viernes, 1 de junio de 2012

Clandestino

Se ha despertado el verano o esa sensación de que las vacaciones, el tiempo descontrolado están cerca. A media mañana mientras me encontraba rodeada de lápices de colores ha llegado este paisaje por wassup- qué sería de nosotros sin la mensajería gratuita- y he tenido que descalzarme, parar los plazos aunque fuera por dos minutos y ponerme a soñar con lo que aún tenemos por delante, con lo que podemos estrenar. Y estos días que parecen cargados de malas noticias- no me acuesto sin saber de un cáncer nuevo, que se te agarra a la garganta y te va secando la voz- de intervenciones por la puerta de atrás, de grandes fortunas a costa de ahorros pequeños, estos días parece que haya q excusarse hasta para soñar. Y no, no quiero. No quiero olvidarme de que también existen esos paraísos pequeños, esos oasis en mitad del infierno de los mercados, esos ratos de calma y disfrute que no nos boicotea la prima de riesgo. 
Hoy se ha despertado junio y viernes.
Hay un casino clandestino escondido tras una puerta del barrio, en el que se reúnen los malos de la avenida para apostar. Sobre la barra se apilan las botellas de whisky escocés o la ginebra de extraperlo, sobre la mesa donde antes triunfaba el black jack nosotros pondremos el monopoly o el risk, como hacíamos hace mucho tiempo y te esperaré sentada para echarnos unas partidas, comprar Velázquez, Serrano, pozos petrolíferos en Panamá. 
Porque hoy ha empezado el verano y hay que seguir haciendo juego.
Aunque cueste decirlo en voz alta y parezca un vicio clandestino soñar.

domingo, 27 de mayo de 2012

Entre guerras y chicas de revista

"Lo primero que llamaba la atención de Gay era su forma de comportarse, como si estuviera disfrazada de sí misma"

"Una auténtica chica de revista"
Zelda Fitzgerald,
 College humor 1929

Gracias a Benjamín - al que no le pongo voz pero sí mil imágenes- descubrí el otro día las ilustraciones de la revista La Vie Parisienne. La revista comenzó recogiendo la vida social y literaria más chic de la Bèlle epòque y en época de entreguerras se convirtió en una publicación erótica gracias a los artistas que colaboraban con ella y a los artículos o relatos plagados de dobles sentidos que publicaban. Al principio debió de ser una revista de cotilleos y tendencias de la época- que no sé si tomaba el nombre de la ópera de Offenbach o al revés, pero terminó por convertirse en una revista masculina de contenido erótico y en ocasiones prohibido.
Ha coincidido este hallazgo con otro, el de un delicado cuento de Zelda Fitzgerald en la recopilación publicada por RBA- "Pizcas de paraíso"-  El  relato  fue publicado en 1929 como obra de los dos, F.Scott y Zelda Fitzgerald, aunque en realidad lo escribió ella. Se titula "Una auténtica chica de revista " y es, básicamente,  un  retrato impresionista de una mujer que lucha contra la soledad. Lo importante no es tanto el tema como el modo en que Zelda Fizgerald lo dibuja. Es una historia descarnada pero tan hermosa que la tristeza  aparece oculta entre lineas de una forma subterránea, sutil. El cuento resulta tan hermoso como las ilustraciones de La vie Parisienne con las que coincidió al ser publicado. No sé si ha sido por culpa de la sincronicidad que defendía Jüng que han llegado a mí en el mismo momento, en una temporada en la que todo me devuelve a los años veinte, cuando Europa se desdibujaba tras la primera Guerra Mundial y recibía a aquellos turistas norteamericanos que brindaban con champán francés entre las rocas.
Lo extraño es que mientras leía el cuento de Zelda Fitzgerald se me ha enredado una canción de la Costa Brava entre ideas y no he podido soltarla en todo el día. Se trata de "Natalia Verbeke", el cuarto tema de "Los días más largos", una canción que con una mezcla de letra y música bellísima, oscila entre la nostalgia y la intensidad de vivir. Algo parecido a lo que se desprende del relato de Zelda Fitzgerald y de la delicadeza de las imágenes de la parisienne. Así que he pasado el domingo sin muchas ganas de hablar y pensando en un plan B.










martes, 15 de mayo de 2012

La gracia (del mar)

Con tanto trabajo, tanta Bankia, tanto hacer economías, tanto perdón descolocado me estaba pasando como al marino de Mishima, que he estado a punto de perder la gracia del mar (una de mis novelas favoritas con título para robarle a  la historia de la  literatura: "El marino que perdió la gracia del mar") Supongo que yo soy así, caótica, desestructurada y con ese presente contínuo- el lado ing que la  mayor parte de las veces asusta y en las otras ocasiones resulta divertido- aunque me agote. Que no debo renunciar a él ni cambiarlo por una vida más de Nancy callejera, señorita de provincias por lo que tanto me esfuerzo. Digamos que en las últimas semanas me he dado cuenta de que mi lado oscuro, como en el lado acuático del marino, reside mi fuerza. Ya no hablo de  mi apariencia frente a los demás, no. Hablo de la energía que saco de la contradicción- barrio residencial en el que habito, mi reserva petrolífera-del contínuo estar re-haciendo, re-pensando, re-estructurando, re-inventando que es lo que me hace estar más viva. Así que los esfuerzos de los últimos años por llevar una vida ordenada, de caligrafía inglesa, con mis plantas, mi cocina mágica, mi austeridad consumista, mi sobriedad en los cócteles...están muy bien como galería de obras del fallido propósito de enmienda, pero que si no los salpico con un poco de "déjame en paz" me acaban matando.
Por eso soñaba con piscinas, todas las tardes, al volver a casa.
La semana pasada, sobretodo, al cerrar la puerta de la calle del despacho y tropezarme con los bostezos de la calle mayor imaginaba que una inundación de las buenas convertía mi camino de regreso en piscina y que, con música de fondo (Esta temporada pertenece por completo a Linda Mirada, "Con mi tiempo y el progreso" , el disco que me está haciendo escribir y soñar) dando unas brazadas estilosísimas- yo cuando me imagino que nado, como mínimo soy Charlene Wittstock- estaba llegando a Estocolmo, poquito a poco, sin grandes estridencias a lo David Meca, sorteando las islas, resistiendo el frío, observando los bosques de las riberas. Ay.
Fue entonces, cuando esperaba encontrar un pasillo de abedules en el portal de mi casa y me tropecé con la reunión anual de la comunidad de vecinos- que es más un selva-, cuando supe que estaba perdiendo la gracia del mar. Que con tanto esfuerzo por seguir adelante, enfrentar las cosas con calma, no dejar para mañana lo que podía hacer ayer y este agobio de perfeccionista que se arrepiente del tiempo muerto, me estaba despistando. Que ya no era que viviera sin vivir en mí, que aún hubiera soportado el lapsus, sino que tanto control de gastos, tanta reforma penal encubierta, tanta acritud en los gestos, me estaba interviniendo, nacionalizando a mi pesar.
Así que solté los lastres y volví a mi caos de libros revueltos, cervezas en la terraza y prisas por no hacer nada. Regresé al Terra milles con Magda el sábado y bebimos, charlamos, nos peleamos con Teo- su hijo, de veintiún meses- por la bacora- un atún pequeñito que allí cocinan a la plancha con sal gorda y que se queda jugosísimo y medio japonés entre los barcos- ensalzamos la vida de las gaviotas y maldijimos a Rato, Gallardón y a todos sus secuaces entre sorbos de un gintonic apacible- como deben ser los gintonics- a media tarde.
El domingo el brote de mi yo más manga, estaba cogiendo sitio en mi agenda. Me desperté pronto, cambié de sitio algunas plantas de la terraza, me enzarcé en una lucha propia de Star Wars contra las hormigas y un bicho parecido al pulgón  que asola una de mis buganvillas y después preparé el set básico para el picnic. Nos fuimos a una de las calitas de la Renegá- zona de la costa de Oropesa, donde hay pinos y rocas fundamentalmente- hicimos una instalación de sombrilla-esterilla de propaganda+ tuppers+platos de barbapapá, nos quitamos la parte de arriba del bikini (hay algo de mí que apunta maneras de señora liberada de los setenta, más que el nudismo me gusta el destape, hay algo en mí más decadente que mi cuerpo y yo creo que son los restos en el subconsciente de cierta cultura de la transición) y nos dimos el primer baño del verano. Así los tres- Magda, Teo y yo- parecíamos una pareja de Modern Family, pero nos reímos de las etiquetas ajenas a nosotras y propias del universo de provincias q nos da la vuelta, mientras Teo intentaba hacer una luna de arena en la orilla del mar y todas se le escapaban.
Al llegar a casa tenía la espalda color de las flores de mi bungavilla, culo de mandril, entre fucsia y rojo fluorescente. Me picaban los ojos del salitre y parecía que verdaderamente hubiera ido a Cabo Norte a nado. Abrí el suplemento del País que por la mañana, con el ansia de la vajilla de Zara que regalan con cartilla de puntos- como libro de familia del racionamiento-, me había agenciado y encontré la primavera de Hockney.
Oh.
Tremendo "Oh" deslumbrado.
Me fascina este hombre. Me puedo poner a escuchar a sus parejas pop durante horas y encontrarle sentido a los silencios y las turbulencias que se escapan de los lienzos- deténganse frente a uno de sus cuadros y pongan en el ipod "Secundario" de Linda Mirada, y comprenderán lo que les digo- me fascinan como a él el icono de los sesenta del que antes hablaba, las piscinas. Todo lo que sucede en sus bordes de hormigón ( de ahí mi fijación por una película de la que alguna vez he hablado "El nadador" de Burt lancaster)  y cómo las ha ido transformando a través de sus composiciones de polaroids, al igual que con sus retratos. Pero ahora, después de enterarme por un suplemento del domingo (así no soy ni seré nunca moderna de pueblo, ni hipster ni ná de ná)  enloquezco con sus bosques de los Wolds, en pleno corazón de Inglaterra.
 Y me deslumbra entre los detalles de su universo la inquietud de este hombre que a sus ochenta y tres años, ha descubierto el ipad y  la carne de pixel - que no es transparente-  y se ha puesto a utilizar su tableta como un niño pequeño su xbox, con fiebre y ha logrado meternos en el bosque tras él, para acompañarle en el caos de su vejez o en el túnel de sus últimos años.
Hockney le ha pillado la gracia al mundo. Al legado de Steve Jobs. A los pueblos pequeños. Hockney no ha perdido la gracia del mar y eso es algo tan heroico, que he dejado de soñar con archipiélagos suecos.
Ahora solo pienso en carreteras secundarias inglesas y en que, con lo largo que me ha salido este post sin pretenderlo, vuelvo a llegar tarde a trabajar.

viernes, 27 de abril de 2012

Ojos rojos

Llevo unas cuantas semanas saliendo del despacho demasiado tarde y encontrándome, al mirarme en el espejo del ascensor, que los ojos los tengo enrojecidos, agotados, como si se hubieran vuelto de plástico. Lo de los ojos es lo de menos, lo peor es el ánimo con el que salgo a la calle después de lo que se cuece en los tribunales. Hoy no hablo de su acierto o desacierto, sino de la gente en sí, de los problemas que surgen todos los días y que a menudo te rompen el corazón. Ultimamente- para qué mentir- los divorcios están destrozando mi "confianza en la bondad de los desconocidos" y sin embargo me siento más Blanche Du Bois que nunca. Espero que pase algo "mágico"- cómo odio el abuso de esta palabra gracias al tándem Coelho-Buccay y por el contrario, cuánto me gusta en la voz de Vivien leigh en "Un tranvía llamado deseo"- que cambie el escenario o transforme el carácter de algunos personajes; sueño con entretenerme decorando bombillas o embarcada en un proyecto bonito que  atenúe la aspereza de la realidad.
A veces me imagino en ese rincón de Lolina's de la fotografía pasando las mañanas entre mis libretas y café (o té mejor) con leche.
Otro día hablamos del síndrome de las libretas que con tanto acierto me diagnosticó Magenta el sábado.

miércoles, 25 de abril de 2012

De Willendorf

De varices. Esta mañana han operado a mi madre de varices, o de una variz gigante que tenía el mismo grosor que su femoral. Todo ha ido muy bien y ya está en casa, pero nos hemos pasado el día en el hospital. El aire de esos sitios es mucho más denso. Al salir a la calle hemos comentado las dos lo bien que se respira fuera y lo barato que sale. Pero ese no es el tema, centrémonos. A la hora de comer nos hemos quedado solas. Ella parecía una compinche de peterpan, con el camisón de papel verde oscuro y mal recortado que le han puesto.  Cabeceaba entre los restos de anestesia. Yo me he sentado junto a la cama y he sacado el programa de The life and death of Marina Abramovic que Belu- mi amiga Belu- me regaló el viernes y me lo he leído todo para llenar las horas. Hasta los patrocinadores particulares del Teatro Real. Pregúntenme, me sé los logos de los mecenas. Al llegar al rodilludio (kneeplay) III ("La lista de madre") he encontrado estas estrofas que, bajo el epígrafe genérico de "Cocina del espíritu" me han reconciliado con el sitio y con mi herencia de la Venus de Willendorf.
Que las disfruten. Hoy no doy pá más.

"Receta 1
Con un cuchillo afilado
hacer un corte profundo
en el dedo medio
de la mano izquierda;
Comer el dolor.

Receta 2
En momentos de duda
deja una pequeña
piedra de meteorito
en tu boca.

Receta 3
De rodillas,
limpia el suelo.
Con tu respiración
inhala el polvo.

Receta 4
Coge trece hojas enteras
de col verde.
Con trece mil gramos
De puros celos
Pon a cocer durante mucho tiempo
En una cacerola honda de hierro
Hasta que se evapore toda el agua.
Cómelo justo antes del ataque

Receta 5
Mezcla leche de pecho fresca
Con leche de esperma fresca;
Bebe en noches de terremoto.

Receta 6
De cara a la pared
Come ocho pimientos rojos picantes

Receta 7
Orina matutina fresca
verterla sobre
sueños de pesadilla

Receta 8
Mezclar una gota de vergüenza con una gota de agua
Tomar una pequeña cantidad antes de llorar.

Receta 9
Dar vueltas hasta perder la consciencia
Intentar comer todas las preguntas del día."

ps. Cuando sea rica y famosa me voy a comprar las piernas de Cyd Charisse, o las de Charlize Theron, que lo mismo me dá. No me pienso apear de la minifalda. Prepárense.