miércoles, 16 de junio de 2010

Caja de luciérnagas

Ví en un libro de grabados japoneses de Taschen una estampa que me perturbó: dos mujeres con su kimono y su obi paseaban en una noche de verano- se suponía por su ropa y tal vez porque se escapaba de la tinta lo ligero del aire- con un cofre alto en sus manos. El cielo estaba lleno de puntos brillantes-luciérnagas- y las dos damas de Edo se disponían a guardar la esencia de aquel momento como un pequeño tesoro. Desde aquel día busqué por tiendas, rastros, pastelerías, almacenes y mercadillos una caja de luciérnagas para guardar en ella los instantes más felices.
Hace ya algunos años la encontré. En estos momentos, mientras escribo, parece saludar con una reverencia desde encima del mueble en el que tiene su sitio. Si viniera Indiana Jones le invitaría a cenar para que no me la cambiara por un saco de arena en cuanto yo me girara a traerle una ambar fresquita. A George Clooney y a Brad Pitt, con el resto de Ocean's Eleven, no los dejaría pasar de la puerta. Hago lo mismo con los de la gayata cuando vienen a pedirme el impuesto revolucionario para las fiestas, así que no se deberían sentir agraviados.
Lo importante es conservar la caja de luciérnagas, en la que a veces me falta espacio: no me caben los fines de semana de la dolce vita, el tiovivo al que me subí una mañana de Reyes mientras sonaba el tema de Lara, los cartones de las medias en los que mi madre me deja sus notas prácticas- "plan de ataque a la limpieza de la casa"; "ahorro y vida ociosa", etc.-pero en realidad la caja funciona incluso al revés: es decir, que su estructura de madera podría ser, en un momento dado, reversible como algunas bolsas y ampliable según el objeto que quisieras proteger del paso del tiempo con un hechizo japonés. No sé en qué dibujos animados había una caja así, pero lo recuerdo con claridad. Para haceros una idea imaginad que funciona como el elefante con la boa del principito o que varía su forma como un barbapapá.
Así es mi caja de luciérnagas.
Este fin de semana he guardado algunas cosas nuevas en su interior- las que ya estaban las cité en otro post- el colgante que aparece en la fotografía (que tampoco es lo que parece, porque en realidad habla de un viaje transoceánico de un marinero de río que se parece al Corto Maltés y llega hasta Peñíscola con una mujer que se llama como la Esmeralda y escribe en su libreta postales de los sitios que ha conocido y que llegaron hace tiempo hasta mi ventana, un viaje que según ella me cuenta todos podemos emprender en cualquier momento) un flyer poco convencional, un croissant de chocolate blanco que nunca he visto ni probado y un cuento perfecto del que algún día diré el nombre pero que ahora me callo para disfrutarlo hacia dentro.
A veces las cosas no pesan, sino que son pequeños salvavidas para curarnos de la tristeza.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Suspiro por tener no una, sino 5 cajas de luciérnagas: una para las noches de luna llena, otra para las noches de cuarto menguante, otra para las noches de luna nueva y dos para las noches de cuarto creciente. Cuando llega el cuarto creciente enloquecemos y pergeñamos historias maravillosas.

Ansío devorar ese cuento pendiente. Y prometo obsequiar a Ginebra con un croissant de chocolate blanco el día que se decida a callejear por Tallers...

Mr. A

evamaring dijo...

¿Se puede llorar de emoción con un comentario? Pues eso, Mr.A.
Snif.
(Llorar y sonreir a un tiempo es como gene kelly en "singing in the rain", no?)
nueve besos

magenta dijo...

Yo también sigo guardando los buenos momentos en la caja de luciérnagas...
Beijinhos!

evamaring dijo...

:) Qué alegría...Beijinhos
eva