
Seguimos a la espera de noticias, Jaime evoluciona favorablemente pero con lentitud. Sigue en la unidad de cuidados intensivos peleando. Nosotros podemos verle a través del cristal. Yo espero turno en la fila, quizás mañana me toque pasar la tarde allí. Tengo muchas ganas de acercarme, pero no podemos ser los Vargas y los Heredia y acampar en la salita de espera de intensivos durante este tiempo, aunque estamos a punto de hacerlo.
Una vez allí te das cuenta de cuánta gente vive en un hospital. Ayer lo comentaba con mi amiga Carmen, que por desgracia de esto sabe mucho y las dos coincidíamos en que entre esa población hay gente muy muy buena.
El día del transplante hubo un gesto que me impresionó. Antes de entrar en quirófano pasó por la habitación de Jaime un chico, de unos cincuenta años, rebosante de sonrisas y de salud. Iba con el pijama azul de los enfermos y tenía la voz afónica- "es de una gripe", nos explicó- se llamaba también Jaime y venía a animar a mi primo, bueno a mi sobrino. A él le habían hecho el transplante en agosto y estaba feliz, contento; decía que su vida había cambiado y que esto era muy fácil que no se preocupara. El chico era tan alegre, tan dulce que daban ganas de llevárselo a casa. Jaime- el nuestro- se estuvo riendo con él un rato. Quedaron en verse después de la operación, porque Jaime 2 pensaba estar unos días por la Fé con pruebas y controles rutinarios.
A las diez, cuando llevábamos más de seis horas de espera, Jaime 2 volvió a aparecer por la sala de espera con su mujer. Los dos sonreían: "Tranquilos.... si yo estuve ahí dentro siete horas..." Y la mujer añadía: "después nos pasamos las vacaciones de verano aquí, los dos solitos en el Balneario la Fé..." y le restaban importancia a todo. Estuvieron mucho rato con nosotros y coincidió su visita con el momento más temido, el de la salida del quirófano de los médicos.
En cuanto nos llamaron un silencio pétreo cayó sobre la sala. Uno a uno se fueron aproximando al cirujano los familiares más directos. Yo me aparté un poco, me escondí cerca de la pared, por miedo a no saber cómo reaccionar ante lo que nos iban a decir. El médico parecía muy preocupado, todo estaba más oscuro. Comenzó diciendo que había sido una operación difícil pero que había salido bien. Bajé la mirada y busqué la de mi hermano que estaba un poco más allá y entonces descubrí a Jaime 2 muy cerca de mí, con los ojos turbios, empañados por las lágrimas, suspirando y dándose palmaditas sobre el lado izquierdo del pecho, como si aplaudiera con su nuevo corazón. No podía sonreir porque los labios le temblaban.
Nos miramos un segundo y no puede aguantar la intensidad de aquel gesto así que me aparté un poco y me escondí aún más. Quería ser solo ojos y oídos. Quería borrar el resto de mi cuerpo, ser invisible allí.
Un hospital es un mundo paralelo, subterráneo en el que no solemos pensar hasta que no nos vemos obligados a acudir. Pero hay muchísima gente que ha trasladado su rutina a esos pasillos donde los segundos pesan el doble, a esas habitaciones que tienen las goteras y los cables como único paisaje. Los pijamas malvas de las señoras de la limpieza son sus margaritas, el trapicheo de comidas de los acompañantes ("te he traído a escondidas, pero que no se enteren...") su mercadillo de delikatessen. Los días transcurren sin brújula que indique por dónde sopla el viento, los rostros adquieren la tonalidad amarilla del bronceado de los fluorescentes y pese a ese extraño complejo de túneles, bandejas de plástico y bolsas con suero la gente desarrolla una capacidad extraordinaria para regalar todo un muestrario de sonrisas. A mí los habitantes del hospital me recuerdan a los Fraguel,por la alegría que son capaces de sacar de lo más hondo del subsuelo.
Así que con la mano en el pecho, me declaro habitante de Fraguel Rock.
3 comentarios:
Qué bueno lo de los Fraguel... es verdad, hay gente muy buena. Espero que Jaime siga muy bien y que dentro de poco esté animando a otros, como hace Jaime 2. Mucha fuerza para él y ánimo para vosotros.
Besos
Uf, qué duro... Me alegro de que todo haya salido bien. Muy bien.
Cuando he leído tu post me he acordado de José (Carmen). Recuerdo que cuando ingresaba en el hospital decía estoy en el "All included"....me ponen la pulserita y hala, a pedir, que todo es gratis. Era capaz de ponerle sentido del humor a las situaciones más duras. Y sí, como bien apuntas, Carmen sabe lo que es vivir ya no sólo en un hospital sino no salir durante una cuarentena de un cuarto de escasos metros cuadrados, alejado del mundo y de la civilización, todo esterilizado, con máscara, viendo a la familia y amigos a través del cristal, y también he recordado con la alusión al mercadillo hospitalario, el trapicheo de café del bueno con la mujer de morado, una de las margaritas del hospital. Todo irá bien, If....ya verás.......Un besito a Jaime y mi más sinceros respetos a Jaime 2
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