viernes, 21 de agosto de 2009

El peso de una canción



"Ella es la Callas y yo me disfrazo con las gafas de Onassis..."

Anónimo.



Alba no duerme. No duerme nunca con nadie. Tiene miedo a los hombres que besa: solo ellos pueden hacer añicos su rutina. Alba se aferra a su rutina porque es la única cuerda que encuentra para cruzar el abismo. En el interior de Alba hay un inmenso agujero negro. Y cuando Alba duerme, sus sueños están llenos de precipicios. Se despierta en mitad de la noche y se pesa en una báscula digital. Odia sus piernas, sus nalgas, sus rodillas. Baja la cabeza cada vez que sorprende a alguien mirándole el culo. Una temporada llegó a andar pegada a las paredes de las casas para que nadie la viera. Quería ser invisible, una camaleona entre las calles. Pero no pudo. Sus caderas siempre la delataban. Por eso Alba cuenta todo lo que come. Suma, resta, divide y multiplica. A veces no se ve en los espejos. Los kilos difuminan sus rasgos. Alba se borra cada vez que la báscula habla.
De noche la visita algún hombre. Con la ventana abierta ellos juegan en la penumbra con el cuerpo de Alba. Desnuda se olvida de la báscula. Le gusta que le acaricien la cintura, que le besen los muslos, que le muerdan el ombligo. Después, cuando ellos se quedan dormidos, a Alba le falta la respiración. Nota sus abrazos como anclas de un barco en el que no viaja Ari. Una goleta que naufraga en mitad del Egeo. Los brazos de esos hombres la empujan hacia el fondo, donde su cuerpo se transforma en algas y sus ojos son pasto para los cangrejos de mar. Alba se ahoga entre la respiración de cualquiera de esos hombres. Se deshace de las sábanas y en silencio quita el flash de la cámara: entonces los fotografía. Alba colecciona fotos de amantes dormidos. Pestañas enredadas, omoplatos como alas, labios entreabiertos, arena en el pelo, tatuajes de dragón... Cuando tiene insomnio revisa esas imágenes en silencio.
La última de esas fotografías es del mismo día en que conoció a Ari.
Alba lo sabe y cada vez que la observa, el costado izquierdo se retuerce de dolor.
Ari no la desnudó. Fue Alba quien apresó su mano sobre el colchón. Después Ari se quitó las gafas. La abrazó. El vestido de Alba era suave como un camisón. Así permanecieron unas horas, mecidos por el oleaje de algún rio. Ninguno de los dos dormía. Hablaron del mar, de las islas griegas, del mediterráneo. Ari la besó en la frente y cerró la puerta de su habitación.
Alba estaba dormida y en sus sueños todo era azul.
A la mañana siguiente tiró la báscula.
No servía para pesar el miedo al amor.
Ahora Alba canta. Canta incluso dormida y cree que se ha convertido en una sirena. Avanza nadando hasta la cubierta del yate, donde le espera Ari. Él le ofrece su mano, la ayuda a subir las escaleras de caracol. Ari es el vigia de las pesadillas de Alba. Es el que ilumina sus agujeros negros.
Alba se agarra a Ari. Le quita las gafas. Le besa los párpados.
Y se quedan dormidos, entre las aguas, como en una canción.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Me gustan tus relatos autobiográficos pero me entusiasman tus relatos ficticios.......no sé con cuál quedrme....besos

Soony

evamaring dijo...

Gracias Soon Yi. Incondicional, más que incondicional!!! te voy a prohibir que me halagues!!!
Besos para los tres,
eva

trinidad dijo...

Joeeer, qué rebonito, estoy con Soony... Además, es que la foto, la canción, la cita anónima... hacen que sea un post redondo. Redondo como (imagino que son) los agujeros negros, el ombligo, las lentes fotográficas, las escaleras de caracol, los besos redondos, unas gafas de sol...
Besos,

Trini

evamaring dijo...

Los besos redondos siempre Trini, porque ruedan películas de verdad. Ya lo sabes.
Un abrazo
eva