miércoles, 11 de marzo de 2009

La revancha



"Oh she sings shangri-la
Oh she sings shangri-la"

"Huckleberry grove", by Ocean Colour Scene.

Para Nínive Drake este borrador de cuento mañanero en su feliz sí cumpleaños.Besos, miss pennigstone, y que cumplas muchos más.


Uno se acostumbra a tener tres ciudades de origen y a no ser de ninguna de ellas. Mi padre era de Barcelona, mi madre de Alicante y yo nací en Calpe un verano. Después nos fuimos a vivir a Madrid y solo regresábamos a Calpe en vacaciones, casi para celebrar mis cumpleaños. La culpa de nuestro carácter nómada la tenía mi padre, que había visto demasiadas películas durante su juventud y confundía a su familia con un carromato de zíngaros. De Madrid pasamos a Soria, después a León donde me apuntaron a los jesuitas y estuve el tiempo suficiente para que me admitieran en el equipo de futbito. No llegué a ser pichichi porque mi padre decidió que era bueno un cambio para nosotros- "¿otro más?" contesté yo frente a un plato con bistec y patatas fritas- y buscamos piso cerca de un parque en Pamplona. Allí mi madre entristeció por la falta de sol- en Soria y León no es que viviéramos en el Caribe, pero el cielo era más témpera- y le pidió por primera vez al funcionario más viajado de toda la península que era mi padre que nos fuéramos hacia el sur. Influenciado por la lectura de Lorca- supongo- que había consumido su adolescencia llegamos a Granada y allí aprendí a comprar cigarros a dos pesetas, perderme por los callejones del Albayzín y a masticar chicles de menta antes de llegar a casa para que no se notara que había bebido.
Nunca le tuve apego a ningún lugar. Las ciudades eran similares, los colegios más o menos fríos y el invierno siempre se me hacía demasiado largo. Todo mi paisaje cabía dentro de una maleta: tres libros, el Sargent Peppers de los Beatles, mi manta de las siestas y la camiseta de la selección española de la eurocopa del 84. Poco más. La rutina podía cambiar de temperatura y ser más o menos divertida, pero era algo transitorio, porque tanto mi madre como yo sabíamos que en cualquier momento podíamos escuchar la frase "he cambiado de destino" y vernos sentados en el coche con rumbo a otra capital de provincia. De ese modo yo le perdí respeto al destino - término que a otros asusta- desde que tuve uso de razón.
El único punto geográfico que conocí como coordenada de mi vida fue Calpe, porque viviéramos donde viviéramos mi madre nunca consintió en dejar de pasar allí las vacaciones de verano. Decía que era su tierra- aunque había crecido en Alicante- y que ese rincón la costa levantina le había dado toda la felicidad del mundo. Lo decía como quien dicta sentecia, y como ella no solía levantar la voz y solo ante este tema adoptaba un tono vehemente, sus palabras adquirían rango de ley .Por eso, cada año, al terminar el colegio ella y yo hacíamos las maletas, nos subíamos en un tren y nos marchábamos a un pequeño apartamento frente a la playa que alquilábamos verano tras verano. Allí esperábamos a mi padre jugando a las palas en la Cala del Morelló o alquilando un patín en la playa del Arenal-Bol, siempre a la sombra del Peñón de Ifach. A veces subíamos a Alicante para ver a mis tías, las hermanas de mi madre y pasar el día con ellas en San Juan. Mis primos eran todos más pequeños que yo - los recuerdo siempre aprendiendo a andar- y a mí me tocaba evitar que se acercaran al agua o que se llenaran la boca de arena. Tras unas horas allí mi madre y yo, que teníamos un carácter más solitario, notábamos que nos comenzaban a pesar los edificios de San Juan, nos dolía la cabeza de tantas palabras y confundíamos a la gente, así que después de merendar un mantecado volvíamos a coger un tren y regresábamos a Calpe, el pueblecito donde decíamos "estar en casa".
Fue allí donde conocí a Noelia, mi primera amiga de la infancia. Noelia tampoco era del pueblo, pero, como yo, veraneaba allí. Vivía con sus padres y su hermana en Valencia, pero en verano como al padre le encantaba esta zona de Alicante se trasladaban al apartamento contiguo al que ocupábamos nosotros. Ella tenía mi edad, bueno, en realidad tenía diecisiete meses menos- yo nací en agosto de 1972, ella en enero del 74- pero eso era casi de mi edad. Nos la encontrábamos con sus padres en la playa, siempre a la hora en que ellos subían con todos los trastos para ir a comer y nosotros bajábamos con un par de toallas, la sábana aún pegada y el libro en la mano. Noelia siempre iba la última, arrastrando los pies en la arena, medio enfurruñada, quejándose de todo: de los horarios, de la familia, de la fanta del chiringuito, de la bandera roja y cuando nos mirábamos aún fruncía más el ceño. Parecía que quisiera asustarme: "ni se te ocurra hablarme que muerdo".
Por las tardes mientras mi madre y yo comíamos a deshora escuchando suavecito a los Beatles, sus padres dormían la siesta y encerraban a las niñas, como si fueran fieras, en la terraza, para asegurarse el silencio. Su hermana, que era más pequeña, se entretenía con una Nancy rayada y medio calva que tenía, mientras ella, tumbada en un balancín con sus rockys azules y blancos, pasaba páginas de algún libro de "Los cinco" y me espiaba de reojo cuando yo me asomaba para mirar el mar.
Así empezamos a hablar una tarde en que el aburrimiento de la siesta se le debió antojar un castigo insoportable y así nos hicimos amigos. Noelia era lista, rápida, un pelín chuleta y más cabezota que yo, pero tenía muchas ideas y casi todas eran divertidas. Además se conocía Calpe como nadie porque se escapaba a menudo del apartamento mientras sus padres jugaban con su hermana en el jardín y me enseñó donde podía comprar chuches y tebeos- a ella le encantaban los de superhéroes- a dos calles de nuestra casa. Sabía jugar a las chapas, algo que ante mis ojos la convertía en digna de toda la confianza del mundo, y aunque fuera del Valencia- nadie es perfecto- y yo del Real Madrid ( por proximidad), no solía hacerme trampas aunque llevaba mal que yo fuera mejor que ella y si le ganaba siempre me pedía la revancha.
Noelia se convirtió desde que la conocí en la primera amiga de toda la vida. Mi familia saltaba de ciudad en ciudad como si fuéramos fugitivos, yo pasaba por todos los colegios cercanos a los pisos que alquilábamos donde siempre era "el nuevo" y como no solíamos quedarnos mucho tiempo, tampoco conseguía meterme en ningún grupo, así que siempre era el calcetín suelto. A mí no me importaba demasiado, tenía mi mundo, mis libros, mi música, el fútbol y a mi amiga Noelia. En verano me pasaba el día jugando con ella, en invierno apenas nos escribíamos un par de cartas, las suyas con más tachones que las mías, pero cuando llegaba julio y nos veíamos nos faltaban las horas para estar juntos. Íbamos al cine de verano, compartíamos mi monopatín y su bicicleta y el día de mi cumpleaños- el tres de agosto- cuando mi padre ya había recalado por allí, nos invitaba a comer a todos en el frankfurt y ese era el día favorito del verano de Noelia. Ese día no importaban los horarios, ni las duchas antes de comer, ni las siestas. Ese día lo único en lo que nos concentrábamos era en las patatas fritas con ketchup y en la partida en el minigolf al final de la tarde.
Mi padre tuvo un infarto cuando yo ya había cumplido los quince años y enfermó del corazón. Por aquella época habíamos vuelto a Madrid y vivíamos en un piso en Arturo Soria. Mi madre comenzó a trabajar en una tienda de regalos para mantener la economía familiar y que las bajas de mi padre no nos impidieran salir adelante. Poco a poco mi padre se fue recuperando pero ya no fue el mismo hombre inquieto que habíamos conocido. Su vida comenzó a conocer una palabra que antes ni siquera hubiéramos imaginado, "límites". Redujo su jornada, dejó de fumar y daba largos paseos con mi madre cuando esta llegaba a casa. Yo iba entonces al Ramiro de Maeztu y allí, cómo no, cambié mi afición por el fútbol a querer formar parte del equipo de baloncesto. Empecé a tener un grupo de amigos con los que quedaba los sábados para echar algún partidillo o ir al cine. Aprendí a vivir entre autobuses y semáforos. No lo llevaba mal: me gustaba esa vida, mitad en mi propia burbuja, mitad entre mis compañeros del colegio. Aún así no llegué a hacerme ningún amigo de verdad, ninguno como lo era Noelia.
Aquel verano no volvimos a Calpe. No podíamos permitirnos el coste que suponía alquilar nuestro apartamento. Mi madre y yo fuimos un fin de semana a Alicante para ver a su familia y ella me preguntó si quería que nos acercáramos a pasar el día en nuestra playa junto al Peñón de Ifach. Le dije que no, por primera vez en mi vida sentía un pellizco de dolor en el estómago, o en el esternón, no sé bien dónde, pero sabía que era nostalgia. Echaba de menos mis veranos, mis tardes en la terraza, mis carreras por el Paseo Infanta. Echaba de menos a Noelia y me sentía muy vulnerable porque nunca antes había sentido algo así. Regresamos los dos a Arturo Soria cabizbajos y ensombrecidos, conscientes de que habíamos perdido algo esencial en nuestras vidas. Mi padre se dió cuenta nada más vernos bajar del tren en Atocha y esa noche nos invitó a cenar en un VIPS que acababan de abrir en la calle Goya. Comimos tortitas y yo no pude soplar las velas de mi dieciseis cumpleaños.
Recibí una postal de Noelia esas Navidades: escueta y sin tachones. Se despedía de mí con besos de caligrafía redondeada, cruces y círculos. No le contesté. Guardé la postal dentro del Sargent Peppers. Años más tarde, ya en la universidad, pasé un fin de semana con unos amigos en Valencia, en Fallas. Imaginé que tal vez la encontraría en mitad de una avenida, junto al estadio o en una mascletá, entre la gente, pero no fue así. Me embolingué en el casal de debajo del piso de mis colegas nada más llegar y mantuve el estado de embriaguez durante dos días, hasta que en el autobús de vuelta casi dono mi hígado a la tierra de las flores, de la luz y del amor. En la primera parada que hicimos y mientras Alfredo, un amigo de clase, me sujetaba la cabeza para que no la metiera dentro del váter, le pregunté si en Valencia había facultad de veterinaria. No sé porqué- creo que no tenía ni idea, que nunca se lo había planteado y que no le interesaba lo más mínimo- me dijo que sí . De golpe me levanté y le cogí por los hombros, lanzándolo contra la pared del baño:" ¿Y por qué no me has llevado, gilpollas?¿Por qué?" Alfredo me apartó solo con una mano, pero como no tenía equilibrio me caí al suelo: "Pero ...¿tú estás mal tío?¿De qué coño me hablas?" me gritó.Yo sentado junto a la taza del váter solo pensaba que esa era la razón por la que no había visto a Noelia. Noelia quería ser veterinaria siempre lo dijo y yo no había ido a buscarla a su facultad. Volvimos al autobús y me quedé dormido junto a la ventanilla. Desde entonces en mi grupo de amigos, cuando se sacaban los trapos sucios de cada uno, se contaba siempre la anécdota de mi paranoia veterinaria. Yo me reía de mí mismo y callaba. Nunca le hablé a nadie de Noelia.
El verano pasado aprobé las oposiciones a juez. Soy de los mayores de mi promoción, pero eso nunca me ha importado. Ahora vivo en un apartamento alquilado en Pedralbes cerca de la Escuela Judicial. Los años de oposición han sido muy oscuros, apenas he salido y he tenido que currar en algunas temporadas y cuidar de mi padre- que sigue estando fastidiado- en otras. Pero ya soy juez y nadie me preguntará cuando lleve la toga cuánto he tardado en llegar hasta aquí. Tengo una buena nota de corte, así que supongo que podré elegir destino. No sé dónde ir. Bueno sí, se donde me gustaría ir, pero no sé si habrá plaza.Veremos.
Después de aprobar las oposiciones me pasé un verano sin hacer nada, el verano de mi vida. Me marché con interrail por Europa, estuve unos días en casa de mi novia en Galicia, hice el perro en Madrid...en fin, lo que durante los años estudiando no había hecho. Antes colgarme la mochila al hombro y casi plastificar el billete de tren hasta Estocolmo hice una cosa que a pocos he contado y que no olvidaré: Me fuí un fin de semana a Calpe, a buscar a Noelia.
Era primeros de Julio y el pueblo había cambiado mucho.De mis recuerdos solo quedaban algunas postales amarillentas en las tiendas de souvenirs. Busqué mis apartamentos- los habían derribado y habían levantado una torre más esbelta, llena de ventanales de un cristal verdoso- paseé por la Playa del Arenal-Bol, me tomé una cerveza en una terraza debajo del Peñón de Ifach. Comí en nuestro antiguo frankfurt y llené mis patatas fritas de keptchup. Por la tarde busqué una habitación en la que pasar la noche y encontré una pensión bastante decente cerca del quiosco donde Noelia y yo nos comprábamos los tebeos. Me duché, dormí un rato y antes de que anocheciera salí a dar una vuelta.Tenía quemados los hombros por el sol y me sentía despojado de lo único que realmente me había pertenecido: los veranos de mi infancia. Pasé por una farmacia y entré para comprar aftersun. Estaba llena de extranjeros y me puse a la cola. Tal vez esperé cinco minutos, no lo recuerdo, el hecho es que era julio, había mucho trabajo y solo una chica atendía en el mostrador. Delante de mí una pareja de alemanes pidió todo un muestrario de tiritas. Para matarlos y maldecir la europa de los siete y el mercado común. La chica de la farmacía iba y venia con las cajas. No la reconocí hasta que los alemanes se fueron sin comprar nada-llevaban más de media hora dando por culo- y se enfurruñó. Abrí los ojos porque no podía creérmelo. La chica frunció aún más el ceño:
- ¿Y a tí qué te pasa?¿Estás tonto o qué?- me espetó
De repente la ví arrastrando los pies, de vuelta de la playa, cargada con los cubos, los comics y la toalla. Comencé a reirme. La chica me volvió a mirar indignada y en un segundo su rostro cambió aún más
- ¡¡Nacho???- mitad incredulidad, mitad cabreo- ¿eres tú? ¡Eres un capullo!
Le temblaba la voz y a mí se me acabó la risa. Casi se me convierten las carcajadas en lágrimas.Salió del mostrador y me dió un abrazo que casi hace que derrumbe el mostrador de papillas y potitos de Nutribén
- ¡¡Noelia!!- la sujeté por los hombros, se seguía riendo como entonces con los ojos claros y enormes.
- ¿Qué haces aquí?- se apartó un poco, me miró de reojo como si le estuviera haciendo trampa y se apartó un mechón de pelo castaño de la cara.
-He venido para que me ganes a las chapas.- le susurré al oído- Y para celebrar, por fín, todos mis cumpleaños.

10 comentarios:

Anónimo dijo...

Dios, qué cuento más bonito.....me ha "maravillado"....(jaja...qué mona la referencia a Nacho, dado que se trata de un regalo a Ní...y la farmacia, y Calpe) en fin, que If, como no podía ser de otro modo: ENHORABUENA y a tí, Ní, MÁS FELICIDADES EN EL DIA DE TU CUMPLE (desde hace 5 años tengo un mal recuerdo de esta fecha.....hasta hoy...a partir de ahora lo recordaré como el día del cumple de NÍ)

Anónimo dijo...

Uy, no he firmado....la anónima es SONIA

Anónimo dijo...

Gracias Sonia.Un beso fuerte,
eva

Anónimo dijo...

Un cuento precioso, me ha gustado muchísimo... me han entrado unas ganas de que llegue ya el bello verano... que mañana me doy una vuelta por la playita.
Cuento de regalo... esto me recuerda la canción de regalo
Aquí hay mucho talento...
Y otra vez digo: ¡¡¡Feliz cumpleaños, Ní!!!
Besotes
Trini

ninive drake dijo...

AY, AYAYAYAYAYAYAYAYAY!!!! Eva, me conoces más de lo que hubiera podido imaginar, y te lo digo de verdad, he tardado en leerlo, pero ha merecido la pena... es PRECIOSO, y todavía sigo con los escalofríos por la espalda, tantos detalles de mi vida que quizá sólo te he contado una vez (o millones de veces porque hablo por los codos), es delicioso, la vida de 2 personas y los veranos, El bello Verano, ya sea de Cesare Pavese o Family pero que pasa en Calpe, Pedralbes, por Arturo Soria o cerca de Pamplona es mi cuento, desde ahora y para siempre.

Mi mejor regalo de cumpleaños, por original y por inesperado.

Un millón de besos y abrazos

evamaring dijo...

"Canción de regalo" es una de mis favoritas, así q me alegro mucho de que te haya recordado- al menos por la intención- el cuento a ella. Me ha gustado mucho ver el vídeo q añadías, con Sergio a la cabeza.Así que muchas gracias Trini.
q.nínive drake,
me alegro de que te haya gustado el borrador de tu cuento.Lo corregiré y te lo enviaré para que lo tengas sin faltas de ortografía.Me ha hecho mucha gracia lo q me dices sobre "las millones de veces" que me has contado cosas de tu vida...jajjajaj¡¡eso es una impresión que las dos tenemos pero no es real!!!
Lo cierto es que el cuento surgió d ela idea de que para mí tú, al igual q Richi, Isaac, Al, Sonia, Trini, Pascual, Guaje, Anónimamajoni y algunos que pasáis por aquí sois como aquellos amigos de verano q teníamos cuando éramos pequeños.Un beso fuerte,
eva

Anónimo dijo...

Es precioso.

Anónimo dijo...

Gracias, Yolanda.Un beso fuerte
eva

Anónimo dijo...

Eva, me ha encantado. Felicidades eres una artistaza.
Besos
Anónima majoni

evamaring dijo...

Gracias anónimajoney, pero era fácil tratándose de un regalo. Un beso enorme
eva