sábado, 5 de junio de 2010

A destiempo (cualquier cara).

Junio arranca desde hace un par de años con terapia ocupacional. No sé por qué razón al final de mayo, sin misas ni flores por medio, sufro algún tipo de percance o descalabro emocional que me obliga a pasarme el primer fin de semana del casi-verano en la terraza, rodeada de brochas, lijas y abono que compro en los chinos. Hoy he limpiado las tumbonas y la mesa de las cenas improvisadas (la del piso de arriba), les he dado cera (dónde duermes Pat Morita) y se me ha derretido la tarde mientras pintaba de rojo granada un sillón de mimbre, que sin ser el de Emanuelle ni el de Isabel Tenaille, a mí me evoca lo más transgresor de los setenta. Ignoro que razón existe en mi subconsciente para tal asociación de ideas.
Esta ha sido una semana al revés, consecuencia directa de tomarse unas vacaciones cuando todavía hay colegio. Llegué de la isla el domingo: medio morena, con una botella de arena rosa, dos dosis de calma, cientoveintiocho fotos, tres momentos para guardar (un paseo matutino, una comida tardía en una plaza y otro que me reservo para mi moleskine), una jarrita de leche para los desayunos de verano y los pulmones rebosantes de nubes y claros. Instantes luminosos, carreteras con un principio y un final muy querido: dos faros.
Por eso el lunes debería haber sido un día espantoso, pero la semana dió una voltereta cuando estaba haciendo la compra en mercadona y se disfrazó de sucedáneo. Sucedáneo de viernes, claro. Cené en la Guindilla y acabé tomándome una copa en el bar más cutre del Downtown: el de debajo de mi casa, Tal com som , refugio de conductores de renaults tunneados y de un señor- ronda los cincuenta- con barba y pelo largo canoso que siempre ocupa una de las mesas que dan a la calle.
No suelo salir entre semana- el sofá y la pereza se apoderan de mí- pero cuando lo hago, este tipo de actividades (descubrir bares perdidos, cenar en los sitios más concurridos cuando no va ni dios) me vuelven loca. Por unas horas me siento personaje de Valle Inclán en "Luces de bohemia" y sueño con que no tengo profesión, ni plazos, ni préstamo los veintiuno de cada mes, ni hambre, ni ansiedad de vestidos bonitos, ni viajes aplazados. Me bebo a sorbitos pequeños el vodka, cierro los ojos mientras la corriente eléctrica atraviesa mi espinazo y observo: la conversación, las historias inesperadas de un chico tímido, los sietes multiplicados por nueve en la mesa de billar o los vídeos musicales que se suceden en la pantalla. Esta tranquilidad debe ser el limbo, concluyo, y antes de que la tónica se evapore con alguna campanada yo ya estoy en mi portal buscando las llaves de la rutina. El callejón del gato apaga sus luces mientras me duermo.
Con semejante principio era de esperar que la tarde del martes se convirtiera en la de un falso sábado, que saliera del despacho corriendo para ir a la presentación de un libro y que sugiriera un motín al amigo que me llevó. No me gustan los escritores cuando se ponen serios y toman una voz de púlpito. La prosodia del agua bendita me aburre, pero fuera de una iglesia tiene un efecto peor: me mata de sueño. Así que suelo ponerme muy nerviosa en aquellas conferencias en las que quien tiene la palabra- y suele abusar de ella- recita como si hablara en misa. Cada vez que alguien se dirige al público así me dan ganas de interrumpirle con un : "Te alabamos señor" o un " Es justo y necesario"con la misma entonación cansina.
Lo de las presentaciones de libros me ha hecho volver atrás. He tirado de youtube-tiene Ud. razón, Sr. Ánónimo, youtube mata recuerdos y sensaciones- y he revisitado el programa de Mercedes Milá donde Umbral dió la nota.:"He venido aquí a hablar de mi libro".
Más allá de lo impropio, de la arrogancia o el whisky que se balanceaba en la copa de Umbral, más allá de las anécdotas hermosas (que las hubo y la propia Milá contó una preciosa, mi favorita, hace poco tiempo) y de las veces que se reproduzca el vídeo en youtube, esas imágnes son la representación de la vanidad fuera de sitio. El cabreo de Umbral aquella noche es, de entrada, el del niño malcriado que no consigue ser el centro de atención en el grupo. El que se enfada porque se juega a algo en lo que él no destaca. Vuelvo a ver el vídeo y me pregunto si Umbral hubiera reaccionado de igual forma si sus contertulios hubieran sido otros, menos brillantes, menos educados, menos inteligentes y menos cultos. Posiblemente no se hubiera sentido ni tan herido ni tan agraviado. Umbral ( al que admiraba por sus columnas o por " Mortal y rosa") y la vanidad. La vanidad de cualquiera: blogguero, agente de la propiedad inmobiliaria, secretario de la asociación de damnificados por la ley antitabaco, guapo de su escalera, bombón entre las cajeras del champion, madre de ingeniero aeronáutico o cuarto en las listas al senado. ¿Por qué me ha dado por pensar en esto a raiz de las presentaciones de libros? Porque creo que son más divertidas, más interesantes y se venden más ejemplares cuanto menor es la vanidad de quienes intervienen en ella. Pensamiento del martes que me dió por vagar hasta Umbral. Después con la cerveza de la fuga hubo otros, pero no se cuentan, como suele hacerse con los que nos sobrevienen los sábados entre amigos.
Al miércoles, sin embargo, el desorden le dió un mal papel: la tristeza.
El tercer día de la semana amanecí con pesadillas. Ultimamente sueño que persigo a personas a las que quiero sin alcanzarlas. Que viajo tras ellas y cuando me detengo en el lugar donde debemos encontrarnos se han ido. El descubrimiento de su ausencia provoca una desazón semejante a la del final de cada capítulo de Marco. Un cansancio muy profundo al que sigue la inercia del despertados, dos cucharadas de Nescafé en la taza y el silencio ante el armario.
El miércoles deseaba ser un erizo. El elegantísimo al que cita Muriel Berry y que, con acierto, me recordó Raúl la otra tarde. Me hubiera gustado replegarme en mi interior, con calma y sin levantar arena para esconderme en un rincón de la pecera y pasar desapercibida.
No lo conseguí. La pena no me disculpó una sola hora.
Como había ratos en los que no me soportaba comencé un libro, para doblarme dentro y tuve la suerte de caer- por recomendación de José Luis MHens- en " No ficción" de Vicente Verdú. Las setenta primeras páginas me supieron a revelación (las he subrayado casi línea por línea con mi plastidecor) después mi interés se marchitó y hoy lo he acabado con una sonrisa, pero sin estar arrebatada como al principio. Como seguía sin aguantarme, a eso de las siete de la tarde me fuí a casa de mi madre y mengüé. Regresé a los nueve años, con la falda girada, coleta y la cena en una bandeja frente a la televisión. Toreaba Morante en las Ventas y en mi casa era poco más que la llegada del año chino.
Hacía años que no me sentaba a ver los toros con mi madre. Desde que tengo gatas las corridas de toros se han vuelto algo difícil de digerir: imagino que el toro es Frida y se me saltan las lágrimas en cuanto suena un clarín. Las chicuelinas, las verónicas, los ayudados por abajo, los naturales y los pases de pecho me resultan insípidos y cruentos cuando veo al animal sangrando. Hasta los capotes de paseo han perdido el color. No sé dónde colocarme ante la polémica de Cataluña. Lo más justo sería prohibir cualquier espectáculo en el que se maltrate a un animal. Cualquiera. Pero hay plasticidad e inteligencia detrás de una faena de Morante de la Puebla. Me cuesta reconcerlo, pero el miércoles recordé lo del arte y el duende. Me fuí a dormir aún más triste: soy pura contradicción.
El jueves se despertó con ilusiones y acabé como el miércoles, triste y cansada. El viernes fue el peor de los lunes de todo el invierno: mañana de declaraciones en el juzgado, prisas, expedientes y la tristeza intensa, recién estrenada y aguda como la de un domingo lleno de despedidas.
Hoy, a destiempo, para conjurar un poco de calma y reconciliarme conmigo- primero- con mi pasado, he cambiado de trabajo y me he dedicado a la chapuza dar cera, pulir cera. De fondo daban saltos los Pixies y Bambino con la Buena Vida. El sillón ha quedado de un rojo cereza.
Es junio y me pilla a destiempo.
De ahí que en cuanto me empiezan a temblar los labios, salga corriendo. No me sirve cualquier cara.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Mucha sustancia. Esta semana que acaba de expirar tiene que haber sido tremenda.

Es cierto que hay momentos del año en los que todo se trastoca. Se desbocan los sentimientos y todo se vuelve dolor o tristeza. Resulta curioso, no obstante, que en tu caso sea siempre por estas fechas.

Lástima que sólo regresaras de la isla con dos "dosis de calma" (¿para cuándo habrá camellos que vendan dosis de calma, de sueño o incluso dosis de mentiras piadosas?).

Me ha fascinado esa ruta por Downtown. Creo que sería una de las destacadas en una hipotética Lonely Planet de Castellón.

Yo tampoco soporto las presentaciones de libros, salvo que el autor sea un poco irreverente y decida dejarse llevar.

Ah, y yo, por más vueltas que le de, sigo pensando que las corridas de toros son una aberración. Hacer de la muerte un espectáculo...En fin, esperemos que este lunes pase rápido.

Mr A.

Raúl dijo...

Te leo y, homilía de martes al margen (sí fue aburrida, pero no tanto como para que contribuyese a cargarse el resto de tu semana... sonrío) pienso que un día deberíamos plantearnos en serio el sacarnos el carnet de fugitivo. Huímos mucho, E.
Feliz semana, querida.

evamaring dijo...

Mr. A,
Tremenda: ha dado en el epicentro del terremoto. Hoy las cosas se ven diferentes, pero el fin de semana tiene algó de vómito necesario.
(siento este abuso de intimidad)
Lo de las fechas no es casualidad: se acerca el verano y arrastro la mentalidad del colegio: balances, proyectos, finales de curso...y tiempo libre, demasiado, to think about.
Camellos de calma, alijos de serenidad, barcas que lleguen de la isla aprovechando la luna llena con kilos de tranquilidad....tráfico de lucidez en estado puro, intervenciones telefónicas que hagan sonreir a la UDYCO.Ojalá.
Le guío en la ruta por el downtown cuando quiera. El grupo máximo es de ocho personas, así q invite y lo organizamos cualquier viernes- los días más chulos entre palmeras- pero dese prisa que en verano cierran el Raspa y nos quedamos a mitad si no acudimos allí para catar el vodka.
En cuanto a las corridas de toros, Mr.A suscribo también su opinión, aunque me contradiga sola.
Abrazos, muchos abrazos. Es una alegría enorme seguir leyéndole.
Besos
eva

My dear raúl,
Algún día dejaremos de huir.
Seguro que hay un sitio esperándonos.
Abrazo también
eva