Rubén ha venido con una cazadora sucia y el pelo cortado por zonas: desde la coronilla hasta la nuca le crece una alfombra persa; sobre las orejas y en las sienes solo piensa en páramos, en silencios. Rubén me ha visitado esta mañana, ha venido con su madre, de la que no se separa por muchos años que sume y por lenta que ande ella. Rubén tiene miedo a los semáforos, a la brisa que anuncia el cambio de estación y a los tacones que se chocan en las aceras. Su madre lo sabe, le guarda el secreto y coge del codo cuando ve que sus hombros se tensan. Luego los dos siguen caminando y cuando se hace de noche regresan a casa.
Felicidad- que manda huevos el nombre de la madre entre tanta ruina- le está preparando una paga a su hijo y guarda en los bolsillos de su vestido- archivo dos- o de la rebeca- archivo uno- el certificado médico, las cajas de cartón agujereadas que te dan en la farmacia y un pañuelo. De vez en cuando lo saca, se quita las gafas con los cristales rotos y se seca la mirada de todas las lágrimas que por cansancio ya ni son húmedas.
Rubén es un platero asustado. Le tiemblan los puños, se le descalabra la risa. Tiene unos ojos enormes, africanos, muy oscuros y voz de montaña rusa, a veces se apaga, a veces se le escapa el volumen. Esta mañana me ha contado que por culpa de Andrés se le cayó el pelo. Entonces él trabajaba acuchillando parqués, en una empresa de maderas y tarimas. Un día después de ducharse se peinaba frente al espejo y Andrés lo vió. Parecía que buscaba tabaco y Rubén, como entonces no fumaba, se quedó callado. Andrés se acercó y riéndose le tiró de los mechones húmedos:
"Se te va a caer el pelo"- le dijo con la boca muy estrecha.
Rubén se apartó y al soltarse Andrés tenía el puño cerrado. No sabe cómo lo hizo, pero se cumplió. A partir de ese momento comenzaron las pesadillas y las manos se le llenaban de pelo. Perdió el trabajo. Empezó a fumar. Le da vergüenza que le vean en el barrio. Por eso se rapó. Hace dos días Andrés le puso un cuchillo en la garganta y le dijo que como no le comprara un paquete de Nobel le mataba. Rubén espera cobrar pronto esa paga, porque todo lo que tiene ahora, todo lo que le queda está dentro de los bolsillos de su madre: archivo uno, el dinero; archivo dos, diez minutos más de vida. Por eso, mientras Felicidad hace cola en el INSS y se quita las gafas él trata de esconder el susto. Traga saliva y le pide un cigarro a una chica que parece más pequeña a cada paso. Después sale del edificio, se apoya en la pared que hay junto a la puerta y fuma muy despacio, sin ver el humo. Desde mi mesa, su mano brilla y se confunde con el sol.
2 comentarios:
Te aplauado, Eva. Mucho.
Gracias Rául.
Te abrazo,
eva
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