
“Porque me da la impresión de que, en el amor, no somos más que unos completos principiantes”
"Principiantes", Raymond Carver.
Había una olivera, un camino con dos curvas y un pinar al fondo. También había una televisión pequeña que alguien trajo de Canarias, en blanco y negro, donde después de comer nos ponían a ver Pippi Lamstrung mientras los mayores hacían la siesta. Y no teníamos piscina, nunca la tuvimos. Para eso estaban las tinajas, las de tender las sábanas, que llenábamos con mangueras. Teníamos suerte, nos despertaba el rumor de las olas que según la marea podían llegar hasta la terraza y nos bañábamos en piscinas privadas. Éramos unos niños afortunados.
Carver.
Raymond Carver.
De un trago. Así, sin sal ni limón: abre-cierra los ojos y dale a Carver.
Detrás de él lo que nunca debió ser un editor: Gordon Lish, Manostijeras que, frente a las ansias por publicar de Carver, echó mano del tachón y de su propio talento olfativo.
Después el realismo sucio. ¿Cara o cruz para Carver?
La madre del escritor, Ella Carver, contó- una anécdota más, entre tantas que pueblan una infancia- en una de sus biografias haber llevado atado a su hijo con correa (literal: correa para perros) cuando este tenía tres o cuatro años. Un niño de tres años con camisa de manga corta en el centro de Yakima, de la mano de su madre. Ese es el hombre que se esconde tras uno de los cuentos más terribles y bellos que guarda "Principiantes", un relato al que Lish asesinó desde el título- "El baño"- y que aparece ahora con su nombre original, "Algo sencillo y bueno".
Siempre quise tener un columpio. En cualquier sitio: mi habitación, el jardín de los apartamentos o en mi casa. Un columpio para pasar las horas muertas creyendo que vuelo, en silencio, sin hablar. Pero es que ahora ya he admitido que soy rara. "Rara" no porque me considere mejor, ni tan siquiera "especial" por distinta, solo por diferente. De pequeños teníamos que inventarnos una piscina. En verano nos trasladábamos a una casa cerca del mar y como los niños de los apartamentos vecinos se bañaban en unas piscinas azulitas y relucientes nosotros queríamos que mi abuela construyera- fabricara o hiciese, como fuera, pero que la hiciese- una. Ella nos seguía el juego dándonos cuchillos sin punta para talar los árboles del pinar y todas las mañanas nos contaba que había encargado uno de los materiales necesarios para nuestro sueño: hormigón, cemento, azulejos de mosaico, trampolín. Después del desayuno nosotros nos dedicábamos a nuestro trabajo: derribar los treinta pinos de la parte trasera del jardín para poder colocar nuestra piscina cuando llegara. En cuanto habíamos hecho la digestión y ya estábamos rebozados de tierra y pinocha, nuestras madres nos bajaban a la playa o si tenían trabajo nos daban una tinaja y la manguera. Cada uno se gestionaba el agua. A la hora de la siesta tocaba tele o libros. A mí me encantaba Pippi Lamstrung y los cuentos, así que me pasaba el día, por uno u otro motivo, soñando. No es de extrañar que en verano a mí me cueste tocar suelo: yo fuí una niña que no hizo ruido, una adolescente que se pasó muchos sábados de julio en la terraza, hecha un nudo marinero y con una novela entre las manos. Por eso soy rara. Las bicicletas, las piscinas, las cenas, las cañas a destiempo son para el verano. Pero a mí me gusta, de vez en cuando, esconderme, imaginar que tengo un columpio en la terraza
y caerme dentro
de libros como el de Raymond Carver.
Principiantes en el amor, como en todo.
4 comentarios:
Me ha gustado muchísimo, Eva, hay que ver lo listas que son las abuelas... tuvísteis la mejor piscina o por lo menos, la más deseada, la que quedará por siempre en el recuerdo.
Y es verdad, el verano aligera las ropas y descubre a los "raros", yo también era de esas, es lo que tiene el ocio, que muestra a las personas tal como son.
Y lo de ser principiante o amateur es algo que siempre me ha encantado... soy una amateur de la vida. Me gusta hacer algunas cosas solamente por afición (siempre disfruté muchísimo dibujando, me pasaba el día garabateando, hasta que empecé la carrera y la obligación...)
Ay, qué bueno es hacer las cosas "No más for fun"
Besos
Tres
Una reseña tan fresquita como original.
El inicio de tu entrada, es arrebatador.
Gracias Trini, esas cosas son las que se quedan. No sé si raros seremos todos, pero bueno, yo ya no me siento mal cuando me descubro haciendo el caracol. Yo también sigo siendo principiante en todo.
Un beso fuerte y un abrazo enorme,
eva
Raúl, me alegra que te arrebate mi desorden.
Y que refresque.
Siete besos
eva
Eres una gre de la vida.
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