jueves, 23 de febrero de 2012

Recortes de la infancia

El sábado me habían invitado a una fiesta de disfraces. La temática es el cine, así que había pensado disfrazarme de Eduardo Manostijeras, en homenaje a Tim Burton y a esas figuras de seto que proliferan en los Costwolds. Después he comprobado que ese mismo día estoy de guardia de asistencia al detenido y que no sé si podré ir a la fiesta.Todo depende de cómo vaya la delincuencia, de ahí que hable en pasado. 
No suelo disfrazarme mucho, ni me gusta ni me disgusta, simplemente no suelo hacerlo. Cuando yo era pequeña el carnaval no se celebraba en esta zona, de hecho empezó a implantarse en los colegios e institutos en mi adolescencia. Y yo no me enganché. Entonces solo te disfrazabas en verano, en las fiestas de agosto del apartamento. Una vez gané el primer premio vestida de ...¡conejita playboy! Mi madre se despertó transgresora y me cosió un pompón a mis mallas negras del colegio. Si lo hubiera hecho hoy alguien le hubiera reprochado ser tan políticamente incorrecta. Pero miro las fotos y estaba tan entusiasmada con mi copa de plástico, los guantes blancos, la pajarita y las orejas de cartón que me hago gracia. En fin, los álbumes, que guardan secretos.
  El otro día vino una pareja al despacho a firmar un divorcio. Estaban tan bien avenidos que les acompañó su hija, una niña pizpireta de ocho años. Ella no pasó a la sala de juntas mientras repasábamos los términos del convenio - faltaría que además negociara-sino que se quedó fuera pintando un retrato familiar. Cuando terminamos de ajustarlo todo y mientras sus padres se despedían entró y me estuvo contando cosas del colegio, la vida etc...Le pregunté de qué se iba a disfrazar este carnaval y me dijo que de nada, que había "Recortes". ¿Recortes? Me sorprendió ese conocimiento de la economía, pero aún me quedaba más. "Claro, recortes. No hay dinero para casi nada. ¿Cómo lo va a haber para una fiesta de carnaval?" Me quedé perpleja y pensé que con tal convicción tal vez sería mejor que compareciera esta niña en el Congreso para explicar las medidas fiscales.
   Cosas de niñas. Siguen:
La semana pasada cité a una mujer marroquí a la que asistí en una guardia de malos tratos para que me trajera documentación y preparar una demanda de divorcio. La chica- apenas tiene veintitrés años- llegó en el 2002 a España y no habla nada de castellano. Cuando digo nada es nada, no que tenga "recortes" en el vocabulario. El día que me llamó para fijar la hora de nuestra reunión se puso una señora- una amiga, supuse- que hizo las veces de intérprete. Así que le pedí que por favor acompañara a mi cliente cuando vinieran al despacho. La tarde señalada se retrasaron un poco y pensé que tal vez no habían entendido bien la hora o que se habían perdido por Castelló (pero esto último era poco probable). Cuarenta minutos después de lo previsto llamaron a la puerta y al abrir encontré a mi cliente, con el velo y la cara al aire, muy sonriente y a una niña de diez años. Me cabreé por dentro: qué manía esta de traerse a los niños al despacho del abogado. Qué poca cabeza. 
La niña me dijo que habían perdido el autobús y que habían venido andando. No sabía por dónde empezar: reñía a mi cliente por lo de la niña o preguntába dónde estaba la intérprete. Opté por lo último. La niña me sonrió- tenía unos enormes ojos almendrados, de Bamby- y me dijo: "Soy yo".  Me vi en la obligación de ponerme seria y le contesté con el ceño fruncido como Gargamel: "No, esto son cosas de mayores y yo delante de tí no puedo hablarlas. Tradúceselo"  La niña se giró y resoplando todavía de la caminata que se habían pegado, mantuvo un breve diálogo con mi cliente: "Ya, pero no le importa. Soy de su confianza." Y mantuvo la misma sonrisa de calma. "Ya, pero a mí sí que me importa. Díle que necesito que venga con la intérprete con la que hablé por teléfono" Entonces la niña me alargó la mano y me dijo: "La intérprete soy yo. Me llamo Samira. No tiene a nadie más".
Hechizada las hice pasar a la sala de juntas. Adapté la conversación a las preguntas mínimas y poco escabrosas- tenía el expediente penal a mano y cerrado junto a mí- y le pedí toda la documentación que necesitaba. Samira era la diligencia en persona, tenía una rapidez y un vocabulario fantástico. Me encandiló. Mi cliente parecía más infantil que ella. Al terminar le pregunté por su vida. Me contó que era la hija de la mejor amiga de mi cliente, que llevaba en España seis años y que era la única en su casa que hablaba,escribía y entendía castellano. También me dijo que no había merendado y que le dolía un poco la tripa- lamenté no tener un bocadillo de nocilla a mano- pero que al llegar a casa se ducharía y cenaría. Que le gustaba estudiar y que quería ser farmacéutica, pero que le había encantado mi despacho y ahora no sabía si dedicarse a la farmacia o al derecho. Le dije que no dudara, que la farmacia era mejor. Cada vez que sonreía le brillaban los ojos.
Se fueron contentas y quedé con Samira que me llamaría esta semana para que mi cliente viniera a recoger la demanda definitiva,  y así comprobar si estaba de acuerdo con lo redactado. Samira me respondió que la acompañaría pero que se traería el bocadillo.
Hay recortes, sí, pero afortunadamente no han rozado la lucidez de la infancia.

3 comentarios:

lidonb dijo...

buf, vaya historia!
Yo también me habría negado inicialmente a que una niña hiciera de traductora, pero...


Por cierto, las fiestas de agosto eran lo mejor. A mí el carnaval me pilló en séptimo o así

Anónimo dijo...

Deliciosa historia, esos ojos que brillan, bocata de nocilla

el chico que..

SONIA dijo...

Cada vez estoy más convencida de que ES NECESARIO q publiques un libro. Tienes un modo de contar las historias, reales o ficticias, q me atrapan.