Mi madre, mi tía y mi abuela, llegado el dieciséis de agosto y con las sobras de la celebración del día anterior sobre la mesa, se sentaban en un mirador enanito y sin brillo que había en la terraza y mirando hacia el sur, dirección Castellón, proclamaban, sin ningún tipo de remordimiento, como si fuera una verdad revelada, que el verano se había acabado.
Los que las escuchábamos- que casi siempre éramos los mismos- solíamos enfadarnos, reirnos de ellas, discutirles o hacerles burla diciéndoles que dentro de dos días las veríamos subirse en el coche con las plantas y los canarios- nuestros traslados eran siempre así, de feriante- dispuestas a limpiar a fondo el piso de Castellón que ya habían dejado reluciente y cubierto con sábanas un mes antes.
Mi madre, mi tía y mi abuela hacían las cosas al límite: no concebían irse a Benicàssim con una maleta el quince de junio. Era necesario meter en los antiguos seats ciento treinta y uno toda la comida necesaria para un posible estallido de la cuarta guerra mundial, además de una muestra de cada planta de su jardín botánico, ropa para tres recepciones en Buckinham Palace- aunque se pasaran el verano enfundadas en una "batita", atuendo parecido al de Demis Roussos o Rosa Benito por Chipiona, según la edad y el tamaño de las flores estampadas- Dejaban además la casa de Castellón ( a diez kilómetros del apartamento al que se trasladaban) limpia y ordenadísima, como si la abandonaran para cinco años. Y tardaban dos meses en anunciar que el verano tocaba a su fin. El quince de agosto exactamente, día del santo de mi abuela- que se llamaba Asunción- fiesta mayor en mi familia, entre las copas de cava y las miniaturas de Benages que ofrecían a los sobrinos que peregrinaban hasta nuestro apartamento para besarle el anillo (mi abuela era como Don Corleone pero en mujer) ellas miraban al frente, suspiraban como si quisieran matar la nostalgia y con un punto de crueldad interrumpian los brindis para anunciar lo que ya era inevitable: Se ha acabado el verano.
A partir de ese instante el tiempo se resbalaba por un tobogán y comenzaban los preparativos del invierno, que eran exactamente igual de desproporcionados que los de las vacaciones. Cualquiera que nos observara desde fuera podría pensar que éramos un híbrido entre familia inglesa del dieciocho venida a menos y feriantes de comienzos del XX, en busca de otro país en el que levantar su carpa. Movernos quince kilómetros era sincronizar señoras de la limpieza, compras en carnicerias, verdulerías y supermercados al por mayor y perder jaulas con periquitos azules que solíamos olvidar encima del capó de un coche.
Treinta años escuchando esa cantinela ha hecho mutar mi código genético. El lunes pasado, mientras cenaba con Bruscas y Celia en el Eurosol- también un lugar de mi infancia- estuve a punto de soltar esa frase familiar." Se ha acabado el verano" y es que el cuerpo me lo pedía a gritos. Pero ellos se iban de vacaciones a Mallorca el día siguiente y no lo hubieran entendido. Sin embargo yo ya tenía la sensación- también la certeza- de que el confetti de las fiestas de agosto se estaba derritiendo sobre mi helado y que solo me restaba apagar las bombillas de colores. Sin embargo, decidí plantarle cara a la genética y despilfarrar un poco más el tiempo que me queda sin horarios, plazos ni señalamientos, así que seguí desenchufada, en modo off y tratando de conciliar el sueño con el run-run de las olas que se escucha desde mi apartamento. El experimento ha ido bien: hice dos días la vía verde en bici y me deslumbaron los túneles, la playa de la Renegá y el olor a higuera que impregna casi todo el camino; desayuné en Voramar café con leche y tostadas, bajo los toldos, con brisa, reencuentros y zumo de naranja; me acerqué una noche al pueblo para cenar y comprobé que las noches allí siguen sabiendo a sepia sucia del Lipizano y a santito (un cóctel en vaso de colacao, con soda y lima, creo); cociné en casa para amigos, nada serio que yo soy muy trasto, taboulé y gazpacho, para acompañar otra de las tortillas de patata exquisitas antes del fútbol; ví hacer el gilipollas a Mourinho y lo sentí por Iker Casillas, que siempre es un señor estupendo con independencia del equipo que juegue; acudí a una comida piscinera, con lasagna y pasta fresca en el jardín de miss B y decidí que quería pasar el resto de mis días sobre una colchoneta. Volverme anfibia o pin up de postal de los cincuenta, con un bañador con escote de corazón y un dry martiny en la mano.
Y el viernes nos fuimos a Morella, con la excusa del concierto de Manel. Para mi el fin de semana ha sido como unas vacaciones concentradas. Al no haber podido escaparme a Oxford según lo planeado, hice la traslación-, Miss B mediante- de espacios y tiempos y durante dos días imaginé que acudíamos a un festival en Yorkshire y que el valenciano era un acento cerrado del inglés que a mí me costaba descifrar. Y funcionó, pese a las croquetas morellanas y a que no hemos probado el shepherd's pie.
Morella sigue siendo uno de esos pueblos mágicos de la provincia. Pese al turismo, al descontrol de tiendas de souvenirs- allí en Morella los souvenirs son básicamente gastronómicos y para paladares exquisitos: trufas, quesos de oveja, fiambres de ciervo, etc. Aunque quedan reminiscencias de la industria de lana (las mantas morellanas, que se han renovado o yo he madurado porque he descubierto que tienen unos colores preciosos y no he vuelto con un par de milagro) y te tropiezas con sueters y toquillas en cualquier esquina. Pero el pueblo en su conjunto es armónico, está muy cuidado y conserva el encanto de la gente que quiere su tierra y sus raíces. Fue emocionante escuchar y ver a los de Manel allí, no por ellos que fueron un poco sosillos (deben estar agotados después de la macrogira) sino por todo lo que significa que sus canciones hayan llegado tan lejos y conmovido a tantos, siendo tan nuestras. Tan mediterráneas, como trataba de explicar en el otro post.
Y si hubo un momento emocionante, de esos que te hinchan por dentro y parece que el corazón te va explotar y te vas a convertir en una nube de confetti fue el de esta canción, que a mí particularmente, me ha hechizado como a una rata de Hamelín.
Vindran els anys i, amb els anys, la calma
que et pintarà als ulls una mirada suau.
Et faran fer un pas i, després, un altre,
seràs tota una experta a tirar endavant.
Amb tant de temps hauràs trobat un lloc agradable,
o ja estaràs un pèl mandrosa per buscar.
Rebràs tracte de senyora, o de iaia estranya
que té acollonits tots els nens del veïnat.
I seràs un sac de mals o seràs una roca.
I els moments de mirar enrere et faran gràcia i et faran mal.
I potser no seré el teu amic,
ni tindré res a veure amb si ets o no ets feliç.
Ja em veig de record mig trist que se’t creua pel cap
una mala tarda.
I potser dormiré abraçadet
a una dona a qui quasi no hauré explicat qui ets.
Potser tindrem néts malparits que se’n fotin de mi
quan no m’enteri de les coses.
Però, quan seré vell, seguiré cantant-te cançons, igual.
Caminaré lent i m’asseuré, a vegades, als bancs.
Verset a verset convocaré el teu cos llarg i blanc
i em podran veure somriure una mica per sota del nas.
Que vinguin els anys! Aquí em té la calma!
Que em jugo amb la decadència de la carn
que un raconet del menjador farà d’escenari
i que ningú sospitarà de qui estic parlant.
I que, quan seré vell, seguiré cantant-te cançons, igual.
No sé si estaré per garantir-te una gran qualitat
però creuré en un verset i em distrauré intentant-lo allargar
i em podran veure somriure una mica per sota del nas,
i em podran veure somriure una mica per sota del nas.
Nostalgia del futuro, nostalgia al revés, como señalaba ayer Miss B (a veces tengo miedo a fusilarla al citarla). Nostalgia de la que rechazaba el otro día, en un programa retrospectivo Miguel Ríos. "Historia, raíces, sí, nostalgia detenida nunca", decía el de Granada. Y tenía razón, hay q seguir moviéndose, vivos, despellejados o exultantes, más flacos o con tripa, o en tracte de senyora o de iaia extranya que te acollonits als nens del veinat.
Después amaneció con lentitud y tras recoger la casa nos fuimos de compras por la calle principal y nos cargamos de paté de trufa y flaons, cómo no. Comimos debajo de los soportales junto al Cardenal Ram y pese a los treinta y cinco grados de temperatura, nos dejamos querer por la sopa morellana y por unos garbanzos con almendra en mi caso que nos pusieron al borde de la autocombustión. Y allí, en Vinatea, entre sorbos de cerveza, Miss B me preguntó si ese era el nombre de úna ópera de Matilde Salvador y me entró flojera, la misma flojera que me da cuando me habla de Bernat Artola con pasión y resucita tantas conversaciones de mi casa que durante años han estado dormidas porque parecía que a nadie interesaban.
Miss B ha sido una sorpresa y un regalo. No hay una forma poco cursi de decirlo. Puedo escuchar su "coño, pues no lo digas" mientras escribo esto. Pero que me mande un whastapp si quiere y lo añadiré a otra de nuestras conversaciones. Hoy ella ha vuelto a trabajar, así que nunca fue tan cierta la frase de "Se ha acabado el verano" de mi abuela y mi madre.
Me he despertado con esa sensación y con ganas de decirle a miss B q espero q el tiempo nos de la oportunidad de compartir silla, bolsa de pipas y gintonic de Bloom cuando tengamos tracte de senyora o de iaia extranya que te acollonits als nens del veinat.
Las sillas que sean como las de la foto,por favor.
Las sillas que sean como las de la foto,por favor.
4 comentarios:
Uy
Cuánta cosa.
Por un lado, gracias, porque me has ahorrado hacer un post sobre Morella, y con lo perra que estoy para el blog, es todo un regalazo.
Por otro, gracias, coño! ;-)
Y una cosa más:
el verano se ha terminado del todo. ya me he despintado las uñas de los pies y hoy intentaré dormir sin aire acondicionado.
Te dejo a Dusty
http://www.youtube.com/watch?v=rCilGLUJxLM
Te reirás, pero escuchaba a Dusty mientras escribía este post desordenado (acabo de re-leerlo y le hace falta tijera y barrido de adjetivos) gracias a tu lista fake.
Me gusta lo de las uñas de los pies.
Quedamos para las sillas.
Me gusta esa vena costumbrista. Recuerdo con cariño esos traslados, especialmente el de finales de junio.
Para mí el verano solía acabar a fianles de agosto, proque eran las fiestas del pueblo de mi padre. Cuando regresaba del pueblo a Benicassim, entonces sí que sentía la agonía del verano y sonaba de fondo El Duo Dinamico..."y tu partiás". Septiembre se cernía implacable, aunque tenía su punto eso de ir en coche a clase y escuchar la radio...
Y sí, Eurososl es nuestra particular Itaca
El chico que...se sonroja
No te sonrojes, chicoque!!!
Totalmente la canción del "Dúo dinámico"!
Besillos
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