miércoles, 10 de agosto de 2011

Las cárceles suizas

Todos los días cena a las ocho y media. A tu servicio con descuento: un tupper de pasta, otro de lentejas- con este calor- el tercero de hervido y alguno con filetes empanados, para los días que no le apetece ni asomarse al balcón. Engulle los trozos de carne rebozada y es como si le pusieran la ficha a un autodechoque: tiene energía suficiente para pegarse a los apuntes, buscar jurisprudencia, darse con los cantos de los sillones. Nunca varía su uniforme: camisetas de propaganda, bañador.
El lunes me descubrió observándole por la ventana del Raspa. Yo había ido allí por una cerveza y acabé brindando con cava por las vacaciones. Me sentía nueve kilos más ligera y bajando, lo inundaba todo con palabras. Me acomodé en el sofá blanco y estuve  escribiendo en la moleskine sobre las decisiones que deben solucionarnos la vida:  "Decisiones suizas" las llamo yo.
Las decisiones suizas son como a las navajas de los setenta, sirven para todo y te ofrecen trocitos de vida cuadriculada: un buen trabajo, un sueldo digno, calles limpias, amores aburridos, bosques verdes y vacaciones en el lago Como, donde verás pasear en descapotable a George Clooney y aniquilarás el último rastro de emoción. Clooney es de plástico. Ni siquiera de ciencia-ficción. Clooney no se compromete ni suda. Clooney es la Isabel Preysler del buen americano. Sus sistemas nerviosos- el de Clooney y el de la Preyseler- están alicatados por una empresa de Villarreal, de ahí que ni sufran ni sepan lo que duele el desamor.
Yo estaba pensando en que debo tomar una decisión suiza cuando le ví.
  Había subido la persiana un palmo y su perfil se recortaba entre la penumbra gracias al reflejo de la pantalla del ordenador. Tenía la vista puesta en ella, y el hechizo solo lo rompía el ir y venir de la cuchara del plato- que no se distinguía- a la boca, arriba y abajo. De vez en cuando un ruido que subía de la calle y que yo no advertía parecía molestarle, porque se asomaba por el hueco del balcón y fruncía el ceño. En uno de esos momentos descubrí que no era joven, quiero decir que no era un chaval que acabara de terminar la carrera. Al contrario, parecía tener cuarenta y algunos, tenía entradas y el gesto grave, de persona mayor. 
  La ventana del Raspa es indiscreta. Rompe su fachada como una línea vertical, es más larga que ancha, en rectángulo y apenas deja entrar la luz del sol. Desde el punto de vista estético, yo diría que fue uno de los aciertos de la reforma. Desde el punto de vista estratégico no me cabe ninguna duda: de todo lo que cambiaron, eso fue lo mejor. Desde el sofá blanco de piel puedes controlar la avenida y sentirte James Stewart. En el corazón del Downtown, pero sin rascacielos a tus pies.
  La ventana del Raspa está rodeada de pequeñas lucecitas, ya sea agosto o navidad. A mí me gustan esas bombillas, me parecen un guiño de Emilio o de Pedro, parece que digan que cualquier martes puedes encontrar una sorpresa dentro del bar. Anteayer yo me escondía detrás de ellas y miraba. Jugaba a mirar y a escribir, como tantas-tantísimas- veces hago mientras me escondo en un taburete o una mesa de mi local favorito. Había tenis en la televisión- canal deporte- Emilio atendía a los incondicionales y yo, vestida de blaco y entre sorbos de cava, vigilaba al opositor.
  Termino de cenar y desapareció la cuchara. Se quitó las gafas y se frotó los ojos, se quedó un momento así, cabizbajo y después, con la cabeza apoyada en la mano miró por el hueco de su balcón. Había gente cenando en la terraza del Fam fatale. Se escuchaban risas y corría algo de viento. El opositor se quedó ensimismado,  pensé que echaba de menos otros agostos de su vida. Tenía pinta de tener viajes y semanas en blanco en su disco duro,  de haber vivido y estar en ese momento encerrándose voluntariamente para llevar a cabo una decisión.
 Una decisión suiza, me dije yo.
No tenía facebook, de eso estoy segura. Si lo hubiera tenido no se hubiera quedado tanto rato perdido por lo que le dejaba ver su balcón. Si lo hubera tenido también le delataría el tic nervioso del chat, moviendo la cabeza hacia la izquierda. Y no, él giraba toda la cabeza sin aspavientos, era un bloque el opositor.
  También había renunciado a la música. Tal vez tendría su propia lista de reproducción en la cabeza. Intenté descubrir sus títulos y le colgué a Portishead o a The Strokes. No sé por qué. Quizás había algo en sus gafas que me hiciera recordar una canción de los primeros, o la forma de moverse me trajo algún título, "Sour times".  La idea de que hubiera tachado la música de sus actividades permitidas hizo que deseara que apagara la luz y que se fuera. Giré la cabeza para no verle. Su encierro comenzaba a resultarme agónico, como el de los canarios en las pajarerías de la Calle San Vicente a las que mi madre me llevaba cuando salíamos del médico.
 Si hubiera desaparecido entonces, si se hubiera ocultado en la penumbra yo hubiera soñado que tenía una novia de pelo corto, modernilla, con la clavícula pronunciada y la piel brillante, que le esperaba en Benicàssim. Hubiera creído que se daba una ducha y se iba a  encontrarla en uno de esos chiringuitos de la playa con tumbonas donde es agradable matarse a gintonics y a caipirinhas. Una de esas tumbonas que se prestan a largas conversaciones y a besos prólogo. Me lo hubiera imaginado con los pies en la arena y la chica abrazada a  él a medianoche, con las piernas entrelazadas y el limón derritiéndose en el vaso. Yo me hubiera quedado feliz así, soñando que seguía despierto.
 Pero él continuó mirando por la ventana, sin un mal cigarro que llevarse a la boca y yo no lo resistí y le pregunté a Emilio si lo que sonaba en aquel momento era el nuevo disco de la Bien Querida. Estuvimos un rato conversando acerca de las nuevas canciones y de la conmoción que supuso " De momento abril" años atrás. " Yo no puedo escucharlo todavía" le confesé a Emilio, " me pone demasiado triste". Así se hicieron las diez y la pareja que siempre se toma una cerveza leyendo la prensa a esas horas no acudió (él mira el Interviú, ella finge vigilar el infinito. Los dos sonríen). Estarían cansados, se les habría hecho tarde la rutina. Así que Emilio decidió cerrar y apagó las luces de mi ventana. Eso me hizo recordar que había dejado al opositor ensimismado con la calle.
  Cuando salí fuera no estaba.
Las persianas de madera seguían subidas a la misma altura, pero él había apagado el ordenador. No se distinguía una sombra, todo estaba oscuro. Debajo de su ventana brillaba el cartel rojo del supermercado, autoservicio con franquicia, plagadito de descuentos. 
Escuché la persiana metálica del Raspa y me prometí que en mi vejez inglesa- planeo jubilarme en Oxfordshire- solo beberé agua, cava y champán. Nada más. Ni siquiera un jerez. Ni un sorbito de ginebra. Seré una abuela excéntrica a la que le guste tumbarse en el cesped para quitarse las medias y dormir la siesta descalza cuando salga el sol.
  Le pregunté a Emilio por el chico de la casa de enfrente, "¿El opositor?" me dijo. "Se pasa las tardes ahí" y señaló con el dedo el primer piso. 
De pronto supe que ya echo de menos a Isaac, que ha dejado el facebook y se ha puesto a  estudiar junto a una ventana en Cádiz.
El cava estaba muys fresquito y no me dejó resaca. Ahora ya, por fin libre de plazos y de agobios, comienzan mis vacaciones.



ps: la imagen se la debo a Joselitoelpequeñoruiseñor y es exactamente lo que imaginaba antes del lunes, cuando aún no disponía de mi tiempo y se me bloquéo el muro del facebook, es la protesta ante el encierro pero con explosión de color. Y me gusta mucho.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

También soy de los que fantasea sobre los gustos y aficiones de los desconocidos. Mirar a alguien e imaginar cómo serán sus días, sus noches es un delicioso acto de ensoñación

Desde el destierro

El chico que..

Anónimo dijo...

Me he sentido tan identificada con algunos aspectos del opositor, que me planteo que yo también necesito una decisión suiza.

Soony

PD Disfruta de tus vacaciones.