jueves, 14 de julio de 2011

República Independiente del FIB











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 La putada de tener buena memoria es que te acuerdas de todo, hasta de lo que no has vivido. Antonio me habló durante aquel invierno del festival, de los grupos que iban, de que iba a ser chulísimo, me animó a que me apuntara, me avisó cuando se compró el abono e incluso me grabó una cinta-casette a la que puso una carátula de una viñeta de Goomer (que era mi superhéroe favorito entonces) y que contenía un poupourrí- una lista de reproducción- de las canciones que se escucharían allí. La tituló "Pizzapop" y a continuación, con su letra picuda- medio japonesa, medio dibujos de velas en la playa- puso: "Benicàssim, República Independiente del Rock Alternativo. FIB 1995" Esa es la joya de mi colección de casettes: entonces los Morán eran unos tipos medio chiflados a los que les gustaba Benicàssim y de Ikea (por lo de la república independiente, I mean), en Castellón, no había oído hablar nadie. Pero así era-y es- mi amigo Antonio: sabía de todo y tenía intuición.Yo, por el contrario, estaba en el lado oscuro de la fuerza. Aquella noche que no fuí la chica de primera fila que miraba embelesada a Fran mientras extendía sus brazos por encima de la barandilla pidiendo el "Chup-chup", aquella noche probablemente llevaba un vestido rojo y unas sandalias  y bostezaba a trescientos metros de la entrada del velódromo, muerta del aburrimiento en Trogolitro.La putada es, como decía al principio, que lo que recuerdo precisamente es haberme perdido ese momento, porque ahora que quisiera guardar en una cajita el cedé que años más tarde me regaló Antonio- entonces sí, "Pizzapop", de Australian Blonde- con aquella canción que me encantaba y que era la de mi primer no-fib: Love you Susie, love you Susie, send me to the west, ride it Susie, ride it, you know you lay me down to rest...-ahora que me gustaría meter allí las luces, las camisetas de fanta, la imagen de las villas que rodeaban el velódromo, todo y recordarnos así de jóvenes-  rezando a Janis Joplin o encomendándonos a los de Dover- mi memoria me detiene porque sabe que no lo viví.  Me riño, tuerzo el labio y sigo esperando ese recuerdo perfecto.
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Sin embargo hubo otros festivales, llegaron otras ediciones, desperté y me uní a los asaltadores de piscina nocturnos, a los del gremio de la  pulsera, el registro de aduanas, las colas y las masas. Incluso acabé comprando las entradas de reventa a última hora porque había que escuchar a Blur, una dos y tres veces, Country house, que al final no sonó. Así que allí estaba, un domingo nublado a las ocho. Me encontré con Antonio que llevaba la cena en la mochila, una camiseta, botellas de agua...y la pulsera. Sonreía de felicidad, pocas veces le he visto tan emocionado. Yo acababa de entrar y fuí a coger los tickets de las consumiciones. Nos estábamos pidiendo una caña cuando un rayo partió el escenario y pensábamos que había quemado la batería. Desde Barcelona llegaba un tornado- juro que nunca he visto nada igual- la gente corría, los de la banda salieron a decir "we're all right" y comenzó nuestro festival bíblico: el del diluvio. Yo encontré un hueco en los baños portátiles de tíos. Parecía que allí estábamos a salvo hasta que la base se movió y comenzamos a navegar pista abajo por el extremo superior del velódromo. Diría que salimos nadando y no os lo creeríais. No lo hicimos, pero vadeamos todas las carpas del festival y nunca recuperé los vaqueros de aquella noche. Olían a Inglaterra.  A big big house in the country.

fib05_thecure02_oscarltejeda                                Después llegó una temporada de muchos FIBs seguidos: o me compraba una entrada (la mayor parte de las ocasiones) y solo me daban las fuerzas y el dinero para ir un día, o me colaban regalándome pase o abono de tres noches bytheface, algo que a mí no me suele tocar, aunque aquí, en Castellón, eso suceda a menudo. Solo pagamos-pagábamos-entradas y abonos unos cuantos, los más pringados. Los listos se buscan un trabajo en el festival (voluntarios, barras, transfers) y los de siempre, los que de alguna manera se alimentan de la sopa boba entran gratis. No se sabe cómo, pero están. No suelen conocer los grupos del cartel ni llegan a las cinco de la tarde, pero ocupan la primera fila de las barras y se disfrazan un poco. Son fib-bers de pega, pero no perdonan uno. Además si no consiguen entrada para los tres días siempre les queda el autobús del gorrón, que incluso es más divertido, por el riesgo de que te vean cara de noeresnadieconocidoenelvoramar y te quedes fuera. La diputación, que financia  parte del festival junto con el ayuntamiento de Benicàssim organiza uno de los tres días- normalmente suele ser el primero- una cena o fiesta para sus "invitados". Los cita en un lugar, los sube en varios autobuses y los pasa a la zona vip. Tachán. En ese lugar los mismos señores que en el año 1995 miraban a los fibbers (¿duplica o no la be? ¿qué dice la RAE?) con cierta distancia, sorprendidos de que olieran bien, ahora se ponen sus pantalones blancos, sus camisetas rockeras o sus camisas de la Martina manga larga y así, travestidos de Julio Iglesias, Aznar cuando se relaja o de Philipp Junot, corren tras los canapés o esperan a que se desperece un artista. El año en que a mí me subieron al "autobús del gorrón" actúaba The Cure y sobre el césped artificial abogados, jueces, periodistas de postín, constructores de balnearios, armadores de rotondas, azulejeros en sus karts y personajes   de "reconocido prestigio" charlaban animadamente, de espaldas al escenario. Parecía que estábamos en Marbella, en alguna de aquellas fiestas donde brillaba Gunilla hasta que de repente escuchamos un murmullo, un coro de risas femeninas y un brillo de estrás que corría entre las copas de cava. "¡Robert Smith!- pensé  yo- habrá salido Robert Smith" y me giré buscando su mirada azulada o el rastro de telarañas de "Lullabye" pero no ví nada gótico ni su fantasma. En su lugar encontramos a un jovencillo guapetón en camiseta de tirantes que se quejaba por lo bajo cada vez que una de aquellas señoras- tan lejanas de Mrs.Robinson, con la que solo compartían edad- le pedían una foto y de soslayo le miraban el paquete:
- Hostias, otraa....si es que parezco Mickey Mouse...-Nos giramos y nos sonrió-Qué bien oléis. No como los de ahí dentro - y señalaba el recinto de conciertos- ¿Queréis una foto?¿Os apetece tomar algo? Esto es un rollo...
A mí me sonaba su cara y me apretaban los mustang, pero tocaba hacerse la alternativa y olvidar los programas del corazón para pasear por las carpas de moda. De repente caí: era Nacho Vidal. Me puse tensa y no me atreví a bajar la mirada de sus ojos. Nos hicimos una foto con él en la que yo parezco la Juani, soy chata y de polígono, estoy a punto de morder. Él en cambio parece un gentleman. Pese a su conversación- fue muy agradable, muy simpático- fuimos a escuchar "Friday I'm in love". Los padres de Robert Smith, unos ingleses con el mismo pelo que su hijo pequeño, rebozados en polvos de talco, coreaban sus letras junto a nosotros. Después algún concejal trataba de organizarles un tablao donde escuchar flamenco. Creo que no lo consiguió.


fib07-live_amywinehouse-francoisollivier-01 Uno de aquellos años a mí me regalaron un abono político, de esos que tocan de lejos y por la cara. Fuimos a recogerlo la mañana antes y al ver la lista de mis iguales en la zona de acreditaciones sentí mucha vergüenza: yo estaba rodeada de toda esa gente a la que siempre le hacen favores. La cosa fue aún peor. Llamé a Toni para quedar con él algún día y me dijo que se había comprado un abono (o una entrada) y que era tan caro, y que blabla...Entonces caí: el padre de Antonio era concejal en el ayuntamiento de Benicàssim, trabajaba en ese Ayuntamiento que organizaba el festival y sin embargo mi mejor amigo no tenía pase gratuito, ni siquiera para un día, cuando yo, que no era nadie, podía moverme por allí como si fuera prima de los Morán. Mi honestidad hecha añicos. Se lo dije (la confesión atenúa el sentimiento de culpa). Como no podía pasárselo- era una condena en mi brazo derecho- decidí no aceptarlo nunca más. Estaba muerta de vergüenza. Aquel año fuimos juntos a escuchar a una muñequita de cristal llamada Amy Winehouse y nos enamoramos de ella. Viajamos a los años cincuenta y a la playa de Malibú con el movimiento de sus shorts. Quién iba a decirnos que años después no se mantendría sobre sus plataformas.
 Confundo en esa vorágine de conciertos. Se solapan en la memoria sin hoja de excel que los guarde, el camino, las tardes de mercadillo, los años de Franz Ferdinand y el descubrimiento de Rufus al piano cantando a medianoche "Hallellujah " de Cohen (yo escondida entre lágrimas al escuchar "Complaint le butte")o el año siguiente, antes de Wilco, entre el arroz y las primeras filas,  transformado en Judy Garland con un albornoz blanco haciendo de nuestra merienda un musical. Puedo tocar el aire del concierto disculpa de Morrisey, en el que se mostró afable e incluso simpático y casi nos hizo ver el rayo verde cuando se rompió cantando "First of the gang to die". Nada que ver con el último que le ví, un domingo muy tardío, que encajó mal, como un niño caprichoso- spoiled- la belleza de los conciertos de Leonard Cohen y Morente que le habían precedido. Los otros dos fueron gigantes. Dos dandys que estallaron con elegancia y talento. El de los Smiths un hooligan quejoso arropado por su hinchada.
  Aún floto con las canciones de Sigur Ros, el último año que Antonio y yo fuimos juntos, un jueves. Las niñas llevaban diademas de flores, como pequeñas Fridas Kahlo islandesas, las canciones sonaban a volcán. Hay más fibs vividos y muchos más que se pierden sin que yo hay podido atraparlos al vuelo. Todos tienen un instante mágico. Yo nunca me olvidaré de un sábado por la tarde en el que, nada más entrar, descubrí a un explorador con sombrero de salacot arrullando entre sus brazos a una enfermera pin up-con la capa azul, los labios rojos y la cofia rígida- en el césped. Como para no creer en la ficción. A punto estuve de arrodillarme frente a ellos y llorar a lágrima viva.
 Nadie imaginábamos- tal vez Antonio sí, tal vez él era el único que lo supo- en qué se iba a convertir esto. Cómo se iban a transformar nuestra playa. Cuánta vida iban a regalarnos a cambio de nada.  Ni qué repercusión iba a tener aquella locura de los Morán. Pero yo nunca podré agradecerles lo suficiente lo que he vivido, que hayan puesto la mejor banda sonora a mis paisajes, que nos hayan traído hasta la puerta de casa a los mejores músicos-nos falta Bowie, nos hace mucha falta que venga Bowie- de este siglo.
 Así que seguiremos ahorrando para la entrada, seguiremos haciendo cola, quejándonos de las hordas de ingleses que nos asolan, criticando el cartel, cruzando la nacional por la pasarela y buscando agujeros en la valla metálica para colarnos. Seguiremos pidiendo nombres de favoritos para la próxima edición: a Manel, Divine Comedy, Jayhawks, Nick Garrie, Jack Johnson, Dean&Britta, Sr.Chinarro-otra vez, síii- BMX Bandits y Francisco Nixon.
 Sí. Seguiremos  bailando, cerrando círculos (mañana, que es hoy, cuando corrijo, Fran Fernández en el Bonaire en una charla- taller del Festival, dieciséis años más tarde) buscando nuevos atuendos para las fotografías. Seguiremos buscándonos entre el público de otras ediciones. Atesorando las pulseras.
Y dejaremos que haga viento, tormenta, solazo o aurora boreal, pero por favor que el FIB siga rodando.


ps1: Las mejores crónicas de estos días las firma Lidón Barberá en el Levante de Castellón. A ellas me remito a diario. Geniales.
ps2: las fotografías las he robado de flickr, todas al mismo chico al que le agradezco enormemente este atracón de nostalgia.
ps3: y el post, aunque no se diga expresamente, es para Antonio, mi amigo, que sigue estando cerca.

miércoles, 13 de julio de 2011

En el nombre de Antonella.

El poder terapéutico del esmalte de uñas. El efecto placebo de la crema hidratante después del baño. La explosión de endorfinas que se produce cuando estrenas un vestido de Diane Von Fustenberg, o su réplica de Zara. El subidón de autoestima que te da cuando te depilas las cejas (y no sigo). La borrachera de un buen corte de pelo. La satisfacción personal de descubrir la pierna larguísima- cydcharissiense- al caminar sobre unos estiletto.
Oh.
Todas esas cosas que generalmente despreciamos llamándolas "de chicas" y que a menudo nos negamos.
Todas: desde la más ridícula hasta la más inconfesable. Hoy las reivindico todas, porque son salvavidas en los momentos malos. Golpes de superficialidad, agujetas de color de rosa, que cada uno escoja el nombre, pero   para mí son barandillas para salir de este agujero.
Llenan la cabeza de pájaros, pero te hacen flotar.
Un poco. Solo unos centímetros por encima del suelo, durante unos segundos, pero vuelas.
 Hoy he tenido un día horrible en el despacho. No ha sido el primero durante este mes de Julio y tengo la certeza de que vendrán peores. Después de comer, por casualidad, he tenido la suerte de poder perder una hora para hacerme la pedicura y he resucitado en el Edo del siglo XV, entre bosques de bambú, preparándome para cazar luciérnagas. El milagro de la laca de uñas. 
Así que al llegar a casa, entre agobios y preguntas sobre el futuro, me he zambullido en el gel de vainilla.
Y me he escapado otra vez de la realidad.
No es que me haya enganchado a "Sexo en Nueva York", es que temo que terminaré el verano comprándome el pack de "Patito feo". 
Pintándome los labios de gloss y dejando besos en los espejos de los juzgados para sobrevivir a la crisis.
En el nombre de Antonella.

domingo, 10 de julio de 2011

Música para murciélagos

La mujer que mira a través de la ventanilla del coche es Leonora Carrington. La imagen, supongo, fue tomada hace poco. Murió el 25 de abril de este año. Seix Barral ya había concedido entonces a Elena Poniatowska el Premio Biblioteca Breve 2011 por la novela sobre la vida de esta dama que vuela con los ojos: "Leonora". 
El libro-  496 páginas, 645 gramos- está a mi lado en este momento. Acabo de dejarlo y tengo la sensación de que he vuelto de un viaje larguísimo. Discúlpenme: México, Nueva York, Santander, Saint Martin d'Ardèche y Lancanshire hacen que me sienta un poco mareada. El surrealismo, la fuerza de sus imágenes y la tenacidad de esta pintora- mitad mujer, mitad yegua- me han emborrachado. Mi piso parece estar vacío, como si tres guerras lo hubieran deshabitado al cerrar las tapas de la novela. Ya no se escuchan las voces de Chiki, Max Ernst ni Remedios Varo. Habrá que pintar las paredes, poner lavadoras y cambiar las sábanas.

"Le entregué todo lo que yo era, me sumergí en él y me fue arrancado tan brutalmente que la vida que apenas iniciaba se me rompió; todos los cables de mi cerebro hicieron cortocircuito y me dieron electroshocks para volver a conectarlos."

Página 448, habla Leonora sobre Max Ernst, en la fotografía junto a sus ojos.

"Leonora abandona los gatos, los perros, los viñedos, las figuras esculpidas, el chal de campanitas, las pinturas de Max y las suyas; olvida los libros y el álbum donde empezó a pegar las fotografías. Toda su voluntad se centra en España y en la visa de Max"

Página 165, a la heredera del imperio farmacéutico Carrington la sacan de Francia al estallar la segunda guerra mundial. Max Ernst ha sido detenido por segunda vez. Leonora solo piensa en salvar a su amante-amor-maestro-enemigo (?)

Hay que sacarse algunas novelas de la garganta. En ocasiones, la vida que destilan sus palabras se enrosca en nuestra tráquea y nos impide continuar respirando sin ellas. Ocurre en ocasiones, existen numerosos estudios de universidades norteamericanas sobre el tema y la incidencia de los restos de tinta en nuestros alveolos pulmonares. El departamento de neurología de la facultad de Medicina Nuclear de Iowa concluyó, en 1999, que determinadas áreas del cerebro, en las que se localiza la fabricación de las memorias desdentadas y los falsos recuerdos presentaban conexiones nerviosas de idéntico color a las de los pulmones de personas lectoras que no habían fallecido en accidente. Con ayuda de la Fundación José Camacho- médico guatamalteco, propietario de grandes extensiones de cultivo del cardamomo, bosques de palo rosa y yacimientos de petróleo, que desarrolló su tesis "Literatura, especias y salud" entre los años 1978 y 1987 en la Universidad de San Carlos- y del departamento "Health and Spices, lots of readings" de Belize,  se han abierto nuevas lineas de investigación en los últimos años, con la colaboración desinteresada de los socios de la  Staatsbibliothek zu Berlin- probablemente una de las bibliotecas más hermosas e interesantes del planeta- quienes, de manera altruista, han donado sus cerebros y siguen las pautas de los expertos como si fueran cobayas.
   Hay que meterse en algunas novelas con el pie izquierdo, cerrando los ojos y conteniendo la respiración, como si nos adentráramos en el agua en mitad del invierno. Hay que dejarse llevar y aguantar los vaivenes, los cambios de temperatura, la irregularidad textual, los derroches de sintaxis y los giros dialectales del autor. Seguir leyendo y zambullirse, bajar con él hasta sus infiernos y derretirse al lado de sus metáforas. Continuar descendiendo, amar a sus personajes, olerlos, tener curiosidad, aburrirse de sus formas más enrevesadas, besarlos, brindarles la nuca para que nos pellizquen y consumirse   con su historia. Hay que desnudarse muchas veces para leer un cuento. O una novela, que es casi lo mismo, pero  visto a través de un microscopio. Y después regresar, salir del cuadro con los dedos y la boca llenas de pintura.
  

He doblado muchas de las esquinas del libro. De sus páginas, quiero decir. Hay tantas imágenes y frases para guardar que sé que no podré releerlo hasta dentro de un par de días o moriré de sobredosis. He buscado entrevistas a la autora, Elena Poniatowska en la que hablara sobre la construcción de la novela- ¿Cómo hace alguien para meterse en el cuerpo de una mujer viva?- y solo me ha inspirado desconfianza. Aquí le preguntan en un blog por ese salto de la amistad a la ficción: 

"Bueno, a través del tiempo la he entrevistado, la he seguido, hemos comido juntas, hemos cenado juntas. También me ha invitado a su casa porque hace unos moles buenísimos. Guisa muy bien Leonora, le gusta mucho. Interrumpe la pintura para pararse frente a la estufa y guisar. Entonces era lógico, casi, que yo me pusiera a escribir sobre ella. Además sin molestarla, sin hacerle preguntas, nada, porque nada más con escribir lo que yo veía, lo que yo sentía, lo que ella decía…" 

La desconfianza hacia los antropófagos es un sentimiento primigenio, pero no me lo pueden reprochar. De lo leído se deduce que Elena Poniatowska se comió a la pintora, hizo la digestión y parió un libro con pinceles. ¿Llegaría otra vez, en ese círculo de la vida, el alimento a la mujer vestida de azul que coge el teléfono?

"Jamás pensaría en matarme-interviene Leonora- Tengo demasiada curiosidad por saber lo que va suceder mañana."


Página 407.

Verano y la ciudad.

Verano: sería imposible atravesar estos tres meses de calor sin mencionar esta palabra. Sale en cualquier conversación, sin venir a cuento, como si no nos lo creyéramos o como si a fuerza de nombrarlo quisiéramos formular un hechizo. A veces levanto la ceja- solo me sale de tanto en cuanto el enarcarla- cuando alguien descubre la piedra filosofal y dice "¡Es que estamos en verano!" Expresión que, cambiándole los términos, no escucho jamás en febrero, noviembre ni siquiera en navidad.
 Pero es decir "verano" y hasta las mentes más sensatas se descontrolan. No todo puede ser culpa del calor. Por ejemplo: yo he caído en algo que me prometí no hacer jamás. Engancharme a "Sexo en Nueva York". Sí, lo he hecho. Sí, ahora, cuando todo el mundo ya sabe más de la vida de Carrie Bradshaw que de la de Juana la Loca. Sí, cuando ya han vendido y revendido los ochenta packs de cuatro temporadas y dos películas. A estas alturas. ¿Por qué? 
Lo sé, pero voy a concederme una oportunidad para salvarme. "Porque es facilona, dulce y además...es verano". Los dos primeros adjetivos resultan obvios: de tan simple, de tan sencilla, de tanto echar mano de tópicos la serie roza en el 90% de sus capítulos lo superficial. Pero eso ocurría siempre, desde la primera columna de Carrie. Y además en una serie, la superficialidad es virtud: no vamos al cine a hacer diván ni psicoanálisis, vamos a escaparnos de la butaca. Así que si una serie de televisión consigue levantarnos del sofá y teletransportarnos al Village, celebrémosla porque es buena. Y "Sexo en Nueva York" lo consigue. Pero cuando empezó a emitirse ya lo hacía y yo, exquisita de mí, torcía el gesto y miraba hacia otro lado. Ese no puede ser el aútentico motivo.
 Es dulce. Sí. Augura un final feliz. Un beso de Mr.Big entre la 54 y la...sujetando a Carrie por la cintura y prometiéndole cuidarla siempre. En el fondo, en el amor eso es lo q esperamos: alguien que nos salve de la soledad y que pueda cuidarnos en el miedo. De ahí que Mr.Big sea otro arquetipo: no es el más guapo, no es el más interesante, pero es sín duda el que parece ofrecer más protección. Lo tiene crudo Steve- quien desde el principio está dispuesto a dejarlo todo para velar por el sueño de Miranda, la más independiente de las cuatro- para sacudirse su lado blandengue. Mr. Big da la talla y el rostro del hombre que te puede enamorar para toda la vida. La historia de siempre, la del principe azul que no nos quitaremos del subconsciente jamás- tal vez sea parte de nuestro código genético- ni con zapatos de Louboutin ni borracheras de Cosmopolitan o Moët Chandon. Pero de tan dulce es imposible, solo genera ilusiones y claro, si estas no se cumplen- es complicado que alguien me bese entre la 54 y la ...agarrándome por la cintura- desencantos. Así que verla para sufrir tampoco debe tener mucho sentido. No, debo descartar esta razón.
   Vayamos a la última: es verano... El dedo se hunde en esta llaga.En verano estoy fácil, soy carne de culebrón y de secta. Como cualquiera, no hay que escandalizarse conmigo. He llegado a Julio muy cansada, he tenido que romper mi hucha de viajes para subsistir ante los impagos- con lo que se ha desvanecido mi verano inglés- y por las tardes, cuando voy a trabajar parece que atravieso las calles de Tunez en lugar de las de Castellón ( no hay nadie y si me cruzo con alguna persona me parecen extraños, como en la canción de los Doors). Los días se hacen piscinas olímpicas en las que batir una marca nueva, que sube como el índice nikei. La mayor parte de la población ha huído de la ciudad y se ha trasladado doce kilómetros más al este, junto al mar. Yo que les veo de lejos, cuando atravieso Playetas o me acerco al Voramar me siento Victor Jara cantando aquello de "las casitas del barrio alto", los chicos llevan camisas de manga larga planchadas y huelen al último perfume de Kenzo. Las mujeres son livianas y no tienen nunca ojeras.  Es verano y salen los sábados, bailan moviendo los hombros y sonríen. Mientras a mí me gusta- siempre fuí una niña rara, no podía crecer de otra forma- quedarme en casa y darme una ducha muy larga y tumbarme en el sofá o en la hamaca o en el suelo y darle la vuelta a la última novela- apuro ya "Leonora"- y madrugar con la ciudad en silencio. En el fondo sé que me estoy escondiendo, que las noches del barrio alto me parecen un territorio vedado.
  El tiempo por delante, el que nos tiene preparados este verano es un inmenso océano, un océano por descubrir para el que no nos han vendido un kit de tres carabelas. El agua tiene el azul intenso de todas nuestras expectativas, todos esos sueños que, como el del príncipe azul, alojamos en nuestro subconsciente y se han quedado esperando: el de las noches de Shakespeare, el de los amores del Dúo dinámico, el de los viajes exóticos...su profundidad es paralela a la de nuestras debilidades. Y el reverso de la palabra verano es la soledad. Nadie quiere pasarse un verano solo. Por eso nos agarramos a cualquier cosa, a los campeonatos de paddle, a la cerveza y boquerón del chiringuito, a los talleres de caligrafía creativa, a los cines al aire libre, a las fiestas de los apartamentos (¿Hay algo más difícil de llevar? la familia no se elige, pero los vecinos tampoco. Las fiestas de agosto son unas navidades travestidas con banderines de paises y tinajas con sangría. Deporte de riesgo.)a los cruceros con pulserita, a las partidas de mus...el verano es, en resumen, una huida desesperada de nosotros mismos. Una carrera que termina en la última roca del espigón, donde acabamos lanzando una botella con mensaje dentro. En ella cuando nadie nos veía hemos escrito:
  "No me dejes.
Solo o sola"
De ahí que tengamos que repetirnos tantas veces donde estamos, para espantar al aburrimiento. De ahí que nos dejemos llevar por las fantasías de la HBO para matar las horas. De ahí que en las ciudades solo quedemos los que seguimos muertos de miedo.

miércoles, 6 de julio de 2011

A reverse charge-call, please.

Con Paul y Jen ellis, 8-VIII-87
en el jardín, 31 Birchwood walk.


El verano en el sur de Inglaterra era irregular. Aquel año, el de la boda de Sarah Ferguson y el príncipe Andrés  parecía de los calurosos, pero en realidad siempre nos despertábamos cobijados por las nubes. Normalmente el cielo no tenía color, o era ese blanco átono que a los del mediterráneo tan poca confianza nos infunde, pero antes de que llegara el mediodía, nuestra suerte cambiaba y un poco de sol se hacía fuerte más allá de los manzanos y de las colinas. En cuanto la luz se iba abriendo un hueco, nosotros perdíamos las cazadoras o  los sueters de ese punto grueso que solo se utiliza en septiembre por los parques. Yo había terminado primero de BUP, llevaba hombreras y el pelo largo- se aprecia en la foto- abusaba de los náuticos y me creía muy mayor. O un poco tan solo, pero lo suficiente para alojarme con una familia inglesa en Canterbury, colarme en algún pub y pintarme las pestañas con rimel. Pero sin pasarme que me daba vergüenza. Así que aquel verano en el que me dí el certificado de adulta, llamé a la puerta de Mrs. Ellis en 31 Birchhwood walk.
Canterbury. Kent. Así escribía mi dirección en la libreta: con tinta azul, letra picuda, sobre una hoja de rayas.
A día de hoy, veinticuatro años más tarde, aún sueño más de una noche que regreso andando hasta esa esquina, que cruzo la Westgate, dejo atrás el cementerio y giro a la izquierda. En mis sueños no llueve y saludo a Dean James- el hijo adoptado de Jen Ellis- que me adelanta con su bicicleta, se esconde en su bomber negra y no me llega ni al hombro. Miro si Mrs.Phipps sigue viendo "Fawlty Towers" al pasar por delante de su verja y cruzo el parque en direccion a la casa blanca del rincón. Llamo y nadie me abre. A través de la ventana de mi habitación escucho la que sería la canción del siguiente verano, "Don't leave me this way", de los Communards. Me asomo y me veo tumbada sobre la moqueta, con mi vaso, shorts y un polo verde de lacoste.
  Es domingo.La libertad tiene el tacto de esa camiseta desgastada.
Aquel verano empezábamos a salir y los más altos podían pedir las cervezas en algunos pubs. A otros les delataba la pelusilla del bigote que aún no se atrevían a afeitar y normalmente, el camarero inglés que había tras la barra les pedía el carnet mientras ellos finjían no entenderle. A mí me tocó quedarme en la calle, paseando en más de una ocasión, porque no me dejaban pasar de la puerta ya que no engañaba a nadie diciendo que tenía dieciséis años. El aburrimiento me llevaba a McDonalds, donde siempre había algún compañero del colegio. Allí conocimos el primer verano a un hijo de españoles que trabajaba de cajero y nos invitaba a Big Macs y Hot Apple Pie. No recuerdo su nombre pero sí que nos llenaba la bolsa de papel hasta que sus jefes descubrieron el agujero y lo mandaron a casa con su bici y una gorra. Después del despido, a mí me daba miedo volver a los brazos de Ronald (McDonald) porque quién sabe si los de cocina investigaban a los cómplices de la estafa. En la Inglaterra de entonces, según se rumoreaba entre los estudiantes, había mil normast-trampa destinadas a deportar a niños de papá a su país. Y yo no quería ser una de ellas.
   Entre semana íbamos al colegio, alguna tarde de excursión, o nos moríamos de frío en la piscina si el tiempo lo permitía y después organizábamos una barbacoa. Los martes nos vestíamos como si fuéramos a una gala porque había  discoteca para extranjeros. Allí bailábamos "Qué viva España" de Manolo Escobar junto con Bruce Sprinsteen y un par de canciones lentas de Lionel Richie. Yo, pese a mi madurez, cuando sonaba "Hello" me iba al jardín porque  me daba vergüenza quedarme cerca de la pista y que nadie me sacara a bailar.
    Los martes, pese a todo, eran los mejores días. También los sábados, que nos llevaban a Londres y discutíamos con nuestros profesores que preferíamos callejear frente a hacer turismo. En plena adolescencia el British museum nos parecía un montón de piedras que no estábamos dispuestos a cargar en la espalda y sin embargo las tiendas de Picadilly Circus (Virgin, el almacén de discos y Lilywhites, el paraíso del deporte) eran una tentación invencible. Fue en esa época en la que, debido a  mi crecimiento como persona me enganché al consumismo compulsivo: los viernes le pedía dinero a Consuelo (que además de ser la que organizaba el viaje y nos traía desde España, se convertía en nuestra banca, porque nos administraba el dinero que nos habían dado nuestros padres) y los sábados mis libras desaparecían en bolsas donde encontrabas discos (el de Culture Club, el rojo y el azul de los Beatles, por ejemplo...) pantalones de fiorucci de saldo, bolsas de snoopy que renovaba año tras año en Carnaby street (como quien se compra el itbag de Chanel de cada temporada) y las nike wimblendon. Aquellas zapatillas fueron el tesoro más preciado del viaje, un sueño que compartí con casi todos.  Me costaron una locura- treinta libras- y después se me manchaban a diario del verdín del césped, así q cuando llegaba a casa de Miss Ellis las limpiaba con papel de váter mojado. Entendedlo: eran un signo de mi madurez, no podía permitir que mi personalidad se estropeara tan pronto.
 También nos fotografiábamos frente a Downing Street mientras esperábamos que saliera Margaret Thatcher o sobre los leones de Trafalgar Square, debajo de la estatua del almirante Nelson y allí insultábamos a los ingleses por quitarnos el acero de nuestros cañones. O soñábamos con ir a algún concierto en Wembley, retrasando la hora de recogida del autobús.
  Y entre tanta gente a todas horas llegaban los domingos. Llegaban los domingos y entonces no había más remedio que ir a misa o quedarse en casa, con la familia inglesa. A mí los servicios británicos siempre me parecieron un rollo, no me sabía las canciones (el "túuuuu, has llegado a la orilla, sonriendo has dicho mi nombreee..." no había llegado a la isla, aún no era un hit internacional) y me aburrían demasiado. Así que el primer domingo me quedé en casa y comprobé que mi edad era la del carnet y no la que yo me asignaba a golpe de melena y pistoletazo de rimel.
    Ese fin de semana en casa de Mrs. Ellis desayuné huevos fritos con bacon and beans. Lo de los huevos fritos tuvo su gracia- era tan folklórico que casi pido permiso para llamar a mis padres y contárselo- lo de las beans no tanto. Jen y yo estábamos solas, en la cocina: ella recortaba las fotografías de Andrew y Sara mientras yo imaginaba que las judías que vagaban por mi plato manchadas de salsa de tomate eran los cadáveres de una guerra. Mi desayuno,  por un campo de batalla.
  Jen era alegre y se reía a menudo con mis preguntas. Cuando lo hacía se le veía el hueco de dos dientes que le faltaban y tenía guardados en la mesita. Supongo que los tendría allí, porque cuando salía a cenar con Fred- algo que sucedía una vez a la semana- se ponía un vestido rojo de gasa y sonreía mostrando una dentadura perfecta al despedirse. Le gustaba mucho hablar y presumía de conocer España porque veraneaba desde hacía un lustro en Salou. Yo no me atrevía a explicarle que Salou no era para nosotros una referencia histórica ni geográfica, ni que lo relacionábamos con una colmena de turistas. Jen, Jennie, describía las noches de orquesta en la Costa Brava como las más románticas del mundo y yo no era nadie para romperle la fantasía. Así que la primera mañana a solas con mi familia inglesa me la pasé escuchando algo muy parecido a la canción de Manolo Escobar.
  A eso de las doce sucedió poco frecuente: Fred y Dean James, los dos hombres de la casa, aparecieron en la cocina muy peinados, con la camiseta por dentro del pantalón y la cadena del cuello por fuera. Dean me miró de lado- no se atrevía a hacerlo de frente- con las manos en los bolsillos y un gesto de superioridad, levantando la barbilla. Jennie les dijo lo guapos que estaban, les pasó la mano por el pecho- como si planchara de nuevo sus camisetas- y sacó de la funda de una kettle que había en el estante unos billetes que repartió entre sus chicos. Por debajo de la manga de Fred- su marido- se columpiaban los zapatitos de una pin up que flotaba sobre una magnolia, uno de mis tatuajes favoritos. Fred era veterano de la Segunda Guerra Mundial y hablaba muy poco, pero una tarde me explicó dónde y cuándo se había hecho algunos de ellos. Solía encontrarle al llegar a casa en el sofá, sentado con una pinta y una sonrisa. Me saludaba con una frase indefinida  pero Jennie me decía que me apreciaba mucho, q le gustaba mi forma de hablar porque le parecía una niña lista. "Una chica lista" pensé yo, porque en inglés se decía igual, sin especificar los años y yo ya no era una niña. Dean al coger el dinero que le tendía su madre aún se estiró un poco más y me miró con suficiencia. Se despidieron y salieron por la puerta trasera y en cuanto cerraron la valla del jardín pregunté dónde habían ido: "Al pub, claro" contestó Jean, "como todos los domingos". Como a nosotras no nos habían invitado me subí a mi cuarto, puse una casette en la cadena de música y empecé a escribir cartas.
    Sobre las tres escuché la voz de Jen por la escalera-:"Iiiivaaaa, iiiiivaaaa..."De tanta actividad epistolar me había quedado dormida. "Telephoneee" Corrí moqueta abajo descalza y cogí el auricular. Creí escuchar al otro lado el ruido de las chicharras de Benicàssim y sin saber por qué, al saludar a mi padre rompí a llorar. Me los imaginé en el apartamento de mi abuela, frente al mar, jugando a la imagen de famiglia siciliana y casi no podía contener los hipidos. En cualquier caso, el ruido de las conferencias entonces debía ser terrible o las ganas de mis padres por saber que estaba bien les hacían perderse los matices, porque ninguno se dió cuenta de nada. ¿Ninguno?- pregunta retórica al estilo Ásterix- bueno, ninguno no: la perspicacia de mi abuela era mayor que la de Mrs. Marple, porque fue pasarle a ella el aparato y detectar lo que sucedía. 
-  ¿Qué te pasa? ¿Estás llorando?- inquirió la pobre mujer.
- Nooooo....- respondí yo sorbiendo todos los ácaros de la moqueta.
- Guá!* Tú no me engañas, estás llorando- dijo con firmeza- Cuéntame que te pasa.
- Noooo...síiiiiii...noooo- Jennie, pegada a la puerta del comedor me miraba con preocupación.
- Mira, ahora no puedo hablar con tranquilidad- mi abuela parecía del FBI cuando se trataba de asuntos importantes- dentro de media hora se irán todos. Llámame a cobro revertido.
Y colgó.
Yo me quedé junto a la puerta de entrada, dejando un riachuelo de lágrimas sobre el suelo rosa. Traté de dismular y subí a mi cuarto. A la pobre Mrs. Ellis no le salía ni la voz:
- Ivaaa...
Me tiré sobre el edredón. Solo he visto llorar así a Candy Candy y a Heidi. En la pequeña pradera que había frente a nuestra casa jugaban uno niños al fútbol y yo no entendía lo que decían: su inglés me parecía más extranjero que nunca.
Al rato, Jennie llamó a la puerta y entró. Yo volvía a estar medio adormilada: no sé por qué Inglaterra tenía un efecto sedante en mí. Se sentó a los pies de la cama y comenzó a explicarme con suavidad la historia de su familia. Tal vez intentó consolarme contándome sus propias preocupaciones porque creyó q me habían dado una mala noticia. No intenté sacarle de ese error porque lo que iba narrando me superó. Llegué a esa conclusión cuando la aparente realidad de colores pastel y moqueta se transformó en un culebrón y en el rostro de Jennie, que solía ser afable, se ensombreció. A las dos no nos salían las palabras. Yo tampoco sabía cómo responder a su historia: de repente mi nostalgia de niña pequeña me parecía una maldad comparada con la carga que soportaba aquella mujer que tanto me cuidaba. Me tembló el labio inferior y Jennie miró hacia otro lado. Las dos nos echamos a llorar.
   Nos abrazamos y nos entró un ataque de risa al darnos cuenta de que nos habíamos contagiado la tristeza (en realidad era yo la que había prendido con mi estúpida rabieta la de ella), así que Jennie me sugirió que la acompañara al comedor y nos tomáramos un refresco. Así lo hice. Antes le pedí permiso para hacer una llamada a cobro revertido que tranquilizara a mi abuela.
  - Jen, could I make a reverse charge call?
  - Of course...- Jen hizo un gesto con la mano como diciendo "qué tonterías me preguntas" y se metió en la cocina. Era alta como una jirafa, por eso pensé que además debía tener un corazón enorme.
   Me miré en el espejo del retrovisor y mis ojos eran vietnamitas. Tardé cinco minutos en conectar con doña Asunción, mi abuela, que como Gila debía estar haciendo guardia al lado del teléfono porque en cuanto la operadora se dirigió a ella le ordenó que me la pasara ( si mi abuela no hubiera vivido en Castellón lo suyo hubiera sido ser Alto mando de la ONU, qué autoridad, qué carácter tenía la mujer, y cómo la admiraba yo...) sin tardar dos segundos. Al escucharme su voz se volvió blandita, de sémola:
  - Filla meva...¿estás bien?- sus palabras en valenciano hicieron que volviera a llorar..
  - Síiii...-contesté intentando serenarme.
  - ¿Son buenos contigo?¿Te tratan bien?- pese al eco de vinilo que tenían las llamadas se notaba la angustia en su voz.
  - Sí abuela, son buenísimos, no me pasa nada. Soy yo que soy imbécil...
  - Pero, ¿son decentes?- Asunción no las tenía todas consigo.
Me vino a la cabeza la historia que acababa de escuchar de boca de Jennie y mi zozobra se desbordó: empecé a llorar otra vez como Heidi en Frankfurt.
  - ¿Decentes abuela?¿Decentes? - balbuceaba- ¡Son unos santos! Si supieras todo lo q está haciendo Jennie por sus hijos y la de desgracias que le ocurren...
- Xiqueta , jo no entenc res!!!- mi abuela, a mitad tarde y sin haber ido a misa aquella mañana, estaba perdida y empezaba a hartarse- entonces...¿tú por qué lloras?
- Porque me entra mucho sentimiento abuela, y te echo de menos y estoy muy contenta de estar con esta familia... y además Inglaterra es un país preciosísimo y...
- ...Ayyyy...- mi abuela rompió a llorar. Hasta Kruschev se hubiera desmoronado.

De repente noté una mano sobre mi hombro y ví a Jen sonriéndome y haciéndome un gesto de que le pasara el teléfono. La obedecí. No pude explicarle que mi abuela no tenía ni idea de inglés, que solo había aprendido francés en el colegio y que, aunque a la pobre le gustaba lucirse y de vez en cuando nos soltaba unas peroratas interminables que decía que le habían sido muy útiles en el Paseo de los Ingleses de Niza, yo creía que debía ser un francés de esos de pedir un café con leche con gracia y poco más.

- Ooola...- Jen tomó el mando al otr lado del canal - I'm Mrs. Ellis, ma-má Iiiva...

No la escuché, estaba demasiado ocupada secándome las lágrimas. Además mientras ellas hablaban entraron Dean James y Fred tambaleándose, saludaron a Jen con un arqueo de cejas y al pasar por mi lado me dijeron algo inteligible y gomoso, que pareció que se me pegaba a los pies. Sin detenerse subieron a las habitaciones y desparecieron. Probablemente se iban a dormir la siesta, pensé yo. Tres carcajadas de Jen más tarde cogí el auricular y encontré a mi abuela convertida en la Jefa de las Casas del Parlamento.

 - Ay Eva, ¡qué pagada estoy! Qué señora tan educada y tan simpática. Me ha dicho que te quieren mucho y que eres encantadora; le he dicho que estaría exagerando porque eres buena chiquita, pero tan dulce como ella decía tampoco y me ha contado que no, que no que están muy contentos de que estés con ellos y que allí tienes una familia para lo que sea.Les he invitado a venir cuando quieran a Benicasim, a mi casa...


No podía detener a mi abuela porque estaba eufórica, aliviada después de un rato de nervios. Creo que ya debía estar planeando la misión Trafalgar-rescatemos a Eva (mi nieta) antes de hablar con Jennie y que ahora estaba dejando que saliera la tensión.

- Pero abuela, ¿cómo te puede haber contado todo eso?- algo no encajaba- Quiero decir, que sí, que son muy buenos, pero ¿cómo os habéis entendido? Si ella solo habla inglés y tú...

- ¡Yo le he hablado en francés, claro!!- Ni Margaret Thatcher con su bolso era tan firme en sus convicciones.- ¿O es que te crees que tu abuela no ha viajado?

- No, no...pero es que ella- No me explicaba el Pentecostés que acababa de producirse delante de mí.

- Chica, Eva, no seas pesada y obedece a la Señoria Pepis, venga- mi abuela volvía a ser la de siempre: no estaba para perder el tiempo- y ahora cuelga ya, que esta conferencia me va a costar carísima y me vas a arruinar. Un beso.

Y colgó. Ni siquiera me dió tiempo a despedirme. Colgó. Mi abuela era muy así, odiaba la cursilería y los almíbares, prefería ser eficaz. Desconcertada me fuí a la cocina y encontré a Jennie sonriente, frente a dos copas- las recuerdo perfectamente- con gaseosa y una rodaja de limón.

- Sit down Iva - Me ordenó con cariño y comenzó a relatarme la converasación con mi abuela. Salvo lo del precio de la llamada sus palabras fueron exactamente las mismas.

Dí uno, dos, tres y seis sorbos a mi refresco. La gaseosa, después de tantas lágrimas me resucitó. Mientras seguía el relato de Jennie y veía cómo habían vuelto a brillarle los ojos me dí cuenta de lo afortunada que era aquel domingo, de lo bueno que era todo lo que estaba disfrutando y me entraron unas ganas locas de ponerme a bailar, de abrazar a Jennie, de escribir a mi abuela, de aprender a hacer tortilla de patata para corresponder el cariño que aquella mujer me estaba dando tan generosamente, de pedir la doble nacionalidad para luchar por las Malvinas, de ser damita de honor de Sarah Ferguson o de votar a United Kingdom en Eurovisión...Solo cuando me terminé el refresco y le dije a Jennie lo mucho que me gustaba la gaseosa inglesa entendí lo que me estaba pasando. Una risa muy flojita se le escapó a Mrs. Ellis:

- Escucha, esto es un secreto- trató de ponerse seria- Esto no es gaseosa. Es gin-tonic. Muy cortito (eso lo entendí porque hizo el gesto con los dedos), apenas le he puesto beefeater, pero es gin-tonic...Do you like it????
- Yes.
Quise decir Yeah.
Ya.
Me acababa de beber mi primer copazo, así, un domingo por la tarde, dentro de casa, en Inglaterra.A muchos les parecerá una barbaridad. A otros una insensatez por parte  de Mrs. Ellis. Tal vez sonaré frívola contando esta historia. No pretendo justificar lo injustificable, ni quiero dármelas de exquisita  ahora que están de moda las cartas de ginebra diciendo que yoyasabía que este momento de exaltación británica tenía que llegar. Ni es mi intención hacer apología sobre el consumo de alcohol entre los adolescentes, ni de la ingenuidad con el que nos adentramos en lo que después puede ser una espiral de resacas. No, nada de eso.
 Solo fue que recordé el otro día esta historia al hilo de un comentario de Raúl y me hizo gracia. Además ha llegado el verano y probablemente no podré irme a Inglaterra como planeaba. De ahí que esté más homesick que de costumbre pensando en cómo huele el cesped en Canterbury o  cuántas veces cruzaba el puente de Magdalen College en Oxford a lo largo del día. Y he tratado de contarlo.
    No volví a beber alcohol con la familia Ellis y pasé con ellos otro verano más. Aquel domingo fue la excepción y creo q yo estaba borracha antes de sentarme frente a la gaseosa en la cocina: estaba borracha de sensaciones, de experiencias que no sabía cómo asimilar y que me desbordaban.
  He contado alguna vez la historia a mis amigos. Algunos la han entendido, otros me han fruncido el ceño. Lo que no les he dicho es cómo echo de menos  aquellos veranos. Tampoco que a menudo sueño con volver a esa esquina,  cruzar la Westgate y dejar atrás el cementerio. O que entro en googlearth y creo ver la cortina de mi ventana, mecida por la brisa.Y no, no se lo he dicho a nadie- creo- pero cuando veo una foto de la Reina Madre, vestida de lavanda o de verde agua siempre pienso en lo mucho que me recuerda a mi abuela, pese a que Doña Asunción era más de coñac.