
"Me abotoné el abrigo, me paré firme; avancé lentamente hasta tocarle el hombro y le dije:
-El momento ha llegado; debe abandonar este lugar; lo siento por usted; aquí tiene dinero, debe irse.
-Preferiría no hacerlo -replicó-, siempre dándome la espalda.
-Pero usted debe irse.
Silencio. "
"Bartleby, el escribiente" Herman Melville.
Cada veintitrés de abril, un día antes de su cumpleaños y sin que le importe su horario de trabajo en la universidad, Jota busca su camisa favorita en el armario- una blanca, con un volante en la pechera y aire de mosquetero - el chaleco que llevaba su padre el día de su boda y se dirige al Círculo de Bellas Artes. Deja el coche- un descapotable de segunda mano- en el aparcamiento de la calle Sevilla y baja caminando- el pelo a veces recogido en un moño de samurái, otras suelto, riff y rock'n roll- hasta el salón donde le esperan rosas y libros. Baja con la púa de la guitarra y el periódico en las manos y por el camino finge que mira el cielo, que no tiene rumbo ni prisa por llegar. Después pide la vez con tanta suavidad que parece que no le pertenezca su cuerpo- tiene constitución de jugador de baloncesto, de niño crecido en los pantalones sacados por su madre- deja pasar delante de él a alguna mujer mayor que de inmediato al descubrir su delicadeza le adora y aguarda que llegue su turno con gesto ausente. Desde muy pequeño se ha escondido en esa mueca, es su modo natural de estar.
Jota tiene una voz radiofónica y nocturna, de besos en la espalda. Lo sabe y por eso finge que resbala por cualquiera de los pasajes del Quijote. Los que le escuchan esa mañana se transportan en cuanto Jota incia la lectura al Corral de Comedias o a aquellos lugares de la Mancha a los que viajó con Sara y de los que no quiere olvidarse.
Durante los escasos minutos que dura su actuación, Jota se siente tranquilo y feliz, tan satisfecho que imagina haber conseguido todo en la vida y lo saborea. El cielo de Madrid para Jota se resume en ese instante en que se acerca al micrófono del Círculo y en el atril se convierte en un personaje de Cervantes.
Luego, normalmente ya avanzada la mañana, Jota sale a la calle de Alcalá con las gafas de sol y los periódicos en las manos, mordisquea la púa de la guitarra y se dirige a cualquier bar pequeño, sin mucha luz, para tomarse un tequila y coger fuerzas. Desde allí, marca el número de Sara. Ella tarda en coger el teléfono y él espera hasta que escucha su voz. Un par de intentos sin respuesta como mucho. Entonces, cuando suena el "hola" fresco, casi recién levantado de ella, Jota cuelga, paga el tequila, busca el tique del aparcamiento y baja la ventanilla del coche camino a la universidad. A veces entra un aire muy frío, todavía de invierno, pero aún así Sara le devuelve la llamada, puede que tarde unos cuantos minutos, pero siempre contesta. Él, sin embargo, nunca le coge el teléfono. Lo deja sonar, año tras año, mientras se queda atrás el centro de Madrid.
En otra ciudad, al principio, ella lloraba. Ahora sigue contestando a su llamada, aunque cree que preferiría no hacerlo.
Si el veintitrés de abril es el día del libro, en honor- calendario va, funeral viene- de Cervantes y Shakespeare, de San Jorge y las rosas, los dragones y las ruecas, propongo que el 24, de ahora en adelante, celebremos el de las historias que no han sido. El de los manuscritos que no salieron del cajón. El de los escritores que nunca ganaron el Nadal, el ciudad de Almendralejo ni una línea en el Babelia. El de las dedicatorias que nunca se entendieron, por crípticas o ignoradas. El de los besos que se agostaron cada mes de junio. El de las profesiones que no fuimos. El de los sueños que se convirtieron en estatuas de piedra. El de los viajes que no facturaban equipaje. El de las maletas dormidas en los contenedores. El de los pisos que no habitamos. El de los amores que no nos atrevimos. El de los correos que no llegaron, las cartas muertas.
El de Bartleby o de los que como él, con la tristeza como dignidad y el silencio hecho orgullo, preferimos no hacerlo.
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