
Fue una tormenta seca: comenzó con rayos y algunos truenos que parecían anuncios de fiestas, pero que en seguida fueron alcanzados por la lluvia. Las gotas resbalaban por los cristales del coche y yo me adelantaba sin normas de tráfico a todas las despedidas. Hace dos meses decía que no quería irme de la Roca sin haber vivido una tormenta. Me imaginaba un cielo escarpado por nubarrones azul cobalto que me llevaba hasta el castillo y quería verlo. Quería subir hasta el mirador, donde hay un pino que se precipita hacia la nada, frente al Museo del Mar para comprobar cómo las olas envuelven las murallas. Soñaba con pisar los charcos de la calle del Suspiro, con recorrerla de balcón en balcón para guarecerme de los excesos de agosto. Pero no me creía que esa tormenta pudiera esperarme hasta el último día para no dejarme hacer nada de lo que estaba imaginando. Y para enseñarme, una vez más en este verano, que la vida en ocasiones es mucho mejor de lo que planeamos con tanto detalle.
Dejo a un lado las metáforas, para contar la verdad, que es que me fuí de Peñíscola dejándola en mitad de la lluvia y con una despedida virtual. Que bajé con desgana porque se me atragantaba la saliva de tristeza hasta el D'Tapeo. Que una vez allí pedí un pincho de tortilla, como si me exiliara a Mexico y no volviera a probar la comida española en décadas. Que me metí con Carlos- qué paciencia la suya- porque no sabía dónde ponerme al ver la playa tan sola, el Cabo Wabo azul oscuro casi negro, ni mi maletero empachado de bultos. Y que así, desbordada, escuché cómo Roberto pregonaba que era aragonés errante, de faja y jota y cómo una voz se colaba en su confesión con un "¡Viva la Virgen del Pilar!" que parecía subir del pavimento ( el tipo que lo dijo llevaba a un niño cogido de la mano y ambos encontraron el grito tan natural que ninguno de los dos- padre e hijo, supuestamente- se giraron para ver nuestra reacción ). Un grito que hace un par de meses me parecía marciano y que ahora ya me suena familiar de tantas horas de carretera (las mías o las de mis visitas) por Aragón. Que quedé con ellos en acercarme antes de Octubre para clausurar los talleres de verano a los que hemos asistido con una fideuà. Con tinto de verano. Así entrelazaremos nuestras pajitas de colores, of course.
Pero me cuesta reconocer que un poco antes había acercado el coche hasta la puerta del Engaño, donde queda mi casa, donde aún estoy escribiendo con la moleskine aunque ya no la ocupe- porque las casas nos habitan a nosotros y no al revés, como a veces pensamos- y que dí cinco vueltas a la llave. Que después, cuando nadie miraba, me acerqué a la madera tallada que al principio me hizo arrugar la nariz- qué de parador, por diósss- y la abracé sin abarcarla. Que entre susurros le dí las gracias por todo lo que me había regalado: por los desayunos en la terraza, por la ducha a turnos con la que inundábamos baño, por el grifo donde nos quitábamos la arena de la playa, por la radio de los vecinos de enfrente, por la música de Rosendo que trepaba desde el bar de abajo, el Refugio. Le dí las gracias y me marché corriendo para que no me viera con los ojos líquidos.
Peor aún es lo que ahora sigue. Me vais a llamar loca. Da igual. La noche del sábado la casa también me había hecho un guiño. Eso es lo que importa. O era ella (la casa) o el fantasma que la habitaba- según nos advirtieron al alquilarla- y que manejaba las sombras de mis fotografías (ahora luz, ahora te apago la bombilla, tú ve posando) el que decidió confirmar su presencia y nos dejó a oscuras. Las luces que estratégicamente se disponían piso a piso, tramo a tramo en esta pétrea escalera de barco se cayeron a un tiempo. Supongo que no sería por mala leche ni por realismo mágico, sino porque no querían ver cómo iba metiendo las caracolas que cogí en las Calas en una caja, al fondo de la maleta; ni cómo doblaba el pareo que convertí en cortina-azul como todos los huecos de esta casa- o cómo cerraba los ojos al encontrar una pastilla de jabón comprada en los hippies que hay junto a Porteta y recordar cuánto han olido a jazmín mis noches.
Aún así su esfuerzo no evitó que el domingo, de mañana y en penumbra, bajara hasta el primer piso. Que cogiera las fotos que trasladé para convertir el alquiler en hogar y las guardara en una bolsa de ikea. "Esto se ha acabado" pensé mil doscientas veces más y busqué razones en el cartón de la república de los proyectos independientes para emocionarme con que nos espera (dondecabendoscabentres :y por qué no cuatro, tal vez) este octubre: las ciudades, los estrenos en el cine, cursos de cocina, de fotografía, viajes, fines de semana en la montaña, converse con calcetines, vámonos pá madrid, cervezas en el Raspa, trabajo, una hucha abierta para los viajes, libros, tardes de aburrimiento y sofá, de mimos y sofá, paseos en bici, tantos...
Ahora ya es lunes y el atardecer ha llegado tan pronto que mis neuronas se han dormido antes de lo previsto y tienen la bateria justa para este post. Fuera sigue lloviendo, aunque en las fotos sonreimos y eso me alegra. No encuentro palabras para mirar a los ojos a este verano y despedirme de él. Si tuviera nombre de chico le diría que no puedo despegarme de su abrazo.
Así que hacedme el favor, despedíos por mí.
Bastarán un par de palabras, normalitas sin mucha carga sentimental. Que no me voy a Irak con los cascos azules. Una expresión coloquial de las que se utilizan en cualquier estación, sin piruetas, que soy más vulgarcita de lo que me creo.
Le decís que ha sido un placer y que me he alegrado mucho de conocerlo.
Que era verdad lo que cantaba "Family".
Que me perdone si he sido inconveniente o trágica.
Después le contáis que sobre el callejón donde juegan todas las tardes a las cartas las suecas el sábado había un cartel luminoso en el que ponía : "No pasarán".
Que yo me acordaré así de él, repitiendo esa frase: " No pasarán"
Porque Peñíscola era -y es- una fiesta. París en verano.
Aunque a la vuelta en los arcenes de la autopista no había nadie.
Estarán preparándose todos para el otoño.
No os entretengáis que dicen que lo inaugura Cohen.
Así que...dance me to the end of love.
1 comentario:
Y sí, llegó el otoño, o a sus puertas está.....se abre un paréntesis en los talleres de verano, las tardes de playa, las visitas a las calas, los picoteos en Cabo Wabo azul, los callejones de la calle del Suspiro, los encuentros en la calle Solet, número 2,las tertulias veraniegas, el D`tapeo, los amigos de Aragón, y el verano azul en la Torre con los Bisbal, pero como bien apuntas a la vez se comienza a escribir un punto y seguido con distintas actividades pero con el mismo equipo, en otro escenario, es cierto, pero con el mismo cariño.
Besos muchos
Soony
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