martes, 14 de febrero de 2012

Mikri kouklá

"Unloved women have no biographies, they have histories"


Scott Fitzgerald, "The Beatiful and Damned"

Arde Atenas. La población se concentra en la Plaza  Sintagma un domingo por la noche de febrero, mientras discuten el rescate de su economía en el parlamento y se elevan columnas de humo sobre la plaza Sintagma. En ese mismo lugar, en la esquina más alejada del edificio oficial, hay un hotel que respira decadencia: el Grand Bretagne. Allí se alojaron las pocas familias reales que acudieron a la boda del príncipe Don Juan Carlos con Sofía; allí, en las habitaciones que en aquella época debieron dar a las ayas y al servicio, nos dormíamos la siesta nosotros, hace más de diez años, cuando éramos turistas y aún había gente que colgaba la muda recién lavada en las ventanas del patio.
  Atenas era, por aquel entonces, una ciudad vecina de Barcelona, abierta al mediterráneo, provinciana y luminosa. Un lugar de veraneo y disfrute, en el se compraba y vendía oro, lapislázuli, turquesas y  los hombres contaban  los dracmas apostados en la puerta de su negocio, haciéndose los turcos y mirando a las mujeres que paseaban por el plaka con escáner, solazándose en todas las piernas, en los hombros, en los escotes y los pantalones cortos que se les regalaban. Los griegos eran gatos de Cheshire, se relamían en el quicio de la puerta, no importunaban a nadie con sus productos, pero discutían entre ellos como si toda la península fuera un inmenso ágora. Pasaban una a una las cuentas de su rosario y por las noches, desaparecían y te susurruban en el cuello con voz de ouzo, que es una voz amarga pero con un toque de fruta al final.
 Nosotros éramos turistas del grueso de la manada. Yo acababa de terminar la carrera, mi hermano aún estaba en ello y mis padres nos querían llevar a uno de los lugares en el que ellos habían sido jóvenes y felices: Grecia. Así que nos marchamos con nuestras maletas rumbo al Egeo, cogimos toda la bibliografía de Mary Renault, la Odisea y la Ilíada, un par de bañadores, gafas de sol, shorts y algún vaquero, pero no llevábamos móviles ni tarjetas- yo aún no disponía de una- sino travellers cheques, dossieres eternos de documentación de la mayorista y un bolso marrón- estilo mariconera, así se llamaban- colgado del hombro de mi padre en el que se guardaba todo el patrimonio de la familia.
  Durante tres días nos instalamos en el Grand Bretagne, que por fuera era un edificio solemne de principios de siglo- con sus toldos rayados, sus letras doradas en las banderas- y por dentro abandonaba sus reminiscencias británicas para convertirse en un pequeño barrio de Nápoles. Había pasillos desconchados y eternos, gritos y risas detrás del carrito de la limpieza, camareros a los que les apretaba la pajarita, camareras que se ajustaban la cofia  y ventanas abiertas a un patio- no consigo olvidar aquella imagen- en el que crecían plantas tropicales a la sombra de calzoncillos, calcetines y sujetadores de colores.
  Subimos a la Acrópolis a todas las horas del día. Mis padres recordaban  cómo al atardecer cambiaba la tonalidad del mármol y determinados fragmentos del Partenón se volvían rosa- fucsia de un tono que no les habían podido expoliar los ingleses. Bebimos Mythos- una cerveza áspera- debajo de una parra en Likavitos, con la ciudad convertida en una alfombra de luces y el mediterráneo más azul al fondo. Visitamos todas las iglesias bizantinas que nacieron olvidadas  y en una de ella mi madre y yo- qué desastre pordioss- estrechamos la mano de Melina Mercuri.  La actriz era entonces ministra de Cultura y estaba en el velatorio de una cantante que debía ser tan famosa como aquí lo era la Jurado. No nos acercamos al ataud (sólo faltaba!)  pero supimos que la conocían por Belu. Pregunté en inglés respetuosísimo a uno de los señores del cortejo fúnebre quién era aquella dama y me contestó casi con un lamento de coro teatral que había sido una gran voz y una mujer desgraciadísima. Se lo traduje a mi madre y las dos nos acongojamos tanto que  nos entró el sentimiento: encendimos un cirio alargado azul que depositamos en la arena y rezamos un padrenuestro bajito, con los ojos enrojecidos. Después ninguna de las dos tuvimos ganas de seguir callejeando.
  Ya al final de aquellos días de empedrado, higos y aceitunas hicimos un pequeño crucero. Nada de macrobarcos al estilo Dinastía italiano. Nada de capitanes que se marchan antes de naufragar. Nada de eso: nuestro barquito se parecía más a una de esos Steamboats que descienden por el Mississippi y que van a vapor. El nuestro, como yo decía encantada de lo kitsch que era la vida, era un crucero-cutresalchichero más parecido a un campamento de verano, o a un circo húngaro que al Titanic.
  Nosotros teníamos muy presente "Vacaciones en el mar" y disfrutábamos como idiotas apuntándonos a todo: a las cenas con el capitán donde el dresscode era llevar algo blanco, a las clases de sirtaki en la cubierta promenade por la mañana o al recital del cantante - era solo uno, Christian, rubio austríaco- que quería ser americano y tenía dificultad para pronunciar las erres, un chico al que le venía estrecha la chaqueta pero que cada noche variaba su repertorio de canción ligera en varios idiomas. He dicho "nosotros" y he mentido. No sé por qué lo he hecho, si por justificarme o porque en realidad en aquel viaje no me sentí sola, aunque hiciera la mitad de las cosas así, conmigo misma. "Nosotros" no éramos nosotros o sí, pero no tanto, quiero decir que las clases de sirtaki, las cenas con el capitán, los espectáculos nocturnos en una boite forrada de terciopelo granate los disfrutaba yo mientras mis padres y mi hermano leían, dormían la siesta o charlaban. Era yo la que había visto "Vacaciones en el mar" y la que pedía un paquete de serpentinas o una ducha de confetti al abandonar el Píreo. Yo- que sobredosis de egocentrismo-  la que aguantaba con mi daiquiri y mi libretita hasta el final de la coreografía  de los cisnes checos, yo la que me hice amiga de un grupo de argentinos jubilados que cada noche, antes de las doce y con chaqueta de esmoquin blanco, cogían del brazo a sus mujeres, las arrastraban hasta la pista y se ponían a bailar unos tangos estrechísimos por los que yo suspiraba. Yo también, la que se ponía roja cada vez que el sommelier la miraba- un griego alto, guapísimo, parecido a Jimmy Smits, que entonces era mi ídolo, pero con los ojos grises verdosos y gesto de truhán- al acercarse a que mi padre eligiera el vino. Era yo, no puedo echarles la culpa a los otros, la que, a una edad en que la mayoría de mis amigos estaba haciendo el indie en el FIB se trasnochaba con una Grecia decadente y epicúrea, jugando a las teleseries de la infancia.
   Salí del Grand Bretagne un mediodía de agosto, con lágrimas en las mejillas, un teléfono anotado en un papelito y un susurro pegado en el hombro: mikri kouklá. La chica de la tienda de souvenirs del hotel, una mujer rubia y enjuta peinada como Farrach Fachwet me dijo que significaba algo así como "muñequita" y me puse roja, nerviosa y me sentí cursi y contenta, todo a un tiempo. Llegué al aeropuerto de Atenas y dilapidé mis últimos dracmas en esponjas. Comencé a escribir una carta a Rosa entre bandejas de plástico y aunque la tiré en un buzón de Milán nunca le llegó. "Brakes are broken" dijo el piloto tras el fracaso de la segunda maniobra de despegue. Ya no cogimos ningún avión. Volvimos al Grand Bretagne y la misma señora rubia de los souvenirs me explicó cómo dejar Grecia en autobús, ferri y tren, a lo Willie Fogg.
  Eso hice. Sin tarjetas, ni móviles ni ropa para tender en ningún lavabo. Me enteré de la muerte de Lady Di frente a las costas de Albania. Hice el último viaje del Talgo pendular y recorrí Venezia en lancha taxi. Pero eso son otras historias y no tienen que ver con aquel Egeo tan intenso. Ni con las luces de Atenas vista desde el mar. Ni con el rosa del mármol de Carrara. Ni con los banderines de papel que colgaban de los barcos amarrados en el Pireo.
 Ni con esa ciudad que anteayer ardía y que yo- ahora dejo de citarme y me escondo- recuerdo como una fiesta.

3 comentarios:

Isaac dijo...

Siento ser tan cortapuntos, pero siempre he tenido la sensación de que Grecia es un país que vive de las rentas. Todo el mundo tiene un pasado más o menos glorioso. Hoy, la referencia es la democracia. Ayer fue la capacidad bélica. Mañana, quién sabe... Yo espero que mejoremos, pero lo que no se puede es estar constantemente reivindicando un pasado, creyéndose descendiente de Pericles y Platón mientras se mira la vida pasar.

Sé de lo que hablo porque en Cádiz pasa lo mismo cuando se habla de qué pena, de qué decadencia ésta en la que se halla inmersa una ciudad con 3.000 años de historia, la más antigua de Occidente...!! Desde que yo nací tiene 3.000 años de historia; me falta por conocer un par de días de presente.

Estos días me ha cansado la conmiseración hacia un país que va a recibir 130.000 millones de euros, y ello a pesar de la ineptitud e incompetencia para gestionarse correctamente; de la corrupción y de ese sálvese quien pueda tan mediterráneo. Como hablo desde otro país que es un desastre en ese sentido, me considero con cierta legitimidad para desconfiar de los griegos.

No dudo que haya víctimas en todo esto, pero vaya, que al final Max Weber parece más vigente que nunca... Y si no, échale un vistazo a esas pintorescas orillas mediterráneas. Al Sur y al Norte.

evamaring dijo...

Probablemente Isaac sea o haya sido así. Yo tengo esa sensación respecto a Italia. en las últimas veces q he estado allí he visto cóo iba hacia abajo y parece q nada cambie. Pero también me sucede lo mismo con España y peor aún con mi ciudad, castellón, así q lo de Cádiz me resulta tan familiar q me asusta. Genera impotencia.
Un abrazo
eva

encarnisabina dijo...

Nunca he estado en Grecia y no se si ahora es la mejor ocasión. Me ha encantado el post y tu vivencia.

Besos