martes, 4 de octubre de 2011

Danza del vientre

Tal vez tenga que ponerme gafas, porque me cuesta ver cómo actúan los demás. Hay días en los que llego a casa sobrepasada por la angustia, enredada en los problemas que me rodean- y que por mi trabajo suelen ser muchos; soy una Harvey Keytel de provincias, "Hola, soy Lobo: soluciono problemas" con mi vestidito negro y mi canesú- y tan solo después de unas horas de sueño acierto a distinguir las razones de algunos comportamientos. Aún me sorprendo cuando me engañan o cuando no me cuentan la verdad aquellos que siempre han jugado con el enredo, la distancia, las palabras enormes o el silencio, que suelen ser variantes en un eje distinto de la misma magnitud, de la ausencia (ausencia de verdad, fundamentalmente).
   También me cuesta ver cómo soy yo. Mi nivel de inseguridad es tan alto que a menudo pienso que hay una nube negra posada sobre mi cabeza y dispuesta a romper en tormenta cada vez que alguien dice "ojo, que puede que te hayas equivocado". En esos momentos, si me pusieran delante la declaración del asesino de Manolete- como se decía antiguamente- lady Di, Fofó, Félix Rodríguez de la Fuente y Antonio Flores la firmaría entre lágrimas. 
  Lo peor es que a mí se me venir.
Que como a Dinio la noche, a mí se me nota que el cariño me confunde.Que las palabras me pesan.Por eso me duele cuando, después de una noche en blanco en la que las cosas se ven negras, llenas de borrones y manchas, las situaciones se simplifican y al mirarme en el espejo me descubro la cara de idiota.
  Lo peor es que la culpa de que me no me tomen en serio es solo mía, que no domino el baile y aún así me lanzo a la pista.
Ya.
Jo.

lunes, 3 de octubre de 2011

Lamparetes y otras luces

De noche, al acostarnos, le pedíamos a mamá que dejara una luz encendida, la del pasillo, por si nos perdíamos entre los sueños y no sabíamos volver a casa. Yo siempre tenía la misma pesadilla: entraban ladrones en el piso y nos secuestraban, así que teníamos que escondernos. Mientras ellos avanzaban por el pasillo y tiraban al suelo el cesto de la ropa blanca yo me doblaba y me metía dentro del último cajón de una cómoda que había en una habitación a oscuras, el ropero, que casi nunca se utilizaba. Como los enanos de "El milagro de P.Tinto" me hacía un hueco entre mis vestidos infantiles, que mi madre guardaba allí bien planchados, por si algún día yo tenía una hija. Al cabo de mucho tiempo- tal vez el que durara la noche-los ladrones se habían ido y nuestra casa seguía en silencio, así que con cuidado me desdoblaba- primero las piernas, después los brazos- y salía a investigar por el pasillo. La luz encendida me guiaba hasta mi madre, a la que solía despertar de madrugada con la misma pregunta: 
- Ya se han ido
- ¿Quiénes?
- Los ladrones
- ¿Qué ladrones, eva?
- Los ladrones que querían robarnos.
- Ay eva, que es muy tarde, otra pesadilla.
- ¿Se lo han llevado todo?
Sin contestarme me hacía un hueco entre mi padre y ella en la cama. La tibieza de aquellas mañanas me quitaba un peso de encima: no nos habían quitado "todo". Seguíamos lavándonos los dientes en un lavabo al que no llegábamos ni mi hermano ni yo, el canario dormía en la galería tapado con un pañuelo viejo, la baldosa de mitad del pasillo estaba suelta (así nuestras carreras de relevos tenían señalado el punto medio en su recorrido) y la abuela llamaba por teléfono y sin la dentadura postiza antes del desayuno. Los ladrones no habían conseguido su objetivo: nuestra felicidad de mesa camilla y seat ciento veinticuatro seguía intacta.
  El sábado Antònia Font llenó de "Lamparetes" el Paranimf y me obligó a desempolvar este recuerdo. Muchas de las canciones las hubiera guardado para la hija que no tendré- una niña trasto, con el pelo rizado y más de una rascadura en la rodilla- junto con mis vestidos de piqué o de algodón con fresas bordadas, los que mi madre aún conserva en el último cajón de la cómoda. Al volver a casa y darme cuenta de que siempre que salgo dejo la luz del comedor encendida tarareaba "Alegría", por eso pensé que debía meterme en la cama y doblarme, como hacían los enanos de P.Tinto, para que no me encontraran los ladrones durante el sueño.
  Me desperté con Frida y Justine (mis gatas) cerca,  aproveché el día de sol y estuve por Benicàssim. Después, al mediodía, llevé una botella de cava a casa de mis padres- que comen en la penumbra que el patio de luces  deja en la cocina- para que se despertaran de la pesadilla de la crisis. Se lo dije mientras recogíamos los platos a mi madre: "Ya se han ido".
Creo que no me escuchó.
Pero todo lo bueno que teníamos sigue intacto.

jueves, 29 de septiembre de 2011

Chinoise

  Madrugo con la intención de ponerme a estudiar francés o de irme al gimnasio y acabo abriendo puertas de otros blogs y bostezando frente al facebook. Esta temporada me cuesta trocear mi rutina, me parece una vulgaridad exponer aquí, para aburrimiento de ustedes, mi vida privada. Pero en este momento es lo único que tengo: trabajo, rabia frente a la crisis, una lista de trámites pendientes para el otoño ( pintar el coche, plantear de una puñetera vez la demanda contra el constructor de mi casa, ir al dentista, al ginecólogo, aprender a hacer paella, poner en orden los armarios, perder algunos kilos..) y libros por leer, que tras el secuestro de Jabois ahí yacen en mi estantería, muertos de risa o de pena.
  Sin embargo no se está mal así, sin grandes proyectos ni grandes emociones. Castellón en septiembre no guarda ningún parecido con París en otoño y pese a ello, los últimos días encuentro un placer especial- el mismo que se siente cuando el portal huele a patatas fritas y chuletas- cuando vuelvo a casa. Dejo atrás los divorcios del despacho (cuatro nuevos en un mes, no es noticia de telediario pero a mí me sorprende), intento olvidarme de los plazos de los impuestos  y arrastro el bolso por la calle Mayor. Después tomo alguna cerveza en el Raspa, pinto con mis sobrinos bestias marinas y cuando llego a mi piso voy desconectándome poco a poco frente a la televisión. 
 No estoy al día de nada. El viernes fuí al cine a ver la última de Coronado y me pareció un tanto histriónico, me recordó a Bardem en la de los Cohen ("No es país para viejos"), pero Don José más guapo. Como el taquillero nos había dado los asientos en la última fila- la del manco, yo no sabía que la llamaban así-y la peli jugaba a los silencios y a los grandes planos, nos interesó más ver cómo la pareja de al lado se metía mano, que la trama de los radicales islamistas contra policías corruptos.
 Dos asientos más allá de mi cazadora había una pareja. Él, que pasaba de cuarenta y tenía pinta de funcionario, se abrazaba al pecho de ella como si tratara de ordeñarla. De vez en cuando apretaba la teta con toda la mano y dejaba la vista puesta en la pantalla, con un aire de ternero que a mí me parecía un pelín pervertido, de monaguillo resabiado, no sé cómo decirlo. Ella, delgada y seca, un poco anchoa, se debatía entre cabezazos de sueño y llamadas de atención ante los pellizcos de su novio. Cada vez q este le apretaba el pezón, ella le frenaba con un "chist, quita" y nosotros girábamos la cabeza esperando el consiguiente manotazo. Pero nada sucedía: él continuaba recostado sobre el torso de ella y esta dejaba caer los párpados, para volver a romperse el cuello de una siesta. A oscuras nosotros les examinábamos, como si fueran dos escarabajos del neolítico y nos hacíamos señas en silencio preguntándonos qué les pasaba. Era extraño, porque ninguno de los dos era un adolescente: ella llevaba un colgante de esos de tardes de secta y barritas de incienso que delataba mucho cantautor a sus espaldas; él gastaba una camiseta de tergal y tenía mucho pelo, pero en la penumbra relucían sus canas. Sin importarles la edad jugaban al magreo,  pero no en plan cine de barrio, chati y novio canalla, no,  ellos parecía que estuvieran en la época de Franco esperando que llegara el acomodador a leerles el catecismo. 
  Ella acabó riñéndolo tanto que nos perdimos las últimas frases de la película. Desde que Coronado dijo "rock'n roll" y salió a liquidar a los malos, nosotros estuvimos pendientes del combate de caricias y senos (senos de almendra, que la mujer no parecía ser mucho más) que tenía lugar a dos asientos de mi butaca. Él le quiso bajar el tirante de la camiseta y a ella le faltó sacar un silbato de árbitro. Él entonces, con los dedos blandos, la miró con cara de perro huérfano y ella le dió un beso en la frente y le acarició  la mejilla. Después, cuando yo ya esperaba que le sacara un caramelo de anís del bolso, la tía, la muy lasciva, se humedeció los labios y en un arrebato a traición, le mordió con un gesto de actriz del destape, ante lo cual él, como si recibiera un pase perfecto de Messi, se abalanzó sobre ella con la palma extendida para pellizcarle el culo, pero tenía tan abierta la mano que daba la impresión de que iba a robar  una  enseimada. Pese al ímpetu el f14 no llegó a su objetivo, la misión fue abortada por un empujón del ejército enemigo que lo dejó hecho trizas en su asiento. Ella, satisfecha de llevar el mando, suspiró.
  Ahí estuve a punto de meterme yo- que nunca he estado en un cine enrollándome con nadie, carencias de mi educación sentimental que es bastante chunga- porque hay un mínimo de  honestidad en el juego. Si provocas, aguantas el envite; si eres una estrecha, te vas a la primera sesión de la tarde y te zambulles en una piscina de palomitas. Pero jugar a confundir  y calentar al borreguito de Norit, eso no se hace, eso es trampa.
  Yo creía que cuando una quedaba con un novio/amante para ir al cine y se metía en una película lenta (polaca, coreana sin subtitulos o española pretenciosa) había que ir preparada para la guerra, es decir: falda, braguitas de plumetti, sujetador de fácil click y brillo de fresa en los labios. Que lo que molaba es que antes de que el aburrimiento te derrote, la mano de él trepe por tus muslos, subiéndote vestido y que se intercalen besos largos, de esos de palmeras, que ocultan todo lo que sucede debajo. Pero no. Parece que el rollo bovino pone más. "No habrá paz para los hombres malvados, pero para los amantes benditos tampoco habrá orgasmos" eso fue lo que pensé decirles al salir los títulos de crédito. 
   No entendí nada. Será que me falta vida, porque me he vuelto muy prosaica con el otoño. Será que no viajo lo bastante. Será que no socializo. Será que me he vuelto rancia. Pero qué quieren que les diga a mí me sacan de las reglas del monopoly y todo me parece chinoise.

martes, 20 de septiembre de 2011

Agítese al usarlo

Ya lo decía Raphael, a veces llegan cartas. Sobres acolchados, con murales de sellos: el rey, mariposas, capullos varios. Después mi nombre escrito con mayúsculas- yo siempre me firmo al revés, con minúsculas, considero q está feo hablar en grande de uno mismo- y el primer golpe: donde antes encontraba la señal de la tinta roja (él siempre me escribía con tinta roja, quería estar muy presente hasta en mis ojos, porque de todos es sabido que la tinta roja hace daño a la vista, pero nuestro amor era así de nocivo y de irracional) ahora encuentro una cortés tinta negra (ni azul le sirve y eso que sabe q es mi favorita, hay q joderse, toca la negra) y dentro del sobre, entre las burbujas infantiles del paquetito un libro como una colleja: "Irse a Madrid y otras columnas" de Manuel Jabois.
   A veces llegan cartas- que insistía Raphael- y nos sorprenden en mitad de un lunes desastroso, como tantos, ves el remite y ya no te tiemblan las manos porque bastante palo te ha dado el lunes para reirse de esta manera de ti, con una carta de tu ex. Así que mantengo- mantuve la compostura y saqué el libro. Pero lo hice con prudencia, a distancia, como si esperara que me diera un mordisco (de los ex una nunca sabe que recibirá, pero según mi madre nada bueno) y después me lo fui acercando a la nariz, poco a poco, de la misma manera que hacen mis gatas cuando descubren un saltamontes en la terraza (y eso que suelen ser saltamontes olímpicos porque llegar hasta un séptimo sin signos de cansancio, es mucho saltar) con precaución, hasta que leí el extracto de la contraportada, me abracé a ese objeto que ahora tengo atado a mi muñeca y, como soy, más que animal, bestia de impulsos, le juré amor eterno.
  Copio y pego de allí mismo:"[...] A veces pienso que en Madrid no deben de tener otra cosa que hacer que esperarme a mí. Pero luego compruebo que no es tanto cosa mía, sino del pueblo en general, que piensa que escribir es una actividad propia de Madrid. Si yo me presentase a la gente como médico nadie me mandaría a ninguna parte sino que me preguntarían qué cosas opero y a qué horas paso consulta. Las mujeres se me acercarían más, porque un hombre que trabaja en bata siempre llama mucho la atención y yo toda la vida he escrito en casa en calzoncillos, y si el artículo promete, a mitad de camino me los voy cambiando por unas bragas para cerrarlo a lo grande. Esas cosas extravagantes de los escritores a las mujeres no les gustan, por lo menos si se hacen en Pontevedra, porque en Madrid debe ser un rasgo de maldito.[...]" 
  El cartero pasa a eso de las once, antes del almuerzo en provincias y ayer, sin caer en chistes de película con Jessica Lange, me dió la mañana. Plazos, la agenda por cuadrar, teléfonos, divorcios, escritos y clientes que silban cuando les envío la minuta y en mitad de la niebla, rodeada de gorilas, llega esta carta de mi ex (¿son los ex relación familiar o sentimental?) que me trastorna. Si me hubiera mandado una cajita de Bloom con docenas de botellines de tónica y un ramillete de limones del caribe no me hubiera afectado tanto. Mi ex me conoce, aún sabe dónde pisa, y acierta al pensar que ante cualquier regalillo son fría y gélida, como una roca (juas, siempre tan sólida yo) y me ve capaz de tirarlo al contenedor sin ningún remordimiento. Pero  a él tampoco se le escapa que con un libro así me voy a sentir igual de nerviosa que con una cita en el Empire State y no voy a decirle que no. De momento ayer me lo metí en el bolso, tomé aire y esperé a quedarme sola.
   A las nueve llegaba a casa derrotada, autocompadeciéndome como si fuera un cachorro herido- pobrecilla evamarín , pobre evita, me decía mientras me acariciaba el pelo-y con ganas, una vez más, de mandarlo todo a la mierda, en plan Fernando Fernán Gómez. Pero el libro seguía ahí. Seís botellines de Ámbar en la nevera. Demasiadas coincidencias.
   Me duché y respiré como te enseñan los psicólogos tratando de hinchar bolsas ficticias de mercadona (desde que las venden yo voy con mi carro a la compra, que se jodan) me embadurné de crema por todas partes para resbalarme y me senté en el sofá con el libro sin estrenar, tan bonito, tan reluciente, tan tranquilo sobre la mesa. El sobre a unos centímetros. La nota que lo acompañaba junto al televisor. Los alfileres para la magia negra pensaba comprarlos hoy.
  También se me ocurrió para no caer en la trampa de mi ex  llamar a alguien, preparar la cena, hacer el primer sudoku de mi vida o irme al cine- mis camisones podrían pasar por playeritos escuetos, no tendría ni que cambiarme- que yo soy muy de cartelera chunga,  todo por no seguir allí, al ladito de las columnas de Jabois, las mismas que le habían endulzado el verano a mi ex y a su actual novia  (aquí Jabois, aquí una leche merengada con mi novia) algo que me jodió un poquillo.
 Hasta que decidí olvidar el drama y enfangarme una vez más. Cogí el libro y salí corriendo escaleras arriba, previo paso por la nevera y avituallamiento de cerveza; abrí el botellín de ámbar en la tumbona y celebré que no había luna (no estaba todo perdido) me tapé los pies con una manta de rayas de ikea que a él le encantaba (ja! ¿a qué fastidia, eh?) y me centré en el otro Don Manuel de Galicia (uno es Fraga Iribarne, este es insigne también pero se le entiende lo que dice, Jabois, Manuel Jabois). 
  Se han escuchado mis carcajadas hasta las 2.57 horas de la mañana. Hoy si me encuentro con mi vecina en el ascensor seguro que me va a mirar las ojeras con cara de reprobación, pensando que ayer tuve un amante bandido que me abandonó de madrugada. Infeliz, si ella supiera, que a veces, qué pesado era Raphael,  solo llegan cartas.
  Hay "ex" que te envían flores, otros que te mandan lejos, algunos que te piden que te cuides, los menos- los muy cabrones- que esperan a que adelgaces, y los hay incluso más retorcidos, del tipo del mío, que te empujan en los brazos de un escritor adictivo para que recuerdes lo q son las burbujas de la cocacola, ese cosquilleo en el estómago que sentiste al conocerle y así, como quien no quiere la cosa, escribas.
  Hay que joderse con los ex, sobretodo si son fans de Raphael, porque entonces, no hay escapatoria, a veces llegan cartas y entonces estás perdida.
Así que Ex, una vez másmil gracias.



ps2: El libro y la prosa de Jabois es exquisita. El libro engancha y sabe a poco de ahí que sea necesario pasar por su blog y por la revista Jotdown en la que colabora. Ahí va el link: http://www.manueljabois.com/  
 
ps1: Y para la reseña de autor y libro bien hecha, y para quedarse allí a vivir, leer todos los días algo inteligente y enamorarse de su autor, busquen y disfruten el post de Sergio del Molino:Un señor de provincias. No se puede (otro) escribir mejor.