
Acudió al médico tras el último desengaño amoroso. Un miércoles- coincidiendo con el partido de Champions- al llegar a casa trató de abrir la puerta y descubrió con más rabia que incredulidad que Laura había cambiado la cerradura. La llamó al móvil durante dos horas, algo inútil, pues ella había desconectado el teléfono. Le escribió varios mails en diferentes tonos desde un ciber y no obtuvo respuesta; trató de localizar a su mejor amiga, a la pareja con la que ambos salían y tampoco nadie quiso responder a sus llamadas de auxilio. A medianoche decidió comprarse un kebab y se sentó en la única mesa que no estaba sucia de un restaurante turco. Tras cuatro cervezas percibió su soledad como la tragedia mayor del país en los últimos veinticinco años. Estuvo considerando la idea de acercarse a casa del que consideraba su mejor amigo para contarle lo que sucedía, pero su orgullo le detuvo: qué pensaría Andrés, el pintor y su mujer, Carlota de su vida de pareja. No se veía capaz de soportar el tono moralista de Andrés ni por un minuto, y con toda seguridad, pensó que este le iba a tratar con la soberbia de un cura a las puertas del infierno.Al menos él le hubiera dicho un "te lo dije" si todo hubiera sucedido al revés. Su amigo no iba a ser menos ruin cuando le sonreía el triunfo.
Se dirigió a un hotel cercano y consiguió una habitación, pese a las horas, el aspecto desaliñado y el habla pringosa, como una zapatilla en un concierto. Como no llevaba equipaje y hacía frío sacó todas las mantas que se guardaban en el armario y se escondió debajo de ellas mientras esperaba que la pesadilla cesara. Aguantó un par de horas quieto- bueno quieto, sin levantarse de la cama que ya era mucho- tal vez abotargado por el cansancio y el alcohol. Después se levantó y en calzoncillos comenzó a hacer llamadas en mitad de la noche. Seis de sus amigos tenían desconectado el móvil, dos le colgaron medio dormidos y sin que entendieran su nombre, otro le maldijo hasta el fin de sus dias pasando por la mañana siguiente y Ana- su compañera de trabajo- le estuvo escuchando durante media hora, tras lo cual le colgó con un "mañana hablamos" pastoso y lánguido.
Se enfrentó a su imagen en el espejo y se enfadó consigo mismo al verse hacer este gesto: no quería tópicos ni dramatismos y los iba recorriendo uno a uno, como si siguiera un ritual. Odiaba el modo de actuar que seguían las películas, los libros, las series de televisión: le repulsaba su histrionismo. Fue ese descubrimiento el que le terminó de entristecer, su cuerpo aquella madrugada era exageradamente revelador. Nunca se había visto así, con una flacidez, un tono de piel mortecino, una mirada tan opaca... en definitiva con una fisonomía tan amarga.
Se sentó sobre la cama y comenzó a pensar en Laura. Revisó lo sucedido en los últimos días, en los últimos meses y en los últimos años. No encontró nada anormal. Recordó la tarde en que se conocieron, aunque hubiera preferido no hacerlo: habían coincidido los dos en un curso de cata de vinos y mientras iban paladeando cada uno de los caldos ellos trababan amistad. Así de sencillo. Fue fácil. Todo en su relación había sido fácil, menos esto, menos este final. Laura era alegre, plácida y cómoda. Lista para las cuestiones prácticas y no muy culta, de ahí que intentara darse un barniz con cursos absurdos como el de cata de vinos. Pero él no buscaba una mujer así. Ya lo decía Fernando Fernán-Gómez, "¿por qué tengo que enamorarme de una mujer culta? Si son dos cosas que no tienen relación..." Cuánta verdad tenía el actor y cuánta felicidad le había procurado seguir su consejo: Laura no necesitaba saber más sobre la filosofía del medievo, su natural conformar hacía que los domingos a su lado fueran baños de espuma con el agua templada. Uno se podía pasar con ella las horas haciendo el muerto, sin hablar.
Precisamente era la ausencia de palabras, de reproches lo que le desconcertaba. Entre ellos no había discusiones, gritos, ni desencuentros. Siempre que la necesitaba Laura aparecía. No era necesario invocarla, ella sabía leerle el rostro, descifraba el significado de las noches en las que no volvía a casa para acompañarla y seguía manteniendo la rutina sin esfuerzo, con la boca transparente y las manos sueltas.
Jamás se le había ocurrido la vida sin ella y desde esa madrugada daba la impresión de que a él no le quedaba otra senda. Se lo habían advertido sus amigos: "Un día no aguantará más y te plantará: juegas demasiado con sus sentimientos" Pero él se encontraba instalado en la costumbre de la linea recta y veía imposible que su relación- tan lineal- sufriera algún altibajo. Laura no necesitaba más. No le pedía nada. Solo se acurrucaba entre sus costillas cuando llegaba a casa. Le miraba desde sus brazos con una admiración profunda, que parecía estar anclada en los miedos de su infancia y a él le gustaba saberse protector.
Sumaron años sin grandes festejos ni sanvalentines almibarados. Compartieron nocheviejas, cenas con amigos, carnavales, viajes combinados y vacaciones a bordo de un costa crucero. Tenían una estanteria con todos los álbumes que Laura iba confeccionando de todos esos acontecimientos: se tomaba muy en serio esa tarea, le dedicaba horas y se esmeraba con los títulos como si estuviera haciendo una manualidad para el colegio. Él, por el contrario, apenas tardaba dos minutos en verlos y después no volvía a mirar aquellas imágenes jamás. Estaban vividas, eran agradables, no había razón para perder más tiempo con ellas.
La madrugada se enroscaba en su estómago, cada vez era más árida la soledad. Más hiriente. Pensó en esa extraña burbuja que rodeaba el cuerpo de Laura: algo había entre los pliegues de su piel que la hacía confortable y cálida. Cambiar la cerradura no había sido ninguna de las dos cosas. "¿Qué le habrá sucedido?" se preguntó mientras reconocía un antiguo olor a humedad que se pegaba a sus huesos. "Tal vez quisiera llamar la atención- concluyó mirando hacia la ventana- lo de hoy debe haber sido un simple golpe de efecto".
4 comentarios:
Simplemente precioso.
gracias, al.
Me ha encantado el relato. Me ha recordado a un buen amigo, abogado, como tú. Su relación con su ex fue muy similar a la de Laura y el protagonista, y durante el tiempo que duró, siempre le decía: un día se cansará.......no puedes tratarla así y darle tan poco...y él siempre respondía: ella no necesita más....estamos bien así. Ella llegaba a casa ilusionada por compartir las anécdotas de su afición convertida en trabajo: el baile, y él, sin apenas mirarla le decía: siempre lo mismo, no sabes que no me interesa una m....todo lo que me estás contando....y así, día tras día, ella tragando y él abusando o más bien, dando por hecho que todo iba a seguir así....que sus desaires o falta de atenciones no iban a tener repercusión. Hasta que llegó el día en que ella dijo: esto se ha acabado y no hubo marcha atrás....él lloró, suplicó, se sumió en una profunda depresión...quería cambiar su actitud para con ella, demostrarle lo mucho que la quería....hubiera dado la vida por volver con ella, pero ya era tarde....ella nunca volvió y él, aún a fecha de hoy (5 años después) sigue sufriendo por causa de este desamor.
Por desgracia son muchos los que tienen que perder algo para comenzar a valorarlo. En mi vida también ha sido una constante, quizá mi carácter entregado y atento para con mis parejas ha provocado que éstas no dieran valor a la relación, hasta que movida por sus desplantes, he puesto punto final a la misma.
Sonia Miralles
Yo no me posicioné al escribir el relato, ya que no encajo en ninguno de los dos. En realidad esto era un borrador muy escueto de un post q quise escribir en marzo del año pasado y q dejé ahí, sin dirección. Anteayer me puse a hacer limpieza en el blog y decidí terminar aquellos borradores q tuvieran un buen comienzo y este salió. Lo ví en el restaurante con el kebab y le seguí. Me gusta el golpe silencioso de Laura. No hace más daño del debido, aunque yo jamás hubiera actuado como ella: en mi caso todo se hubiera llenado de palabras. Pero está bien salir de uno mismo para escribir.Es mucho más divertido.
Me alegro de que te haya gustado, Soonyi. Mil besos
eva
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