
Les prometí a mis primos a comienzos de agosto que escribiría un post sobre el fin de semana de las fiestas de Vall d'Almonacid que había pasado con ellos. Se lo dije mientras compartíamos el último gin-tonic en la piscina y la siesta se retrasaba, entre recuerdos, anécdotas de la noche anterior y chistes de esos que se cuentan millones de veces sin sentido.
Fallé a mi promesa. Bajé de la sierra exaltada, suspirando en cada curva que olía a pino y al llegar a casa me secuestró una de las fotografías antiguas de mi padre - que nació en ese pueblo de la Sierra de Espadán donde se hace el mejor aceite del mundo-y hablé de un pajar y de un niño con las rodillas sucias en lugar de hacer una crónica al estilo Sex in the city sobre la verbena de la noche anterior.
Cosas que pasan.
No imaginaba que recordaría mi promesa tan pronto. Ni que las palabras que no escribí se me atravesarían en la garganta, como si me hubiera tragado un zarzal este mes de septiembre. Pero así ha sucedido. Hace dos días mi prima nos llamaba para decirnos que a la tía- no voy a entrar en explicaciones de parentesco, después diré por qué-le quedaba muy poco. La siguiente llamada, a primera hora de la tarde nos dejaba sin voz. La muerte aunque siga el curso natural nos enmudece.
Subimos de inmediato al pueblo y atravesé otra vez el portalón de madera de la casa de mis primos. De pequeña era uno de mis lugares favoritos. Mi cueva de Ali Babá. Entonces, cuando no me callaba ni dormida, empujaba sin fuerza la puerta que solía estar abierta y encontraba sentada a una mujer esbelta y anciana, con el pelo recogido en un moño en la nuca: la tía Amparo, madre de la tía Pilar, la que murió anteayer. A su lado un señor pequeñito y arrugado, con boina y bastón, el abuelo Francisco, que con su uno sesenta de estatura había conquistado a la chica más guapa del pueblo, a la campeona del baile de jotas que elegantemente envejecía a su lado. La tía Amparo- la abuela- me cogía en brazos y me llevaba a la cocina, me escuchaba y me daba un vaso de agua fresquica con rollitos de huevo y limón. Me sentaba en su delantal y el regazo de aquella mujer era un trocito del paraíso.
Murió el abuelo Francisco y la tía Amparo al llegar del cementerio dijo que no tenía sentido vivir sin él. Se metió en la cama y no quiso levantarse más. Tardó quince días en alcanzar a su marido. Se apagó con la lentitud con la que se nos escapa el verano de las manos, sin hacer ruido, sin molestar a nadie y sus hijas, Pilar y Amparo tomaron el relevo en la cueva de alibabá: en la casa-palacio.
Mis tías fueron Pilar, que decidió quedarse soltera y Amparo, que tuvo cinco hijos. Mi grado de parentesco con ellos es practicamente inexistente. Mi abuela- la madre de mi padre- era prima del marido de mi tia Amparo, el tío José María, otro hombre discreto que también conquistó a la chica más guapa del pueblo con su sencillez y la risa. Mi padre vivió con ellos una temporada, cuando terminó la carrera y se quería establecer en Castellón. Los Pérez- ese era el apellido de mi tío José María- habían dado el salto a aquella pequeña ciudad de principios de los setenta para que mis primos, que entonces solo eran niños de rodillas sucias y saltos entre los olivos, estudiaran. Estudiaron y crecieron, me vieron nacer a mí. Uno de ellos, Javi, me enseñó mi primera canción: "La hija de Don Juan Alba"cuando me parecía más al dibujo de Heidi que a mi familia. Los veranos regresaban al pueblo.
De las comidas familiares me queda el sabor de la paella, la torta de cebolla que hacía mi tía Pilar y las sobremesas multitudinarias en el palacio- la casa de los Pérez se llama así, no porque yo o ellos queramos dárnoslas de aristocráticos, sino porque había sido propiedad del conde de Aranda- en las que fundamentalmente se cuentan historias del pueblo. Yo prefiero las de amoríos malogrados, o las de la guerra, con la batalla del Espadán de fondo. A veces incluso se cantan jotas con mucho sentimiento. Javi tiene que enseñarme ahora la letra de cualquiera de ellas.
Siempre he dicho que familia es quien se comporta como tal, no quienes nos siguen por apellido o código genético. Los Pérez son mi familia y con ellos la vida se hace sencilla, más tibia, como si no hubiera desaparecido esa quietud del regazo de su abuela.
Ayer caminamos hasta el cementerio. Desandamos la calle Larga acompañando en su último paseo a la tía Pilar. Al volver se había levantado un poco de viento y en los nichos se volaban los pétalos de las flores de plástico. Nos despedimos con un abrazo. Uno de esos que te atan a la tierra, como raíces de olivo.
5 comentarios:
Me seducen esas raíces de olivo.
Y el dolor también es fuente de un cierto recogimiento y alegría. Esa nostalgia (saudades que dicen los portugueses) de saber que hemos querido y que nos han querido. Volver al pasado, recorrer de nuevos esos senderos llenos de recuerdos y de zarzamoras. Septiembre...
Gracias por compartir este momento.
El chico que...
Lo siento mucho Eva, el mejor homenaje que puedes hacerle a tu tía es un post así. Gracias por contarnoslo. Un beso fuerte.
Gracias a los dos.Escribir esto me ha costado por pudor y respeto a mi familia, pero creo q era bueno sacarlo.
Un abrazo
eva
Familia es quien se comporta como tal....¡cuanta razón!, lo levo repitiendo desde casi que nací, como un mantra para dar explicaciones , que nunca me apetece dar, de porqué me comporto como me comporto con ciertos "familiares".
Un beso, precioso el post, el reflejo de la vida de pueblo que yo añoro cada segundo de mi vida.
Gracias Al. Un beso
eva
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