Volvemos a la rutina. Se han acabado las procesiones, las meriendas en el paddle, los concursos de paellas y los anuncios de ofertas última hora en las agencias de viaje. Ya no nos importunan con sus contradictorios pronósticos los trabajadores del tiempo: qué más dá la lluvia y el sol si ahora empezamos el régimen y nuestros hoteles ya han dicho adiós a los madrileños.
En levante los madrileños llegan hechizados por el último bloque de noticias de los teldiarios y se marchan confusos y con los náuticos empapados, aburridos de pasarse el viernes santo detrás de una cristalera, jugando a las cartas o contando las horas que les quedan para volver a rebozarse en la M-30. Pobre gente. En cuanto pagan la cuenta y dejan la bici en el maletero se abren hueco entre las nubes los primeros rayos de sol, y como escondidos debajo del asfalto salimos de paseo los provincianos: camisetas, chanclas y bañador.
Así despedimos la Semana Santa, a golpe de huevo duro (el de la mona), el lunes de Pascua.
Y así volvemos en mitad de un martes a la mediocridad de una ciudad que se va despertando. Ha sido un mes intenso. El tiempo nos ha acompañado: comenzó la primavera con el primer cohete y esta mañana en la que todo se acaba ha amanecido nublado.
Y qué.
Se ha quedado en el aire la sensación de estreno, de haber heredado de nuestra hermana mayor su vestido de verano favorito: uno azul, con escote de pico, ceñido en la cintura, con vuelo.
Empieza una nueva etapa.
Vinieron The New Raemon, Ricardo Vicente y Francisco Nixon a presentar su último disco en el Four Seasons. Casi cierran la gira aquí, pero después se marcharon a poner el mapa político bocabajo y terminaron en Sevilla. Fue un viernes distinto, tal vez el mejor del año. Hubo canciones nuevas y muchas sonrisas. Galeras en el Terra Milles y ganas de que vuelvan cuando quieran que están entre amigos.
Va llegando gente nueva a nuestras vidas, personas que tal vez estuviéramos buscando toda la vida y que de repente son la chica de la puerta de al lado y tienen la frescura en la risa de los zumos de naranja.
Se nos pasan los días sentados cerquita de ellos, disfrutando.
Murió Mingote y a mí me quedó la certeza de que el paraíso no tiene que ver con un hotel de Tanzania, de cinco estrellas, donde esperes que denys Finch-hutton sienta morriña por los cuentos de la granja debajo de las colinas de Ngong, sino q es algo más sencillo.
Tal vez solo bastan las ganas de quedarse.
De seguir cerca.
Entre ciudades dormitorio, postales del extranjero, comidas con familia, quintas temporadas, actualidad informativa, gintonics de los Panero y cuentos de Scott Fitzgerald.
Buscar un pisito.
Esperar a que se muera la vieja. Montar un picnic entre los andamios. Planear una guía sentimental de Madrid. Reencontrarnos al cabo de diez años. Pensar que perdimos más con la tristeza.
No sé.
A veces bajo de Playetas, con el coche y al vislumbrar la bahía de Benicàssim, con el Voramar a la izquierda- tal y como sale en la foto, parada en el semáforo- pienso que todo está por empezar y que aquello con lo que soñaba (el vestido de verano, azul con escote de pico y vuelo) no está lejos.

4 comentarios:
Incluso aquí, paraíso sin playa, tus palabras nos traen el olor a salitre, el color del sol y esa sensación de dejar que el tiempo transcurra con la única obligación de ser felices.
Leerte es la maravilla: poesía en vena.
gracias, Anónimo. Besos,
eva
Sí, es cierto, leerte es poesía en vena, pero no sólo comparto la afirmación de ANÓNIMO sino la tuya: TODO ESTÁ POR EMPEZAR. Tengo esa extraña sensación recorriéndome día y noche, y no sólo para ti, sino también para OTRA CHICA DE LA PUERTA DE AL LADO (de tu despacho) ESA PUERTA DE LA QUE SE DESPRENDE INTENSO AROMA A MEZCOLANZA DE PERFUMES, ambas, las dos, tenéis un mundo por empezar a vivir y a disfrutar.
Soony
Todo por empezar Sonia: tiempo y vitaminas. Ella también. Todos seguiremos viviendo y cada vez, mejor. Un abrazo fuerte para las dos
eva
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