De noche, al acostarnos, le pedíamos a mamá que dejara una luz encendida, la del pasillo, por si nos perdíamos entre los sueños y no sabíamos volver a casa. Yo siempre tenía la misma pesadilla: entraban ladrones en el piso y nos secuestraban, así que teníamos que escondernos. Mientras ellos avanzaban por el pasillo y tiraban al suelo el cesto de la ropa blanca yo me doblaba y me metía dentro del último cajón de una cómoda que había en una habitación a oscuras, el ropero, que casi nunca se utilizaba. Como los enanos de "El milagro de P.Tinto" me hacía un hueco entre mis vestidos infantiles, que mi madre guardaba allí bien planchados, por si algún día yo tenía una hija. Al cabo de mucho tiempo- tal vez el que durara la noche-los ladrones se habían ido y nuestra casa seguía en silencio, así que con cuidado me desdoblaba- primero las piernas, después los brazos- y salía a investigar por el pasillo. La luz encendida me guiaba hasta mi madre, a la que solía despertar de madrugada con la misma pregunta:
- Ya se han ido
- ¿Quiénes?
- Los ladrones
- ¿Qué ladrones, eva?
- Los ladrones que querían robarnos.
- Ay eva, que es muy tarde, otra pesadilla.
- ¿Se lo han llevado todo?
Sin contestarme me hacía un hueco entre mi padre y ella en la cama. La tibieza de aquellas mañanas me quitaba un peso de encima: no nos habían quitado "todo". Seguíamos lavándonos los dientes en un lavabo al que no llegábamos ni mi hermano ni yo, el canario dormía en la galería tapado con un pañuelo viejo, la baldosa de mitad del pasillo estaba suelta (así nuestras carreras de relevos tenían señalado el punto medio en su recorrido) y la abuela llamaba por teléfono y sin la dentadura postiza antes del desayuno. Los ladrones no habían conseguido su objetivo: nuestra felicidad de mesa camilla y seat ciento veinticuatro seguía intacta.
El sábado Antònia Font llenó de "Lamparetes" el Paranimf y me obligó a desempolvar este recuerdo. Muchas de las canciones las hubiera guardado para la hija que no tendré- una niña trasto, con el pelo rizado y más de una rascadura en la rodilla- junto con mis vestidos de piqué o de algodón con fresas bordadas, los que mi madre aún conserva en el último cajón de la cómoda. Al volver a casa y darme cuenta de que siempre que salgo dejo la luz del comedor encendida tarareaba "Alegría", por eso pensé que debía meterme en la cama y doblarme, como hacían los enanos de P.Tinto, para que no me encontraran los ladrones durante el sueño.
Me desperté con Frida y Justine (mis gatas) cerca, aproveché el día de sol y estuve por Benicàssim. Después, al mediodía, llevé una botella de cava a casa de mis padres- que comen en la penumbra que el patio de luces deja en la cocina- para que se despertaran de la pesadilla de la crisis. Se lo dije mientras recogíamos los platos a mi madre: "Ya se han ido".
Creo que no me escuchó.
Pero todo lo bueno que teníamos sigue intacto.
Creo que no me escuchó.
Pero todo lo bueno que teníamos sigue intacto.


5 comentarios:
Es precioso, dibujas tan bien los recuerdos que me resultan tan familiares como si pertenecieran a mi propia memoria. Qué bien que los ladrones no se lo han llevado todo, que todo lo bueno que tienes sigue intacto. Un abrazo
Te leo un poco más abajo (siempre llego con retraso) y compruebo lo que siempre he sospechado: los regalos de los ex siempre llegan envenenados.Aunque el veneno venga muy bien escondido.Un abrazo
Gracias araceli, por las palabras y el abrazo desde la isla. Muchísimos besos
eva
Me encanta hablar de los sueños. Y en ocasiones he soñado que soñaba, o he tenido el mismo sueño dos veces la misma noche...
El chico que...
Jooo, cómo me ha gustado este post.
Sobre todo sus últimas líneas: todo lo bueno que teníamos sigue intacto. Te lo copio.
Soony
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