martes, 28 de septiembre de 2010

Cajas


No pude conciliar el sueño las dos primeras noches del viaje. Era marzo y recuerdo por las fotos que no hacía frío, sino que las mañanas y el viento racheado de las últimas horas de la tarde estaban hechas de hielo. Nos costaba salir del hotel, apartarnos de la calefacción. El primer día invadimos una sombrerería y nos creímos delicadas mujeres de Scott Fitzgerald aunque no fueran los años veinte. El segundo día se nos congelaron las manos en el cementerio judio y el tercero descubrimos que los perros no ladraban jamás por Mala Strâna. Nos hicimos clientas habituales de una vinarna en la que resucitábamos cada noche con gulash y cerveza. Subimos al castillo. Perseguíamos la sombra de Kafka. Y al regresar al hotel, cuando entre los callejones perdíamos de vista la torre de la Pólvora, junto a una tienda de juguetes de madera, un hombre batallaba con el termómetro y contra la memoria vendiendo sus cartas.

La última tarde con algunas coronas en el bolsillo del abrigo me acerqué a mirar su puesto. Había postales antiguas, fotos coloreadas, insignias y siempre, en casi todas ellas encontré la misma caligrafía. Le pregunté en inglés de quién eran aquellas cosas. Dónde las había encontrado. Tenía la barba rala y fumaba con lentitud. Era difícil entenderle, pero de los golpes que se daba en el pecho y de las señales que hacía al soldado de algunas fotografías y a él mismo no cabía duda de que le pertenecían.

Había una postal de la torre Eiffel coloreada. Otra de lo que parecía un pueblecito suizo. No quise mirarlas más porque de repente tuve la sensación de que cualquier día podría estar como él, vendiendo mis recuerdos en una esquina con viento. Le dí las monedas que me quedaban balbuceando algo que no se podía traducir en ningún idioma. El hombre me alargó una foto de estudio de una mujer con sombrero. Daisy, supuse, pero no pude cogerla y me fuí.

Nos alejamos de allí en dirección al puente Carlos. Nos despedimos del Moldava y me pareció que la ciudad era amarilla. Amarilla y negra como el cuerpo de una avispa. El castillo de Kafka era un escarabajo gigante. La angustia de Gregor Samsa se repetía en todas las farolas.
He puesto orden en casa. He abierto cajas que me siguieron en la mudanza y que tenían pegadas canciones de otro tiempo. He encontrado entre ellas mi libreta- entonces aún no disponía de moleskine-y los negativos de aquellas imágenes de Praga. Un golpe de viento racheado me ha hecho recordar la tristeza de aquella última noche en el puente Carlos. Me ha costado conciliar el sueño más de tres horas.
He soñado con cajas apiladas en un inmenso almacén de recuerdos.


¿Dónde van las cartas que no llegaron?¿ Hay un cementerio de correos perdidos?¿Y lo que regalamos a la gente que quisimos, sigue junto a ellos como un faro?¿Qué se hace con los recuerdos cuando contaminan el presente?¿Y con las palabras que se escapan de las cajas y esperan escondidas en cualquier rincón a que las pronuncien?

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Vender cartas me parece la expresióm máxima de dolor.

Y la angustia kafkiana queda reflejada en cada poro de este texto.

Y como canta Extremoduro:

"Dónde estan los besos que te debo
en una cajita
que nunca llevo el corazón encima
por si me lo quitan

Dónde estan los besos que me debes
en cualquier esquina,
cansados de vivir en tu boquita
siempre a la deriva"

el chico que...

evamaring dijo...

Sí.Deshacerse de los objetos que son, o han sido, tu paisaje debe producir un dolor terrible.
Me gusta la canción de Extremoduro.
Mil besos chicoque
eva