Me contestarán que no los afortunados que aún siguen de vacaciones y tienen razón pero hay señales evidentes de que mi afirmación es cierta:
1. Ha cambiado el aire.
2. Han tomado cartas en el asunto del Ecce Homo de Borja dos restauradoras con batas blancas, maletines y más vocabulario que Cecilia, esa artista del pastiche work.
3. Tenemos una notición negro para arrastrar todo el invierno, el caso Bretón, cada vez que aparece el Jefe de la policía Nacional del grupo de investigación en Córdoba, la televisión desprende un olor a Alcàsser que dan ganas de liarse a patadas con ella. No sé por qué pero siempre hay uno al principio de septiembre para alegría de Jordi González.
4. Hay un último incendio, el de la costa del Sol. Aquí lo de liarse a patadas ya resulta insuficiente, el desastre es tan enorme que da rabia, impotencia, en fin...
5. La crisis, pese a los vaivenes de las olas, sigue posada sobre nuestras cabezas como una nube tóxica, negra y pesarosa.
Casi es un tópico pero a la vuelta de las vacaciones los problemas no solo siguen ahí, si no que además han crecido. No sé ya si es el caso de nuestra crisis, porque voy leyendo los rescates de las autonomías y cuanto más leo menos comprendo. A fuerza de alternar telediarios, informativos, periódicos digitales y emisoras de radio mi esquema mental se ha emborronado por completo. En eso el verano no ha surtido efecto: me sigue costando un esfuerzo enorme analizar la situación actual.
Pero he disfrutado de unas vacaciones estupendas- me da remordimientos absurdos escribirlo- y ha sido un verano olímpico, como los que hace años no vivía. Estoy contenta, aún un poco agitada entre las idas y venidas, hasta con ganas de volver a trabajar.
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Volvimos de Londres el lunes y al repasar las fotografías, no sé si lo hemos visitado o nos lo hemos leído. Entre los cientos de imágenes que hemos guardado destacan los carteles, inscripciones y posavasos. Hay un surtido enorme de mensajes encriptados en diferentes tipografías y texturas. Notas de clase que aparecen en cualquier lugar: en mitad de la noche en el Soho, en la sección de abalorios de Liberty o en la etiqueta del vino australiano que pedimos en un thai. Ahora, como las fotos son gratis y cuesta lo mismo hacer tres que trescientas, le echas el lazo en cuanto aparece una señal del destino y te llevas la aparición para casa. Da un gustito muy especial hacerlo: te sientes corresponsal de "El País" durante siete días y te fijas en cosas nimias: unos niños jugando a la pelota, un azulejo con tres manchas que recuerdan a Miró, un lunar en la espalda de la dependienta de Selfridges. Oh. Lo sé porque padezco ese síndrome Paísemanal y al cabo de los años, cuando reviso mi disco duro, no entiendo mis fotografías.
Es curiosa la evolución que hemos vivido en este punto, el de hacer fotos como turista:
- Cuando mi abuela viajaba lo importante era hacer ver que habían estado allí y por eso abundaban las imágenes de ellos sonrientes frente a monumentos y enclaves importantes.
- Una generación más tarde, cuando los que viajaban (mucho autobús, coche y touroperadora que escogía Iberia) eran mis padres lo que les gustaba- Kodak y primeras Minolta en mano- eran las postales de paisajes y arquitectura, primaba el saber "cómo era allí" .
- Ahora que soy yo la que guardo la Canon (o el móvil, que no pesa) en el bolso y sufro la tortura de Racanair, lo que más me pone es parecer que soy de allí- antropología de coleccionable- o explicar a través de imágenes cómo son mis vecinos.
Aún así solo ha cambiado el paradigma. Los relatos de viajes en boca de nuestros amigos y familiares siguen resultando igual de aburridos. Así que ya aviso sobre lo que va a ser este post, poco más que la redacción del primer día de clase a la vuelta de vacaciones.
Es curiosa la evolución que hemos vivido en este punto, el de hacer fotos como turista:
- Cuando mi abuela viajaba lo importante era hacer ver que habían estado allí y por eso abundaban las imágenes de ellos sonrientes frente a monumentos y enclaves importantes.
- Una generación más tarde, cuando los que viajaban (mucho autobús, coche y touroperadora que escogía Iberia) eran mis padres lo que les gustaba- Kodak y primeras Minolta en mano- eran las postales de paisajes y arquitectura, primaba el saber "cómo era allí" .
- Ahora que soy yo la que guardo la Canon (o el móvil, que no pesa) en el bolso y sufro la tortura de Racanair, lo que más me pone es parecer que soy de allí- antropología de coleccionable- o explicar a través de imágenes cómo son mis vecinos.
Aún así solo ha cambiado el paradigma. Los relatos de viajes en boca de nuestros amigos y familiares siguen resultando igual de aburridos. Así que ya aviso sobre lo que va a ser este post, poco más que la redacción del primer día de clase a la vuelta de vacaciones.
Pero para una vez q salgo apetece contar y sí, estuve en Londres con mi amiga Magda y como sucede con todo lo que afecta, aún me resulta difícil escribir algo coherente sobre el viaje. Alquilamos un apartamento en Earl's Court y resultó ser una pensión forrada de moqueta con un chino en pijama que se paseaba por los pasillos. Discutimos con la encargada sobre la diferencia de léxico que existe entre su país y el nuestro- concepto "apartment" - sobre la realidad virtual y la realidad de Dylan Apartments, Kessington, dque casi suponía dormir todas las noches con un chino en pijama en el pasillo y al final, ante la amenaza de impago, que es la única que se entiende igual en todas las culturas, conseguimos una habitación con ventana y vistas a la parte trasera del estadio donde nos construímos nuestro refugio. Todo fue más o menos previsible. Incluso la pelea por la ducha porque en la primera de las habitaciones- o apartamento- solo había bañera y el tubo de goma que te daban hace años para unir el chorro de los dos grifos (los que hayan estado en una casa inglesa sabrán de qué hablo), pero insisto, ya íbamos preparadas para eso. La zona era buena, la parada de metro estaba a dos pasos, los autobuses pasaban frecuentemente y nosotras, como españolas de crisis, no llegábamos a mucho más. Así que no tuvimos problemas y durante la semana alternamos los restaurantes asiáticos del barrio, cotilleamos la vida de los ocupantes de las viviendas de los sótanos de Philbeach Garden y no le cogimos cariño al chino de Dylan's porque nos cambiaron de pasillo, en fin, lo de siempre.
Lo que sí que había cambiado era nuestra posición respecto a la ciudad, al menos la mía. Hace cuatro años- creo que fue la nochevieja del 2008 la última vez que estuve allí- mi capacidad adquisitiva en Londres era exactamente el doble que en esta ocasión. Quizás solo sea mi caso- yo que me he empobrecido en proporción geométrica e inversamente proporcional al crecimiento de la capital del Reino Unido- pero la impresión que se nos quedó fue la de ser las turistas pobres del menguante Reino europeo.
Pero tan contentas. Pobres o no ricas, fuimos felices: anduvimos toda la circle line (la línea amarilla del metro) nos rebozamos en el espíritu caribeño del Carnaval de Notting Hill, casi me despeñan las cuñas de mis zapatillas en mitad del barrio alternativo de la ciudad- Spitafields, en Brick Lane, concretamente, cómo no- y antes de donar mi columna vertebral al adoquín de las aceras londinenses aún sonreía con candor; inspeccionamos más de ciento cincuenta librerías, dos editoriales, una empresa de edición gráfica y veinte tiendas de objetos de segunda mano; nos recorrimos las colecciones de las dos Tate- lo siento, no entré en la exposición de Damien Hirst, aunque nos llovieran las recomendaciones y nos matara la curiosidad cultureta, dieciocho libras eran demasiado para nuestro presupuesto- y nos secuestraron a los prerrafaelitas, es decir que nos quedamos sin saludar a Ophelia o a la Dama de Shalott, porque están preparando una exposición monográfica que se inaugura a finales de este mes y en vista de los cambios solo pudimos visitar el ala Turner, pero mereció la pena.
Volví a Oxford, donde pasé muchos de los veranos de mi adolescencia y todo estaba igual: los pubs, los japoneses, las bicicletas, los pasillos de Blackwell's, los borrachos de Magdalen Bridge, los bares... Sé que parece una exageración de las mías pero al entrar en Freud- una iglesia reconvertida en pub en el barrio de Jericho, donde yo me pasé la mayor parte de las noches de mi último verano en Inglaterra- Calamaro cantaba, y no es coña, "Volver" y casi me da un espasmo allí, en la barra, mientras me servían la cerveza. Nada se había movido, ni las lápidas de los cementerios ni la calma de media tarde, esa que cuando cierran las tiendas se extiende como la bruma por encima de los setos y hace que los locales se escondan tras los visillos y las rosas de su ventana, o que se sienten en los bancos de madera de los pubs y observen, entre gruñidos, cómo regresan a sus habitaciones los turistas.Te pinto con motivos caribeños por otra libra+ te enseño a bailar al ritmo de soca-calypso por dos pounds+ chupito de ron para animarte, otra + paquetito de maría (precio a convenir y siendo discretas)= kit completo carnavalero= más de diez libras
Basta hacer el cálculo: si en veinte minutos en chez toilette, pasamos al baño veinte personas, calculad los beneficios: en un par de veranos la veo abriendo franquicia por la zona. El mexicano del que nos hicimos colegas mientras esperábamos lo comentaba con su amiga alabando la capacidad para el negocio de nuestra anfitriona y la japonesa que yo tenía detrás, cómo no, se rendía a sus pies disparando frases y grititos de júbilo indiscriminadamente.
Mientras, nosotras esperábamos.
Aguardábamos en nuestras marcas representando a españa en las olimpiadas de la vejiga- qué mal suena este trozo- y conseguimos un buen tiempo además de una ola- waveeee- que nos dedicó una inglesa pelirroja y encantadora que medía los tiempos en el aseo. Salimos del toiletshop encantadas de la vida multicultural y casi con medalla.
Hay que decir que ese fue el momento que más cerca estuvimos de los Juegos en todo nuestro viaje. En la ciudad apenas hemos visto señales de las olimpiadas más allá de los banderines o de cuatro anuncios en el metro y algunas réplicas de la mascota en los enclaves más turísticos, pero no hay más. Parece que David Beckham transportara la antorcha hace mil años.
Lo que verdaderamente ha triunfado en Londres 2012 ha sido el Jubilee de la reina y el desnudo de Harry, además de la horrible "Fifty shades of Grey" que desgraciadamente ha sido un best seller en todas partes. A mí lo de Grey me parece que se merece un post aparte y sobre la familia real inglesa lo único que puedo criticar del asunto es que el principito no hiciera el striptease en la gala de inauguración o en la de despedida de las olimpiadas. Si su abuela se había prestado a un videoclip con James Bond- como buena actriz de folletín que es- él bien podía haber participado en la clausura. Entonces ya se hubiera ganado mi admiración perpetua. Tal vez, incluso, en Fortum and Mason- distribuidores oficiales de la familia real- hubieran hecho una edición especial de ron, vodka o ginebra en su nombre. Nosotras hasta hubiéramos pagado el dinero que no le dimos a Damien Hirst por esa botella. No tanto, pero casi. Y la chica negra propietaria de un toiletshop en Notting Hill el año que viene hubiera podido comercializarla.
Londres siempre me sorprende, por eso no me extraña la explicación que he encontrado sobre uno de los topics que llenan las tiendas de souvenirs de la ciudad, el poster de "Keep on and carry on". Al parecer hace más de sesenta años- se creó en 1939- el Ministerio de Información Británico produjo ese poster como propaganda para mantener el ánimo de la población durante la segunda guerra mundial incluyendo en él una corona real como señal de lealtad al Rey Jorge. Pese a la idea no fue utilizado y no sé cómo apareció o fue encontrado en el año dos mil, por alguien que lo comercializó e hizo de él la leyenda que rige la vida en Londres. Desde que pisas el aeropuerto te persiguen las versiones del "Keep calm and carry on" en tipografía de palo seco. ´Tal vez sea una contradicción o una instalación más que una realidad, pero el hecho de que hayan sido capaces de desdramatizar uno de los hitos que les marcó en la historia como nación (la Segunda Guerra Mundial) y lo hayan incorporado a su cultura pop me parece asombroso. Aquí solo ha hecho algo así Berlanga y no se lo hemos reconocido. Pero a veces los ingleses son así y en la gala de inauguración de los juegos, en presencia de nuestra querida Elizabeth, suena Sid Vicious y todos lo corean. Es esa flema o ese escepticismo- llámesele humor o ironía- lo que les convierte en unos supervivientes exquisitos. El secreto no está en el chutney, ni en la mezcla del Earl Grey que sirven a las cuatro de la tarde. El truco se esconde debajo de esa sonrisa ladeada que a veces puede llevarles al cinismo, pero que en general, y sin ser extrapolada, es una actitud bastante cabal frente al presente.
El presente es un sábado marcado por un aire fresco, muy inusual, que parece gritar el cierre de las playas y terrazas. El lunes habrá que enfrentarse a la vuelta y esta crónica tan caótica me parecerá un sueño. Pero hasta entonces yo voy a desperezarme un poco más por el limbo, así que disfrutad de las vacaciones o del fin de semana.
God save adam&eve!
(Me compré un diccionario de la jerga londinense, el cockney y la primera entrada del cockney-english era precisamente esa: adam and eve, que significa believe. Me gustó, sin más).
ps: También estuvimos a los pies del balcón de Assange pero allí no pasaba nada. Solo era una excusa para no entrar en Harrod's, que a mí siempre me ha parecido tremendamente aburrido.
ps: Las fotografías más chulas de este post son de Magda. Suyos por tanto, todos los derechos.
ps: También estuvimos a los pies del balcón de Assange pero allí no pasaba nada. Solo era una excusa para no entrar en Harrod's, que a mí siempre me ha parecido tremendamente aburrido.
ps: Las fotografías más chulas de este post son de Magda. Suyos por tanto, todos los derechos.





