miércoles, 6 de julio de 2011

A reverse charge-call, please.

Con Paul y Jen ellis, 8-VIII-87
en el jardín, 31 Birchwood walk.


El verano en el sur de Inglaterra era irregular. Aquel año, el de la boda de Sarah Ferguson y el príncipe Andrés  parecía de los calurosos, pero en realidad siempre nos despertábamos cobijados por las nubes. Normalmente el cielo no tenía color, o era ese blanco átono que a los del mediterráneo tan poca confianza nos infunde, pero antes de que llegara el mediodía, nuestra suerte cambiaba y un poco de sol se hacía fuerte más allá de los manzanos y de las colinas. En cuanto la luz se iba abriendo un hueco, nosotros perdíamos las cazadoras o  los sueters de ese punto grueso que solo se utiliza en septiembre por los parques. Yo había terminado primero de BUP, llevaba hombreras y el pelo largo- se aprecia en la foto- abusaba de los náuticos y me creía muy mayor. O un poco tan solo, pero lo suficiente para alojarme con una familia inglesa en Canterbury, colarme en algún pub y pintarme las pestañas con rimel. Pero sin pasarme que me daba vergüenza. Así que aquel verano en el que me dí el certificado de adulta, llamé a la puerta de Mrs. Ellis en 31 Birchhwood walk.
Canterbury. Kent. Así escribía mi dirección en la libreta: con tinta azul, letra picuda, sobre una hoja de rayas.
A día de hoy, veinticuatro años más tarde, aún sueño más de una noche que regreso andando hasta esa esquina, que cruzo la Westgate, dejo atrás el cementerio y giro a la izquierda. En mis sueños no llueve y saludo a Dean James- el hijo adoptado de Jen Ellis- que me adelanta con su bicicleta, se esconde en su bomber negra y no me llega ni al hombro. Miro si Mrs.Phipps sigue viendo "Fawlty Towers" al pasar por delante de su verja y cruzo el parque en direccion a la casa blanca del rincón. Llamo y nadie me abre. A través de la ventana de mi habitación escucho la que sería la canción del siguiente verano, "Don't leave me this way", de los Communards. Me asomo y me veo tumbada sobre la moqueta, con mi vaso, shorts y un polo verde de lacoste.
  Es domingo.La libertad tiene el tacto de esa camiseta desgastada.
Aquel verano empezábamos a salir y los más altos podían pedir las cervezas en algunos pubs. A otros les delataba la pelusilla del bigote que aún no se atrevían a afeitar y normalmente, el camarero inglés que había tras la barra les pedía el carnet mientras ellos finjían no entenderle. A mí me tocó quedarme en la calle, paseando en más de una ocasión, porque no me dejaban pasar de la puerta ya que no engañaba a nadie diciendo que tenía dieciséis años. El aburrimiento me llevaba a McDonalds, donde siempre había algún compañero del colegio. Allí conocimos el primer verano a un hijo de españoles que trabajaba de cajero y nos invitaba a Big Macs y Hot Apple Pie. No recuerdo su nombre pero sí que nos llenaba la bolsa de papel hasta que sus jefes descubrieron el agujero y lo mandaron a casa con su bici y una gorra. Después del despido, a mí me daba miedo volver a los brazos de Ronald (McDonald) porque quién sabe si los de cocina investigaban a los cómplices de la estafa. En la Inglaterra de entonces, según se rumoreaba entre los estudiantes, había mil normast-trampa destinadas a deportar a niños de papá a su país. Y yo no quería ser una de ellas.
   Entre semana íbamos al colegio, alguna tarde de excursión, o nos moríamos de frío en la piscina si el tiempo lo permitía y después organizábamos una barbacoa. Los martes nos vestíamos como si fuéramos a una gala porque había  discoteca para extranjeros. Allí bailábamos "Qué viva España" de Manolo Escobar junto con Bruce Sprinsteen y un par de canciones lentas de Lionel Richie. Yo, pese a mi madurez, cuando sonaba "Hello" me iba al jardín porque  me daba vergüenza quedarme cerca de la pista y que nadie me sacara a bailar.
    Los martes, pese a todo, eran los mejores días. También los sábados, que nos llevaban a Londres y discutíamos con nuestros profesores que preferíamos callejear frente a hacer turismo. En plena adolescencia el British museum nos parecía un montón de piedras que no estábamos dispuestos a cargar en la espalda y sin embargo las tiendas de Picadilly Circus (Virgin, el almacén de discos y Lilywhites, el paraíso del deporte) eran una tentación invencible. Fue en esa época en la que, debido a  mi crecimiento como persona me enganché al consumismo compulsivo: los viernes le pedía dinero a Consuelo (que además de ser la que organizaba el viaje y nos traía desde España, se convertía en nuestra banca, porque nos administraba el dinero que nos habían dado nuestros padres) y los sábados mis libras desaparecían en bolsas donde encontrabas discos (el de Culture Club, el rojo y el azul de los Beatles, por ejemplo...) pantalones de fiorucci de saldo, bolsas de snoopy que renovaba año tras año en Carnaby street (como quien se compra el itbag de Chanel de cada temporada) y las nike wimblendon. Aquellas zapatillas fueron el tesoro más preciado del viaje, un sueño que compartí con casi todos.  Me costaron una locura- treinta libras- y después se me manchaban a diario del verdín del césped, así q cuando llegaba a casa de Miss Ellis las limpiaba con papel de váter mojado. Entendedlo: eran un signo de mi madurez, no podía permitir que mi personalidad se estropeara tan pronto.
 También nos fotografiábamos frente a Downing Street mientras esperábamos que saliera Margaret Thatcher o sobre los leones de Trafalgar Square, debajo de la estatua del almirante Nelson y allí insultábamos a los ingleses por quitarnos el acero de nuestros cañones. O soñábamos con ir a algún concierto en Wembley, retrasando la hora de recogida del autobús.
  Y entre tanta gente a todas horas llegaban los domingos. Llegaban los domingos y entonces no había más remedio que ir a misa o quedarse en casa, con la familia inglesa. A mí los servicios británicos siempre me parecieron un rollo, no me sabía las canciones (el "túuuuu, has llegado a la orilla, sonriendo has dicho mi nombreee..." no había llegado a la isla, aún no era un hit internacional) y me aburrían demasiado. Así que el primer domingo me quedé en casa y comprobé que mi edad era la del carnet y no la que yo me asignaba a golpe de melena y pistoletazo de rimel.
    Ese fin de semana en casa de Mrs. Ellis desayuné huevos fritos con bacon and beans. Lo de los huevos fritos tuvo su gracia- era tan folklórico que casi pido permiso para llamar a mis padres y contárselo- lo de las beans no tanto. Jen y yo estábamos solas, en la cocina: ella recortaba las fotografías de Andrew y Sara mientras yo imaginaba que las judías que vagaban por mi plato manchadas de salsa de tomate eran los cadáveres de una guerra. Mi desayuno,  por un campo de batalla.
  Jen era alegre y se reía a menudo con mis preguntas. Cuando lo hacía se le veía el hueco de dos dientes que le faltaban y tenía guardados en la mesita. Supongo que los tendría allí, porque cuando salía a cenar con Fred- algo que sucedía una vez a la semana- se ponía un vestido rojo de gasa y sonreía mostrando una dentadura perfecta al despedirse. Le gustaba mucho hablar y presumía de conocer España porque veraneaba desde hacía un lustro en Salou. Yo no me atrevía a explicarle que Salou no era para nosotros una referencia histórica ni geográfica, ni que lo relacionábamos con una colmena de turistas. Jen, Jennie, describía las noches de orquesta en la Costa Brava como las más románticas del mundo y yo no era nadie para romperle la fantasía. Así que la primera mañana a solas con mi familia inglesa me la pasé escuchando algo muy parecido a la canción de Manolo Escobar.
  A eso de las doce sucedió poco frecuente: Fred y Dean James, los dos hombres de la casa, aparecieron en la cocina muy peinados, con la camiseta por dentro del pantalón y la cadena del cuello por fuera. Dean me miró de lado- no se atrevía a hacerlo de frente- con las manos en los bolsillos y un gesto de superioridad, levantando la barbilla. Jennie les dijo lo guapos que estaban, les pasó la mano por el pecho- como si planchara de nuevo sus camisetas- y sacó de la funda de una kettle que había en el estante unos billetes que repartió entre sus chicos. Por debajo de la manga de Fred- su marido- se columpiaban los zapatitos de una pin up que flotaba sobre una magnolia, uno de mis tatuajes favoritos. Fred era veterano de la Segunda Guerra Mundial y hablaba muy poco, pero una tarde me explicó dónde y cuándo se había hecho algunos de ellos. Solía encontrarle al llegar a casa en el sofá, sentado con una pinta y una sonrisa. Me saludaba con una frase indefinida  pero Jennie me decía que me apreciaba mucho, q le gustaba mi forma de hablar porque le parecía una niña lista. "Una chica lista" pensé yo, porque en inglés se decía igual, sin especificar los años y yo ya no era una niña. Dean al coger el dinero que le tendía su madre aún se estiró un poco más y me miró con suficiencia. Se despidieron y salieron por la puerta trasera y en cuanto cerraron la valla del jardín pregunté dónde habían ido: "Al pub, claro" contestó Jean, "como todos los domingos". Como a nosotras no nos habían invitado me subí a mi cuarto, puse una casette en la cadena de música y empecé a escribir cartas.
    Sobre las tres escuché la voz de Jen por la escalera-:"Iiiivaaaa, iiiiivaaaa..."De tanta actividad epistolar me había quedado dormida. "Telephoneee" Corrí moqueta abajo descalza y cogí el auricular. Creí escuchar al otro lado el ruido de las chicharras de Benicàssim y sin saber por qué, al saludar a mi padre rompí a llorar. Me los imaginé en el apartamento de mi abuela, frente al mar, jugando a la imagen de famiglia siciliana y casi no podía contener los hipidos. En cualquier caso, el ruido de las conferencias entonces debía ser terrible o las ganas de mis padres por saber que estaba bien les hacían perderse los matices, porque ninguno se dió cuenta de nada. ¿Ninguno?- pregunta retórica al estilo Ásterix- bueno, ninguno no: la perspicacia de mi abuela era mayor que la de Mrs. Marple, porque fue pasarle a ella el aparato y detectar lo que sucedía. 
-  ¿Qué te pasa? ¿Estás llorando?- inquirió la pobre mujer.
- Nooooo....- respondí yo sorbiendo todos los ácaros de la moqueta.
- Guá!* Tú no me engañas, estás llorando- dijo con firmeza- Cuéntame que te pasa.
- Noooo...síiiiiii...noooo- Jennie, pegada a la puerta del comedor me miraba con preocupación.
- Mira, ahora no puedo hablar con tranquilidad- mi abuela parecía del FBI cuando se trataba de asuntos importantes- dentro de media hora se irán todos. Llámame a cobro revertido.
Y colgó.
Yo me quedé junto a la puerta de entrada, dejando un riachuelo de lágrimas sobre el suelo rosa. Traté de dismular y subí a mi cuarto. A la pobre Mrs. Ellis no le salía ni la voz:
- Ivaaa...
Me tiré sobre el edredón. Solo he visto llorar así a Candy Candy y a Heidi. En la pequeña pradera que había frente a nuestra casa jugaban uno niños al fútbol y yo no entendía lo que decían: su inglés me parecía más extranjero que nunca.
Al rato, Jennie llamó a la puerta y entró. Yo volvía a estar medio adormilada: no sé por qué Inglaterra tenía un efecto sedante en mí. Se sentó a los pies de la cama y comenzó a explicarme con suavidad la historia de su familia. Tal vez intentó consolarme contándome sus propias preocupaciones porque creyó q me habían dado una mala noticia. No intenté sacarle de ese error porque lo que iba narrando me superó. Llegué a esa conclusión cuando la aparente realidad de colores pastel y moqueta se transformó en un culebrón y en el rostro de Jennie, que solía ser afable, se ensombreció. A las dos no nos salían las palabras. Yo tampoco sabía cómo responder a su historia: de repente mi nostalgia de niña pequeña me parecía una maldad comparada con la carga que soportaba aquella mujer que tanto me cuidaba. Me tembló el labio inferior y Jennie miró hacia otro lado. Las dos nos echamos a llorar.
   Nos abrazamos y nos entró un ataque de risa al darnos cuenta de que nos habíamos contagiado la tristeza (en realidad era yo la que había prendido con mi estúpida rabieta la de ella), así que Jennie me sugirió que la acompañara al comedor y nos tomáramos un refresco. Así lo hice. Antes le pedí permiso para hacer una llamada a cobro revertido que tranquilizara a mi abuela.
  - Jen, could I make a reverse charge call?
  - Of course...- Jen hizo un gesto con la mano como diciendo "qué tonterías me preguntas" y se metió en la cocina. Era alta como una jirafa, por eso pensé que además debía tener un corazón enorme.
   Me miré en el espejo del retrovisor y mis ojos eran vietnamitas. Tardé cinco minutos en conectar con doña Asunción, mi abuela, que como Gila debía estar haciendo guardia al lado del teléfono porque en cuanto la operadora se dirigió a ella le ordenó que me la pasara ( si mi abuela no hubiera vivido en Castellón lo suyo hubiera sido ser Alto mando de la ONU, qué autoridad, qué carácter tenía la mujer, y cómo la admiraba yo...) sin tardar dos segundos. Al escucharme su voz se volvió blandita, de sémola:
  - Filla meva...¿estás bien?- sus palabras en valenciano hicieron que volviera a llorar..
  - Síiii...-contesté intentando serenarme.
  - ¿Son buenos contigo?¿Te tratan bien?- pese al eco de vinilo que tenían las llamadas se notaba la angustia en su voz.
  - Sí abuela, son buenísimos, no me pasa nada. Soy yo que soy imbécil...
  - Pero, ¿son decentes?- Asunción no las tenía todas consigo.
Me vino a la cabeza la historia que acababa de escuchar de boca de Jennie y mi zozobra se desbordó: empecé a llorar otra vez como Heidi en Frankfurt.
  - ¿Decentes abuela?¿Decentes? - balbuceaba- ¡Son unos santos! Si supieras todo lo q está haciendo Jennie por sus hijos y la de desgracias que le ocurren...
- Xiqueta , jo no entenc res!!!- mi abuela, a mitad tarde y sin haber ido a misa aquella mañana, estaba perdida y empezaba a hartarse- entonces...¿tú por qué lloras?
- Porque me entra mucho sentimiento abuela, y te echo de menos y estoy muy contenta de estar con esta familia... y además Inglaterra es un país preciosísimo y...
- ...Ayyyy...- mi abuela rompió a llorar. Hasta Kruschev se hubiera desmoronado.

De repente noté una mano sobre mi hombro y ví a Jen sonriéndome y haciéndome un gesto de que le pasara el teléfono. La obedecí. No pude explicarle que mi abuela no tenía ni idea de inglés, que solo había aprendido francés en el colegio y que, aunque a la pobre le gustaba lucirse y de vez en cuando nos soltaba unas peroratas interminables que decía que le habían sido muy útiles en el Paseo de los Ingleses de Niza, yo creía que debía ser un francés de esos de pedir un café con leche con gracia y poco más.

- Ooola...- Jen tomó el mando al otr lado del canal - I'm Mrs. Ellis, ma-má Iiiva...

No la escuché, estaba demasiado ocupada secándome las lágrimas. Además mientras ellas hablaban entraron Dean James y Fred tambaleándose, saludaron a Jen con un arqueo de cejas y al pasar por mi lado me dijeron algo inteligible y gomoso, que pareció que se me pegaba a los pies. Sin detenerse subieron a las habitaciones y desparecieron. Probablemente se iban a dormir la siesta, pensé yo. Tres carcajadas de Jen más tarde cogí el auricular y encontré a mi abuela convertida en la Jefa de las Casas del Parlamento.

 - Ay Eva, ¡qué pagada estoy! Qué señora tan educada y tan simpática. Me ha dicho que te quieren mucho y que eres encantadora; le he dicho que estaría exagerando porque eres buena chiquita, pero tan dulce como ella decía tampoco y me ha contado que no, que no que están muy contentos de que estés con ellos y que allí tienes una familia para lo que sea.Les he invitado a venir cuando quieran a Benicasim, a mi casa...


No podía detener a mi abuela porque estaba eufórica, aliviada después de un rato de nervios. Creo que ya debía estar planeando la misión Trafalgar-rescatemos a Eva (mi nieta) antes de hablar con Jennie y que ahora estaba dejando que saliera la tensión.

- Pero abuela, ¿cómo te puede haber contado todo eso?- algo no encajaba- Quiero decir, que sí, que son muy buenos, pero ¿cómo os habéis entendido? Si ella solo habla inglés y tú...

- ¡Yo le he hablado en francés, claro!!- Ni Margaret Thatcher con su bolso era tan firme en sus convicciones.- ¿O es que te crees que tu abuela no ha viajado?

- No, no...pero es que ella- No me explicaba el Pentecostés que acababa de producirse delante de mí.

- Chica, Eva, no seas pesada y obedece a la Señoria Pepis, venga- mi abuela volvía a ser la de siempre: no estaba para perder el tiempo- y ahora cuelga ya, que esta conferencia me va a costar carísima y me vas a arruinar. Un beso.

Y colgó. Ni siquiera me dió tiempo a despedirme. Colgó. Mi abuela era muy así, odiaba la cursilería y los almíbares, prefería ser eficaz. Desconcertada me fuí a la cocina y encontré a Jennie sonriente, frente a dos copas- las recuerdo perfectamente- con gaseosa y una rodaja de limón.

- Sit down Iva - Me ordenó con cariño y comenzó a relatarme la converasación con mi abuela. Salvo lo del precio de la llamada sus palabras fueron exactamente las mismas.

Dí uno, dos, tres y seis sorbos a mi refresco. La gaseosa, después de tantas lágrimas me resucitó. Mientras seguía el relato de Jennie y veía cómo habían vuelto a brillarle los ojos me dí cuenta de lo afortunada que era aquel domingo, de lo bueno que era todo lo que estaba disfrutando y me entraron unas ganas locas de ponerme a bailar, de abrazar a Jennie, de escribir a mi abuela, de aprender a hacer tortilla de patata para corresponder el cariño que aquella mujer me estaba dando tan generosamente, de pedir la doble nacionalidad para luchar por las Malvinas, de ser damita de honor de Sarah Ferguson o de votar a United Kingdom en Eurovisión...Solo cuando me terminé el refresco y le dije a Jennie lo mucho que me gustaba la gaseosa inglesa entendí lo que me estaba pasando. Una risa muy flojita se le escapó a Mrs. Ellis:

- Escucha, esto es un secreto- trató de ponerse seria- Esto no es gaseosa. Es gin-tonic. Muy cortito (eso lo entendí porque hizo el gesto con los dedos), apenas le he puesto beefeater, pero es gin-tonic...Do you like it????
- Yes.
Quise decir Yeah.
Ya.
Me acababa de beber mi primer copazo, así, un domingo por la tarde, dentro de casa, en Inglaterra.A muchos les parecerá una barbaridad. A otros una insensatez por parte  de Mrs. Ellis. Tal vez sonaré frívola contando esta historia. No pretendo justificar lo injustificable, ni quiero dármelas de exquisita  ahora que están de moda las cartas de ginebra diciendo que yoyasabía que este momento de exaltación británica tenía que llegar. Ni es mi intención hacer apología sobre el consumo de alcohol entre los adolescentes, ni de la ingenuidad con el que nos adentramos en lo que después puede ser una espiral de resacas. No, nada de eso.
 Solo fue que recordé el otro día esta historia al hilo de un comentario de Raúl y me hizo gracia. Además ha llegado el verano y probablemente no podré irme a Inglaterra como planeaba. De ahí que esté más homesick que de costumbre pensando en cómo huele el cesped en Canterbury o  cuántas veces cruzaba el puente de Magdalen College en Oxford a lo largo del día. Y he tratado de contarlo.
    No volví a beber alcohol con la familia Ellis y pasé con ellos otro verano más. Aquel domingo fue la excepción y creo q yo estaba borracha antes de sentarme frente a la gaseosa en la cocina: estaba borracha de sensaciones, de experiencias que no sabía cómo asimilar y que me desbordaban.
  He contado alguna vez la historia a mis amigos. Algunos la han entendido, otros me han fruncido el ceño. Lo que no les he dicho es cómo echo de menos  aquellos veranos. Tampoco que a menudo sueño con volver a esa esquina,  cruzar la Westgate y dejar atrás el cementerio. O que entro en googlearth y creo ver la cortina de mi ventana, mecida por la brisa.Y no, no se lo he dicho a nadie- creo- pero cuando veo una foto de la Reina Madre, vestida de lavanda o de verde agua siempre pienso en lo mucho que me recuerda a mi abuela, pese a que Doña Asunción era más de coñac.


   

6 comentarios:

Anónimo dijo...

Nike Wimbledon, campiñas, Communards, cielos borrascosos...He revivido recuerdos de algún verano gracias a tu relato.

Siempre he creído que visitar el pasado es una ceremonia de nostalgia que da sentido a todo. ¿Quién fui? ¿Quién soy? ¿Quién seré?

El chico que...

evamaring dijo...

Serás un chico rubik, con mil caras de colores y trampa matemática. Fuiste el chico que me tiraba de la coleta en el colegio.Eres el papá de Janis Joplin. Y el que aún canta viejos temas de la Frontera.
Abrazo
if

lidonb dijo...

me encanta
y punto





;-)

evamaring dijo...

mercí, miss Círcula!

Anónimo dijo...

En su día no quise ir en verano a Inglaterra, al igual que no quise estudiar la carrera fuera. Ahora, con perspectiva, me arrepiento de haber cerrado una puerta a esas experiencias.


PD Mi primera copa, una "barreja" en un bar de la parte trasera de la Consolación, una Navidad a tu misma edad. Dios mío, con que mal saber la recuerdo.......hubiera preferido un Gin Tonic con Mrs. Ellis.
Soony

evamaring dijo...

Son experiencias Soon yi y tú creo, q por otras vías, tienes también unas cuantas. Lo importante es vivir y no detenerse. No creo q tú te hayas estancado nunca, así q no te arrepientas. Eso sí, le regalaremos un libro de Enyd Blyton a Carla para que le entre el gusanillo de la cerveza de genjibre...besos rubia!!!
ps: barreja???? tú estabas muyyyy loca!!!