miércoles, 7 de marzo de 2012

Del pais de la lycra

Tal vez  estos días a alguien le pase como a mí que me ha dado por recordar el efecto placebo que tenía el patinaje artístico en el pasado. Llegabas a casa después de echar la tarde dando balonazos en la plaza o tirándote de cabeza por el tobogán y te sentaban a un metro de la telefunken con un bocadillo. Inmediatamente el eco de las voces que traías escondido en los bolsillos de los primeros vaqueros callaba, te fijabas en la solemnidad de la pista de hielo, en la alegría de las parejas al saltar entre los anuncios de propaganda, con sus maillots trufados de lentejuelas y te concentrabas en su coreografía. Primero se escuchaba al locutor que indicaba su nombre y lugar de origen, después había una silencio muy profundo (que te hacía sentir el frío del hielo porque era tan denso que daba la sensación de proceder del subterráneo de aquella capa de agua) después aparecían las primeras notas de música, los patinadores resucitaban y en un plisplas la vida recuperaba su cadencia. 
 En ese instante todas las piezas encajaban, los triples mortales eran saltos de cisne, las peleas en el barrio simples anécdotas que se borraban, las faldas de las chicas eran cortísimas, los hombres galantes y el futuro se había convertido en el trazo perfecto de una cuchilla sobre el claro de luna. 
   En aquellas tardes de botas altas y habitantes del planeta lycra girábamos sobre nosotros mismos y por pura imitación nuestro cuerpo se desdoblaba, volvía a su sitio. No teníamos una plaga de amigos/as que durmieran por la noche con férula, ni que se despertaran con los labios heridos o una contractura maxilar debido a su bruxismo. Ni se nos dormía el brazo izquierdo de vez en cuando. Ni se nos caía el pelo cuando nos sentíamos solos. Ni nos moríamos de aburrimiento ni tampoco de prisa.
  Ahora el cuerpo ya no corre fácil. Ya no es ese aro que la gimnasta tiraba al aire y recogía, ni tenemos la flexibilidad para hacer el gato entre visita y visita. Ahora, yo misma, que hace unos años me mataba por llevar una existencia tranquila me ocupo los días haciendo aritmética de actividades que no llevan a ninguna parte, consciente o inconscientemente me empeño en la geometría de un poliedro que pariré cualquiera de estas tardes y que está tan desdibujado por picos y aristas que no sé a qué figura se asemejará.
 Madrugo, escribo, salgo a correr a escondidas, leo la prensa en los bares, voy a la pata coja hasta los juzgados, santifico mis fiestas, maldigo los pagos, odio el teléfono, beso los correos que llegan de madrugada, pongo ilusiones en tuppers, cocino sin sustancia, doblo expedientes en el armario de la memoria, leo a Houllequebec y pienso sobre mi propio "yo"- convertida en una click- sobre mi territorio (mi casa, mi barrio, mi ciudad, mi comunidad, mi país, europa, mi cachito en el espacio) bailo el vientre, disimulo el francés, sonrío, compro en el mercado, me desperezo, riego las plantas, compito en orquídeas y solo llego a abrir la puerta de mi cuarto cada día más contradictoria y más cansada de estas olimpiadas que se están haciendo eterna.
  Sueño con los ascensores espaciales que según cuentan los periódicos, están preparando los japoneses. Y con algo más prosaico ( y espero que real) unas vacaciones pequeñas de dos  o tres días en Madrid y alicante, por este orden. Quiero apagar la luz y estar sentada en una butaca del Centro dramático Nacional viendo "Luces de bohemia" que se despide el día 25, desayunar en Lhardy (porque aunque "haga economías" como los personajes de Fitzgerald no me llegará el dinero para ser Isabel II y desfajarme a la sombra de un cocido en el delicado salón japonés), callejear con Belu y Aída por nuestros bares de taxistas,  zambullirme en la exposición de  Chagall (me debilitan hasta volverme flan sus circos azules y sus mujeres en rojo), dejar que los rayos del sol me peinen las pestañas en Huertas o sentarme a esperarle, una vez más, en el banco que hay, frente a la estatua de Velázquez, a las puertas del Prado y saber que ya no vendrá porque el que era ya no existe y ni siquiera sé si lo soñé o se inventó a sí mismo y jugar a Penélope por un rato.
  Después bajar hasta la orilla este y quedarme con mi segunda familia en Alicante. Pasear por la playa de san juan sin reloj, con Rosa, las dos descalzas y ponerme las piernas morenas mientras tratamos de poner en orden nuestros proyectos. Cocinar con canciones antiguas, hacer los deberes con Belén e Ignacio (así de paso, me pongo al día de francés) , sopesar con Buby qué película vamos a ver al cine e ir tachando en la cartelera las que ya hemos criticado. Reunirme a cenar con Yolanda e Inés, patatas strogonoff o un par de mojitos, olvidarnos de los cumpleaños y de las mudanzas y reirnos de cuando pedíamos "mentireta" en Victor's. Ir al campo y coger berenjenas, habas,, ver si han crecido los olivos. Dormir en el sofá con el volumen apagado de la tele y despertarme sin el agobio de que tengo una entrevista a las cuatro y media y el cliente ya me está esperando.
  El viernes comienzan las fiestas en Castellón y la ciudad se paraliza durante diez días. Yo necesito dos paréntesis en esta semana y media para descansar, porque ultimamente voy tan al límite (de tiempo, de tensiones y conflictos) que mi cuerpo rechina. Necesito un balneario o una isla, un espacio en blanco para sacudir la rabia, la crisis, las canas, los miedos y lo inútil que arrastro.
  Necesito ese silencio de los patinadores antes de que empiece la música. Ese silencio de bañera que tiene el hielo. 
Por unos días.
Un rato.
Después sacaré las botas altas del armario, el maillot de lycra, me ajustaré la coleta, me pondré hasta un lazo y podré volver a casa con la sensación de que todo está en su sitio. De que cualquier día, sin esperarlo, la crisis cesará y habremos dado todos juntos un doble mortal para seguir patinando.
  

1 comentario:

SONIA dijo...

Verás como tras ese pare-Alicante vendrás con energía renovad fuerza para continuar con el trabajo, los proyectos, la rutina y el día a día q aunque a veces nos agobia hasta el punto de necesitar un respiro también te aporta momentos dulces.