
La noche antes de suicidarse la Sra. Sang decidió mirar los barcos que zarpaban de Kobe. Tras enviar algunos correos y realizar una sola llamada, se acercó a uno de los bares de la bahía. Se sentó en una mesa alejada del resto, casi fuera del espacio controlado por los camareros y pidió un cóctel. Saboreaba el segundo drymartini cuando le pareció que las luces de la dársena se desvanecían. Se había levantado un poco de brisa y la falda de tul que llevaba se enredó en una de las patas de la silla. Sus piernas seguían teniendo la palidez invernal, opuesta a la de la mayoría de las mujeres que se acercaban hasta los locales de moda aquel viernes. Los restaurantes comenzaban a encender sus farolillos y trepaban las voces desde el ajetreo de las cocinas. La Sra.Sang sonrío: nunca se sabía dónde acababan las noches. Una voz la interrumpió:
-¿Despedimos a alguien?
El Sr. Watanabe se sentó junto a ella. Llevaba un polo azul marino de Fred Perry y se había afeitado el bigote dejándolo estrecho, lo que resaltaba la definición de sus labios. Se parecía a Robert Taylor.La Sra.Sang ladeó la cabeza y pensó si debía decírselo, pero algo la detuvo- tal vez creyera que bromeaba; tal vez ni supiera quién había sido Robert Taylor, ni qué significado tenía en su vida-así que calló y siguió mirándole oculta tras la sonrisa.
- Hace tanto calor…- dijo ella mirando al frente.
Una joven vestida de negro se acercó y depositó dos copas sobre la mesa. Una rodaja de naranja se columpiaba en el filo de los vasos.
- Sí. Ya ha llegado el verano, en breve las noches serán insoportables- añadió el Sr. Watanabe mirando la bahía.
Una joven vestida de negro se acercó y depositó dos copas sobre la mesa. Una rodaja de naranja se columpiaba en el filo de los vasos.
- Sí. Ya ha llegado el verano, en breve las noches serán insoportables- añadió el Sr. Watanabe mirando la bahía.
- Lo sé. Por eso necesitaba verte. Tengo que pedirte algo.
La Sra. Sang calló. Le temblaban las manos y para esconder su nerviosismo buscó en el bolso un palillo de nácar que tenía la forma de un dragón. Se fue calmando con ese gesto infantil de recogerse el pelo. Tomó aire, le costaba empezar. Miró nuevamente al Sr. Watanabe y pensó en lo que sentía cuando él la abrazaba. Se detuvo un instante atando recuerdos a sus ojos, al modo que tenía de subrayar sus palabras con las cejas y vió que el miedo empezaba a ganar terreno en esos saltos de nostalgia, así que comenzó a hablar. Trataba se ser fría, apática como cuando en una reunión debía informar sobre objetivos o dar una conferencia. Su voz denotaba cansancio. El Sr. Watanabe fue lo primero que notó. Después mientras la escuchaba no pudo más que cerrar los ojos y tratar de olvidarse de sus labios. De lejos, la camarera vestida de negro se preguntaba por qué se resistía esa pareja. No sabía de qué hablaban, sin embargo solo la sirena de un buque de salvamento hizo que dejara de morderse las uñas.
-…Ellos se ocuparán de todo- dijo con determinación la mujer- Ese mismo día desaparecerá cualquier rastro de información. No quedarán fotografías, ni registros bancarios, ni datos en estadística, ni correos, ni historial médico, ni tarjetas, ni siquiera los regalos que alguna vez hice…- aquí los ojos de la señora Sang se llenaron de bruma- Ese día se habrá acabado mi nombre y mi apellido. Es una de las cláusulas del contrato.
Un sorbo largo. La ginebra del negroni hizo que se enderezara. Estaba asustada, pero trataba de controlarlo. El Sr. Watanabe se concentraba en liar un cigarrillo. Su rostro revelaba preocupación entre las sombras.
- No hay vuelta atrás, supongo. – su mirada estaba salpicada de motas negras, como le sucede a ciertos gatos.
- No, no la hay- al decirlo sus labios rojos se fruncieron.- No me echará de menos.
- Él tal vez no, pero ¿y los demás?- tragó saliva.
- Tampoco. Tal vez al principio les extrañe mi ausencia, como se extraña un ruido más en nuestro paisaje, pero no. Nadie me echará de menos. Ni siquiera tú.
El Sr.Watanabe abrió la boca para contestarle, pero ella le puso la mano sobre los labios y después le besó.
- Entonces, ¿qué quieres que haga?- dejó un hálito de tristeza en el vaso.
- Quiero que entregues esta carta. No quiero que le llegue por la Compañía.
La Sra. Sang sacó de su pequeño cesto de bambú un sobre de color vainilla y se lo tendió a su acompañante. El Sr. Watanabe lo miró tras expirar una pequeña columna de humo. Con cuidado lo dejó sobre la mesa. La delicada caligrafía de la Sra. Sang era una ola brillante sobre el archipiélago.
- ¿Aún te duele?- Su pregunta estaba cargada de rabia.
- Sí- sonrió. Los farolillos brillaban a su espalda.
- Me hubiera gustado ayudarte a olvidar- El Sr. Watanabe seguía sin querer mirarla.
- Lo sé, por eso confío en ti – la voz de la Sra. Sang se ahogaba en sus propias palabras- Sigues fumando tabaco de importación…no he sabido tampoco olvidar ese olor.
La Sra. Sang se aproximó a los labios del Sr. Watanabe y volvió a besarle. Fue un mordisco de cereza. Le acarició la nuca y por primera vez desde que comenzaran a hablar se quedó un instante mirándola. Se levantaron y él dejó unos billetes sobre la mesa. La chica de la camiseta negra pensó que aún quedarían algunas monedas de propina mientras los veía alejarse paseando por el muelle. Ella se tambaleó en un par de ocasiones, hasta que el hombre la tomó por la cintura y se convirtió en una patinadora sobre el mar congelado. Al fondo, las luces del puente de Akashi parecían no tener fin.
La Sra. Sang sacó de su pequeño cesto de bambú un sobre de color vainilla y se lo tendió a su acompañante. El Sr. Watanabe lo miró tras expirar una pequeña columna de humo. Con cuidado lo dejó sobre la mesa. La delicada caligrafía de la Sra. Sang era una ola brillante sobre el archipiélago.
- ¿Aún te duele?- Su pregunta estaba cargada de rabia.
- Sí- sonrió. Los farolillos brillaban a su espalda.
- Me hubiera gustado ayudarte a olvidar- El Sr. Watanabe seguía sin querer mirarla.
- Lo sé, por eso confío en ti – la voz de la Sra. Sang se ahogaba en sus propias palabras- Sigues fumando tabaco de importación…no he sabido tampoco olvidar ese olor.
La Sra. Sang se aproximó a los labios del Sr. Watanabe y volvió a besarle. Fue un mordisco de cereza. Le acarició la nuca y por primera vez desde que comenzaran a hablar se quedó un instante mirándola. Se levantaron y él dejó unos billetes sobre la mesa. La chica de la camiseta negra pensó que aún quedarían algunas monedas de propina mientras los veía alejarse paseando por el muelle. Ella se tambaleó en un par de ocasiones, hasta que el hombre la tomó por la cintura y se convirtió en una patinadora sobre el mar congelado. Al fondo, las luces del puente de Akashi parecían no tener fin.
2 comentarios:
Confío que este relato tenga segunda y tercera parte. Rezuma derrota, desencanto y -aunque puede parecer paradójico- valentía.
"Nunca se sabía dónde acababan las noches". Ni dónde ni cuándo. ¿somos plenamente conscientes de cuándo sale el sol? La noche va muriendo pero nunca acabamos de ver su cadáver, intuimos que se marcha porque el Sol apunta, pero la noche ¿se ha ido?
aplaudo.
El chico que en teoría ya no es anónimo...
ummm, no sé, no veo yo tan claro ese "continuará", lo tuve entre las manos y se me escapó.
En teoría, anónimo, miles de besos
eva
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