domingo, 4 de abril de 2010

Ánimas

No tengo buenos recuerdos de la Semana Santa. En general, quiero decir. Así como hay mucha gente que la vincula a los ratos más dulces de su infancia y que se emociona profundamente con sus tradiciones, yo me siento desubicada en esta época del año. Mis recuerdos tienen una textura multiforme, y en ocasiones poco agradable. En Castellón de la Semana Santa tradicional- procesiones, capirotes, incienso- queda más bien poco: el silencio del Viernes por la noche al pasar el Cristo en el Entierro y el chirrido de las ruedas de los coches al día siguiente al atravesar la calle Mayor. En alguna casa también sobrevive el potaje de garbanzos y la mona de mazapán de Benages. Pero la mona ya es Pascua y eso es otro cantar. Mientras la Semana Santa es recogida y solemne, la Pascua es luminosa, destarifada. De pequeños solíamos ir a misa el Jueves Santo y a mí me encantaba ver cómo el sacerdote rememorando la última cena lavaba los pies. Imaginaba al Jesucristo más guapo del mundo- que después descubrí que era el que imaginó JJBenítez por la teoría de los swivels en "Caballo de Troya"- despidiéndose así de sus amigos y me entraba una ternura infinita. Yo entonces no identificaba la ternura, pero ahora sé que aquella tibieza mezclada con alegría no podía ser otra cosa. Los días siguientes mareábamos la perdiz por Benicàssim, intentábamos tomar el primer baño de la temporada y regrésabamos a casa a tiempo de ver la procesión del Entierro o nos quedábamos en el apartamento pegados a las estufas.
Pese a ello mis padres no nos educaron jamás en la idea de un catolicismo oscuro, de persiana bajada y culpa. De eso ya se encargaría alguna variante de la Iglesia después. Con mis padres la vida era fácil y Dios se parecía más a un señor canoso, afable y exiliado de su reino que a un árbitro con la ira en la mano. Tal vez ahí estuvo el error, el Dios de mis padres estaba en el bando de los perdedores, por eso con el tiempo mi hermano y yo le hemos perdido de vista.
Pero vuelvo a la Semana Santa- toca postaquellosmaravillososaños-la verdad es que de pequeños utilizábamos estas vacaciones para viajar por España, es decir con el bocata y los casetes, y esas, ahora que lo pienso, fueron las mejores SS de mi vida. Recuerdo un jueves santo en el Barrio Gótico de Barcelona, con la catedral llena de velas y oliendo a romero a la que siguió un Domingo de Pascua increíble en la montaña rusa del Tibidabo; no puedo olvidar tampoco la excursión a la Laguna Negra, cómo mis padres en el coche nos contaban las leyendas de Bécquer y yo me estremecía de terror por Soria imaginando que si me perdía iba a acabar en el Monte de las Ánimas; también guardo fotografías de unas vacaciones en Palma de Mallorca, en la que yo estaba en plena adolescencia y me dió por hacerme la divina y la insoportable desde que nos subimos al barco en Valencia hasta que se acabó la última ensaimada. Elche y Alicante, Frankfurt con cinco años , de emigrantes, y alguno más habrá que no se me ocurre ahora.
Y con todo, aquellas fueron las vacaciones de Semana Santa mejores que yo he vivido. En el coche los cuatro, eligiendo la música por turnos. Bocadillos de atún en el arcén y habitaciones dobles comunicadas en hoteles sorprendentes.
En la adolescencia mis padres asumieron que yo estaba imposible- y más aún- me excluí del grupo de viaje y me entró la desesperación por salir por Benicàssim. Aún no había pubs en Castellón, así que mis amigas y yo nos trasladábamos al apartamento de alguna en Benicàssim, nos pasábamos el día mutando en cangrejos en la playa, por la tarde nos poníamos unos pendientes más dorados que los de la familia de Lola Flores en un homenaje y nos íbamos al pueblo (al pueblo de Benicàssim) a beber sangría. Después hacíamos un vía crucis por los sitios de moda con las mejillas ardiendo y pidiendo aftersun. Como en aquella época yo no me encontraba bien saliendo por las noches- era el patito gordo del grupo y me solía pasar las horas aguantando los discursos de los chicos que intentaban ligar con mis amigas o sin saber en qué conversación meterme, aguantando pared en el Tren de la Costa- y fingía por no sentirme fuera del grupo, la Semana Santa de aquellos años era bastante anodina. Me reía cuando estábamos nosotras solas, en el apartamento, en la playa y entraba en modo latente cuando empezaba la ruta de bares de moda. Después eso sí, nadie me podía decir que me había perdido algo, la única que he podido reprochármelo he sido yo misma después de ver cuántas noches perdí aburriéndome y sintiéndome sola entre tanta gente.
Con los años la fiebre bajó y ultimamente he andado un poco errática. Algún viaje ha habido que recuerdo con especial cariño: uno a Roma, con Concha y su amiga Belén, para curarnos de tres fracasos sentimentales, que en mi caso y en el de Concha, o no lo eran o no estaban muy recientes. Teníamos el hotel lejísimos y nos pateábamos cuarenta y nueve colinas antes de alcanzar nuestra habitación. Concha llegaba y se llenaba la bañera hasta que se desbordara, Belén doblaba cosas (tenía una afición por el orden como nunca he conocido) y yo escribía postales. Después nos arreglábamos y buscábamos un restaurante donde llorar nuestro desamor frente a un buen plato de pasta- insuperables los fettucini con alcachofas en La Fornarina, en el Trastévere- y una botella de chianti.
Después ya llegó el desamor de verdad, y la canción de la Bien Querida haciéndome trocitos. El silencio lleno de escalofrío. La distancia de sus gestos. En la bolsa de ropa sucia donde se quedan las lágrimas de algún viernes santo también están los recuerdos más trágicos, los más serios, de un accidente hace más de quince años y una madrugada errática en la que mi abuela y yo no dormimos a la espera de que nos dieran una buena noticia por teléfono. Recuerdo que cuando se hizo de día preparamos el desayuno y mi abuela, que entonces ya tenía dificultades para andar me pidió que fuera a la Iglesia de la Sangre, en la que se velaba al Cristo y que rezara. Así lo hice. No sé por cuánto tiempo, pero lo hice. Mientras, en un hospital de Zaragoza, las constantes vitales mejoraban.
Con el tiempo me he vuelto descreída y escéptica. Me asustan los tambores y me resultan ajenos los tronos y las madrugadas andaluzas. Añoro los viajes en coche, con el libro gordo de las carreteras, el dormirse de pie mientras se espera que termine la procesión en una ciudad extraña.
Pero sobretodo echo de menos aquella tibieza con la que vivíamos entonces, eso que ahora yo llamo ternura y que a veces se me escapa entre los cirios, las mantillas, las copas y los huecos de la pared en Semana Santa.

6 comentarios:

Raúl dijo...

No voy a caer en la tentación (y me cuesta horrores no hacerlo) de dejarte un comentario modelo "aquellosmaravillososaños". No
Te diré sin embargo dos o tres tonterías.
Una, que un viaje a roma bien vale el pretexto de un desamor inventado. Fataría más.
Dos, que al ser nativo de "allí" mis viejas Pascuas huelen a las primeras castelloneras en mangas cortas.
Y tres, que me encanta la palabra tibieza.

Anónimo dijo...

El arrabal de la memoria es uno de esos rincones que siempre es emocionanante recorrer. Es curioso que sólo desde una cierta distancia seamos capaces de darnos cuenta de la grandeza de ciertos momentos. Instantes que cuando los vivimos nos parecen nimios se tornan vitales con el paso de los años.

Evamaring, aprovecho para confesarle que yo, "El señor anónimo", me he convertido en lector incondicional de su blog. Y no es que sea tímido, y quiera mantenerme en el anónimato, es que me da pereza crearme una cuenta y un nick, y pensar en contraseñas y etecé, etecé

encarnisabina dijo...

Es un buen repaso a tus Semanas Santas, y es cierto que con los años las cosas se ven de otra manera. Me encanta la foto de las "Manolas" es preciosa, ¿sale alguien de tu familia?.

Un beso

evamaring dijo...

Raúl,
a la primera: me hubiera encantado leer tu comentario "aquellosmaravillososaños". Así que, la próxima vez ni lo dudes, déjate llevar.
a la segunda: Roma bien vale tres desamores.Y cuatro.
a la tercera(que es dos): allí para mí es aquí y sin allí, ni mi infancia, ni mi adolescencia tendrían paisaje para los recuerdos. Uno de mis sitios preferidos del mundo es la terraza del eurosol :¿se puede ser más decadente?
a la cuarta: tibieza.
Es preciosa, cierto.

Señor Anónimo,
El arrabal de la memoria: me gusta. Los tangos del recuerdo (por no cantar las rancheras del olvido) y sí, somos memoria, fotografías de kodak color, anuncios de nocilla. Todas las cosas pequeñas que entonces disfrutamos y ahora llevamos detrás como el cofre del tesoro.
Por otro lado, Sr. anónimo me parece perfecta su pereza- a mí me pasa a menudo- y le/te animo a no perder el tiempo rn contraseñas etc...lo único que lamento es que pilles mi blog en esta temporada caótica, de baja forma. Pero claro, al mismo tiempo me chifla que tenerte entre mis lectores, así q prometo hacer mejor caligrafía de ahora en adelante.
Ay Alll!!! El repaso a las Semanas Santas viene en versión single y agnóstica, o bueno, sencillamente descreída. A veces me da envidia la gente que, como tú, lo vive de una forma tan intensa. Pero como decía Raúl, yo crecí con jueves santo y manga corta.
Y sí, la foto era de mi abuela. La que se descojona- upssssss- en la última fila y va hablando. Creo q corresponde a la Pascua- discrepo de tí en lo de la palabra;)- dela ño 50, fecha en la que mis abuelos fueron clavarios, creo, de la sangre, creo también, lo confirmaré. La cuestión es q esas fotos aparecieron esquilmadas y tiradas en un rincón de su casa cuando ella murió y para mí son de las cosas que más quiero.
Un abrazo y mil besos a todos, gracias por escribirme en la ausencia,
huele a azaharrrrrrrrrrrrrr
besos
eva

danidani dijo...

¡¡¡Hola!!!, soy Dani, qué cuál?, el alto hijo de peluquera, quería saludarte, te echaba de menos y me he puesto a hurgar en tu jaula, ¡es genial!, pronto tendré tiempo para proponerte un café, un paseito, uff, espero, porque como siga trabajando así van a tener que embalsamarme y exponerme en el museo del cansancio y la apatía, un abrazo enorme, te sigoooo¡

evamaring dijo...

Daniyogui,
joooo, qué ilusión saber de tí y qué ganas de verte.
Nada de apatía.
Ven pronto q yo te echo mucho de menos.
Un abrazo
eva