
"El cielo de Madrid es el fruto de muchos años de vida. Dado que entre la novela anterior y ésta han pasado once años, me suelen preguntar cuánto tiempo he tardado en escribirla. Yo siempre respondo que toda la vida. En concreto, seguramente he estado escribiéndola desde los doce hasta los cuarenta y nueve años (momento de la publicación). Digo esto porque el brote de esta novela seguramente se encuentra en una noche de septiembre de 1967. Al niño de doce años que entonces era yo –como a todos los niños que, siendo de los pueblos, querían estudiar– lo mandaron a estudiar a un internado. En mi caso, a un colegio de frailes capuchinos de Madrid.
Recuerdo que hice aquel viaje en un autobús lleno de niños de Zamora, de León, de Palencia... que aquella noche abandonaban, seguramente sin saberlo, su infancia. Probablemente era el primer viaje que muchos hacíamos fuera de la provincia. En aquella época yo vivía en un pueblo minero leonés y, como mucho, habría ido a la ciudad de León un par de veces o tres.
Recuerdo cruzar Castilla en el atardecer. Hay sobre todo una imagen que no he olvidado nunca, y que seguramente está en el origen de esta novela. Ya de noche, después de cruzar toda Castilla en aquel autobús, atravesamos el túnel de Guadarrama y, como si fuera el enorme proyector de un cine, al final de él se iluminó, de repente, la gran pantalla del cielo de Madrid.
De alguna forma, era el cielo que nosotros íbamos a conquistar, si bien en aquel momento no teníamos conciencia de ello. Vería después la imagen del cielo de Madrid –que atraía pero a la vez daba miedo– desde el dormitorio de aquel internado que estaba en una colina del monte El Pardo. Si bien la noche y todas las luces empiezan a atraer cuando uno tiene quince años, esa vida que llama, al mismo tiempo, preocupa. Pues bien, seguramente en esa imagen está el brote que dio paso a esa manzana que es El cielo de Madrid. "
Julio Llamazares, Aula de Cultura Virtual, El Correo Digital, 2005.
Echo de menos el cielo de Madrid desde que me subo al tren en Atocha y me despido de sus calles. De lejos, los perfiles de la Gran Vía, Torre España o de las ciudades dormitorios se convierten en la representación de todas las vidas que no viviré y que he soñado. El cielo de Madrid no solo es esa imagen de éxito de la que habla la novela de Julio Llamazares, sino que para una chica de provincias como yo, que a veces se siente atrapada en una jaula, significa la libertad, la posibilidad de tomar decisiones sin escuchar el eco de los otros.
Por eso, cada vez que vuelvo a Madrid y me pierdo- como siempre me pasa- por las glorietas de Chamberí o al coger la línea equivocada del metro, imagino que sufro un episodio de amnesia y que no puedo regresar a mi rutina. Sueño que sigo andando calle arriba, balcón abajo sin pensar en los límites, como contaba Fernando Fernán Gómez que hizo al acabar la guerra, y que a partir de ese instante seré la única de la que tendré que preocuparme. Que se borrarán mi nombre y mis apellidos. Después fabulo con una buhardilla de la plaza Dos de Mayo y con convocar consejos de administración conmigo misma para perder bien el tiempo, disfrutándolo con ternura, amores y otros gestos los años que me queden de vida.
Cada vez que me voy de Madrid se rompe un trocito, una esquina de esa fantasía infantil que nunca llega. Por eso quizás en la vejez, cuando olvide todos los nombres, pueda encontrar un cuarto para dormir en una casa asegurada de incendios.
5 comentarios:
Eva te entiendo perfectamente, yo también soy provinciana, creo que es algo que es imposible quitarse de encima además, y vine con mucho miedo a madrid, demasiado bien conocía yo lo que suponía vivir aquí, pero resulta que aquí sigo y no estoy cansada, aunque vivo en una de esas ciudades dormitorio. hoy justamente he comido en la plaza del rey, me encanta, escondida entre chueca y gran vía, esas son las cosas que me hacen feliz por vivir aquí, cuando de pequeña soñaba con pasear sola por la gran vía, pero las ciudades grandes son duras también, es lo malo de saber lo bueno que tienen las ciudades pequeñas. Y por cierto es normal añorar lo que no se tiene pero vuestro cielo no tiene precio. Y el mar.
Un beso.
Viola, buenos días
Te envidio, comer en la plaza del Reye , pasear por la Gran Vía, que tu rutina tenga como paisaje esas calles no tiene precio. El miedo es lo q a mí me ha frenado durante todo este tiempo, de ahí que la explicación de j.LLamazares de su novela me parecía fantástica, porque aunaba las dos sensaciones: la ilusión de sobrevivir en esa ciudad y el temor por no alcanzar su cielo.
El nuestro también es un cielo especial, azul témpera, pero sin el mar no sería suficiente.
Mil besos!!
eva
Como reza la canción, a veces el pasado se empeña en ser presente. Algunos rincones de repente se convierten en tótems que dan sentido a lo que somos. Van y vienen, pero nunca se acaban de ir del todo.
y comprendo esa sensación de vacío que queda al dejar Madrid. En mi caso los trenes de RENFE de Castellón a Barcelona han sido testigos de muchos dolores...y de muchas emociones.
P.D: Perdón por el atrevamiento, pero creo que en Madrid serías feliz.
No sé yo. Me ocurre también algo parecido, pero no sé yo si podría adaptarme al destierro, aunque fuera a parar a la sombra de los soportales de ese Madrid viejo que tanto me seduce.
Yo soy un provinciano y peco del mal que solemos padecer los de mi especie. Pero me curo tan pronto como piso de nuevo la huella que dejé antes de irme.
Lugares totem, es cierto. Cómo me gusta.
Estoy parca en palabras por la fiebre y la bronquitis, pero me ha gustado mucho el atrevimiento Sr.Anónimo. De esos dolores del tren hablaba yo y sí, aunque soy provinciana y me moriría en Madrid de nostalgia por el mar, creo q es en esa ciudad donde está mi sitio. No sé por qué, es una ligereza al andar.
Mil besos raúl, mil besos anónimo
eva
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