sábado, 1 de septiembre de 2012

Adam&Eve


 
 

 Ahora sí, ahora ya se puede decir oficialmente: se ha acabado el verano.
Me contestarán que no los afortunados que aún siguen de vacaciones y tienen razón pero hay señales evidentes de que mi afirmación es cierta:
1. Ha cambiado el aire.
2. Han tomado cartas en el asunto del Ecce Homo de Borja dos restauradoras con batas blancas, maletines y  más vocabulario que Cecilia, esa artista del pastiche work.
3. Tenemos una notición negro para arrastrar todo el invierno, el caso Bretón, cada vez que aparece el Jefe de la policía Nacional del grupo de investigación en Córdoba, la televisión desprende un olor a Alcàsser que dan ganas de liarse a patadas con ella. No sé por qué pero siempre hay uno al principio de septiembre para alegría de Jordi González.
4.  Hay un último incendio, el de la costa del Sol. Aquí lo de liarse a patadas ya resulta insuficiente, el desastre es tan enorme que da rabia, impotencia, en fin...
5. La crisis, pese a los vaivenes de las olas, sigue posada sobre nuestras cabezas como una nube tóxica, negra y pesarosa.

Casi es un tópico pero a la vuelta de las vacaciones los problemas no solo siguen ahí, si no que además han crecido. No sé ya si es el caso de nuestra crisis, porque voy leyendo los rescates de las autonomías y cuanto más leo menos comprendo. A fuerza de alternar telediarios, informativos, periódicos digitales y emisoras de radio mi esquema mental se ha emborronado por completo. En eso el verano no ha surtido efecto: me sigue costando un esfuerzo enorme analizar la situación actual.
 
Pero he disfrutado de unas vacaciones estupendas- me da remordimientos absurdos escribirlo- y ha sido un verano olímpico, como los que hace años no vivía. Estoy contenta, aún un poco agitada entre las idas y venidas, hasta con ganas de volver a trabajar.
 .
 
Volvimos de Londres el lunes y al repasar las fotografías, no sé si lo hemos visitado o nos lo hemos leído. Entre los cientos de imágenes que hemos guardado destacan los carteles,  inscripciones y posavasos.  Hay un surtido enorme de mensajes encriptados en diferentes tipografías y texturas. Notas de clase que aparecen en cualquier lugar: en mitad de la noche en el Soho, en la sección de abalorios de Liberty o en la etiqueta del vino australiano que pedimos en un thai. Ahora, como las fotos son gratis y cuesta lo mismo hacer tres que trescientas, le echas el lazo en cuanto aparece una señal del destino y te llevas la aparición para casa. Da un gustito muy especial hacerlo: te sientes corresponsal de "El País" durante siete días y te fijas en cosas nimias: unos niños jugando a la pelota, un azulejo  con tres manchas que recuerdan a Miró, un lunar en la espalda de la dependienta de Selfridges. Oh. Lo sé porque padezco ese síndrome Paísemanal y al cabo de los años, cuando reviso mi disco duro, no entiendo mis fotografías.
 Es curiosa la evolución que hemos vivido en este punto, el de hacer fotos como turista:
- Cuando mi abuela viajaba lo importante era hacer ver que habían estado allí  y por eso abundaban las imágenes de ellos sonrientes frente a monumentos y enclaves importantes.
- Una generación más tarde, cuando los que viajaban (mucho autobús, coche y touroperadora que escogía Iberia) eran mis padres lo que les gustaba- Kodak y primeras Minolta en mano- eran las postales de paisajes y arquitectura, primaba el saber "cómo era allí" .
- Ahora que soy yo la que guardo la Canon (o el móvil, que no pesa) en el bolso y sufro la tortura de Racanair,  lo que más me pone es parecer que soy de allí- antropología de coleccionable-  o explicar a través de imágenes cómo son mis vecinos.
Aún así solo ha  cambiado el paradigma. Los relatos de viajes en boca de nuestros amigos y familiares siguen resultando igual de aburridos. Así que ya aviso sobre lo que va a ser este post,  poco más que la redacción del primer día de clase a la vuelta de vacaciones.
Pero para una vez q salgo apetece contar y sí, estuve en Londres con mi amiga Magda y como sucede con todo lo que afecta, aún me resulta difícil escribir algo coherente sobre el viaje. Alquilamos un apartamento en Earl's Court y resultó ser una pensión forrada de moqueta con un chino en pijama que se paseaba por los pasillos. Discutimos con la encargada sobre la diferencia de léxico que existe entre su país y el nuestro- concepto "apartment" -  sobre la realidad virtual y la realidad de Dylan Apartments, Kessington, dque casi suponía dormir todas las noches con un chino en pijama en el pasillo y al final, ante la amenaza de impago, que es la única que se entiende igual en todas las culturas, conseguimos una habitación con ventana y vistas a la parte trasera del estadio donde nos construímos nuestro refugio. Todo fue más o menos previsible. Incluso la pelea por la ducha porque en la primera de las habitaciones-  o apartamento- solo había bañera y el tubo de goma que te daban hace años para unir el chorro de los dos grifos (los que hayan estado en una casa inglesa sabrán de qué hablo), pero insisto, ya íbamos preparadas para eso. La zona era buena, la parada de metro estaba a dos pasos, los autobuses pasaban frecuentemente y nosotras, como españolas de crisis, no llegábamos  a mucho más. Así que no tuvimos problemas y durante la semana alternamos los restaurantes asiáticos del barrio,  cotilleamos la vida de los ocupantes de las viviendas de los sótanos de Philbeach Garden y no le cogimos cariño al chino de Dylan's porque nos cambiaron de pasillo, en fin, lo de siempre.
Lo que sí que había cambiado era nuestra posición respecto a la ciudad, al menos la mía. Hace cuatro años- creo que fue la nochevieja del 2008 la última vez que estuve allí- mi capacidad adquisitiva en Londres era exactamente el doble que en esta ocasión. Quizás solo sea mi caso- yo que me he empobrecido en proporción geométrica e inversamente proporcional al crecimiento de la capital del Reino Unido- pero la impresión que se nos quedó fue la de ser las turistas pobres del menguante Reino europeo. 
Pero tan contentas. Pobres o no ricas, fuimos felices: anduvimos toda la circle line (la  línea amarilla del metro) nos rebozamos en el espíritu caribeño del Carnaval de Notting Hill, casi me despeñan las cuñas de mis zapatillas en mitad del barrio alternativo de la ciudad- Spitafields, en Brick Lane, concretamente, cómo no- y antes de donar mi columna vertebral al adoquín de las aceras londinenses aún sonreía con candor; inspeccionamos más de ciento cincuenta librerías, dos editoriales, una empresa de edición gráfica y veinte tiendas de objetos de segunda mano; nos recorrimos las colecciones de las dos Tate- lo siento, no entré en la exposición de Damien Hirst, aunque nos llovieran las recomendaciones y nos matara la curiosidad cultureta, dieciocho libras eran demasiado para nuestro presupuesto- y nos secuestraron a los prerrafaelitas, es decir que nos quedamos sin saludar a Ophelia o a la Dama de Shalott, porque están preparando una exposición monográfica que se inaugura a finales de este mes y en vista de los cambios solo pudimos visitar el ala Turner, pero mereció la pena.
 
Volví a Oxford, donde pasé muchos de los veranos de mi adolescencia y todo estaba igual: los pubs, los japoneses, las bicicletas, los pasillos de Blackwell's, los borrachos de Magdalen Bridge,  los bares... Sé que parece una exageración de las mías pero al entrar en Freud- una iglesia reconvertida en pub en el barrio de Jericho, donde yo me pasé la mayor parte de las noches de mi último verano en Inglaterra- Calamaro cantaba, y no es coña, "Volver" y casi me da un espasmo allí, en la barra, mientras me servían la cerveza. Nada se había movido, ni las lápidas de los cementerios ni la calma de media tarde, esa que cuando cierran las tiendas se extiende como la bruma por encima de los setos y hace que los locales se escondan tras los visillos y las rosas de su ventana, o que se sienten en los bancos de madera de los pubs y observen, entre gruñidos, cómo regresan a sus habitaciones los turistas.
 
   Fue divertido improvisar un picnic en un banco junto al Thamesis, anotar tonterías en la agenda o mirar cómo pasaban los minutos de un martes de agosto  mientras un tipo abordaba  a los ingleses- y solo a ellos, no sé por qué- para explicarles que tenía poderes y captaba "presencias", fantasmas debajo de un puente que le decían "Habla con esta señora y dile tal cosa", o "Preséntate y haz la voltereta lateral delante de aquel trabajador de Lloyd's". El medium era un Annegermain de lance,  pelirrojo,  al que, pese a su corrección, nadie tomaba en serio. De hecho, más de uno se apartó corriendo al escuchar sus noticias. Yo estuve a punto de acercarme a preguntarle por mi abuela. Había recuperado el olor de sus cajones al acercarme un saquito de lavanda en Liberty y concluí que debía andar cerca, organizando las sábanas, pero tal vez a ella no la vió, los fantasmas españoles- los de verdad, no los de carácter- son más discretos y menos ruidosos. Salvo los que frecuentan las plazas o descampados de apariciones, que a esos les gusta quedarse en trances o en las manchas de humedad de las viviendas sin protección oficial. Sin embargo como los fantasmas familiares  no suelen ser  de dejarse ver por los sitios de rabiosa actualidad, como Londres este verano,  me quede sin el reverse charge call con el más allá, cosa que ahora, ya con distancia y en casa, les agradezco. Me hubieran incapacitado al bajar la escalerilla del avión, solo eso, de entrada.

Pero mejor que lo de las presencias e infinitamente más divertido,  fue colarnos en una toiletshop en Notting Hill, el primer domingo de carnaval, tras los desfiles. Durante diez minutos- lo que duró la cola hasta el váter, el momento de hacer pis y la despedida de la dueña de la vivienda- nos metimos dentro de la primera novela de Zadie Smith, "Dientes blancos". Pero literalmente dentro, como a Bastian Baltasar le pasó mientras leía "La historia interminable". Un toiletshop, para quien no lo sepa (yo lo aprendí el domingo pasado) es un negocio próspero que prolifera en la semana del carnaval londinense y consiste en alquilar el baño de tu casa para convertirlo en urinario semipúblico en días de fiesta mayor o verbena. Nosotras lo encontramos por necesidad y tropezamos con uno precioso, por lo agradable y variopinto: el cuarto de baño estaba en una casa sótano, la dueña, afrobritánica, era delgadita y ochentera, y nos contó mientras esperábamos su fascinante historia. Al parecer, ella siempre había trabajado en banca pero al ser llamada por la maternidad decidió dejar su trabajo- entendí que  ya tenía tres churumbeles y por los niños q ví entrando y saliendo a cuál más guapo- para ocuparse de su familia. Como había dejado de tener ingresos y vió que el carnaval era un filón se apuntó al váter clandestino y así se sacaba- al precio de dos libras por persona- un sobresueldo entre traguitos de ron y algunos cigarros. Parecía contenta, hasta lo disfrutaba y la gente se comportaba con civismo y  se respiraba cierta familiaridad en la cola. En Inglaterra te pones un objetivo, por extraño que parezca y lo alcanzas; en España sucede justo al revés, las metas se convierten en pesadillas y estas acaban por determinarte. Sin embargo allí la idea del toiletshop resultaba atractiva. Mientras nosotras escuchábamos a la anfitriona  las americanas de high school que nos precedían en la cola estaban encantadísimas con su sofá de skai beige y las pinturas de purpurina para la cara que habían comprado para disfrazarse. Tardaron tanto y resultaron tan sonoras que al verlas la dueña del local empezó a elucubrar sobre las posibilidades de ampliar negocio:
 Te pinto con motivos caribeños por otra libra+ te enseño a bailar al ritmo de soca-calypso por dos pounds+ chupito de ron para animarte, otra + paquetito de maría  (precio a convenir y siendo discretas)= kit completo carnavalero= más de diez libras
Basta hacer el cálculo: si en veinte minutos en chez toilette, pasamos al baño  veinte  personas, calculad los beneficios: en un par de veranos la veo abriendo franquicia por la zona. El mexicano del que nos hicimos colegas mientras esperábamos lo comentaba con su amiga alabando la capacidad para el negocio de nuestra anfitriona y la japonesa que  yo tenía detrás, cómo no, se rendía a sus pies disparando frases y grititos de júbilo indiscriminadamente.
 Mientras, nosotras esperábamos.
Aguardábamos en nuestras marcas  representando a  españa en las olimpiadas de la vejiga- qué mal suena este trozo- y conseguimos un buen tiempo además de una ola- waveeee- que nos dedicó una inglesa pelirroja y encantadora que medía los tiempos en el aseo. Salimos del toiletshop encantadas de la vida multicultural y casi con medalla.
Hay que decir que ese fue el momento que más cerca estuvimos de los Juegos en todo nuestro viaje. En la ciudad apenas hemos visto señales de las olimpiadas más allá de los banderines o de cuatro anuncios en el metro y algunas réplicas de la mascota en los enclaves más turísticos, pero no hay más. Parece que David Beckham transportara la antorcha hace mil años.
Lo que verdaderamente ha triunfado en Londres 2012 ha sido el Jubilee de la reina y el desnudo de Harry, además de la horrible "Fifty shades of Grey" que desgraciadamente ha sido un best seller en todas partes. A mí lo de Grey me parece que se merece un post aparte y sobre la familia real inglesa lo único que puedo criticar del asunto es que el principito no hiciera el striptease en la gala de inauguración o en la de despedida de las olimpiadas. Si su abuela se había prestado a un videoclip con James Bond- como buena actriz de folletín que es- él bien podía haber participado en la clausura. Entonces ya se hubiera ganado mi admiración perpetua. Tal vez, incluso, en Fortum and Mason- distribuidores oficiales de la familia real- hubieran hecho una edición especial de ron, vodka o ginebra en su nombre. Nosotras hasta hubiéramos pagado el dinero que no le dimos a Damien Hirst por esa botella. No tanto, pero casi. Y la chica negra propietaria de un toiletshop en Notting Hill el año que viene hubiera podido comercializarla. 
En fin,  que como dice una cita de Samuel Johnson- presente en todas las guías de la ciudad-  "Quien está cansado de Londres, está cansado de la  vida" y sí, después de una semana allí parece que es cierto. Pasan los años y para mí Londres sigue siendo un chute de alegría-prozac-ilusión-ganas-proyectos-contradicciones-sentidodelhumor-lavanda-curry-razas-letras-jellybeans-líneas demetro-etc a un tiempo. No se me acaba nunca y pese a las perspectivas distintas desde las que la veo no me deja indiferente. 
Londres siempre me sorprende, por eso no me extraña la explicación que he encontrado sobre uno de los topics que llenan las tiendas de souvenirs de la ciudad, el poster de "Keep on and carry on". Al parecer hace más de sesenta años- se creó en 1939- el Ministerio de Información Británico  produjo ese poster como propaganda para mantener el ánimo de la población durante la segunda guerra mundial incluyendo en él una corona real como señal de lealtad al Rey Jorge. Pese a la idea no fue utilizado y no sé cómo apareció o fue encontrado en el año dos mil, por alguien que  lo comercializó e hizo de él la leyenda que rige la vida en Londres.  Desde que pisas el aeropuerto te persiguen las versiones del "Keep calm and carry on" en tipografía de palo seco. ´Tal vez sea una contradicción o una instalación más que una realidad, pero el hecho de que hayan sido capaces de desdramatizar uno de los hitos que les marcó en la historia como nación (la Segunda Guerra Mundial) y lo hayan incorporado a su cultura pop me parece asombroso. Aquí solo ha hecho algo así Berlanga y no se lo hemos reconocido. Pero a veces los ingleses son así y en la gala de inauguración de los juegos, en presencia de nuestra querida Elizabeth, suena Sid Vicious y todos lo corean. Es esa flema o ese escepticismo- llámesele humor o ironía- lo que les convierte en unos supervivientes exquisitos. El secreto no está en el chutney, ni en la mezcla del Earl Grey que sirven a las cuatro de la tarde. El truco se esconde debajo de esa sonrisa ladeada que a veces puede llevarles al cinismo, pero que en general, y sin ser extrapolada, es una actitud bastante cabal frente al presente.


El presente es un sábado marcado por un aire fresco, muy inusual, que parece gritar el cierre de las playas y terrazas. El lunes habrá que enfrentarse a la vuelta y esta crónica tan caótica me parecerá un sueño. Pero hasta entonces yo voy a desperezarme un poco más por el limbo, así que disfrutad de las vacaciones o del fin de semana. 
  God save adam&eve!
(Me compré un diccionario de la jerga londinense, el cockney y la primera entrada del cockney-english era precisamente esa: adam and eve, que significa believe. Me gustó, sin más).

ps: También estuvimos a los pies del balcón de Assange pero allí no pasaba nada. Solo era una excusa para no entrar en Harrod's, que a mí siempre me ha parecido tremendamente aburrido.
ps: Las fotografías más chulas de este post son de Magda. Suyos por tanto, todos los derechos.

sábado, 18 de agosto de 2012

Una cala en Roche



La última noche en Chiclana Isaac me devolvió una de mis canciones favoritas de la Costa Brava. La  había tenido apartada de mi ipod durante años por todos los momentos brillantes que en un momento anudé a su letra. Cuando se acabaron, puse la canción castigada, cara a la pared y hasta que me la devolvió Isaac no había vuelto a escucharla entera. Había anochecido y ya no soplaba el levante- ese viento húmedo que se escapó de mi maleta el martes por la mañana- brillaban las bombillas de colores en el porche y Alanis, un atigrado zalamero, se enredaba en los tobillos de Maria del Mar. Ella le explicaba a Carlos  lo que significaba nuestro costabravismo: Isaac y yo nos hemos visto tres veces , la última hace cuatro años  y sin embargo no necesitamos tres segundos para ponernos al día. Hay gente que pertenece a tu mundo sin que lo sepas, que habla, piensa e incluso siente como tú aunque haya nacido en el otro hemisferio. Lo difícil es encontrarlos, pero una vez los has reconocido ya no se pierde el idioma. A Isaac y a mí nos unió la Costa Brava, los  blogs una fiesta en casa de André... Otra de las cosas que les agradezco.
Isaac me regaló "Mi última mujer" en un gesto inesperado que los dos entendimos.  Los dos sabíamos que se había acabado aquella época de los conciertos, los telediarios y las caracolas y de repente, en el silencio de una noche de agosto cerrábamos un círculo y abríamos otra etapa.  La canción prohibida ya no sabía a los recuerdos de entonces, no era un homenaje a la nostalgia, era un comienzo. Pese a la música y a la ternura a los dos nos acribillaron los mosquitos del Pinar. Tenían que ser franceses esos bichos, porque nos picaron con saña, como si estuviéramos en 1811. Cuando llegué a casa parecía una veterana del Vietnam, andaba confusa entre emociones, noqueada y mis hombros estaban llenos de marcas. 
Al abrir la maleta en Benicàssim encontré algunas de las conchas que cogimos una mañana en otra playa.





Hay en Roche unas calas pequeñitas, de arena suave, de un dorado traslúcido que parecen estar pintadas con alas de mariposa. Limitan en sus extremos con unas rocas escarpadas, mordidas por la intensidad del océano y en ellas, las pisadas parece que se recortan. No te hundes al caminar, no te ahogas en la arena, sino que dejas la huella estampada, como si tallaras el pie sobre un espejo. Estuvimos caminando durante horas arriba y abajo una mañana. Hablábamos de "Ojos negros" y de "Casablanca" de las grandes frases del cine- que siempre son las más sencillas- y de la grandilocuencia de algunas personas que quieren convertir su vida en una novela o en una película. Pese a las vacaciones, al mes de Agosto y a las hordas de turistas con tupper, la playa nos estaba guardando una senda silenciosa. No se escuchaban las voces, solo el viento. Recordábamos los amaneceres en Rusia que describe Mastroianni en la escena final de la película de Nikita Milkajov y yo me preguntaba si aún conservo uno de esos momentos que antes- hace diez, quince años- le hubiera pedido a San Pedro que me dejara conservar por el resto de la eternidad. Algo así como "La nana que me cantaba mi madre cuando era pequeño" que hace que Matroianni- Romano- se rompa en lágrimas.
No supe contestarme. Ni tampoco supe qué decirle a Carlos. Era como si mi memoria hubiera adquirido la textura de esa playa. Aún no sé cómo explicarlo, pero todo me parecía por estrenar.


" Y así fue como, contemplando el sol y los grandes brotes d hojas q crecían en los árboles con la misma rapidez con q crecen todas las cosas en las películas, experimente la familiar convicción de que, con el verano, la vida empezaba de nuevo." 

El Gran Gatsby, Scott Fitzgerald

Necesito dos veranos: uno para vivirlo y otro para reposarlo.
Lo supe hace dos días. Me peleaba con este post en la cafetería de los juzgados y entendí que todo estaba demasiado reciente para ser escrito. Que las emociones aún no se habían destilado en sentimientos y que los contornos del paisaje aún resultaban borrosos. Hace tres meses no hubiera imaginado escribir algo así. Rodeada de tanto trabajo y tanta crisis (de los cuarenta, económicas, de pareja, personal...)no concebía un paréntesis como el que estoy viviendo. Pero algo cambió, no sé cuándo, pero hizo click. Tal vez la que cambié fuí yo que abrí los ojos y comencé a reconocer las oportunidades q estaba dejando pasar y los agujeros en los que metía la cabeza por puro miedo. No lo sé, aún es temprano para decirlo. El hecho es que de repente el verano volvió a parecerse a los de la infancia y a aquellos de la adolescencia en los que todo estaba por hacer y no había un día en que no llegara a casa con el corazón agitado. Dentro de él estoy, aún subida en la espuma de estos días, con un pie en Benicàssim y otro en Londres (me marcho el lunes), reencontrándome con amigos, buscando huecos para leer a escondidas, paseando por la playa o por la montaña, alargando las horas en el chiringuito y maldiciendo a Racanair. Al principio de año pedía un París q me llenara de ilusión, y el 2012 me ha regalado un verano (con Cádiz) que me ha devuelto la energía. No lo cambio, me gusta esta nueva etapa que ha empezado como la pronosticara Federico Trillo, allá por Perejil, "Al alba y con fuerte viento de levante..."
He aprendido que hay playas, personas, canciones capaces de fabricar recuerdos perfectos allá donde vayas, vivas en el año 2012 o en los felices veinte. Que tropezamos con ellos y dejan a su paso la estela de los amaneceres en Rusia que recordaba Mastroianni.Solo es necesario abrir los ojos y reconocerlos. Aunque sean peces. Nadar junto a ellos y no intentar cogerlos con las manos. 
Porque pase lo que pase seguiremos nadando en el mismo mar. Y volveremos a esas playas de la canción: la de Gausse, Illetes en Formentera, Voramar y esa cala de Roche

lunes, 6 de agosto de 2012

Chavela

No queríamos enterrarla, pero se nos murió.A mí, con su permiso, Doña Chavela me ha dejado ronca y huérfana. Me he enterado de su deceso por la red- que nada sabe de ponchos ni de cantinas- y se me ha quedado la boca seca. He llegado a casa y me he servido la última. Va por ud, señora. Por la compañía en el dolor.
Por tantas rupturas.
Ahorré para verla en el que dijo que sería su último concierto, allá por Madrid, allá por los noventa. Chantajeé a mi madre, a la que le robé los discos de Orfeón y me la llevé al teatro, desde provincias a Madrid. Teníamos sentado a nuestro lado a un chico escuálido y feo que a ella le llamó la atención, - "Pobrecito, cómo se emociona"- y resultó que era Pedro Guerra y que yo, como cualquiera, amaba su voz y sus canciones. Se desató mi vergüenza adolescente.
Lloramos con "Macorina". Me despedí de quienes no me quisieron con "En el último trago" y viajé con "Luz de luna". Me he bebido sus canciones a tragos largos. A solas y con amigos que olvidan secretos.
Pero nunca he temblado tanto como aquella noche en la que le escuché "La china" en directo. Aquella en la que el chico feo lloraba. Casi compartía pañuelo conmigo y con mi madre,
Después de de Ud. nada era- ni será- lo mismo: ni las rupturas, ni los desamores, ni las despedidas, ni los entierros- adoraba lo de tomar y tomar hasta olvidarse del muerto- ni siquiera las películas de Almodóvar.
Ahora hasta en youtube se nos escapa.
Se desvanece entre el punto basto del poncho y ya la tierra no huele a su voz.
Y qué hacemos Chavela, para convocarla.
Quién nos acariciará cuando nos quedemos solas en los bares.
Quién va a torcernos el paso hasta el último rincón de nuestro orgullo.
La barca en que se ha ido no lleva cruces de olvido.
Se hunde de cruces de amor.
Se hunde del peso de todos los amores que hemos sentido.
Qué quiere que le escriba, mi querida Chavela
que nos ha jodido.


martes, 24 de julio de 2012

Y Wendy

"Y, sin embargo, me alegro de haber nacido, y, aunque la vida que llevamos los hombres en el planeta Tierra  sea (para unos más que para otros) loca, entendí muy pronto que no iba a disponer de otra y que lo mejor sería devorar esta con glotonería, ávida de todos sus sabores, de todo cuanto pudiera ofrecerme, que ha sido mucho. A veces siento tentaciones de sumar mi voz a la de Violeta Parra, pero me da corte dirigirme en esos tonos de loa y gratitud a una señora, la vida, que no me han presentado. Si, cosa que no creo, soy consciente en el momento de mi muerte de que me estoy muriendo, me reconfortará pensar que nada me he perdido por prudencia y pereza, que le he arrancado a bocados a la vida- a las buenas o a las malas, y algunas veces a un precio exorbitante, por eso me siento exonerada de darle las gracias- cuanto ha puesto a mi alcance"

"Confesiones de una vieja dama indigna",

Esther Tusquets

Ayer en el obituario del facebook se propagaba la noticia de la muerte de Esther Tusquets. A mí, que con los años se me ha quitado cualquier vena groupie en lo que a literatura se refiere, se me quedó la boca seca, un sentimiento de orfandad inconfesable y me empezaron a venir a la mente frases, citas, sensaciones vividas al abrigo de las novelas de esta dama. Hoy apenas he dormido- por la proximidad de los finales, que no se me dan nada bien, y ya estamos en julio, tiempo de descuento- y en mitad del insomnio me he puesto a buscar sus libros en la estantería. No he parado hasta dar con "El mismo mar de todos los veranos" al que ya casi se le caen las tapas de tanto roce. En la segunda página he encontrado su letra microscópica, de escritora escondida.  Me he acordado de la tarde que le pregunté por qué Wendy (la novela arranca con esa cita de John Barrie, "Y Wendy creció") y me dió la respuesta más sencilla y fulminante del mundo: Porque creció. Casi me he puesto a temblar.
Ya sé que los periódicos hoy glosaban a Uribarri (nada que objetar) pero a mí me sigue pesando la Tusquets. Ojalá el cariño que regalaba convertido en hormigas en su dedicatoria se transforme en un trocito de herencia. Que no nos abandone nunca su glotonería ni su indignidad deslenguada.
Que ella y la otra señora de la literatura española, Carmen Martín Gaite, con su boina, nos protejan.


viernes, 20 de julio de 2012

La balsa

Siempre pienso que mi cama es una balsa, pero no me dí cuenta del por qué hasta anoche. En verano, y en meses tunecinos como este abro las persianas y duermo al revés, con los pies en la almohada y la cabeza en el ángulo inferior. Ignoro por qué motivo pero cuando empieza el calor necesito dejar un brazo colgando, que toque el suelo y los pies en equilibrio en el otro extremo. Cerrar los ojos entre el azul de las paredes y con un poco de brisa imaginar que floto. Que estoy meciéndome en el agua, sobre una colchoneta y que mi cuarto no es mi cuarto, sino una piscina. Cuando los días se giran y terminan con una de esas tormentas que explotan en rayos sigo en mi balsa, me cojo a sus bordes y llamo a mis gatas para que se suban al arca. Si hay que sobrevivir al diluvio que sea con ellas, lo demás son objetos.  No sé qué motivo escondido tendré para necesitar estas travesías mientras sueño, pero la verdad es que a veces me despierto en mitad de la noche y tengo la sensación de estar surcando mares desconocidos, llenos de nubes y olas. En esos momentos pienso que lo tengo todo en la balsa, que si debo naufragar me agarraré a la memoria para salvarme y que sea lo que sea la costa que me espera, seré capaz de seguir viviendo contándome historias. Justine y Frida me miran con escepticismo y lo entiendo, pero lo creo de verdad, no es metáfora.