"Te tienes por muy buena moza
y te falta lo mejor:
los colores de la cara,
la vergüenza
y el honor"
Jota.
Nunca le agradó. Evitaba mirarle cuando se cruzaban en la plaza, le rehuía en la calle Larga y si en misa él se le arrimaba, ella, sin ningún tipo de recato se cambiaba de banco. Él hablaba a gritos, se reía con fuerza y algunas muchachas decían que tenía buena planta. Pero ella se mantenía en silencio. A ella, aunque no supiera explicarlo, le producía repulsión. No sabía muy bien por qué causa, pero su presencia le estrangulaba el estómago y algo más abajo. Sus gestos le parecían resbaladizos, aunque no llegaran a alcanzarla. A veces él se quedaba mirándola, abobado y ella se tocaba el cuello porque pensaba que tenía caracoles dentro de la garganta, agarrándose a su voz.
Una tarde, al volver de la huerta él la esperaba cerca del Caño. Era verano y sus hermanos se habían quedado refrescándose en el río. Las escaleras que subían hacia el pueblo tenían charcos de agua, alguien debía haber pasado por allí antes que ella con prisa, derramando alguna garrafa. Estaba mirando el reguero cuando le descubrió apostado en la esquina, justo en el borde del camino. Ella se abrazó a la cesta de albaricoques que llevaba y siguió andando, fingiendo no haberle visto. Él se colocó delante, impidiéndole el paso y la llamó por su nombre, como si la tratara a menudo y estuvieran hechos a las confidencias. Escucharle hizo que sintiera un escalofrío. Tomó aire y siguió andando, rodeándolo, sin intención de contestarle, pero al pasar por su lado él la tomó del brazo y le dijo que era una moza muy guapa, se mordió el labio y con voz ronca le contó que le quitaba el sentido. Lejos de halagarla, aquellas palabras fueron como si la abofetearan. Los dedos de aquel hombre eran los barrotes de una jaula. "Suéltame" le respondió ella y a él se le escapó una carcajada. Llevaba un palillo entre los dientes y manteniéndola cogida por el brazo la miró de arriba a abajo, a tan solo unos centímetros de su piel, de modo que ella podía notar su aliento y su olor a taberna y cebolla. "Déjame" le repitió y él se acercó a su cuello y la besó, arrastrando la lengua hacia el lóbulo de su oreja. No pasaba nadie por el camino. Los ojos de ella se llenaron de lágrimas, dejó caer la cesta al suelo y salió corriendo. Se tropezó y escuchó su risa persiguiéndola, hasta que alcanzó la puerta de su casa. La madre remendaba una camisa en el patio y no la escuchó. A la hora de cenar nadie preguntó por la fruta y ella quiso olvidar cómo se le había caído la cesta. Pero tuvo pesadillas toda la noche y la siguiente y la otra.
Dos días más tarde comenzaron las fiestas de las vírgenes de agosto y después de engalanar los balcones para la procesión, su madre sacó las mantillas y los vestidos negros. Cuando se miró al espejo se encontró demacrada y sus ojos tenían un brillo de fiebre. Le temblaban las manos y ese aire espectral le daba una belleza extraña, de otro mundo. Estaban arreglando las flores en la capilla cuando él apareció y se quedó observándola desde la puerta. El corazón se le aceleró al escucharle y se agarró al rosario. Las otras le saludaron, cómplices de sus gestos, y una, más descarada, le dijo en alto: "Ahí tienes a tu enamorado. Habrá que ver a estos dos en la verbena" Todas se rieron y ella no pudo contestar. Sin mirarle siguió colocando en la pica los claveles blancos. Él se acercó y le susurró en la oreja: "Esta noche bailarás solo conmigo” y su olor volvió a recorrerla de arriba abajo. La faltaba el aire, cerró los ojos su manos ásperas debajo de la camisa y se vio, entre cebolla y absenta, echada en la ribera del río, con las enaguas llenas de barro y sus piernas apresándola, corrientes de agua y gotas de sangre amarilla...el incienso, las risas, los albaricoques, el sofoco, las flores, su aliento, las babosas entre sus piernas, su saliva, el cuello, su lengua sobre la piel, la oscuridad, su risa...creyó que iba a desmayarse y, sin embargo, se dio la vuelta y al verle tan cerca, casi pegado a ella, le apartó pero antes le escupió en la cara.
Salió corriendo y el silencio llenó la capilla.
El eco de sus tacones se perdió por la calle Larga.
Una gota de saliva resbalaba por la mejilla del hombre.
Las mozas agacharon la cabeza para no ver cómo la ira se transformaba en odio, en rabia y nadie se atrevió a hablar mientras él se iba y se limpiaba la cara con la palma de la mano.Los claveles blancos estaban pisoteados, pero ninguna de ellos se atrevió a recogerlos y la imagen de la Dolorosa salió medio arreglada mientras ella se desvestía y cerraba su balcón.
Había algo en aquella tarde que marcaba los pasos como si celebraran un funeral. El Olivo, que era muy devoto de la Dolores, rompió a llorar cuando pasó su imagen por delante del cañizo, y no supo el porqué de sus lamentos. Ella escuchó cómo la banda entonaba debajo de su balcón una música triste. Él no apareció aquella noche por la verbena. Cuando la madre regresó de la plaza la encontró acostada en la cama de hierro, con una fiebre muy alta. Sus hermanos no consiguieron que les dijera qué había sucedido en la capilla, por qué no había salido con el resto de las muchachas. Ella se negaba a hablar y ninguna de sus amigas, ni siquiera las que en otro momento se descararon supieron explicarles lo que sucedió. Al cabo de varios días, entró un viento fresco por las ventanas y ella se sintió con fuerzas para salir a la calle, aunque no le gustaba hacerlo sola porque tenía miedo de verle. Por eso trataba de esconderse entre las sombras de los portalones si la mandaban a por agua o imaginaba que se metería por las gateras si él aparecía en el otro extremo de la calle. A su alrededor nadie le nombraba. Las muchachas seguían haciendo corro en la fuente, en la plaza y en el río, pero la trataban con cuidado, como si temieran que ella les recriminara que no la hubieran protegido aquella tarde. Para él, sin embargo, todo seguía siendo igual: continuaba riéndose fuerte, jugando al guiñote en la taberna, manteniendo su apostura de campo y hablando a gritos. Lo único que le distinguía de los demás es que en las vaquillas o en las fiestas, se mantenía distante de las mujeres. Parecía que esperaba, que aguardaba que saliera su presa, porque se apartaba de las cuadrillas cuando ella estaba cerca y observaba sus movimientos de lejos, no dejaba de mirarla desde la distancia. Diríase que estaba siempre vigilante.
Caía agosto y se terminaban las fiestas. La última tarde todo el pueblo se reunió en la plaza para el baile suelto. Los músicos se habían colocado en un pequeño escenario de madera junto a la casa Abadía, y allí, debajo del olmo y sobre el empedrado las parejas se disponían a bailar. El ritmo, un poco más lento que el de la jota, iba mostrando las diferencias entre los mozos. Ella salió a bailar junto a su hermano. Habían aprendido de muy pequeños, cuando la tía les enseñaba en el patio y se pasaban las horas entre canciones de su madre y giros, las correcciones de las mujeres y las historias de los mayores. Ahora, años más tarde, ese día era para su hermano y para ella una fiesta y un orgullo, por poder demostrar delante de todo el pueblo lo arraigado de su familia.
Comenzaban a bailar cuando él apartó a la mujer que cantaba, sin que nadie lo viera porque estaban concentrados en el concurso, los aplausos, las parejas que se apartaban y el júbilo, pero de repente se escuchó su voz. Todos se giraron y vieron como él le cantaba, le cantaba solo a ella que seguía bailando en el centro de la plaza. Él le cantaba con la voz rota , llena de rabia y entre su dolor se escuchó:
“Te tienes por muy buena moza
Las otras parejas se detuvieron y se hizo el silencio. Ella no le veía, bailaba de espaldas a él, pero sentía su voz clavándosele en la nuca
Y te falta lo mejor
La voz del hombre era fuego. Su hermano la miró extrañado, no sabía si detener el baile y acercarse a darle un puñetazo. Ella estaba pálida, más hermosa que nunca, como si recibiera un beso de un fantasma
Los colores de la cara,
La vergüenza,
Las palabras parecían estar arrancándolas de su pecho, como si peleara con ellas. Sujetaron al hermano dos mozos por los hombros, mientras ella seguía erguida, sin perder la elegancia, girando sobre su falda como una bailarina en una caja de música
Y el honor."
Ella se detuvo en seco. Él agachó la cabeza como si le hubieran vencido. La mujer tenía los ojos brillantes y el cabello revuelto. Cogió dos horquillas y se rehízo el moño y se giró para mirarle. Él seguía allí de pie, roto, aguardando su respuesta y entonces ella solo le miró con la barbilla muy alta y lentamente, con todo el desprecio y el asco que durante tanto tiempo había escondido, le miró haciéndole insignificante, un trozo de paja de una porqueriza, nada…y como si fuera una duquesa descalza, cruzó el empedrado entre murmullos y salió de la plaza.
Su hermano fue corriendo tras ella. La dignidad inicial de la joven había desaparecido y se tambaleaba, se llevaba la mano al pecho porque le faltaba la respiración y entre ahogos y lágrimas desandaba la Calle Alta.
- ¿Qué te ha hecho?¿Ha sido él, verdad?¿Ha sido él, verdad? Por eso llorabas la otra noche, dime que te hizo y le mato, dímelo, esto no puede quedar así, dímelo…
Había vuelto a sonar la música en la plaza, todo giraba a su alrededor. A ella le fallaban las piernas, se sentó en un escalón de la casa de su tía y entre sollozos, con la expresión ida miró a su hermano y le dijo:
- No serás hombre si él vuelve a pisar la plaza.
Su hermano la subió hasta su cama en brazos, deliraba, gemía y lloraba. Su tía, ya anciana, que escuchó los gritos bajó a desnudarla. Parecía de cristal: delgada y frágil, temblorosa, con los ojos perdidos y los cabellos revueltos. Se ahogaba, decía que se ahogaba, que le apretaba el pecho. Le pusieron paños calientes, le dieron friegas, poleo, manzanilla y ungüento de eucaliptus, pero no se calmaba. La madre lloraba cogiéndola de la mano y le preguntaba al hijo qué era lo que la tenía así, qué le había pasado. El hijo no sabía qué decir y fue el hermano mayor quien le contó lo sucedido en el baile. Ella dejó de llorar y la casa, poco a poco, se quedó en silencio. Bajaron las persianas, cerraron las puertas para que no llegara ningún ruido del exterior y allí los cuatro-la madre, la tía y los dos hermanos- velaron a la muchacha que temblaba de frío.
A la mañana siguiente, muy temprano, el Olivo limpiaba la plaza cuando le vio aparecer. Venía de la era, con una botella de licor en la mano y una sonrisa de desesperación en el rostro. Tropezó con alguna de las guirnaldas que habían caído en el suelo y al levantarse se quedó mirando al escenario. Estaban solos los dos, el Olivo que barría y él, orgulloso y borracho, recordando su hazaña del día anterior. El Olivo lo miraba con desprecio, pero no fue capaz de decirle nada porque entonces llegaron los dos hermanos y todo fue demasiado rápido. El mayor lo sujetó de los brazos y el pequeño le destrozó la cabeza con la azada. Fueron tres golpes brutales, muy secos que le partieron en pedazos. La sangre les bañó por entero. Y se expandió por la plaza un olor a cebolla, odio, taberna y sesos.
Cuando el Olivo pudo acercarse hasta él, ya estaba muerto.
La plaza se quedó vacía. El Olivo perdió la razón y nunca más volvió a hablar desde ese día. Se quedaron cuidándole sus primas solteras y decían que solo le oían rezar el día de la Dolores cuando la imagen pasaba por delante de su casa. Y que entre frases sueltas, sin mucho sentido, pedía por el alma de ella, que lo mató.
Una tarde, al volver de la huerta él la esperaba cerca del Caño. Era verano y sus hermanos se habían quedado refrescándose en el río. Las escaleras que subían hacia el pueblo tenían charcos de agua, alguien debía haber pasado por allí antes que ella con prisa, derramando alguna garrafa. Estaba mirando el reguero cuando le descubrió apostado en la esquina, justo en el borde del camino. Ella se abrazó a la cesta de albaricoques que llevaba y siguió andando, fingiendo no haberle visto. Él se colocó delante, impidiéndole el paso y la llamó por su nombre, como si la tratara a menudo y estuvieran hechos a las confidencias. Escucharle hizo que sintiera un escalofrío. Tomó aire y siguió andando, rodeándolo, sin intención de contestarle, pero al pasar por su lado él la tomó del brazo y le dijo que era una moza muy guapa, se mordió el labio y con voz ronca le contó que le quitaba el sentido. Lejos de halagarla, aquellas palabras fueron como si la abofetearan. Los dedos de aquel hombre eran los barrotes de una jaula. "Suéltame" le respondió ella y a él se le escapó una carcajada. Llevaba un palillo entre los dientes y manteniéndola cogida por el brazo la miró de arriba a abajo, a tan solo unos centímetros de su piel, de modo que ella podía notar su aliento y su olor a taberna y cebolla. "Déjame" le repitió y él se acercó a su cuello y la besó, arrastrando la lengua hacia el lóbulo de su oreja. No pasaba nadie por el camino. Los ojos de ella se llenaron de lágrimas, dejó caer la cesta al suelo y salió corriendo. Se tropezó y escuchó su risa persiguiéndola, hasta que alcanzó la puerta de su casa. La madre remendaba una camisa en el patio y no la escuchó. A la hora de cenar nadie preguntó por la fruta y ella quiso olvidar cómo se le había caído la cesta. Pero tuvo pesadillas toda la noche y la siguiente y la otra.
Dos días más tarde comenzaron las fiestas de las vírgenes de agosto y después de engalanar los balcones para la procesión, su madre sacó las mantillas y los vestidos negros. Cuando se miró al espejo se encontró demacrada y sus ojos tenían un brillo de fiebre. Le temblaban las manos y ese aire espectral le daba una belleza extraña, de otro mundo. Estaban arreglando las flores en la capilla cuando él apareció y se quedó observándola desde la puerta. El corazón se le aceleró al escucharle y se agarró al rosario. Las otras le saludaron, cómplices de sus gestos, y una, más descarada, le dijo en alto: "Ahí tienes a tu enamorado. Habrá que ver a estos dos en la verbena" Todas se rieron y ella no pudo contestar. Sin mirarle siguió colocando en la pica los claveles blancos. Él se acercó y le susurró en la oreja: "Esta noche bailarás solo conmigo” y su olor volvió a recorrerla de arriba abajo. La faltaba el aire, cerró los ojos su manos ásperas debajo de la camisa y se vio, entre cebolla y absenta, echada en la ribera del río, con las enaguas llenas de barro y sus piernas apresándola, corrientes de agua y gotas de sangre amarilla...el incienso, las risas, los albaricoques, el sofoco, las flores, su aliento, las babosas entre sus piernas, su saliva, el cuello, su lengua sobre la piel, la oscuridad, su risa...creyó que iba a desmayarse y, sin embargo, se dio la vuelta y al verle tan cerca, casi pegado a ella, le apartó pero antes le escupió en la cara.
Salió corriendo y el silencio llenó la capilla.
El eco de sus tacones se perdió por la calle Larga.
Una gota de saliva resbalaba por la mejilla del hombre.
Las mozas agacharon la cabeza para no ver cómo la ira se transformaba en odio, en rabia y nadie se atrevió a hablar mientras él se iba y se limpiaba la cara con la palma de la mano.Los claveles blancos estaban pisoteados, pero ninguna de ellos se atrevió a recogerlos y la imagen de la Dolorosa salió medio arreglada mientras ella se desvestía y cerraba su balcón.
Había algo en aquella tarde que marcaba los pasos como si celebraran un funeral. El Olivo, que era muy devoto de la Dolores, rompió a llorar cuando pasó su imagen por delante del cañizo, y no supo el porqué de sus lamentos. Ella escuchó cómo la banda entonaba debajo de su balcón una música triste. Él no apareció aquella noche por la verbena. Cuando la madre regresó de la plaza la encontró acostada en la cama de hierro, con una fiebre muy alta. Sus hermanos no consiguieron que les dijera qué había sucedido en la capilla, por qué no había salido con el resto de las muchachas. Ella se negaba a hablar y ninguna de sus amigas, ni siquiera las que en otro momento se descararon supieron explicarles lo que sucedió. Al cabo de varios días, entró un viento fresco por las ventanas y ella se sintió con fuerzas para salir a la calle, aunque no le gustaba hacerlo sola porque tenía miedo de verle. Por eso trataba de esconderse entre las sombras de los portalones si la mandaban a por agua o imaginaba que se metería por las gateras si él aparecía en el otro extremo de la calle. A su alrededor nadie le nombraba. Las muchachas seguían haciendo corro en la fuente, en la plaza y en el río, pero la trataban con cuidado, como si temieran que ella les recriminara que no la hubieran protegido aquella tarde. Para él, sin embargo, todo seguía siendo igual: continuaba riéndose fuerte, jugando al guiñote en la taberna, manteniendo su apostura de campo y hablando a gritos. Lo único que le distinguía de los demás es que en las vaquillas o en las fiestas, se mantenía distante de las mujeres. Parecía que esperaba, que aguardaba que saliera su presa, porque se apartaba de las cuadrillas cuando ella estaba cerca y observaba sus movimientos de lejos, no dejaba de mirarla desde la distancia. Diríase que estaba siempre vigilante.
Caía agosto y se terminaban las fiestas. La última tarde todo el pueblo se reunió en la plaza para el baile suelto. Los músicos se habían colocado en un pequeño escenario de madera junto a la casa Abadía, y allí, debajo del olmo y sobre el empedrado las parejas se disponían a bailar. El ritmo, un poco más lento que el de la jota, iba mostrando las diferencias entre los mozos. Ella salió a bailar junto a su hermano. Habían aprendido de muy pequeños, cuando la tía les enseñaba en el patio y se pasaban las horas entre canciones de su madre y giros, las correcciones de las mujeres y las historias de los mayores. Ahora, años más tarde, ese día era para su hermano y para ella una fiesta y un orgullo, por poder demostrar delante de todo el pueblo lo arraigado de su familia.
Comenzaban a bailar cuando él apartó a la mujer que cantaba, sin que nadie lo viera porque estaban concentrados en el concurso, los aplausos, las parejas que se apartaban y el júbilo, pero de repente se escuchó su voz. Todos se giraron y vieron como él le cantaba, le cantaba solo a ella que seguía bailando en el centro de la plaza. Él le cantaba con la voz rota , llena de rabia y entre su dolor se escuchó:
“Te tienes por muy buena moza
Las otras parejas se detuvieron y se hizo el silencio. Ella no le veía, bailaba de espaldas a él, pero sentía su voz clavándosele en la nuca
Y te falta lo mejor
La voz del hombre era fuego. Su hermano la miró extrañado, no sabía si detener el baile y acercarse a darle un puñetazo. Ella estaba pálida, más hermosa que nunca, como si recibiera un beso de un fantasma
Los colores de la cara,
La vergüenza,
Las palabras parecían estar arrancándolas de su pecho, como si peleara con ellas. Sujetaron al hermano dos mozos por los hombros, mientras ella seguía erguida, sin perder la elegancia, girando sobre su falda como una bailarina en una caja de música
Y el honor."
Ella se detuvo en seco. Él agachó la cabeza como si le hubieran vencido. La mujer tenía los ojos brillantes y el cabello revuelto. Cogió dos horquillas y se rehízo el moño y se giró para mirarle. Él seguía allí de pie, roto, aguardando su respuesta y entonces ella solo le miró con la barbilla muy alta y lentamente, con todo el desprecio y el asco que durante tanto tiempo había escondido, le miró haciéndole insignificante, un trozo de paja de una porqueriza, nada…y como si fuera una duquesa descalza, cruzó el empedrado entre murmullos y salió de la plaza.
Su hermano fue corriendo tras ella. La dignidad inicial de la joven había desaparecido y se tambaleaba, se llevaba la mano al pecho porque le faltaba la respiración y entre ahogos y lágrimas desandaba la Calle Alta.
- ¿Qué te ha hecho?¿Ha sido él, verdad?¿Ha sido él, verdad? Por eso llorabas la otra noche, dime que te hizo y le mato, dímelo, esto no puede quedar así, dímelo…
Había vuelto a sonar la música en la plaza, todo giraba a su alrededor. A ella le fallaban las piernas, se sentó en un escalón de la casa de su tía y entre sollozos, con la expresión ida miró a su hermano y le dijo:
- No serás hombre si él vuelve a pisar la plaza.
Su hermano la subió hasta su cama en brazos, deliraba, gemía y lloraba. Su tía, ya anciana, que escuchó los gritos bajó a desnudarla. Parecía de cristal: delgada y frágil, temblorosa, con los ojos perdidos y los cabellos revueltos. Se ahogaba, decía que se ahogaba, que le apretaba el pecho. Le pusieron paños calientes, le dieron friegas, poleo, manzanilla y ungüento de eucaliptus, pero no se calmaba. La madre lloraba cogiéndola de la mano y le preguntaba al hijo qué era lo que la tenía así, qué le había pasado. El hijo no sabía qué decir y fue el hermano mayor quien le contó lo sucedido en el baile. Ella dejó de llorar y la casa, poco a poco, se quedó en silencio. Bajaron las persianas, cerraron las puertas para que no llegara ningún ruido del exterior y allí los cuatro-la madre, la tía y los dos hermanos- velaron a la muchacha que temblaba de frío.
A la mañana siguiente, muy temprano, el Olivo limpiaba la plaza cuando le vio aparecer. Venía de la era, con una botella de licor en la mano y una sonrisa de desesperación en el rostro. Tropezó con alguna de las guirnaldas que habían caído en el suelo y al levantarse se quedó mirando al escenario. Estaban solos los dos, el Olivo que barría y él, orgulloso y borracho, recordando su hazaña del día anterior. El Olivo lo miraba con desprecio, pero no fue capaz de decirle nada porque entonces llegaron los dos hermanos y todo fue demasiado rápido. El mayor lo sujetó de los brazos y el pequeño le destrozó la cabeza con la azada. Fueron tres golpes brutales, muy secos que le partieron en pedazos. La sangre les bañó por entero. Y se expandió por la plaza un olor a cebolla, odio, taberna y sesos.
Cuando el Olivo pudo acercarse hasta él, ya estaba muerto.
La plaza se quedó vacía. El Olivo perdió la razón y nunca más volvió a hablar desde ese día. Se quedaron cuidándole sus primas solteras y decían que solo le oían rezar el día de la Dolores cuando la imagen pasaba por delante de su casa. Y que entre frases sueltas, sin mucho sentido, pedía por el alma de ella, que lo mató.
6 comentarios:
Wow, qué bueno, por favor. Me ha dejado la carne de gallina. Supongo que la semana previa a fin de año, con tanta vinculación directa a casos de violencia doméstica han hecho que relataras de un modo casi real la historia. Me ha encantado, como siempre. Eres una artista.
Soony
Glups, la España negra. sin palabras. Chapeau. Basado en hechos reales
El chico que...
Buenos días Eva, vaya intensidad, me he teletransportado y ya es difícil un lunes de mañana.
besos.
No Sonia, no. Esta vez han sido las historias del pueblo de mi padre,por las q siento mucho respeto, pero con las q me apetecía jugar un rato.
Y no sé si habrá salido bien o no- que conste que yo no estoy muy convencida- pero me alegro de que te guste. Tú eres una de mis incondicionales!!!
Chico que,
Ya sabes, con mis dudas. España en blanco y negro. Me alegro que.
Besos
Viola,
Te debo una carta.Ya tengo mi abono del tannedtin, así q solo nos falta concretar.
Y me gusta q te parezca intenso.
Miles de besos
eva
Evita, no lo había leído todavía porque quería dedicarle su tiempo... y me alegro de haberlo hecho.
No hay palabras. Me ha impresionado.
Qué buena que eres, jodía
Buff, Magenta.Gracias. Needed it.
Un abrazo (y ve buscando fechas para q vayamos a visitar a los autómatas)
Besos
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