Agustín Fernández Mallo- Manuel Vilas, del "Manifiesto Facebook" publicado en "Quimera"
Todos los días, antes de llegar a mi mesa, paso por el supermercado de la esquina y me compro una cocacola-zero (cincuenta y un céntimos). Como en esos momentos no gasto carro- ni pido bolsas -ni quiero que me acerquen a casa, me pongo en la fila de la caja rápida, que siempre suena a broma, y como el objetivo de la cámara de Google maps me voy aproximando a los gestos de las personas que me acompañan en la espera.
La chica de la pastelería es una de mis favoritas: lleva el pelo recogido en una gorra- por higiene- y se saca el flequillo que a veces le tapa los ojos- por coquetería- mientras desayuna con un albañil de una obra cercana que aún no he situado. Ella va y viene de la cafetera, pone un pastelito de pescado y se acerca junto a él para ordenar el bote de las pajitas ( cómo me gustaría que le regalara un ramo de pajitas de colores cualquier día) que siempre están a la suya; él, ante su proximidad, pega una dentellada al bocadillo como si fuera el lobo de caperucita, para avisarle que le comerá mejor. Ella se ruboriza y se coge a un colgante que se columpia por encima del delantal. El miércoles pasado él le dijo que había colgado una foto en pelotas en facebook y a ella casi se le parten en dos todas las rosquilletas de las bolsas- un fenómeno carrie panadería lo tiene cualquiera-pero fingió indiferencia y se atusó el flequillo. Él le dijo su nombre y cuando llegué al despacho, yo estuve a punto de solicitarle amistad.
En la caja me entran miedos que hasta hoy no conocía, por ejemplo: no hay que guardar las monedas del cambio. Hay que deshacerse de ellas a la menor ocasión. La razón es muy sencilla: todas las señoras viejas que viven encerradas en su mundo tienen un objeto de concentración, las monedas. No hay anciana que no lleve un monedero cargado de cuentas de color plata, oro y cobre. Y que no se esmere en contarlas como si fueran universos de cristal. Estas señoras no responden a ninguna pregunta- ¿es usted la última?¿le gustan las sardinas en escabeche?- invierten en combinaciones inverosímiles (fajitas old el paso con ambientador de aromas del bosque) y cada ticket suyo es como una representación de kabuki: la lentitud y concentración de sus gestos lo avala. Suelen aparecer despeinadas, con algún rulo como tocado, la mirada acuosa y los dedos tintineantes. A veces incluso llevan la dirección de su casa escrita en el dorso de la mano, por si se pierden.
Yo procuro mimetizarme entre todas las especies: ser todas y no parecerme a ninguna de ellas. Me asusta por ejemplo que me confundan con la ejecutiva de camal ancho, sastre de Zara, pechos operados y grandes resoplidos en la fila que viene a por la ensalada de pasta que anuncia Patricia Conde. O con la madre recién inaugurada, la raya al lado bien hecha, las manoletinas que nunca resbalan y el carrito del niño (el modelo de Fernando Alonso) vacío, pues ni tuvo ni tendrá ningún hijo.
" Más cerca de tí" dice la escarapela de plástico de la chica que me pide el céntimo suelto.
No quiero bolsas de plástico, gracias.
Vuelvo a leer el eslógan de la casa: más cerca de tí.
Bajo la cabeza y escondo la tristeza del sábado en el desayuno, el estómago torcido por la pena, la cobardía de seguir hacia delante sin saber dónde, la raya desdibujada en los ojos de Anouk Aimeé.
No deseo que me descubras.
Es lunes y he guardado el cambio de los periódicos del fin de semana.
7 comentarios:
A mí también me parece delicioso eso de regalar "un ramo de pajitas de colores" mientras se saborea un pastel de pescado (con el tiempo he sabido que junto a la coca de tomata, dicho pastel, constituye la esencia de la panadería castellonense).
Deambular por centros comerciales (Simago, Ikea, etc) es una oportunidad para observar con atención a la gente. Parejas que discuten, parejas en ciernes, señoras mayores, pandillas del acné...En esos momentos nada mejor que un cuaderno o incluso una grabadora para registrarlo y procesarlo.
Mr A.
Pues a mí me encanta pasar un sábado a última hora de la tarde por el Mercadona de tu Downtown y ver a los teenagers (mi debilidad, yo confieso) que se ponen gallitos para comprar el lambrusco cabezón de a un eurete que les sirve para hacer botellón en los banquitos que hay al lado del parque de los malotes.
Ese Mercadona mola porque se junta tota la pijor de los PAI Lledó unodosytres con los lugareños y con los rumanos. Y a veces les miran fatal. En el de mi barrio, como no hay pijor, esas cosas no pasan
:-)
mr. A,
En los pastelitos de pescado también se adivina una cata pendiente de la mejor gastronomía del Downtown, así q apunte. Los aeropuertos, salas de espera, supermercados y administraciones públicas son grandes lugares para la observación. En Ikea se fraguan las grandes demandas de divorcio, en Simago los romances al lado de una horchata y con fondo de minimedias.
Y en mi Mercadona, cierto, los teenagers de botellón-lambrusco y muchos manoseos. Me dan envidia los malotes del primer molino, Srta.B, tienen tanta pose y tan bien puesta! El pijerio es de fuera, para qué mentirle, aquí en el downtown, los de todalavida, somos més llauros que otra cosa.
967, con tres céntimos de besos a repartir entre los dos!!!
Y gracias.
eva
A mí no me vuelven loco los supermercados. Ya pasó aquella sinrazón adolescente de perderme embobado en el fácil laberinto de sus pasillos. Ahora se me hacen demasiado higiénicos.
Al de debajo de mi casa, sin embargo, voy a gusto. Allí conozco de vista a todas las dependientas y cuando voy, confieso algo rubiorizado que gambeteo con ellas dedicándoles miradas que pretenden ser interesantes; haciéndose parar por ilustradas y vividas. Además, cuido mucho mi dicción cada vez que me dirijo a ellas, pues he descubierto que a las más, les encanta.
Sonrío.
Gambeteo y culebreo, dos palabras que me requetechiflan y q he aprendido esta semana. Ahora que esos truquillos, Raúl....jejejjeje.
Cualquier día ellas te citan "El ruido y la furia" de Faulkner o a Luís Ciges y no sé quién se quedará más impresionado.
Besos!!!
eva
Hola Eva, me gustó mucho esta entrada tuya pero la semana pasada no tuve tiempo de comentar.
No conozco tampoco los pastelitos de pescado! A mi me gusta mucho el supermercado al lado de mi casa, que los empleados sigan siendo los mismos desde que abrieron, en el mio hay mucha variedad de clientes porque esta enclavado en una zona mitad chalets, mitad casas de protección oficial, asi que hay todo tipo de clientela :)
Muchos ánimos, ese final de post parecía algo triste.
besos.
En la pastelería de tu downtown, que también es el mío, al menos laboralmente hablando, no sólo hacen unos pastelitos de pescado que te mueres, sino unos de espinacas que fueron mi antojo durante 4 meses del embarazo...yo creo que a punto estuvo de regalarme el ramo de pajitas a mí por ser la cliente del año.....
Ahh, y me han dicho que quieren quitar el Mercadona del downtown...no sé si será cierto.
Soony
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