De madrugada y solo de vez en cuando, alguien deja cartas en mi terraza. Me escribe el desconocido en sobres blancos, con papel rugoso, de aquel que se guardaba en los cajones de las escribanías. Se cuela ese tipo por debajo de la persiana, con sonrisa de dinacuatro y me susurra al oído historias de trenes que cruzan desfiladeros cubiertos de nieve o de jaimas en las que me limpiaba los ojos mientras alguien leía los rubbayat. Se mueve por mi casa amparado por la oscuridad y con la certeza de que yo nunca llamaré a la policía. Me pregunto si es que disfruta viendo cómo me despierto sobresaltada o si prefiere acariciarme cuando tengo la carne de gallina.
El hecho es que, de madrugada, sin calendario ni aviso, viene, se hace papel y después, cuando quiero abrazarle, se va. Sin remite ni posibilidad de que le acuse de provocar mis ganas, ni siquiera las de recibo.
Ay.
No deja niguna huella el maldito fantasma, el invisible correo del zar.
Ultimamente con el invierno me escribe poco- será que le da pereza subir hasta un sexto, preferirá torres más bajas- pero a menudo, cuando salgo en su busca, tras el colacao y los bostezos, encuentro sus mensajes escondidos entre la tierra de las macetas, clavados como aviones de papel en aterrizaje fallido. Con su carta entre las manos y en pijama o camisón pero siempre descalza, corro de vuelta a mi castillo nórdico, cierro los ojos y le leo con los labios, como si su caligrafía imprimiera un nuevo brayle que descifrar con besos.
Ya entre sus frases, me pierdo de su mano por el desierto de Atacama. O viajamos en diligencia hasta el pueblo más recóndito de Arizona y nos emborrachamos con chupitos de bourbon. O me cuenta que una tarde, con los pies colgados sobre el océano, en el Malecón de la Habana, me echó de menos y fue tan grande el hueco que pensó en subirse en el primer barco que le trajera hasta mi terraza. Mientras le escucho, me arrugo y me lo creo. Como es natural, me fundo, me vuelvo mantequilla allí donde él coloca la fecha de su escrito- esquina derecha superior, justificada, sin lugar- y entonces él se aleja con puntos suspensivos. Hay que joderse con la ortografía. Hay que erradicar ese signo de indefinición. Tendrá la textura de la brisa- un punto, dos, más allá- pero mi corresponsal siempre los utiliza para no morderme el ombligo.
Otra vez "ay".
Ayay.
El fantasma jamás usa una fórmula de cortesía en el encabezamiento, ni se entretiene con un saludo. No firma, no promete volver y ni siquiera gasta inicial. Pero cuando me visita sé que es un cuerpo conocido, que huele a la misma soledad de padres que envejecen y tiempo libre con circuito cafetería-cine-callejón. Me paso las horas intentando reconocer su letra, a ratos creo q le he descubierto en una "a" o en el punto de la jota, pero siempre hay un quiebro, un temblor en su mano que me desconcierta. Aún así le imagino debajo de un flexo o en la humedad de una habitación al final de una escalera, unas manzanas más allá del Parlamento en Budapest. Se ha encontrado en el rellano con una anciana que es su vecina. Le ha prometido que mañana pasará a visitarla y probará la torta de estufa, cuyo nombre no sabe cómo pronunciar, Kürtöskalács. Suspiro y sé que tiene las manos tibias.Lo sé por la forma en que utilizan mi nombre, lo adivino por las ganas de querer que destilan.
El hecho es que, de madrugada, sin calendario ni aviso, viene, se hace papel y después, cuando quiero abrazarle, se va. Sin remite ni posibilidad de que le acuse de provocar mis ganas, ni siquiera las de recibo.
Ay.
No deja niguna huella el maldito fantasma, el invisible correo del zar.
Ultimamente con el invierno me escribe poco- será que le da pereza subir hasta un sexto, preferirá torres más bajas- pero a menudo, cuando salgo en su busca, tras el colacao y los bostezos, encuentro sus mensajes escondidos entre la tierra de las macetas, clavados como aviones de papel en aterrizaje fallido. Con su carta entre las manos y en pijama o camisón pero siempre descalza, corro de vuelta a mi castillo nórdico, cierro los ojos y le leo con los labios, como si su caligrafía imprimiera un nuevo brayle que descifrar con besos.
Ya entre sus frases, me pierdo de su mano por el desierto de Atacama. O viajamos en diligencia hasta el pueblo más recóndito de Arizona y nos emborrachamos con chupitos de bourbon. O me cuenta que una tarde, con los pies colgados sobre el océano, en el Malecón de la Habana, me echó de menos y fue tan grande el hueco que pensó en subirse en el primer barco que le trajera hasta mi terraza. Mientras le escucho, me arrugo y me lo creo. Como es natural, me fundo, me vuelvo mantequilla allí donde él coloca la fecha de su escrito- esquina derecha superior, justificada, sin lugar- y entonces él se aleja con puntos suspensivos. Hay que joderse con la ortografía. Hay que erradicar ese signo de indefinición. Tendrá la textura de la brisa- un punto, dos, más allá- pero mi corresponsal siempre los utiliza para no morderme el ombligo.
Otra vez "ay".
Ayay.
El fantasma jamás usa una fórmula de cortesía en el encabezamiento, ni se entretiene con un saludo. No firma, no promete volver y ni siquiera gasta inicial. Pero cuando me visita sé que es un cuerpo conocido, que huele a la misma soledad de padres que envejecen y tiempo libre con circuito cafetería-cine-callejón. Me paso las horas intentando reconocer su letra, a ratos creo q le he descubierto en una "a" o en el punto de la jota, pero siempre hay un quiebro, un temblor en su mano que me desconcierta. Aún así le imagino debajo de un flexo o en la humedad de una habitación al final de una escalera, unas manzanas más allá del Parlamento en Budapest. Se ha encontrado en el rellano con una anciana que es su vecina. Le ha prometido que mañana pasará a visitarla y probará la torta de estufa, cuyo nombre no sabe cómo pronunciar, Kürtöskalács. Suspiro y sé que tiene las manos tibias.Lo sé por la forma en que utilizan mi nombre, lo adivino por las ganas de querer que destilan.
No tengo baúl en el que guardar su correspondencia. Sus palabras se me quedan pegadas a la camiseta, clavadas en el esternón y no puedo separarme de ellas. No es fácil vivir con una saca de amor epistolar a cuestas. A ratos, mientras cocino o relleno formularios, escucho su voz y me ahoga lo que dice. Habla como los narradores de las películas y al oirle siento una repentina nostalgia. Añoro las noches en las que viene a despertarse conmigo y su ausencia hace que se me corten las salsas o que llene de borrones las casillas del impreso. Así hasta que vuelvo a casa tachada con una equis. Entonces busco en el buzón y no está. Busco en gmail y me devuelven los correos por destinatario desconocido. No puedo dormir y para engañarle finjo que doy vueltas con la luz apagada. Me levanto sonámbula con cada golpe de viento, creyendo que voy a descubrirle con la escalera de cuerda en el hombro, entre el cactus y el ciprés. Pero no. Tal vez me esté observando, porque en esos momentos, cuando más le necesito, él huye. Pasan semanas de silencio. De facturas y hojas secas sobre el suelo de pizarra. Poco a poco se desvanecen los viajes, se apagan los volcanes polinésicos y nadie emprende la ruta de la seda por mi espalda.
Triple ay mortal. Sin red.
Ayayayyyyy.
Toxicómana de tinta dura y sin un mal esemese que llevarme a la vena me despierto, me quedo en blanco, me voy a trabajar, me amarilleo, me hago una pelota y acabo por lanzarme- sin puntería- a la papelera.
Me declaro analfabeta en todos los sentidos.
Por todos los sentidos.
Por eso,
si,
a veces,
a mi terraza,
llegan cartas
me pongo cursi,
me quito las medias
y escribo a un desconocido
que deja tras sí
una estela de vainilla.
Ps: acuarela de Lara,
su link http://espejoyagua.blogspot.com/ merece la pena el viaje.
Triple ay mortal. Sin red.
Ayayayyyyy.
Toxicómana de tinta dura y sin un mal esemese que llevarme a la vena me despierto, me quedo en blanco, me voy a trabajar, me amarilleo, me hago una pelota y acabo por lanzarme- sin puntería- a la papelera.
Me declaro analfabeta en todos los sentidos.
Por todos los sentidos.
Por eso,
si,
a veces,
a mi terraza,
llegan cartas
me pongo cursi,
me quito las medias
y escribo a un desconocido
que deja tras sí
una estela de vainilla.
Ps: acuarela de Lara,
su link http://espejoyagua.blogspot.com/ merece la pena el viaje.

4 comentarios:
Este invierno ya huele a vainilla
en todos los rincones.
Anónimo,
eso es cosa de los Reyes Magos. Este año han pasado del incienso y se han dado al Zara Home.
Besillos
eva
Me he estremecido ante tanta metáfora inmensa, intensa, cargada de sentimiento. Nunca, nunca más, dejes de escrubir.
el chico que...
P.D: no me suena que este escrito se hubiera publicado el 6 de enero. ¿Puede ser?
Chicoque,
Se publicó pero apenas resistí unas horas. Hay veces q tengo miedo, vergüenza y pudor: las tres a un tiempo. Todas juntas. Quería mejorarlo, revisar frases, etc pero al hacerlo perdía el sentido inicial, así q decidí recuperarlo a la vuelta.
La acuarela de Lara, por otro lado, quería colgarla en en blog.
y por los halagos, glups.
Enrojezco.
Un abrazo
eva
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