martes, 20 de septiembre de 2011

Agítese al usarlo

Ya lo decía Raphael, a veces llegan cartas. Sobres acolchados, con murales de sellos: el rey, mariposas, capullos varios. Después mi nombre escrito con mayúsculas- yo siempre me firmo al revés, con minúsculas, considero q está feo hablar en grande de uno mismo- y el primer golpe: donde antes encontraba la señal de la tinta roja (él siempre me escribía con tinta roja, quería estar muy presente hasta en mis ojos, porque de todos es sabido que la tinta roja hace daño a la vista, pero nuestro amor era así de nocivo y de irracional) ahora encuentro una cortés tinta negra (ni azul le sirve y eso que sabe q es mi favorita, hay q joderse, toca la negra) y dentro del sobre, entre las burbujas infantiles del paquetito un libro como una colleja: "Irse a Madrid y otras columnas" de Manuel Jabois.
   A veces llegan cartas- que insistía Raphael- y nos sorprenden en mitad de un lunes desastroso, como tantos, ves el remite y ya no te tiemblan las manos porque bastante palo te ha dado el lunes para reirse de esta manera de ti, con una carta de tu ex. Así que mantengo- mantuve la compostura y saqué el libro. Pero lo hice con prudencia, a distancia, como si esperara que me diera un mordisco (de los ex una nunca sabe que recibirá, pero según mi madre nada bueno) y después me lo fui acercando a la nariz, poco a poco, de la misma manera que hacen mis gatas cuando descubren un saltamontes en la terraza (y eso que suelen ser saltamontes olímpicos porque llegar hasta un séptimo sin signos de cansancio, es mucho saltar) con precaución, hasta que leí el extracto de la contraportada, me abracé a ese objeto que ahora tengo atado a mi muñeca y, como soy, más que animal, bestia de impulsos, le juré amor eterno.
  Copio y pego de allí mismo:"[...] A veces pienso que en Madrid no deben de tener otra cosa que hacer que esperarme a mí. Pero luego compruebo que no es tanto cosa mía, sino del pueblo en general, que piensa que escribir es una actividad propia de Madrid. Si yo me presentase a la gente como médico nadie me mandaría a ninguna parte sino que me preguntarían qué cosas opero y a qué horas paso consulta. Las mujeres se me acercarían más, porque un hombre que trabaja en bata siempre llama mucho la atención y yo toda la vida he escrito en casa en calzoncillos, y si el artículo promete, a mitad de camino me los voy cambiando por unas bragas para cerrarlo a lo grande. Esas cosas extravagantes de los escritores a las mujeres no les gustan, por lo menos si se hacen en Pontevedra, porque en Madrid debe ser un rasgo de maldito.[...]" 
  El cartero pasa a eso de las once, antes del almuerzo en provincias y ayer, sin caer en chistes de película con Jessica Lange, me dió la mañana. Plazos, la agenda por cuadrar, teléfonos, divorcios, escritos y clientes que silban cuando les envío la minuta y en mitad de la niebla, rodeada de gorilas, llega esta carta de mi ex (¿son los ex relación familiar o sentimental?) que me trastorna. Si me hubiera mandado una cajita de Bloom con docenas de botellines de tónica y un ramillete de limones del caribe no me hubiera afectado tanto. Mi ex me conoce, aún sabe dónde pisa, y acierta al pensar que ante cualquier regalillo son fría y gélida, como una roca (juas, siempre tan sólida yo) y me ve capaz de tirarlo al contenedor sin ningún remordimiento. Pero  a él tampoco se le escapa que con un libro así me voy a sentir igual de nerviosa que con una cita en el Empire State y no voy a decirle que no. De momento ayer me lo metí en el bolso, tomé aire y esperé a quedarme sola.
   A las nueve llegaba a casa derrotada, autocompadeciéndome como si fuera un cachorro herido- pobrecilla evamarín , pobre evita, me decía mientras me acariciaba el pelo-y con ganas, una vez más, de mandarlo todo a la mierda, en plan Fernando Fernán Gómez. Pero el libro seguía ahí. Seís botellines de Ámbar en la nevera. Demasiadas coincidencias.
   Me duché y respiré como te enseñan los psicólogos tratando de hinchar bolsas ficticias de mercadona (desde que las venden yo voy con mi carro a la compra, que se jodan) me embadurné de crema por todas partes para resbalarme y me senté en el sofá con el libro sin estrenar, tan bonito, tan reluciente, tan tranquilo sobre la mesa. El sobre a unos centímetros. La nota que lo acompañaba junto al televisor. Los alfileres para la magia negra pensaba comprarlos hoy.
  También se me ocurrió para no caer en la trampa de mi ex  llamar a alguien, preparar la cena, hacer el primer sudoku de mi vida o irme al cine- mis camisones podrían pasar por playeritos escuetos, no tendría ni que cambiarme- que yo soy muy de cartelera chunga,  todo por no seguir allí, al ladito de las columnas de Jabois, las mismas que le habían endulzado el verano a mi ex y a su actual novia  (aquí Jabois, aquí una leche merengada con mi novia) algo que me jodió un poquillo.
 Hasta que decidí olvidar el drama y enfangarme una vez más. Cogí el libro y salí corriendo escaleras arriba, previo paso por la nevera y avituallamiento de cerveza; abrí el botellín de ámbar en la tumbona y celebré que no había luna (no estaba todo perdido) me tapé los pies con una manta de rayas de ikea que a él le encantaba (ja! ¿a qué fastidia, eh?) y me centré en el otro Don Manuel de Galicia (uno es Fraga Iribarne, este es insigne también pero se le entiende lo que dice, Jabois, Manuel Jabois). 
  Se han escuchado mis carcajadas hasta las 2.57 horas de la mañana. Hoy si me encuentro con mi vecina en el ascensor seguro que me va a mirar las ojeras con cara de reprobación, pensando que ayer tuve un amante bandido que me abandonó de madrugada. Infeliz, si ella supiera, que a veces, qué pesado era Raphael,  solo llegan cartas.
  Hay "ex" que te envían flores, otros que te mandan lejos, algunos que te piden que te cuides, los menos- los muy cabrones- que esperan a que adelgaces, y los hay incluso más retorcidos, del tipo del mío, que te empujan en los brazos de un escritor adictivo para que recuerdes lo q son las burbujas de la cocacola, ese cosquilleo en el estómago que sentiste al conocerle y así, como quien no quiere la cosa, escribas.
  Hay que joderse con los ex, sobretodo si son fans de Raphael, porque entonces, no hay escapatoria, a veces llegan cartas y entonces estás perdida.
Así que Ex, una vez másmil gracias.



ps2: El libro y la prosa de Jabois es exquisita. El libro engancha y sabe a poco de ahí que sea necesario pasar por su blog y por la revista Jotdown en la que colabora. Ahí va el link: http://www.manueljabois.com/  
 
ps1: Y para la reseña de autor y libro bien hecha, y para quedarse allí a vivir, leer todos los días algo inteligente y enamorarse de su autor, busquen y disfruten el post de Sergio del Molino:Un señor de provincias. No se puede (otro) escribir mejor.
 

lunes, 19 de septiembre de 2011

Gua yeah!



"Jo cant sa lluna i s'estrella,
sa jungla i es bosc animat,
es tren, es vaixell, s'avioneta
i es teu submarí aquí aparcat.
Jo cant sa fruita vermella
i quan acabi riuré,
calàpets, nenúfars, princeses,
wa yeah!
Què divertit lo que escric
quan estic avorrit,
per exemple es teu cos,
es jersei destenyit,
es carrer blanc de sol,
es meu cos a damunt,
per exemple, es teu llit

de penombra i llençols

amb es termo espenyat,
per exemple dormits ..."

"Wa Yeah", Antònia Font.

   Nos reunimos los miércoles en el Sabat Café, a eso de las siete y muchas tardes ellas se nos han adelantado y nos quitan la mesa del final del callejón, la que da al patio. Otras, eligen la más pegadita a la nuestra como si quisieran enterarse de lo que decimos y nutrirse de nuestra conversación, aunque generalmente sucede al revés: somos nosotras las que las vampirizamos y cuando suenan las campanas del telediario y ellas recogen, nos guiñamos el ojo y movemos las cejas para indicarnos que han contado algo jugoso, algo que merece ser comentado pidiendo otra cerveza. Hace poco, en Mayo, una le dió a otra la noticia de la boda del príncipe- están al día de todo- y la contó de una forma tan cercana que creímos que hablaba de su nieto:
  - ...Estave la mare fent el sopar i li diu ell, saps? esa xiqueta tan bonica m'agrae molt. I es q estaven festejant...
   Pero ni nieto ni noticias, era el resumen de la serie de telecinco sobre la historia de Letizia. 
El lunes pasado después de una reunión me tomé un mojito en el casino, así a plena luz del día y sin remordimientos. Y las ví. Llegaron un poco más tarde, a eso de las siete y cogieron una mesa cercana a la nuestra (les gustará el calor humano). Como señaló Miss B cuando colgué la foto en el facebook iban muy arregladas, con cuñas siderales (como si desfilaran para Andrés Sardá en Cibeles) y el pelo recién pasado por el secador, a golpe de lecturas del "Hola". No me reconocieron, pero yo sí que me ví reflejada en ellas y no me disgustó.
  En realidad, estuve a punto de preguntarles dónde estaba el truco, cómo habían conseguido llegar hasta allí juntas. Pensé en mi grupo de amigas, las de los miércoles a las siete y las fotos de la adolescencia. Ahora hemos vuelto a reunirnos después de una temporada dispersas y cada vez que quedamos yo siento una tranquilidad tan dulce que a veces me aferro a ella para seguir viviendo. Nos imaginé dentro de treinta años- nosotras ya hemos saltado la barrera de los cuarenta- con nuestros perfiles en el facebook llenos de arrugas, como un jodido retrato de Dorian Gray. Estado:  soltera. Viuda. O con siete nietos. El álbum del viaje a Benidorm, compartiendo asiento en el autobús con el bolso y la chaqueta encima de la falda. O yéndonos a los Pirineos en verano, llenando de tuppers de escalibada y taboulé la volkswagen antigua de Magda. O en el Círculo Mercantil (nuestra Alquería Blanca, el descubrimiento del verano) tumbadas en las hamacas con un mojito y el bañador comprado en las rebajas del Corte Inglés. El ipad en las rodillas, buscando por la red a aquel chico con el que estuve antes de mi cumpleaños. Yendo a las bodas de los que ahora son nuestros niños y agarrándonos al kleenex al ver cuánto han crecido.
   - ¿Te acuerdas de cuando jugaban juntos en la Alquería? ¡Cuánto tiempo ha pasado y qué viejas estamos!
   - ¿Qué dices? ¡¡¡¡Si estamos estupendas!!!
Como ellas, de las que soy fan.  Fan de estas señoritas de provincias. Como dirían aquí:

Gua!
y sí,
yeah!

viernes, 9 de septiembre de 2011

Del giro de cadera.

Año 1983, patines de cuatro ruedas y cintas trenzadas sobre la frente. Travolta intenta mantener su velocidad con "Staying alive", chico de barrio- lo lleva en los genes, al igual q Jeremy Irons tenía inscrito un título nobiliario- que trata de sacar cabeza con el baile. Fracasa la película (otra vez con la misma copla, Johnny) pero se queda la escena final. Sorprendido mientras besa a la otra, Travolta se siente libre y hace un medio giro, sobre tres escalones, muy Gene Kelly. Ella le pregunta qué va a hacer y él, medio retórico, medio empalmado porque se gusta así dice:
"Strut!"
(Contonearse: Quiere decir q va a comerse el mundo)
Verdad revelada, dogma de fé.
Travolta sale a la calle. NY parece un barrio de Detroit cualquiera, empequeñece ante sus piernas musculosas. Las marquesinas de Broadway se convierten en retratos de familia mientras el héroe camina, avanza. Suenan los Bee Gees. Sonríe con el hoyito en la barbilla, levanta los hombros, la cámara no abandona el plano de su pantalón, parte trasera y delantera, Travolta - cómo no- ciñe culo y paquete.
   Sobrevivir, esa es la cuestión.
Han aumentado las ventas de chándals peligrosamente. No se trata de una tendencia, ni de que en septiembre todos nos lancemos sin pensarlo al gimnasio de la esquina (que también) sino de que la gente opta por quedarse en casa. Ya no sale. No hay dinero para cenas, copas ni regalos. Todo lo más para un cine, pura galantería demodé. Paradójicamente en cualquier barra de un país civilizado tienen al menos tres tipos de ginebra. Antes la mayoría torcía el gesto cuando te pedías un gin-tonic, ahora los mismos te examinan sobre los complementos: con té/pepino/ lima, qué tónica le pones (fiebre del sábado noche), por tu marca de ginebra te definirás (seagrams, tanqueray, beefeater, mombassa, hendricks...) Travolta seguro que se pedía Larios. No salimos de casa, pero cuando nos echamos a la calle quemamos los restos.
Nos pavoneamos.
Strut.
Tengo un amigo q sostiene una teoría de caza en los bares. Habla de animales cojos frente a depredadores. Desde que me la contó imagino la oscuridad de los sábados con la voz en off de Félix Rodríguez de la Fuente: el halcón se acerca a la gacela ingénua. O a la liebre torpe. Qué más dá. Siempre hay un cazador para un descosido. La invita a ginebra y se ríen. Después llegan los culebrones de las cuatro de la tarde- surtido variado: "Amar en tiempos revueltos" o las infidelidades de Julián Muñoz y Amador Mohedano en "Sálvame". Más de lo mismo. No hemos cambiado el guión desde los tiempos de don Benito (Pérez Galdós, I mean). Sí las formas: ahora ya no me paseo por el mercao para que me piropees, ahora me contoneo por el facebook para que me cuelgues un  "me gusta" del escote.
Sigue sumando ventas "El tiempo entre costuras". Yo avanzo por las páginas de Tetuán para saber qué tiene. De momento solo encuentro mucho pastiche y remake de escenas. Mi madre me dice que aguante, que no tenga prejuicios de intelectualilla británica. Porque lo dice mi madre persevero, pero a punto estoy de morir en una arcada cuando la protagonista (Sira) conoce al macarra que la pervierte (Ramiro Arribas) y se montan una escena eróticogastronómica en el Café Suizo. Qué delicado es escribir sobre sexo, qué difícil. Muchos piensan, de hecho lo mantienen, que es innecesario. Yo no. Yo creo q si la historia lo necesita hay q hacerlo, pero qué complicado meterse en la cama con quien te lee. Cada palabra es una primera cita: intentas ser fantástico, creativo, natural y casi todo huele a postizo, a polvo de boite. A la última noche de las fiestas del pueblo.  También de vez en cuando a programa chingón de telecinco,  "Mujeres, hombres y viceversa" por ejemplo. 
Dinero fácil, eso es lo q nos falta, cofidis sin retorno ni intereses. Literatura también y curiosidad, eso siempre. Que dejemos de wasapearnos para conocernos. Que mandemos a la mierda los leggings y regresemos al estilismo del Vogue. Que vuelvan las noches de restaurante y coche limpio en la puerta. Las citas que hagan tambalearse la rutina. Los stilettos que dejan surcos. Las maletas esperándonos en el taxi con destino desconocido, no con una carta de tu abogado.
Strut.
Qué ganas de que vuelvan a encenderse las calles.
O de que nos inventemos algo nuevo para superponer los colores al gris de tanta mediocridad.
Algo que nos haga mantener la ilusión.
Contonearnos, por ejemplo, aunque sea por pura supervivencia.

miércoles, 7 de septiembre de 2011

Mantequilla de cacahuete



Hay días que se despiertan oliendo a mantequilla de cacahuete. Mañanas ligeras, un pelín dulces, pero sin que puedas pedirles más. Hoy es uno de esos días. Ha vuelto a llenarse el barrio y en unas semanas escucharemos las canciones que las monjas de la Consolación ponen para que los alumnos entren en clase. No puedo dejar de pensar en ovejas al escuchar los hits de misa por megafonía. Es un tópico, lo sé, pero hay gestos que despiertan tópicos igual que olores que dejan un rastro de mantequilla de cacahuete.
En el despacho ya ha empezado septiembre. Suena a noticia absurda del telediario, pero han llegado las consultas para separaciones y divorcios. Un clásico del final del verano (y de la resaca navideña) con el tiempo libre y la convivencia las grietas se llenan de humedad. Al final el álbum de la boda acaba haciendo aguas.
 Yo, como cualquier otro abogado, salto de reforma en reforma. Del divorcio express a la ley de guarda y custodia compartida y de ahí a la suspensión impuesta por el Constitucional. Ellos siguen preguntando lo mismo verano tras verano: "¿Y si me voy de casa es delito? ¿No abandono a mi familia?". Hay normas que tienen un calado mayor que otro y lo del abandono de familia debió llegar a muchos  al tuétano. Para preguntas así pongo voz de Gemma Nierga en mitad de la noche, no sé por qué pero tranquiliza. Lo importante en este tipo de consultas es quitarles el miedo a hacer algo irreparable, muy gordo. No animarles en la decisión, sino esterilizar los riesgos.
  Algunos se llevan el ordenador, otros cuatro camisas y el coche. Ellas son más organizadas y hacen listas. Aunque tampoco se puede generalizar, que hay hombres que cuentan hasta los trapos de cocina y mujeres que solo se suben a unos zapatos rojos. La semana pasada, de camino al despacho, me crucé con un señor de unos cincuenta años que arrastraba una maleta y un ventilador de pie. Tal vez la felicidad del último verano estaba escondida en el aire que le proporcionaban sus aspas. Puede que solo lo hubiera cogido por joder y que así su mujer ardiera en los remordimientos de este comienzo de curso. No tengo ni idea, pero prefiero pensar que hay objetos a los que nos aferramos porque simbolizan nuestra pequeña parcela de felicidad.
  Igual que hay mañanas que no tienen prisa, como de mantequilla de cacahuete.

lunes, 5 de septiembre de 2011

Ni tontos ni astronautas

Solo los tontos van deprisa. O eso me han dicho.
Only fools rush in,
Pero, ladies and gentleman, estamos flotando en el espacio.
O eso dice la canción. Música para astronautas.
Yo la sigo al pie de la letra, por mis antecedentes personales. Ahí va una muestra:
Suspendí el examen práctico de conducir seis veces. Seis. Cuesta confesarlo, pero aún así eso no fue lo peor.Tampoco lo fue  que mis compañeras de la autoescuela repetidoras ( en su mayoría gitanas y analfabetas, con puesto en el mercado e ilusión por llevar la furgoneta de su marío de pueblo en pueblo) me dijeran que si fallaba una vez más me iban a hacer el "examen de tonta" ( y no me lo decían para fastidiarme, sino absolutamente convencidas de que existía esa prueba. Mis compañeras me querían: la tarde que aprobé les llevé lionesas y lo celebramos entre lágrimas y cuadernillos de test llenos de marcas rojas. Parecía que nos despedíamos de haber hecho tres cursos en "Torres de Malory"). No cambió las cosas q yo me lo creyera ni que anduviera los cuatro días previos al último examen en estado de shock y sin decir una palabra. No. Mi profesor de prácticas confirmó que tenía una alumna gilipolllas pero simpática y no me hizo un certificado de imbécil porque me cogió cariño. Eso sí, al despedirse de mí me dió un consejo: "Espabila". Con todo, lo peor de aquella epopeya fue el resultado de las pruebas médicas.
Un señor con bata blanca escribió "tendencia a precipitarse" en mi certificado de aptitud y me cambió la vida. El muy cabrón, sin cruzar una palabra conmigo  había dado en el clavo. Cómo no iba a hacerlo si  casi le rompo la máquina que utilizan en las pruebas. No le giré el cuadro de revisión de la vista porque él mismo se interpuso. Cuando me fuí me miraba atónito: no solo carezco de coordinación (mis extremidades son repúblicas independientes) sino que además voy deprisa y hago cosas q no debo. Me precipitaba entonces y unos cuantos años más tarde los sigo haciendo, me desborda la inquietud.
Demasiado.
No mido mi velocidad de reacción, y por eso no consigo ser equilibrada: me cuesta tomar decisiones más que a una tortuga o me meto en una empresa sin apenas meditarlo, como el correcaminos pero sin coyote que me persiga por el desierto. Suelo ir acelerada casi siempre, pero además casi siempre que no corresponde, lo que multiplica mi inoportunidad por mil.
Así me va.
Estas reflexiones tan absurdas han sido una comezón constante durante los últimos días. Todo porque desde que regresé al trabajo he tenido la sensación de que mi mente iba muy lenta. Que no había manera de traducir las ideas a respuestas eficaces en la realidad ( es decir, que lo del examen de tonta hubiera sido la constatación de algo. Una signo inequívoco de inadaptación al medio) Así, el lunes pasado creía estar alunizando sobre la moqueta del despacho. Pisaba con la punta de las alpargatas de cuña y parecía que el suelo me impulsaba hacia arriba.
Tal vez esta lasitud se deba a la sobreexposición a la luz durante  las últimas semanas, o a la comodidad silenciosa de vivir sin reloj, o a la ausencia de obligaciones que en mi caso se ha materializado dando forma a una cápsula que me ha mantenido aislada del exterior y sintiéndome mitad alienígena.
De ahí que no deje de preguntarme por qué nunca quise ser astronauta y que lleve siete días hablando de eso. Cuando yo era pequeña, estaba aún vigente la guerra fría y los ovnis paseaban por la galaxia como un camión pegaso cargadito de naranjas lo hace ahora por la nacional trescientos cuarenta.  En aquel momento era normal que cualquier niño al que preguntaras quisiera trabajar en Star trek, ser Han solo o fichar en la NASA. Yo no. Hay q decir que princesa Leia sí q me hubiera gustado ser, pero no salía la plaza a concurso y lo de perderme en un agujero negro me asustaba.
 A mí lo de la carrera espacial nunca me atrajo. Quizás porque suponía que no podría pasarme más de dos días sola- me imagino en una misión Apolo de estas, justificando ante mis superiores del pentágono el importe de las llamadas telefónicas (o via satélite, ya encontraría yo la manera) a mi amiga Rosa, Alicante, Spain y me muero de vergüenza o condenada al destierro por la sangría q hubiera hecho- o porque no me creía capaz de superar los ratos de tristeza en mitad de la inmensidad (dejaría perdido el puente de mando con mis lagrimones) o porque sabría que en mi madurez no iba a destacar por mi inteligencia emocional , no al menos lo bastante para estar perdida en la órbita de saturno durante tres años y regresar a la tierra un poco desorientada, sin saber muy bién qué pasó la noche anterior, de resacón de la ingravidez.
 No lo sé.
Leí una novela hace mucho tiempo- vamos a seguir pasando apuro. Ahora toca el ramo "lecturas", he recordado el título "La muerte está en el camino" de Martín Vigil, que suena rancio-  que narraba la historia de un miembro de la División azul que regresaba a su casa y se encontraba con la sorpresa anunciada de que la vida había cambiado para él y para los suyos. En lugar de retomar el pasado allí donde lo dejaron, como amanecido en el castillo de "La Bella Durmiente", lo que el protagonista se encontraba es que su experiencia le alejaba tanto de su familia que se sentía extraño en su vida anterior, aislado, incapaz de entenderles y de hacerles comprender lo que sentía. Partiendo de aquella lectura y del desasosiego que siempre me ha producido Hal y "2001, odisea en el espacio" me he puesto a buscar libros, películas y canciones que hablen de eso precisamente, del regreso de los astronautas.
  Quiero creer que esta fascinación o fiebre q me ha entrado es porque a mí me cuesta mucho acostumbrarme a los cambios y les admiro.  O porque en el fondo envidio la idea de vivir una temporada con la sensación de imperturbabilidad que se ve en las fotografías de muchos de ellos, distanciarte de la tierra y quedarte desnudo con lo verdaderamente importante. Solo ellos parecen conseguirlo, dan la impresión de que están  hechos de otra pasta, como si no sufrieran o no tuvieran miedo.
  Y entre música, cine, documentales y libros de Isaac Asimov he encontrado un poema que me hace cerrar los ojos e imaginarme en el espacio. Lo transcribo, se llama "Houston, yo también tengo un poema" es de Isabel Bono y está inspirado en una canción de Love of lesbian. Con él cierro un post que no sé si tiene principio, ni ritmo ni horario que le ladre, porque lo he escrito a trozos, demasiado deprisa como solo sabemos hacer las cosas los tontos.

"es abril y tengo frío,
pero no sé lo que es el miedo

nunca sabre qué decirle
a un astronauta que tiembla"