Llevo unas cuantas semanas saliendo del despacho demasiado tarde y encontrándome, al mirarme en el espejo del ascensor, que los ojos los tengo enrojecidos, agotados, como si se hubieran vuelto de plástico. Lo de los ojos es lo de menos, lo peor es el ánimo con el que salgo a la calle después de lo que se cuece en los tribunales. Hoy no hablo de su acierto o desacierto, sino de la gente en sí, de los problemas que surgen todos los días y que a menudo te rompen el corazón. Ultimamente- para qué mentir- los divorcios están destrozando mi "confianza en la bondad de los desconocidos" y sin embargo me siento más Blanche Du Bois que nunca. Espero que pase algo "mágico"- cómo odio el abuso de esta palabra gracias al tándem Coelho-Buccay y por el contrario, cuánto me gusta en la voz de Vivien leigh en "Un tranvía llamado deseo"- que cambie el escenario o transforme el carácter de algunos personajes; sueño con entretenerme decorando bombillas o embarcada en un proyecto bonito que atenúe la aspereza de la realidad.
A veces me imagino en ese rincón de Lolina's de la fotografía pasando las mañanas entre mis libretas y café (o té mejor) con leche.
Otro día hablamos del síndrome de las libretas que con tanto acierto me diagnosticó Magenta el sábado.

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