jueves, 29 de septiembre de 2011

Chinoise

  Madrugo con la intención de ponerme a estudiar francés o de irme al gimnasio y acabo abriendo puertas de otros blogs y bostezando frente al facebook. Esta temporada me cuesta trocear mi rutina, me parece una vulgaridad exponer aquí, para aburrimiento de ustedes, mi vida privada. Pero en este momento es lo único que tengo: trabajo, rabia frente a la crisis, una lista de trámites pendientes para el otoño ( pintar el coche, plantear de una puñetera vez la demanda contra el constructor de mi casa, ir al dentista, al ginecólogo, aprender a hacer paella, poner en orden los armarios, perder algunos kilos..) y libros por leer, que tras el secuestro de Jabois ahí yacen en mi estantería, muertos de risa o de pena.
  Sin embargo no se está mal así, sin grandes proyectos ni grandes emociones. Castellón en septiembre no guarda ningún parecido con París en otoño y pese a ello, los últimos días encuentro un placer especial- el mismo que se siente cuando el portal huele a patatas fritas y chuletas- cuando vuelvo a casa. Dejo atrás los divorcios del despacho (cuatro nuevos en un mes, no es noticia de telediario pero a mí me sorprende), intento olvidarme de los plazos de los impuestos  y arrastro el bolso por la calle Mayor. Después tomo alguna cerveza en el Raspa, pinto con mis sobrinos bestias marinas y cuando llego a mi piso voy desconectándome poco a poco frente a la televisión. 
 No estoy al día de nada. El viernes fuí al cine a ver la última de Coronado y me pareció un tanto histriónico, me recordó a Bardem en la de los Cohen ("No es país para viejos"), pero Don José más guapo. Como el taquillero nos había dado los asientos en la última fila- la del manco, yo no sabía que la llamaban así-y la peli jugaba a los silencios y a los grandes planos, nos interesó más ver cómo la pareja de al lado se metía mano, que la trama de los radicales islamistas contra policías corruptos.
 Dos asientos más allá de mi cazadora había una pareja. Él, que pasaba de cuarenta y tenía pinta de funcionario, se abrazaba al pecho de ella como si tratara de ordeñarla. De vez en cuando apretaba la teta con toda la mano y dejaba la vista puesta en la pantalla, con un aire de ternero que a mí me parecía un pelín pervertido, de monaguillo resabiado, no sé cómo decirlo. Ella, delgada y seca, un poco anchoa, se debatía entre cabezazos de sueño y llamadas de atención ante los pellizcos de su novio. Cada vez q este le apretaba el pezón, ella le frenaba con un "chist, quita" y nosotros girábamos la cabeza esperando el consiguiente manotazo. Pero nada sucedía: él continuaba recostado sobre el torso de ella y esta dejaba caer los párpados, para volver a romperse el cuello de una siesta. A oscuras nosotros les examinábamos, como si fueran dos escarabajos del neolítico y nos hacíamos señas en silencio preguntándonos qué les pasaba. Era extraño, porque ninguno de los dos era un adolescente: ella llevaba un colgante de esos de tardes de secta y barritas de incienso que delataba mucho cantautor a sus espaldas; él gastaba una camiseta de tergal y tenía mucho pelo, pero en la penumbra relucían sus canas. Sin importarles la edad jugaban al magreo,  pero no en plan cine de barrio, chati y novio canalla, no,  ellos parecía que estuvieran en la época de Franco esperando que llegara el acomodador a leerles el catecismo. 
  Ella acabó riñéndolo tanto que nos perdimos las últimas frases de la película. Desde que Coronado dijo "rock'n roll" y salió a liquidar a los malos, nosotros estuvimos pendientes del combate de caricias y senos (senos de almendra, que la mujer no parecía ser mucho más) que tenía lugar a dos asientos de mi butaca. Él le quiso bajar el tirante de la camiseta y a ella le faltó sacar un silbato de árbitro. Él entonces, con los dedos blandos, la miró con cara de perro huérfano y ella le dió un beso en la frente y le acarició  la mejilla. Después, cuando yo ya esperaba que le sacara un caramelo de anís del bolso, la tía, la muy lasciva, se humedeció los labios y en un arrebato a traición, le mordió con un gesto de actriz del destape, ante lo cual él, como si recibiera un pase perfecto de Messi, se abalanzó sobre ella con la palma extendida para pellizcarle el culo, pero tenía tan abierta la mano que daba la impresión de que iba a robar  una  enseimada. Pese al ímpetu el f14 no llegó a su objetivo, la misión fue abortada por un empujón del ejército enemigo que lo dejó hecho trizas en su asiento. Ella, satisfecha de llevar el mando, suspiró.
  Ahí estuve a punto de meterme yo- que nunca he estado en un cine enrollándome con nadie, carencias de mi educación sentimental que es bastante chunga- porque hay un mínimo de  honestidad en el juego. Si provocas, aguantas el envite; si eres una estrecha, te vas a la primera sesión de la tarde y te zambulles en una piscina de palomitas. Pero jugar a confundir  y calentar al borreguito de Norit, eso no se hace, eso es trampa.
  Yo creía que cuando una quedaba con un novio/amante para ir al cine y se metía en una película lenta (polaca, coreana sin subtitulos o española pretenciosa) había que ir preparada para la guerra, es decir: falda, braguitas de plumetti, sujetador de fácil click y brillo de fresa en los labios. Que lo que molaba es que antes de que el aburrimiento te derrote, la mano de él trepe por tus muslos, subiéndote vestido y que se intercalen besos largos, de esos de palmeras, que ocultan todo lo que sucede debajo. Pero no. Parece que el rollo bovino pone más. "No habrá paz para los hombres malvados, pero para los amantes benditos tampoco habrá orgasmos" eso fue lo que pensé decirles al salir los títulos de crédito. 
   No entendí nada. Será que me falta vida, porque me he vuelto muy prosaica con el otoño. Será que no viajo lo bastante. Será que no socializo. Será que me he vuelto rancia. Pero qué quieren que les diga a mí me sacan de las reglas del monopoly y todo me parece chinoise.

5 comentarios:

Anónimo dijo...

yTú querías aprender francés con los primeros rayos y yo, que debería estar durmiendo, estoy lagrimeando cantando los labradores, "que cuando vienen del campo vienen cantando / por qué vienen tan contentos los labradores / que cuando vienen del campo vienen cantando / ya vienen de ver el fruto de sus sudores / de ver las espigas de oro que van granando / de ver las espigas de oro que van granando / por qué vienen tan contentos los labradores / chispún. Y eso que todo ha empezado con una jotica que Imperio Argentina se marca en "Tata mía"...
Ocho días sin escribir a tus fans...

encarnisabina dijo...

Jajaja...yo que ya he pasado por esto ¡cómo se nota que sólo te faltan dos semanas!!!!!...
Fuera bromas me ha encantado el post.

Besos mil

Anónimo dijo...

No me puedo creer que no supieras lo de la fila de los mancos, juas.

Como siempre, sabes vestir una situación cotidiana con ese don que tienes

El chico que...

evamaring dijo...

Anónimo Zeta,
Siempre nos ha pasado como en lady Halcon, así q no me extraña q mientras yo me despierto entre los diptongos de la lengua francesa tú te recojas con Imperio Argentina, a golpe de jota. Tienes razón, hacía días que,
disculpa, me había entretenido viviendo,
un abrazo doblado (como el cachirulo en mi cajón)

Al,

Sí. Se nota que voy a caerme de bruces sobre los cuarenta en lo torpe y lo dispersa q ando. En la envidia q me da cualquier otro tiempo. También en la ilusión por empezar nueva etapa. Y es q es verdad, no sé cómo me convenzo de que hay q empezar libreta de rayas cuatro veces como mínimo al año.
Beso!

No.
No sabía lo de "la fila del manco"...¿no he dicho q no tengo educación sentimental, chicoque?
Incorregible, again.
Abrazo!!!

if

Anónimo dijo...

Jajaja...todavía me estoy riendo de la nueva versión del título de la peli. Yo también la ví más o menos por las mismas fechas, pero no tuve la suerte de vivir dos por el precio de una.

Soony.