasado viernes, según las mediciones efectuadas por el Servicio Geológico de Estados Unidos a partir de las imágenes de satélite tomadas antes y después de la tragedia por la agencia espacial estadounidense, la NASA. Las fotografías comparan la situación del día 26 de febrero con la del pasado sábado y concluyen que Honshu no está exactamente donde estaba después de que el fuerte temblor, de nueve grados en la escala abierta de Richter, y el tsunami que desató en el Pacífico sembrasen la destrucción con especial virulencia en el norte y el este de la isla."
Le conocí el verano antes de que se marchara a Japón. Tenía el pelo largo, tocaba la guitarra y me quería. Me quería con dulzura, de esa manera entre arrebatada e infantil que solo se tiene las primeras veces que uno se enamora. Volví de las vacaciones dispuesta a seguirle. Si él iba a trabajar en un circo, yo opositaría a trapecista.Si él iba a cocinar sushi y sashimi, yo olvidaría los domingos y la paella. Se marchó una mañana de año Nuevo. No se llevó sus discos, no dejó atrás ninguna posibilidad de que continuáramos con lo nuestro. Mientras él se subía a un avión en Barajas, yo sentía que un pájaro negro se metía en mi corazón.
Le busqué en los libros, en las canciones, en las estampas de Van Gogh, en los temporales de final de verano, en las películas de Won Kwar Wai y creí verle de extra en "Lost in translation". Durante cuatro años soñé con él todas las noches y me desperté buscando las plumas negras de su ausencia entre las sábanas. Escribí cuentos de mujeres dormidas entre orquídeas, asesinatos bajo los almendros, tristezas en los cantantes antiguos de Edo. Le buscaba hacia fuera e intentaba que con todo lo que yo le pensaba él regresara a buscarme. Me imaginaba envejeciendo en una casita con suelos de madera y paneles de arroz en Osaka. Compré una hucha para comprarme el billete a Tokio. Leí mangas y me corté el pelo como si fuera de compras por Shibuyá.Ayer no pude dejar de pensar en ese hombre. Le encontraron flotando, agarrado a los escombros del tejado de lo que había sido su casa. Hizo señales a los equipos de salvamento con un pañuelo o una prenda de color roja. Cuando le rescataron se encontraba a catorce kilómetros de su ciudad. Había perdido a su mujer con el tsunami. Los dos habían permanecido agarrados a los escombros del tejado de su casa, a la deriva durante horas. Al final ella no resistió el envite de las aguas y se escurrió entre sus brazos. no puedo hacerme una idea del dolor que tuvo que sufrir ese anciano, en mitad de un infierno líquido, luchando contra los recuerdos, peleando con las ganas de abandonarse y morir.
Y esa es solo una entre las diez mil historias. Una historia diminuta entre un país desolado que aún tiembla de miedo. No se descarta la posibilidad de más terremotos. Acecha el fantasma real de la radioactividad.
Soñábamos con Japón y hoy las imágenes de satélite nos muestran un agujero de dolor. Cuántas veces habíamos viajado con la imaginación hasta las faldas del Fuji, cuántas veces nos enamoramos de su modernidad. Desgraciadamente ha llegado el momento de reconstruir nuestros sueños y de devolverles un abrazo que recomponga su realidad.
Ps: Mientras escribo este post no me quito de la cabeza dos canciones. Una de la Costa brava, "Amor en japón" y otra de Richi, "Reactor nº4". Dos canciones de amor.

5 comentarios:
Yo aún soy incapaz de ponerle palabras a la tristeza.
Tantas veces viajamos a Japón con el pensamiento...
Trazos gruesos y finos se superponen. Tres mil víctimas mortales (la frialdad de un número, 3.000, no parecen muchos), pero en realidad son una y mil muertes, mil vidas sesgadas, tantos sueños, tantas historias...Tan lejos, tan cerca, trapecista por amor. Me gusta
El chico que...
Viajamos tanto a Japón y nos despertamos tantas veces bajo sus almendros q yo creo q era un poco nuestro, Magenta. Yo me siento más japonesa q nunca.
No son los números, chico que, es toda la vida- como un caudal, un río de ilusiones y posibilidades- que se ha perdido. Duele como si nos desangráramos un poquito.
Un abrazo a los dos
eva
Es como si una parte de mí hubiese desaparecido. Japón era nuestro, del todo, y no hay almendros floridos capaces de consolar.
Publicar un comentario